No. 54
(septiembre 2003)

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CORREO DE PRENSA INTERNACIONAL

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La lucha por el “poder popular” durante el gobierno Allende (1970-1973)

Por un balance critico

Franck Gaudichaud*

Antes, teníamos el temor de que el proceso hacia el Socialismo se estaba transando para llegar a un Gobierno de centro, reformista, democráticoburgués que tendía a desmovilizar a las masas o a llevarlas a acciones insurreccionales de tipo anárquico por instinto de preservación. Pero ahora, analizando los últimos acontecimientos, nuestro temor ya no es ése, ahora tenemos la certeza de que vamos en una pendiente que nos llevará inevitablemente al fascismo ”: fue en estos términos que la coordinadora provincial de los Cordones Industriales de Santiago se dirigió, el 5 de septiembre de 1973, al primer mandatario de Chile, el presidente Salvador Allende. Se trataba de una carta publicada seis días antes del golpe de estado que pondrá fin a una experiencia extremadamente importante para la historia del movimiento obrero internacional: la de “La Unidad Popular”. Esta carta terminaba de esta manera: “ Le advertimos compañero, que con el respeto y la confianza que aún le tenemos, si no se cumple con el programa de la Unidad Popular, si no confía en las masas, perderá el único apoyo real que tiene como persona y gobernante y que será responsable de llevar el país, no a una guerra civil, que ya está en pleno desarrollo, sino que a la masacre fría, planificada, de la clase obrera más consciente y organizada de Latino América. Y que será responsabilidad histórica de este Gobierno, llevado al poder y mantenido con tanto sacrificio por los trabajadores, pobladores, campesinos, estudiantes, intelectuales, profesionales, a la destrucción y descabezamiento, quizás a qué plazo, y a qué costo sangriento, de no sólo el proceso revolucionario chileno, sino también el de todos los pueblos latinoamericanos que están luchando por el Socialismo ”. 1 Estas palabras suenan aun hoy día, 30 años después. Fueron la expresión de un significativo sector del movimiento obrero y popular chileno que durante dos años, intento desarrollar lo que se denominaría “poder popular”. Sin embargo hoy, la historia de los Cordones Industriales así como la de los demás organismos de “poder popular” que surgieron durante el gobierno de Allende (1970- 1973), es muy poco conocida. ¿Porque? Porque el capitalismo neoliberal implantado por la dictadura y mantenido por los sucesivos gobiernos de la Concertación necesita olvido y amnesia histórica para seguir acumulando riquezas, porque Chile vivió un proceso contra-revolucionario que destruyo, con el uso de la violencia física y síquica un movimiento social potente, sus lideres y militantes, al mismo tiempo que aplasto este hilo de la memoria popular que es una de la base para la reconstrucción de una relación de fuerza con las clases dominantes. Pero los que sobrevivieron a las torturas, desaparición, fusilamientos, que aguantaron los despidos políticos y exilios, que guardaron en alto la bandera de la dignidad del pueblo y de la lucha de los trabajadores, no han olvidado y con ellos las nuevas generación tienen la posibilidad de aprender del pasado para construir el futuro de nuestra América Latina.

