No. 54
(septiembre 2003)

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CORREO DE PRENSA INTERNACIONAL

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Chile: 30 años del golpe

En tiempos de la Unidad Popular: testimonios

Franck Gaudichaud*

“Suena casi raro hablar hoy de todo esto, a veces me parece como si se tratara de un sueño…” En 1972-1973, Mario Olivares era un joven obrero metalúrgico y delegado del cordón industrial Vicuña Mackenna. Efectivamente, vivió un sueño, un sueño despierto, compartido por miles de hombres y mujeres, trabajadores y militantes de la izquierda chilena. En esa época, Hernán Ortega, presidente de la Coordinadora de los cordones industriales de Santiago —nuevas organizaciones de base surgidas en reacción a la gran huelga patronal de octubre de 1972—, 1 milita en el Partido Socialista. “Para mí, dice, así como para todos los chilenos, la Unidad Popular significaba la aspiración a una sociedad distinta, más democrática, más igualitaria, que permitiera a los trabajadores alcanzar un crecimiento pleno y cabal, no sólo desde el punto de vista económico sino también del desarrollo integral del ser humano”.

Una coalición llevó al poder al presidente Salvador Allende. La “vía chilena hacia el socialismo”, fortalecida por la dinámica de la lucha obrera, campesina y de los “pobladores” 2 no está, por supuesto, exenta de contradicciones. Así, este movimiento presiona a la dirigencia de la Central Única de los Trabajadores (CUT), 3 dominada por el Partido Comunista, primer partido obrero del país y fuerza que representa el ala más moderada dentro del gobierno. La central se afianza como la correa de trasmisión del ejecutivo, en especial haciéndose cargo del “sistema de participación de los trabajadores” dentro de las empresas nacionalizadas, “el Área social de producción”.

Sin embargo, la gran mayoría de los trabajadores se encuentra fuera de esa influencia directa, por no tener derecho a sindicalizarse ni perspectiva de integración al sistema de participación allendista. 4 La fracción más radicalizada del movimiento obrero, opuesta a la pasividad y amenazada por el desarrollo del mercado negro y los boicots patronales, se organiza en forma independiente del gobierno. Esta dinámica se traduce en un número creciente de empresas ocupadas con vistas a su nacionalización, un aumento de la cantidad de huelgas y, en el campo, en la extensión de las tierras expropiadas, mucho más allá de las reformas anunciadas por Salvador Allende.

En las empresas, los militantes de la izquierda del Partido Socialista, el Movimiento de Acción Popular Unitario (MAPU) y la Izquierda Cristiana propagan la consigna “crear, crear, poder popular”. Además de esos partidos, que pertenecen a la coalición gubernamental, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) quiere ser también el paladín del “poder popular”. 5 “Era un período muy rico, durante el cual muchos simpatizantes de la Unidad Popular se rebelaron contra ella y se incorporaron a la coalición de los cordones industriales", recuerda José Moya, que era miembro del MIR y obrero de una industria electrónica de casi mil empleados. "Recuerdo haber estado en asambleas donde representantes de la CUT venían a discutir con los cordones ¡y se iban 'con la cola entre las piernas'“!”.

Sin embargo, el impulso del “poder popular” nunca surgió en contra del gobierno, que sigue siendo el “gobierno del pueblo” a los ojos de la mayor parte del movimiento obrero.

Luis Ahumada, estudiante en ese entonces, milita activamente en el seno de las industrias de Santiago: “Lo más importante de lo que impulsamos a través de los cordones fue la solidaridad, de pared a pared, entre las fábricas. Nosotros contribuimos a que esa solidaridad, 'innata' en los obreros, se manifestara en términos concretos: una fábrica se solidarizaba con las luchas de otra fábrica vecina. Y como los Cordones lograron conseguir una respuesta popular bastante amplia, se convirtieron a continuación en una referencia para la población del sector, de modo que cuando había una empresa en conflicto, recibía también la solidaridad de las organizaciones sociales de los alrededores”.

