No. 54
(septiembre 2003)

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CORREO DE PRENSA INTERNACIONAL

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Hay que reinventar el socialismo del siglo XXI

(Entrevista con Aurelio Alonso)

Carlos Torres

“En Cuba tenemos lo que podríamos llamar una transición del socialismo clásico del siglo veinte a uno viable en este siglo. Lo digo de una manera muy vaga, pues si me pregunta cuál es ese tipo de socialismo y cuáles sus patrones, solo puedo afirmar que aquí es donde tiene que funcionar la imaginación en todos los niveles de nuestra sociedad, no tan solo la imaginación del liderazgo político. Aquí es donde debe estar toda la población pensando, en los espacios barriales, comunales, provinciales, sectoriales, en fin, el imaginario colectivo funcionando”.

El Foro Social Mundial se ha convertido en el espacio de mayor envergadura y creatividad para analizar y promover alternativas viables al desquiciamiento que afecta al mundo.

En enero pasado, se dieron nueva cita en Porto Alegre los movimientos y organizaciones sociales que bregan por un mundo distinto. Se discutieron ideas y acciones que orienten la búsqueda de “otro mundo posible”. Entre ellas, las del sociólogo y politólogo Aurelio Alonso, investigador del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS) de La Habana, quien se refirió a la contribución del proceso cubano a la búsqueda de alternativas al neoliberalismo.

Aurelio Alonso, 64 años, perteneció al consejo de dirección de la revista Pensamiento Crítico, desempeñó labores diplomáticas y académicas en Francia y, a su regreso a La Habana, se incorporó como investigador al Centro de Estudios de América (CEA). Es profesor adjunto en la Universidad de La Habana y miembro del comité de redacción de la prestigiosa revista Alternatives Sud, que se publica en Bélgica bajo la dirección de François Houtart. En 1994 fue coautor, con Julio Carranza, del libro La economía cubana: ajustes con socialismo , y en 1998 publicó Iglesia y política en Cuba revolucionaria.

¿Cuáles serían las visiones que suponen alternativas que trasciendan la elaboración teórica?

En las comunidades y países, especialmente en América Latina, el concepto de “alternativa”, como muchos otros que se utilizan en las ciencias sociales, va cobrando fuerza, complejidad y diversidad. Lo mismo ocurrió en los años 70 y 80 con el concepto de sociedad civil y con otros. ¿De qué hablamos cuando nos referimos a alternativas en un mundo globalizado? Tenemos que darles una connotación global integral, pero también entender sus particularidades. Personalmente, discuto la idea de “modelos” porque se aplica a cosas muy distintas. Por ejemplo, el desarrollo de las comunidades de la cuenca del río San Francisco, en Brasil, como alternativa de poder popular, sería muy distinto al concepto de alternativa que se puede utilizar en Cuba, con relación a lo que vivimos como sociedad. Se trataría de dilucidar el concepto de alternativa con relación a qué.

En cuanto a Cuba, existe la idea general de que nuestro país ya es un proyecto alternativo: el que se gestó con la Revolución. En términos históricos eso es válido, muy cierto, y surge en un momento en que ese concepto no era usado de manera común. En esa época hablábamos de revolución, de socialismo, si implementábamos reformas o llevábamos adelante una revolución, si en América Latina era la lucha armada o la transición pacífica por la vía electoral el mejor camino de liberación. Los países del este europeo hablan hoy de transición en un sentido opuesto. Nosotros nos habíamos referido siempre a la transición hacia el socialismo. Ahora es desde el socialismo, como se aplica en Moscú. Por lo tanto, debemos hacernos preguntas complementarias, al plantearnos la idea de una alternativa: alternativa a qué, desde dónde y para quién.

¿Entonces es necesario desentrañar esa fragmentación conceptual que está planteada?

Exactamente, porque desentrañarla nos permite entender, por ejemplo, el aspecto alternativo del proyecto cubano, su aplicabilidad a otros proyectos o modelos alternativos latinoamericanos. La época ha cambiado y se parte desde otras situaciones distintas a la del triunfo de nuestra Revolución. Las condiciones para realizar las propuestas son otras y los reveses históricos muy diferentes, también. Incluso nuestros reveses son aplicables solo a las correcciones que nosotros mismos debemos implementar como propuesta alternativa, en el contexto actual. Esas correcciones, en algunos casos, ya las hemos asumido. Otras están pendientes de ser asumidas o ser impuestas por nuestra propia historia. Pero no son necesariamente válidas para el resto de América Latina.