El objetivo del programa de la UP consistió en facilitar un principio de desarrollo capitalista industrial nacional y una modernización del campo chileno: nacionalización de los recursos naturales esenciales, estatización de los grandes monopolios, en su mayoría en manos de capitales extranjeros, reforma agraria. El programa preveía igualmente diversas medidas sociales, sin precedentes por su amplitud en la historia del país, apuntando a una importante redistribución de las riquezas. 2 Es lo que entonces se llamó “ la construcción de la nueva economía ”, llamado basado en la edificación de una Área de Propiedad Social (APS) formada por la nacionalización del sector minero (cobre, salitre, hierro, carbón...), la banca y el comercio exterior y monopolios industriales. La táctica propuesta por la UP es claradamente marcada por la teoría de la vía pacifica y la revolución por etapas difundida en todo el mundo por la burocracia post-estalinista de Moscú. Señala entre otro que la primera etapa de la transición debería efectuarse con respeto de la propiedad privada y de los pequeños accionistas; eso implicaba nacionalizaciones con indemnizaciones a los patrones, y no expropiaciones simples. En la idea de la UP, el APS debe convertirse en un sector predominante de la economía. En fin, así que le señala de manera correcta el historiador Luis Vitale: “ un análisis riguroso conduce a señalar que las medidas del gobierno de Allende constituyeron una continuidad histórica, en un plano de mayor radicalización, del proceso abierto por la Democracia Cristiana. En términos de sociología política, se trataría de un proceso de revolución democrática que no alcanzó la fase socialista porque la Unidad Popular ganó electoralmente el gobierno pero no el poder real. En rigor, la Unidad Popular no alcanzó a cambiar el carácter del Estado en un nuevo tipo de institucionalidad que formalizara los embriones de poder popular. [...] la Unidad Popular habría cumplido una parte de su estrategia de la revolución por etapa, la primera etapa, democrática-burguesa, sin poder pasar a la segunda, la socialista ”. 3

Sin mayoría en el parlamento, el Gobierno Allende va a desarrollar una política de alianza social con las clases medias y la mal llamada “burguesía nacional progresista” que se traduce también por negociaciones fracasadas con la cúpula de la Democracia Cristiana (cúpula que recibía dólares de la CIA y del imperialismo y que será un ferviente apoyo al golpe militar). Poco a poco, el gobierno popular que había despertado tantas expectativas dentro del pueblo chileno con su llamado al socialismo, se vio amarrado a la institucionalidad de un Estado burgués, abiertamente hostil a su proyecto de cambio y más aun a las movilizaciones sociales que podía favorecer. El Gobierno popular se encontró progresivamente atrapado en el entramado de la institucionalidad, perdiendo toda eficacia en el plan mismo sobre el que había elegido priorizar su lucha: el de reformas estructurales impulsadas “desde arriba”, que pasaban por el respeto de la constitución burguesa de 1925 y de las fuerzas armadas, declaradas “fuerzas constitucionalistas”. 4 En este contexto el Partido Comunista chileno, primera organización trabajadora del país, desempeña a lo largo del período un papel esencial. Este partido promueve la moderación de los sectores populares más radicalizados, con el fin de garantizar la estabilidad del Gobierno y no asustar “a la burguesía nacional”. El partido dirigido por Luis Corvalán (de gran importancia por su base obrera y sus capacidades de movilización), impone una hegemonía de hecho sobre el gobierno de la Unidad Popular con el lema “c onsolidar para avanzar ”. Así a partir de sus orígenes, la Unidad Popular se encontró impregnada de una contradicción principal, se define como el “gobierno popular” y pretende representar las aspiraciones de un movimiento social radicalizado y altamente politizado, pero al mismo tiempo llama los trabajadores a respetar el estado burgués, confiar en sus fuerzas armadas, como a no sobrepasar las medidas previstas por su programa. Desde el punto de vista de las direcciones de los dos principales partidos de izquierda de la época (el PC y el PS), el nuevo orden social, este “poder popular” en gestación, habría debido surgir de una incorporación progresiva de los representantes del pueblo en las instancias del Estado, lo que supuestamente terminaría de transformarlo “desde el interior”. Es evidente que esta táctica se oponía a todas las enseñanzas sacadas hasta el momento por el movimiento obrero y socialista internacional. Y eso, a pesar de los discursos encendidos de la época donde personas como el actual empresario Oscar Guillermo Garreton o el ultraliberal Ricardo Lagos se reclamaban todavía de Marx y de la revolución. Ante la posición de la UP, existía la del MIR y de otros pequeños grupos revolucionarios como nuestros compañeros del Partido Socialista Revolucionario (PSR). Si bien estos últimos reconocieron el carácter progresista del gobierno de Allende, rechazaban la concepción reformista de la revolución por etapas, planteando que la dualidad del poder conllevaría inevitablemente a un enfrentamiento con las clases dominantes, que causaría una destrucción-transformación del Estado Burgués. Argumentaban que por eso se necesitaba prepararse mejor y apoyar las iniciativas del proletariado a favor de la generalización de un « poder popular » armado y democrático, construido desde la base, que permitiría llevar adelante el proceso de transición al socialismo.