Pese a la huelga de los sindicatos de camioneros y del transporte público, dominados por la oposición, esos trabajadores consiguen hacer funcionar las fábricas bajo su control. “Salíamos a expropiar los ómnibus con armas de mano, con pistolas, recuerda Mario Olivares, militante obrero del MIR, y los llevábamos adentro de las fábricas en manos de los trabajadores. Así, garantizábamos que la producción no se detuviera. También íbamos a buscar a los trabajadores y los transportábamos”. Y con el mismo fervor que mostraba en otro tiempo, en las asambleas de fábrica, agrega: “Empezábamos a hablar de un poder real de los trabajadores (…). ¡Tal vez no tuvimos toda la claridad desde un punto de vista ideológico, pero exigíamos una mayor participación en todas las áreas, no sólo en la producción!”.

Para Neftalí Zuniga, viejo obrero textil, ex-dirigente sindical de la gigante Pollack y militante comunista aún activo, el recuerdo más intenso sigue siendo ante todo el del desafío de la “batalla de la producción” dentro del Área de propiedad social, el sector nacionalizado. El objetivo era defender al país contra el boicot y el racionamiento. Zuniga evoca, con altivez y orgullo, los trabajos voluntarios que movilizaban a miles de personas : “¿Qué hacíamos nosotros, los trabajadores concientizados? Todos los domingos, íbamos (…) a las grandes plantaciones a cortar maíz para poder alimentar a mayor cantidad de aves. Y esa es la conciencia política que tendríamos que haber generado en el seno de la gran masa de trabajadores de este país”.

Cuando, después de octubre de 1972, Allende consigue retomar el control de la situación mediante la creación de un gabinete cívico-militar, la creatividad popular experimenta un rebrote de actividad. La función de resistencia de los cordones industriales vuelve a ser fundamental. Surge también la idea de crear una conexión de los sectores populares en el seno de los “comandos comunales”. Estos últimos no tuvieron tiempo de desarrollarse ampliamente, aun cuando nacieron efectivamente algunas coordinaciones, como por ejemplo, entre el cordón industrial Vicuña Mackenna y el comando comunal de La Florida, formado en torno al campamento Nueva La Habana.

Abraham Pérez, por entonces obrero de la construcción, fue uno de los dirigentes de ese campamento, auténtica localidad autogestionada, en Santiago. “Cada manzana elegía libre y democráticamente a un delegado”, y estos decidían desde la administración del avituallamiento hasta la seguridad del barrio, a través de milicias populares, como también el apoyo a las fábricas ocupadas del cordón vecino. Abraham sigue viviendo en un barrio pobre, surgido de una ocupación de territorio. Sin embargo, la situación cambió mucho desde entonces y él rememora con nostalgia aquellos tiempos benditos: “Había mucha participación y todo eso de común acuerdo con los habitantes del barrio. En esa época, no conocíamos la delincuencia. Nos protegíamos entre nosotros dentro del campamento ; si un vecino salía, dejaba la puerta abierta…”

Cuando conversamos sobre este período con Edmundo Jiles, sindicalista del cordón Cerrillos, lo invade una fuerte emoción y respira hondo: “La mayoría de nosotros era joven, pero los más viejos sabían transmitir su experiencia, su sabiduría, para de tanto en tanto hacer bajar el nivel de adrenalina y moderar un poco las acciones. Pero nos apoyaban con mucho entusiasmo. Por eso pudimos hacer todo aquello”.

