No. 52
(junio-julio de 2003)

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CORREO DE PRENSA INTERNACIONAL

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Cuba en debate

Crítica a la crítica de James Petras

Rafael Bernabe*

Quisiera comentar brevemente el texto de James Petras “La responsabilidad de los intelectuales: Cuba, los Estados Unidos y los derechos humanos”. 1 Debo señalar, para empezar, que no estoy de acuerdo con la iniciativa a la que Petras responde en su escrito, la declaración de la Campaign for Peace and Democracy (CPD) firmada recientemente por Noam Chomsky, Immanuel Wallerstein, Robert Brenner, Michael Albert, Edward Said, entre otros, criticando al gobierno de Cuba por los juicios y ejecuciones que recientemente se llevaron a cabo en la isla. 2

No firmé dicho documento cuando se me dio la oportunidad por correo electrónico y recomendé a los amigos que pidieron mi opinión que no lo firmaran. Sin embargo, me parece importante subrayar que hay diversas formas de responder al documento, así como hay diversas formas de responder a la ya famosa declaración de Saramago (con la cual tampoco estoy de acuerdo).

Y hay diversas formas de defender a y de solidarizarse con Cuba. En ese sentido, no basta con constatar que se está en desacuerdo con la declaración mencionada o con Saramago, sino que también importa cómo y por qué se está en desacuerdo. Esas diferencias denotan actitudes distintas sobre temas fundamentales para la lucha anti-imperialista y anti-capitalista, por lo cual me parece importante discutirlas. Además, Petras menciona temas que desbordan la situación de Cuba, como el stalinismo, la restauración del capitalismo en la URSS y la guerra de los Balcanes.

Quisiera explicar, entonces, lo que me preocupa del texto de Petras. Siempre existe la posibilidad de que haya malentendido su posición, en cuyo caso seré el primero en celebrar que nuestros acuerdos sean mayores de lo que pensaba. Por otro lado, creo que más allá de cualquier diferencia, el llamado “A la conciencia del mundo”, iniciado por Pablo González Casanova, ha tenido el efecto positivo de agrupar bajo una misma consigna a los que de otro modo tienen, o tenemos, diversas posiciones con respecto a algún aspecto de la realidad de Cuba: la consigna de la total oposición a la agresión que Estados Unidos prepara, cuyo más reciente aspecto ha sido incluir a Cuba en la lista de los “países que promueven el terrorismo”, es decir, en el hit list del imperialismo norteamericano.

Para ir directo al punto cito un pasaje relativamente largo del artículo de Petras:

Vale la pena recordar que los mismos intelectuales progresistas apoyaron a ‘disidentes' financiados por Soros y por el Departamento de Estado de los Estados Unidos en la Europa del Este y en la Unión Soviética. Los ‘disidentes' entregaron el país a la mafia rusa, tras lo cual la esperanza de la vida disminuyó cinco años (...), mientras que en Europa Oriental los ‘disidentes' cerraron los astilleros de Gdansk, ingresaron en la OTAN y proporcionaron mercenarios para la conquista estadounidense de Irak. Brilla por su ausencia entre estos partidarios actuales de los ‘disidentes' cubanos cualquier reflexión crítica sobre los resultados catastróficos de sus diatribas anticomunistas y de sus manifiestos a favor de los ‘disidentes' que hoy son soldados del imperio estadounidense en Oriente Próximo y en la Europa central.

 

A partir de este pasaje parecería que el rol que pudieron tener en la restauración del capitalismo los “disidentes” y los intelectuales que les apoyaron con sus “diatribas anti-comunistas” es el único aspecto de dicho proceso —sin duda una derrota para la clase obrera— que sería pertinente tomar en cuenta en la presente discusión. En política, como bien recuerda Petras a los autores de la declaración con la cual polemiza, los silencios pueden ser tan significativos como las afirmaciones: y aquí me parece que hay un problema, precisamente no tanto por lo que se dice, sino por lo que no se dice.

Habría que preguntarse, en ese sentido, ¿dónde estaba la clase obrera soviética, o la polaca si se quiere, mientras los “disidentes” entregaban el país a la “mafia”? ¿Cómo es que luego de setenta años de auto-gobierno obrero, de ejercer la clase obrera el poder político, de administrar su Estado y sus empresas, permitió que un puñado de disidentes la engañara y la entregara atada de pies y manos a una mafia que procedió a desfalcar la riqueza del país? ¿Y cómo es que todavía reina entre vastos sectores de la clase obrera una confusión impresionante (sobre el socialismo entre otras cosas) que ha impedido construir una respuesta obrera y revolucionaria a la catástrofe social y económica que la reintroducción del capitalismo ha implicado?

Me parece que la contestación es bastante evidente: hacia mucho tiempo que la clase obrera en la URSS había sido expropiada políticamente por vía de la burocratización del Estado obrero surgido de la Revolución de Octubre de 1917, aquel que se fundó bajo la consigna, propuesta y promovida por el Partido Bolchevique, de ¡Todo el poder a los Soviets! Burocracia que dio al socialismo un rostro tan gris (en el mejor de los casos) cuando no repugnante (en muchos casos) y, en todo caso, tan poco atractivo, que ayuda a entender por qué las ilusiones en la democracia burguesa y el capitalismo y las ideas socialmente conservadoras de muchos “disidentes” pudieron lograr no poca influencia en un sector significativo de la población.