En síntesis, la problemática del “poder popular” se refiere a la teoría del poder de Estado, de las clases dominantes que este último representaba como a la creación de un control obrero y popular (consejos trabajadores), que personificarían la nueva sociedad en gestación. Los bolcheviques habían solucionado esta cuestión por el concepto de “doble poder” o también “la dualidad de poder”, a raíz de la confrontación entre los soviets y el Gobierno de Kerensky en Rusia de 1917. Si se sintetiza un debate que causó numerosos debates, 5 para Lenin y Trotsky, cuando se plantean el problema del poder en los movimientos revolucionarios, es el de la construcción de un poder alternativo al Estado burgués, la “dictadura del proletariado” reemplazando la del capital, resultante de la iniciativa directa y dirigida de las masas populares. En tal coyuntura, el control y la gestión del orden social pasaría a las manos de la clase obrera: control obrero de la producción, armamento del pueblo y sustitución del aparato de represión, funcionarios revocables en cualquier momento, etc... 6 Más ampliamente, esta cuestión fue presentada antes en varios textos de Marx y Engels, mas exactamente en el análisis de la Comuna de Paris, y fue prolongada en los escritos de muchos intelectuales marxistas (particularmente de Gramsci), y en el seno de los acontecimientos de la mayoría de las experiencias históricas internacionales de control obrero y de autogestión, de las cuales el continente latinoamericano posee múltiples. 7

Globalmente, la historia del poder popular podría dividirse en tres períodos. El primero va desde la elección de Allende hasta la huelga patronal de octubre de 1972: es el concepto de participación bajo control del Estado y para solamente la minoría de los asalariados del sector nacionalizado, tal cual es planteado por el gobierno, que precede y donde se dibujan algunas fricciones entre éste y los trabajadores que reclaman la extensión del sector nacionalizado, (ocupaciones de fábricas, Asamblea de Concepción, nacimiento del Cordón Industrial Cerrillos). El segundo comienza con la huelga patronal de octubre, para terminar en junio de 1973: se caracteriza por un desbordamiento amplio de los partidos de izquierda y la aparición de organizaciones independientes al gobierno como los Cordones Industriales o los Comandos Comunales. Y finalmente el tercero, que sigue al golpe fallido de junio de 1973: el debate sobre el “poder popular” esta entonces en su apogeo y el conjunto de las fuerzas políticas reconocen el potencial de estos organismos, ya sea para condenarlos abiertamente o para intentar canalizar su fuerza.

Aumentando el caldero social que comienza a partir de los años sesenta, impulsando una dinámica de reformas que muestran hasta qué punto las relaciones de producción podían transformarse, basándose en un discurso con determinación revolucionaria, neutralizando una parte del aparato represivo, el gobierno va facilitar y permitir un proceso, que poco a poco va a terminar por desbordarlo completamente. Mostrando claramente esto el número de empresas ocupadas, o en el campo, la magnitud de las tierras expropiadas y el aumento del número de huelgas contra los dictámenes del gobierno y la CUT , que se encuentra en este periodo ser una correa de transmisión burocratizada de los partidos. 8 Este vínculo de dependencia se refuerza considerablemente bajo Allende, con la integración progresiva de la CUT a la dirección del Estado y sus empresas. Da prueba de esto el nuevo gabinete de principios de noviembre de 1972, dónde la primera tarea de Salvador Allende “para calmar a sus tropas” tras la insurrección de octubre, fue establecer un gobierno cívico-militar: dos dirigentes de la CUT se encuentra frente a frente con tres altos jefes de las fuerzas armadas, Rolando Calderón (Secretario General de la CUT-PS) en el Ministerio de Agricultura y Luis Figueroa (Presidente de la CUT-PC) al Ministerio de Trabajo.