Esta afirmación puede parecer muy teórica; sin embargo, la podemos concretar en una imagen clara. En el contexto estructural de la excesiva liberalización que ocurre en nuestro continente en las áreas de la producción y comercio y de los mecanismos de reproducción del capital, la búsqueda de alternativas tiene que enfrentar el freno impuesto por esa liberalización, que ha reducido la capacidad estatal de implantar o mantener mecanismos de reformas sociales. En el caso cubano, el problema más bien es, quizás, un estatismo demasiado elevado. La economía cubana es esencialmente estatal, incluso más de lo que fue la economía soviética, a pesar de que las reformas de los noventa han logrado niveles importantes de descentralización económica. Pero es todavía incipiente y, al menos en mi opinión, insuficiente para dar respuesta a las necesidades de la economía cubana.

Los pasos que debemos seguir en el desarrollo de nuestra alternativa suponen una cuota de liberalización económica, sin que esto implique asumir una posición neoliberal. Para América Latina, en cambio, los pasos deben orientarse a restringir y disminuir la liberalización de la economía y las finanzas.

El caso cubano

Si hablamos de liberalización debemos considerar, por lo tanto, sus dos dimensiones, su expresión interna y externa y en interés de qué y de quiénes esta funciona, sea en su forma productiva o financiera.

En efecto, el problema, o al menos uno de ellos, radica en que nuestra economía no se liberaliza internamente en la medida necesaria para producir una dinámica de crecimiento de la economía y de mejor distribución del producto social. La economía interna se mantiene altamente centralizada. Ello es aplicable de igual modo al sistema político y al esquema administrativo. Por ejemplo, los municipios jamás han podido implementar una política de resarcimiento económico propio. Nuestros municipios están trabados por una estructura piramidal. Si los municipios reciben todo desde arriba, financiera y políticamente, es muy limitado su rango de autonomía para ejercer iniciativas.

Siguiendo esa línea de análisis, ¿en el municipio cubano debieran producirse mecanismos que permitan recabar fondos e impuestos —sea para prestar servicios o para transarlos en su esfera de responsabilidad— para dinamizar una suerte de mercado local o comunal?

Sí, exactamente, y que no se haya logrado representa uno de los déficit del proyecto cubano. Es uno de los aspectos que deberá corregirse en su momento, que espero sea más temprano que tarde. En ese sentido y prosiguiendo con la idea central, yo veo al proyecto cubano como una alternativa al modelo neoliberal de capitalismo dependiente. Eso lo piensa mucha gente en Cuba. Pero nos quedaríamos cortos si no lo entendiéramos, también, como una alternativa al socialismo de Estado del siglo veinte. En eso coincidimos con opiniones que se debaten en otras latitudes. El desafío pasa entonces por reinventar el socialismo, si queremos hablar seriamente de alternativas. Hablamos de un socialismo que genere las condiciones para la participación efectiva de la población, la gestación de espacios de participación democrática efectiva en entidades políticas y económicas. En ese terreno, las municipalidades tienen mucho que avanzar. La descentralización, autonomía y autosuficiencia se podrán alcanzar por la vía de una fuerte participación en esos espacios locales, originando lo que podríamos llamar la creación de sustentabilidad desde abajo.

Suena bien su afirmación. Sin embargo, me parece que estas ideas no estaban en lo que conocimos en los denominados “socialismos reales”. Aparece como una insuficiencia o déficit teórico del socialismo y resultado de una falta de creatividad o, del rol excesivo del partido y el Estado en las instancias de organización en la base social.

Esas y otras tantas son las razones que nos permiten descifrar las situaciones de hoy. De igual manera ha existido cierta falta de imaginación en la búsqueda de formas de propiedad social que sean más adecuadas y efectivas, que permitan que el capital socializado se reproduzca con la misma eficiencia o una eficiencia no inferior a la que tiene el capital privado, porque no podemos olvidar que lo que reproduce el socialismo es capital socializado, pero capital de todos modos. Todas estas ideas están en la base del problema.