En ese período, y mientras desde los últimos meses de 1971 el presidente de Estados Unidos Richard Nixon dio orden a la CIA de “hacer saltar” la economía chilena, se constituyó en Antofagasta un estado mayor de la sedición que agrupaba a la organización fascista Patria y Libertad, el Partido Nacional y los oficiales golpistas. El embajador estadounidense en Santiago, junto a Harry Schlaudeman, agente de la CIA que participó en la invasión de la República Dominicana en 1965, coordina a los militares chilenos y la CIA. Hasta el fatídico 11 de septiembre…

“Los obreros me reclamaban armas”, recuerda la ex-ministra de trabajo comunista Mireya Baltra, que el día del golpe de estado se dirige al cordón Vicuña Mackenna. Haciéndose eco, José Moya cuenta cómo esperaba él, en su fábrica: “Habíamos pasado toda la noche del 11 de septiembre de 1973 esperando armas que nunca llegaron. Oíamos disparos del lado del cordón San Joaquín; allá tenían armas -al menos los de la empresa textil Sumar. Nuestro sueño era que en cualquier momento podían llegar armas y que íbamos a hacer lo mismo que ellos. Pero no pasó nada”. Contrariamente a la propaganda del general Augusto Pinochet, nunca existió ningún ejército de los “cordones de la muerte”. De hecho, dejando a un lado algunos actos de resistencia aislados, el “poder popular” se sometió rápidamente bajo las implacables botas de la represión.

“El día del golpe de estado había muertos en la calle, los traían incluso de otros sitios y los tiraban aquí, cuenta Carlos Mujica, empleado de la planta metalúrgica Alusa. ¡Y no podíamos hacer nada! Creo que lo más duro fue el período 1973-1974. Después, en 1975, los servicios secretos vinieron a buscarme a Alusa. Me detuvieron y me llevaron a la famosa Villa Grimaldi: ahí, pasaban a la gente por la parrilla, es decir, sobre una cama de hierro donde aplicaban corriente eléctica en las piernas… Sabían que yo era delegado del sector…”.

Estos relatos de una época marcada por la esperanza de un mundo mejor forman parte de la “batalla de la memoria” que tiene lugar actualmente en Chile. Producto de la violenta amnesia a la que el pueblo fue sometido por la junta militar (1973-1990), esta historia se mantiene en gran medida ignorada. Una memoria colectiva destrozada que no pudo recomponerse bajo los gobiernos de la Concertación Democrática, cuya política económica e institucional es en muchos aspectos una continuación del régimen del general Pinochet. En esas condiciones, los recuerdos siguen vivos, pero en forma fragmentada, atomizada. Se trata de una historia que llevan en sí fundamentalmente quienes la han vivido, al menos quienes tienen la suerte de seguir vivos.

“ El pasado siempre es importante", concluye no obstante Luis Pelliza, obrero que continúa en actividad dentro del movimiento sindical, tras 17 años de dictadura y más de 20 años de neoliberalismo. "Forma parte de una historia que vivimos. Conocer la experiencia de nuestra derrota es necesario para comprender cómo podremos afrontar el futuro”.

*Historiador, miembro del equipo de redacción de la revista Dissidences, enviado especial de Le Monde Diplomatique Traducción: Patricia Minarrieta

Notas

1. Desde antes de octubre de 1972, existían formas semejantes de solidaridad obrera, cuyo precedente más importante había sido la creación del Cordón Cerrillos, en junio de 1972, en una comuna industrial de Santiago. En los años que siguieron, esas coordinaciones de carácter horizontal florecerán en muchas regiones del país.

2. Habitantes de los barrios pobres y de las villas miseria o “poblaciones”.

3. Fundada en febrero de 1953, es la única gran confederación sindical de Chile.

4. Este derecho de control parcial de la producción, en co-gestión con el Estado, siguió siendo la prerrogativa de una minoría reducida de asalariados que trabajaban en las empresas nacionalizadas.

5. El MIR no pertenece al gobierno y representa un apoyo crítico a Allende. Creado en 1964 por viejos dirigentes del movimiento obrero, se acercará de allí en más al modelo cubano y a la teoría de la guerra popular prolongada.

 

Le Monde Diplomatique, Brecha, Rebelión

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  • Dirección: Nellys Palomo Sánchez (hasta el número 35 en noviembre de 2001) José Martínez Cruz (a partir del número 36)

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