El “Octubre chileno” de 1972 se caracteriza por el paso a una etapa superior de la ofensiva de las clases dominantes: la de la confrontación de masas y el boicoteo económico generalizado de parte de los patrones y gremios representantes de la pequeña burguesía.. Una de las mayores originalidades de esta respuesta del movimiento popular fue la creación, en las principales zonas industriales y barrios populares del país, de organismos unitarios y transversales, que funcionan sobre una base territorial y permiten la conexión entre los distintos sindicatos de un sector industrial determinado o las organizaciones de base de un barrio.

Al nivel de la industria, estas coordinaciones trabajadoras de carácter horizontal responden en masa contra el boicoteo patronal con una ola de ocupaciones de fábricas que entra en relación con la movilización trabajadora en las principales empresas del Área de Propiedad Social. Los asalariados de este sector llegan así a mantener parcialmente la producción haciendo funcionar las fábricas sin su propietario, la mayor parte del tiempo con la ayuda de unos pocos técnicos y sobre nuevas bases de funcionamiento: cuestionando la división del trabajo, la jerarquía de la fábrica, y la propiedad privada de los medios de producción. Organizan también formas paralelas de abastecimiento, en particular, con la ayuda de las Juntas de abastecimiento y control de los precios (JAP), multiplicando las brigadas de vigilancia y defensa de las fábricas... Este momento crucial de la UP demuestra sobre todo las capacidades de la movilización popular, la profunda descentralización de la actividad política y vuelve a poner abiertamente en cuestión las relaciones de producción. La lucha de clases reveló también la debilidad del Gobierno y la UP ante tales retos impuestos por parte de las clases dominantes, y también la fragilidad de la acción de organizaciones tan importantes como la CUT en esta coyuntura. En otros términos, las luchas trabajadoras se organizaron sobre bases propias que superan las formas tradicionales de estructuración del movimiento obrero: unificación de los asalariados más allá de sus distintas ramas productivas, unificación de sectores afiliados a la CUT con los de la pequeña industria que se excluye, unificación de las pretensiones económicas en un proyecto político mucho más radical que aquél defendido por el gobierno. La presentación del Pliego del Pueblo en octubre 1972 por el Comando Comunal Vicuña Mackenna lo recuerda. Este documento agrupa múltiples pretensiones, de educación, salud, abastecimiento, producción, etc.. El documento demanda especialmente que “todas las industrias produzcan para el pueblo, bajo control del pueblo ”, “ Reforzar la organización de los comités de autodefensa y vigilancia en cada industria, cada fundo, cada manzana de la población, en los servicios públicos, etc. ”, el establecimiento del control obrero en las industrias del sector privado y el paso al Área Social de las que estaban ocupadas. El Pliego del Pueblo llamaba en conclusión a la construcción del poder popular y de una asamblea del pueblo contra el parlamento y las leyes de la burguesía. 9

Es el Cordón Cerrillos en la comuna de Maipú, en Santiago, el que inicia este proceso de ruptura e insurrección . En su plataforma de lucha del 30 de junio, el Cordón Cerrillos llamaba, en particular, al “ control obrero de la producción a través de consejos de delegados revocables en cualquier momento, en todas las industrias, minas y fundos ”. Durante la crisis de octubre de 1972, tras el levantamiento militar del coronel Souper en junio de 1973, llamado Tancazo , y luego de la nueva huelga patronal de julio del mismo año, estas formas de organización popular van a conocer una importante proliferación a través de todo el país. En lo que se refiere a los Cordones Industriales (CI) en Santiago, son los CI Cerrillos y Vicuña Mackenna los que desempeñarán el rol mas importante , 10 pero siempre al lado de otros menos desarrollados y a veces solamente embrionarios: CI O' Higgins, Macul, San Joaquín, Recoleta, Mapocho-Cordillera, Santa Rosa-Gran Avenida, Panamericana-Norte y Santiago Centro. Igualmente los encontraremos de norte a sur: en Arica en torno a la industria electrónica, en Concepción (CI Talcahuano), Antofagasta, Osorno y también en Valparaíso (CI El Salto, 15 Norte, Quilpue ). La lucha para el abastecimiento se organizó también gracias a la acción de los Comandos Comunales, que son organismos creados por una comuna o varias comunas y que permitieron teóricamente la reunión, a nivel comunal, de delegaciones de obreros, campesinos, estudiantes, dueñas de casa y de las JAPs o Comités de barrios. La formación de los Comandos Comunales fue reivindicada por la propaganda del MIR, quien poseía la dirección de Comandos como el de Estación Central o Barrancas. 11