Yo agregaría algunas cuestiones más universales, quizás más atrevidas, motivado por Eric J. Hobsbawm en su análisis del siglo veinte. ¿No sería, tal vez, el socialismo del siglo pasado un modelo adelantado para las condiciones existentes en el mundo? Por decirlo de otro modo, ni el tiempo ni el sistema estaban maduros para producir una alternativa socialista. El capitalismo no había generado las condiciones materiales para producir el socialismo, y me pregunto si no es así. Porque, en ocasiones, tendemos a culpar a los líderes de los procesos; es el caso de Gorbachov, a quien se culpa del fracaso de las reformas soviéticas. Pero hasta qué punto ese sistema no estaba ya condenado, estructuralmente, y con o sin Gorbachov, el sistema no tenía futuro. Entender esto es muy importante, pues nos permite tener una visión menos coyuntural de los procesos y dotarnos de una idea más científica, diría yo, acerca del colapso del socialismo del siglo veinte. Yo pienso que la enorme crisis de los socialismos reales es un fracaso estructural, político y económico. En lo cual tienen por supuesto responsabilidad los actores, los arquitectos de su construcción, y en este caso específico, Stalin tiene mucha. Pero tampoco soy partidario de reducir el análisis al estalinismo. No podemos verlo como una hechura deformada de carácter estrictamente personal. Ni desconocer logros de la construcción soviética.

Si ese es el caso, debemos preguntarnos, cuál es la importancia del líder o los liderazgos, quiénes ejercen esos roles y cómo, en las sociedades, esos liderazgos se reproducen de manera constructiva. Pareciera que en la experiencia soviética no se produjeron muchos elementos edificantes que puedan ser rescatados para un proyecto socialista de nuevo tipo.

Tampoco es así, no vamos a caer en el pecado inverso. Habría que evaluar bien la experiencia soviética. Las críticas a ese proceso son muy polarizadas. Las tendencias son al rescate o al rechazo, y el balance positivo no esta ahí, en los extremos. Se trata de ir al realismo de la crítica radical y profunda de los fracasos y errores, lo cual nos llevará, inevitablemente, a reconocer los éxitos. Por ejemplo, los logros relativos a la equidad distributiva, son los más exitosos que han existido en el mundo hasta nuestros días. Nadie más ha podido reproducir esos niveles de igualdad distributiva y de condiciones de vida en una sociedad tan populosa, en toda la historia de la humanidad. Habiendo salido esa sociedad de una miseria absoluta, el liderazgo basado en una gran voluntad fue capaz de hacer, además, que todo un pueblo se levantara contra el fascismo. Aunque hay que cuidarse y evitar el voluntarismo, el ingrediente de la voluntad es necesario. Esos avances y otros aspectos de desarrollo que se dieron en condiciones muy adversas, hay que acreditárselos a ese esquema. Sin por ello tener que comprar el esquema completo. Ese país, la URSS, llegó a ser una verdadera potencia. En condiciones diferentes, y en otra escala, esta apreciación sobre los aportes de la voluntad podría ser también pertinente para el modelo socialista cubano, cada cual con sus especificidades.

Transición a un socialismo viable

Dentro de ese contexto podemos suponer que el socialismo cubano continúa siendo una alternativa al capitalismo y también una alternativa a su propia historia, ¿existen esas condiciones?

Sí, creo que existen las condiciones. En Cuba tenemos lo que podríamos llamar una transición del socialismo clásico del siglo veinte a uno viable en este siglo. Lo digo de una manera muy vaga, pues si me pregunta cuál es ese tipo de socialismo y cuáles sus patrones, solo puedo afirmar que aquí es donde tiene que funcionar la imaginación en todos los niveles de nuestra sociedad, no tan solo la imaginación del liderazgo político. Aquí es donde debe estar toda la población pensando, en los espacios barriales, comunales, provinciales, sectoriales, en fin, el imaginario colectivo funcionando.

¿Existen espacios en Cuba para el funcionamiento del imaginario colectivo?

Sí, por supuesto. En ocasiones me han preguntado si acaso el sistema es ahora más duro o más intolerante. Yo puedo responder que sí y que no, pues el sistema cubano se va construyendo y moviendo como todos los sistemas políticos socialistas, transitando de acuerdo a las presiones y condiciones existentes. En la actualidad, hay un nivel más amplio que el que teníamos hace diez años, más avanzado en libertades de asociación y de prensa. No permite llegar aún a lo ideal, pero existen más espacios para el disenso, se aceptan más las críticas y ello expresa una diversidad imprescindible, porque la diversidad es importante y no radica en diversidad profesional. La diversidad sólo puede existir y ser practicada si pensamos en caminos distintos para resolver un problema, sin tener que someternos a un pensamiento único por muy socialista que sea. Lo cual tampoco implica que uno viole las normas existentes. Las normas son la legalidad de una sociedad, otra cosa son los criterios con relación al proyecto social.

¿Qué aspectos del socialismo cubano pueden contribuir al desarrollo de alternativas en América Latina?