Es necesario hacer hincapié en el hecho de que los Comandos Comunales no lograron alcanzar el nivel de organización y desarrollo de los Cordones Industriales. Estos últimos tampoco nunca lograron ser verdaderos órganos de poder dual, tal como la definió Trotsky: «  La preparación histórica de la revolución conduce, en el período prerevolucionario, a una situación en la cual la clase llamada a implantar el nuevo sistema social, si bien no es dueña del país, reúne de hecho en sus manos una parte considerable del Poder del Estado, mientras que el aparato oficial de este último sigue aún en manos de sus antiguos detentadores. De aquí arranca la dualidad de poderes de toda revolución  ». De hecho, Octubre 1972, fue un momento transitorio de dualidad de poderes, pero al contrario de lo difundido por la burguesía y después la junta militar, no se organizó en los Cordones auténticos soviets y un ejercito popular paralelo listo para destruir el sistema capitalista. Eso es, desgraciadamente, puro mito sin fundamento ninguno, que no permite entender la facilidad con la cual los militares aplastaron las luchas populares. Si se quiere hacer un primer balance objetivo, es necesario destacar que las distintas formas de poder popular, a pesar de su valioso alcance histórico y de la entrega de muchos de sus militantes, tuvieron un carácter limitado en ausencia de una dirección política unificada, combatiente sobre la base de una alternativa a la táctica reformista del Gobierno. Estas organizaciones trabajadoras y populares se encontraron desarmadas tanto, a nivel organizativo como político, ante los llamados a la moderación y las pruebas de control aplicadas por parte del ejecutivo. Sus acciones, su potenciación se efectuaron esencialmente de manera defensiva y momentánea, ante la iniciativa de los ataques provenientes de la oposición. Su coordinación sigue siendo, fuera de estos períodos de crisis, una simple superestructura, sirviendo más de lugar de reunión a los distintos dirigentes sindicales y políticos mas avanzados, que de órgano de expresión masivo y democrático del movimiento popular. Tras cada crisis, a pesar de una mejora significativa de su capacidad de movilización, se les pide respetar los compromisos contraídos por la UP en 1970.

Por lo tanto, se asiste cada vez, a un retorno al aislamiento y la atomización política de los trabajadores en sus fábricas respectivas. Los sectores de izquierda de la UP, sobre todo el PS, el MAPU y la Izquierda Cristiana, que dominaban y dirigían los Cordones Industriales, rechazaban que estos últimos se transformaran en órganos de “poder dual”. Como lo había repetido a finales de diciembre 1972, Julio Benítez, representante del ala izquierda del PS: “ No se puede pensar que trabajamos para la creación de un poder sustitutivo. Nosotros, somos parte del Gobierno . 12 El Partido Comunista, principal partido obrero, vio el desarrollo de los Cordones Industriales con hostilidad puesto que impugnaban abiertamente su proyecto. En efecto, a raíz de los acuerdos adoptados por la UP en las reuniones de Lo Curro y El Arrayán, Allende y el PC buscan a toda costa defender la tesis según la cual la única vía posible era hacer una pausa en el proceso de reformas. Es Orlando Millas, dirigente PC que se encarga de esta misión en colaboración con los militares que integran en adelante el Gobierno: el plan Prats-Millas prevé así la restitución de 123 empresas ocupadas por parte de sus asalariados o requisadas durante octubre 1972 y la reducción a 49, de aquellas integradas al Área de Propiedad Social. Tal proyecto acelera las tensiones entre el gobierno y los Cordones que manifiestan, con una fuerte movilización, que el PC y los sectores reformistas de la UP actuaban contra el proceso de transformación social. El MIR, única fuerza revolucionaria que logro un desarrollo importante durante este periodo, permanezco incapaz de hacer cambiar este modelo y desplazar la hegemonía del PS y del PC sobre la clase obrera. A pesar del éxito innegable de la difusión de sus ideas y del valor de sus militantes, los “miristas” mantendrán la estructura militarista y cerrada de su organización. F inalmente, el Frente de Trabajadores Revolucionarios (FTR) se transformo en un tipo de frente sindical “rojo” que al intentar seleccionar una vanguardia revolucionaria formada en el sindicalismo, tiende finalmente a acantonarse en grupúsculos sin implantación en la masa.

A pesar de estas debilidades que necesitamos reconocer y analizar mejor, una simple revisión de las primeras páginas de la prensa de la burguesía como El Mercurio o La Tribuna pone de manifiesto que al final de los mil días de la UP, la derecha chilena entiende claramente que el principal peligro que amenaza el orden social y la propiedad privada de los medios de producción se sitúa precisamente en esta “Revolución desde abajo” en gestación en los embriones de poder popular. Así como lo advierte el sociólogo James Petras, la instalación de un régimen dictatorial no es una acción irracional sino que corresponde precisamente a la defensa de intereses sociales específicos: “ El terror estatal es parte integral de la lucha de clases. A diferencia de acciones fortuitas y arbitrarias realizadas por individuos enfermos, la estructura y dirección del terror estatal son definidas por los intereses políticos de los que la sirven. El grado de intensidad y los objetivos del terror estatal tienen una razón política específica: hacer fracasar las tentativas de los campesinos y trabajadores organizados, así como los movimientos sociales a punto de modificar las relaciones de producción y la distribución de la riqueza . 13 En el caso de Chile, este blanco contemplado por la dictadura fueron especialmente los órganos de “poder popular” que buscaban desarrollarse. Los testimonios sobre la represión en los Cordones Industriales, el día del golpe de Estado y también varias semanas antes con la aplicación de la “ley de control de armas”, lo confirman ampliamente.

Desde el siglo XIX con las “mancomunales” y las “sociedades de resistencia” hasta los Cordones Industriales y pasando por la Asamblea obrera de la alimentación de 1918, hay una continuidad que pone de manifiesto que el movimiento obrero chileno supo forjarse una conciencia de clase y una identidad de lucha, como protagonista deseoso de conducir su propio destino. Las lecciones de esta experiencia del poder popular son muchas. Primero que la tesis de la colaboración de clase es una trampa mortal por el movimiento obrero y popular que tiene que ser rechazada de manera sistemática. H oy día, la globalización capitalista neoliberal no deja ningún lugar a duda sobre el hecho que las burguesías del tercer mundo son agentes directos y indirectos del capital transnacional. Tal comprensión nos confirma que todo política antiimperialista verdadera en América Latina podrá solamente provenir de la expresión política de los sectores populares y explotados, librado del mito de la existencia de una “burguesía nacional progresista”. De otra parte, la critica a la táctica de la revolución por etapa y la vía pacifica nos permite comprender el hecho de que la UP y la CUT se vieran notablemente superadas por las luchas del movimiento obrero y popular durante el gobierno Allende; pero también que los Cordones Industriales se quedaron sin dirección autónoma y clasista. Actualmente el movimiento de los trabajadores se reactiva: es en este proceso que tenemos que insertarnos activamente, recordando siempre la necesidad de la independencia de clase como el rechazo a toda subordinación del movimiento social a partidos políticos reformistas o burgueses, que regularmente promueven una línea más radical con el único objetivo de darse una nueva legitimidad, ocupar cargos burocráticos (sea en los ministerios o en la CUT) y mantener el sistema. Es la clase trabajadora en su conjunto con los otros sectores populares y estudiantes que tienen que forjar, democráticamente y desde las bases, su organización en fin de recuperar una expresión política propia. En este sentido, la rica historia del “poder popular” subraya la necesidad de trabajar a la creación de un bloque de izquierda anticapitalista que sepa rescatar lo mejor de esta experiencia: el control obrero de la producción, el abastecimiento bajo control popular de las riquezas, la alianza entre el movimiento obrero, pobladores y estudiantil, la democracia social, proletaria y participativa. Esta herencia la podemos rescatar para llevarla a delante en la perspectiva de una organización política que se construya desde los trabajadores y los sectores populares, desde sus luchas cotidianas y voluntades de cambios, con ellos y para ellos. En este largo y difícil camino, la reconstrucción de nuestra memoria, el reconocimiento de nuestra historia reciente, de los compañeros que cayeron luchando bajo la mano de hierro de la dictadura y el análisis critico de nuestro pasado serán indudablemente un paso suplementario en el éxito de las luchas que nos esperan.