No sé, eso no me toca a mí, es una pregunta para los latinoamericanos. Tenemos un caudal vasto de experiencias y están disponibles, porque además sabemos que los latinoamericanos están con nosotros, están a nuestro favor, en contra del bloqueo, por que nos dejen en paz construyendo nuestro camino. Pero a la vez, nuestra apologética excesiva debe ser reevaluada. La visión triunfalista de que Cuba está en el mejor de los mundos y que es la más grande democracia y la salvación de América Latina, tampoco es una buena lectura de nuestra realidad. Esa visión puede, incluso, generar otro tipo de bloqueo, que no permita que la gente vea todo lo bueno de Cuba y tenga una comprensión realista de nuestra contribución a sus propios procesos.

Desigualdades en Cuba

Las reformas económicas han generado en Cuba cambios importantes, tanto en la economía como en diversos estratos sociales. El sistema igualitario y de equidad ha sufrido algunas mutaciones que se han hecho perceptibles. ¿Espera que la apertura de la economía, aunque parcial, contribuya a superar la desestratificación creada por la urgencia de las reformas?

Se puede decir que Cuba ha sufrido una dislocación del patrón de equidad alcanzado, que era muy alto. Los estudios realizados en los años ochenta arrojaron resultados sorprendentes. El salario medio más alto en la franja de salarios del 20% que ganaba más, era cuatro veces superior al salario del 20% que percibía menos salario. Es decir, la relación era de cuatro a uno. Existían también otras mediciones que arrojaban una proporción de seis a uno. En todo caso, una distancia social irrisoria, que indica un cuadro de equidad excepcional. Sin embargo, ese cuadro se ha dislocado; es el problema más grave de las reformas y liberalizaciones. Ese patrón se estima que está por encima del rango de 20 a uno. Estamos hablando de salarios reales, antes del período especial, en que el 95% del trabajo era asalariado. Hoy la cifra del salario ronda el 65 a 70% del ingreso total. Hablamos de ingresos comprobados. Existe una cantidad alta de ingresos que no son controlados. Es muy difícil distinguir entre ingresos no salariales e informales para establecer porcentajes más exactos. Yo creo que, en la medida que se profundicen esas reformas, este fenómeno, esta distorsión, todavía puede crecer. El gran desafío del Estado cubano y de nuestro socialismo, es el de la justicia social. El problema de la educación, la salud, el deporte, son problemas resueltos y hay que mantenerlos. El desafío hoy, insisto, es normalizar el patrón de equidad, aunque tampoco podemos pensar que vamos a recuperar el patrón anterior igualitario. De lo que se trata es de evitar que se eleve. El efecto más grave de las reformas es el de la inequidad. Es mucho más grave que la prostitución, el cual es también un efecto del crecimiento de las desigualdades sociales.

Sin embargo, es preciso aclarar que no todo es producto de las reformas. También se deben incluir los efectos de la caída de la economía, del orden del 35% en el ingreso bruto y de más del 75% de pérdidas en las exportaciones. El cisma que afecta a la justicia social y la equidad está determinado por ese doble factor que traumatiza a la economía cubana; y aunque la sociedad se recupera, esa recuperación no se equipara con el antiguo patrón igualitario. En el patrón de equidad existente, las diferencias son mayores que en el pasado. Parafraseando a un amigo debo afirmar que al período especial entramos todos juntos y vamos saliendo uno a uno, cada cual como puede. Ello aunque todos los índices empiezan a subir, pero de manera diferenciada y desigual. La economía creció el año 2000 en 5%, sin embargo, en el 2001 el crecimiento se redujo al 2,7%; en el 2002 bajó todavía más, al 1,1%, y para el 2003 se prevé un 1,3%. Según esos datos, que son oficiales y discutidos en la Asamblea Nacional del Poder Popular, es muy difícil recuperar los niveles anteriores. Lo importante es encontrar fórmulas que dinamicen la economía, sin profundizar esa brecha que, aunque sea menor si la comparamos con el capitalismo neoliberal, acarrea efectos sociales que habría que evitar. Si nosotros no hubiésemos tenido que enfrentar más de cuarenta años de bloqueo, nuestra economía y nuestra realidad política y social serían mucho más justas, más igualitarias y más optimistas. Tenemos los factores y recursos para continuar bregando por un socialismo cubano que, sin renegar de su historia, se empine por sobre sus propias limitaciones históricas para superar las trabas impuestas, no tan solo por nuestros errores sino también, y en primera instancia, por las condiciones internacionales que hemos debido enfrentar. De eso estoy convencido.

 

Fuente: La Jiribilla , Cuba, 2003.

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  • Dirección: Nellys Palomo Sánchez (hasta el número 35 en noviembre de 2001) José Martínez Cruz (a partir del número 36)

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