 

Notas a pie de página

1. Carta de la coordinadora Provincial de Cordones Industriales de Santiago , enviada al Presidente Salvador Allende, Santiago, 5 de septiembre de 1973.

2. “Programa de la Unidad Popular”, 17 de diciembre de 1969, Santiago (publicado en línea en http://www.abacq.net/imagineria/frame5.htm ).

3. Luis Vitale, “El gobierno de Salvador Allende”, Para recuperar la memoria histórica. Freí, Allende, Pinochet , pp. 174-238, Ed. Chile América – CESOC, Santiago, 1999.

4. G. Salazar, J. Pinto, “El proyecto de integración hacia dentro: corporativismo, desarrollismo y populismo (1930-1973)”, Historia contemporánea de Chile , pp. 151-166, Tomo I, LOM, 1999.

5. “Consejos obreros y democracia socialista”, Cuadernos de pasado y presente , N°33, Córdoba, 1972.

6. Ver por ejemplo, Lenin, “La dualidad de poderes”, Obras Escogidas , T. II, Ed. Progreso, Moscú, 1960 y El Estado y la revolución , Quimantu, Santiago, 1972; L. Trotsky, Historia de la revolución rusa , Quimantu, Santiago, 1972

7. E. Mandel, Control obrero, consejos obreros y autogestión , Ed. C. Mariategui, Santiago, 1972; R. Zavaleta Mercado, El poder dual en América Latina , Coll. Minima, Siglo 21 Editores, México, 1974; F. Iturraspe, Participación, cogestión y autogestión en América Latina , Ed. Nueva Sociedad, Caracas, 1986.

8. Así el numero de dia/individuos de trabajo perdido por huelga pasan de 138000 durante el primer semestre del ano 1971 a 200000 durante el semestre del ano siguiente. Bajo esta presión social y el movimiento de ocupación de fabricas, mas de 30% de los trabajadores industriales están integrados en el APS en 1973, o sea aproximadamente 140 000 personas.

9. Comandos Comunales y Cordones Industriales de Santiago , Santiago, Octubre de 1972 (citado en V. Farias, Op. cit. , Tomo 5, pp. 3272-3288). La referencia a la asamblea del pueblo recuerda al encuentro masivo realizado en Concepción, en julio 1972, contra “el parlamento y la justicia burguesa”.

10. Ver “Cordón Cerrillos, Vicuña Mackenna: la alianza de clase en acción”, Chile Hoy , N°59, Santiago, 2 de agosto de 1973.

11. Es el Comando Comunal Estación Central, formado en 1973, que parece haber sido el mejor organizado y permitido la integración de sindicatos industriales (ENAFRI, ENDESA) (ver: A. Carmona, “Poder popular para unir fuerzas”, Punto Final , N°189, Santiago, 31 de julio de 1973)

12. J. Benítez, “La Clase obrera dirige los comandos comunales”, Posición , Santiago, 27 de diciembre de 1972.

13. J. Petras, “Economía política del terror estatal: Chile, El Salvador y Brasil”, Estado y régimen en Latinoamérica , pp. 31-66, ed. Revolución, Madrid, 1987.

 

* Franck Gaudichaud integrante de la Tendencia Socialista Revolucionaria y colaborador de la Revista Izquierda en Chile. El autor está realizando un trabajado de doctorado sobre el poder popular y los cordones industriales durante la Unidad Popular bajo la dirección de Michael Löwy.

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