Esto —impensable en un Estado en que la clase obrera viviera la experiencia del auto-gobierno por años, para no decir décadas— junto a las demás consecuencias de la administración burocrática (ineficiencia, despilfarro, falseamiento de información, poco entusiasmo de los productores, etc.) condujeron a la situación que abrió la puerta a la restauración capitalista. Restauración, por otro lado, que también ha estado, en buena medida, a cargo de antiguos líderes de la burocracia soviética: ni Gorbachov, ni Yeltsin, ni Putin son antiguos disidentes, sino altas figuras del PCUS y del Estado soviético. Lo mismo aplica a China: quienes hoy se empeñan asiduamente en integrar a China al sistema capitalista mundial, dando cada vez más espacio al capital privado y el mercado, abriendo espacio a la disciplina y los imperativos de la competencia, y a una creciente desigualdad social, no son los “disidentes”, sino los sectores dirigentes del Estado y del PCCh, es decir, de la burocracia china.

En fin, el rol que puedan haber tenido los “disidentes” conservadores o el State Department no debe llevarnos a excluir del análisis ni borrar del mapa político a un actor fundamental: la burocracia soviética (o China) y su expresión política (el stalinismo, es decir, las diversas caricaturas de marxismo, desprovisto de su filo crítico y convertido en dogma oficial). Al eliminarse la burocracia de nuestro campo de visión, como ocurre en el texto de Petras, se reduce el panorama a un conflicto entre el “campo socialista” y el imperialismo y sus agentes. Y esa reducción facilita, cuando no propicia, otra reducción: ver toda crítica o condena de aspectos del primero (represivos, por ejemplo) como cuña del imperialismo “liberal” y los que la asumieron como sus agentes o cómplices conscientes o inconscientes. De hecho: en el texto de Petras el stalinismo tan sólo figura como excusa usada por intelectuales liberales para no apoyar economías nacionalizadas o limitaciones al juego del mercado. No dudo que el concepto ha cumplido tal función. ¿Pero acaso podemos reducir el concepto, siquiera por vía del silencio, a esto? ¿Será necesario señalar que la denuncia del stalinismo también es parte indispensable de una crítica revolucionaria de los procesos de burocratización en las sociedades post-capitalistas? Pero esto, repito, se hace sencillamente impensable, en la medida que la burocracia desaparece de nuestro horizonte conceptual y político.

Otros aspectos del texto de Petras apuntan en la misma dirección. Al definir la labor del “intelectual comprometido” afirma: “Los intelectuales comprometidos que pretenden hablar con autoridad moral, sobre todo los que presentan como garantía su crítica del imperialismo, tienen la responsabilidad política de desmitificar el poder y el Estado y la manipulación de los medios, sobre todo en lo relativo a la retórica imperial de violaciones de derechos humanos por parte de estados independientes del Tercer Mundo.”

No hay duda de que este es un aspecto, aspecto central, de la labor del intelectual anti-imperialista, sobre todo en el momento actual, en que se pretende utilizar conceptos como “ingerencia humanitaria” para justificar la agresión imperialista, formulando una especie de enmienda Platt global. En eso estamos de acuerdo.

Pero, me pregunto, ¿acaso no surgen complejas y conflictivas situaciones al interior de los movimientos y los “Estados independientes del Tercer Mundo” (por usar la formulación de Petras)? ¿Acaso no ameritan esos conflictos y contradicciones —más allá de la “retórica imperial”, que también es necesario analizar— la atención crítica de los intelectuales anti-imperialistas y de todos los anti-imperialistas, intelectuales o no?

¿Cómo puede pensarse, a la luz de la experiencia del stalinismo en la URSS, o en Kampuchea, o del asesinato de Maurice Bishop, o de la implosión de diversos regímenes post-capitalistas, que el problema de la burocracia, que el peligro del autoritarismo al interior de los procesos revolucionarios (o de los “Estados independientes del Tercer Mundo”) es un problema inventado por disidentes pro-imperialistas o por intelectuales metropolitanos incapaces o no dispuestos a comprometerse plenamente con procesos revolucionarios­?

Es repudiable que algunos intelectuales alegadamente progresistas hayan apoyado la agresión imperialista en los Balcanes y se hayan prestado a darle un barniz “humanitario” a los planes de Clinton. 3 Petras lo denuncia. Nosotros también. En eso estamos de acuerdo. En su momento hicimos campaña contra esa guerra imperialista. Pero también tenemos que abordar otra pregunta para aclarar nuestras posiciones: ¿en la denuncia a la agresión imperialista, acaso no debemos diferenciar nuestras aspiraciones socialistas y anti-imperialistas del régimen de Milosevic, por ejemplo?

No traería este punto a discusión aquí, si no fuera porque el artículo de Petras deja la puerta abierta, demasiado abierta, a que el empeño en hacer tal distinción se interprete como muestra de incapacidad “liberal” o “moralista” de apoyar “Estados independientes” inventando fantasmas “stalinistas”, o como concesión a la manipulación o la retórica imperiales sobre los derechos humanos, cuando me parece que se trata, al contrario, de una posición que asume plenamente la necesidad de enfrentar el hecho real de burocracia, a la vez que insiste en la lucha resuelta contra el imperialismo.

No se me malentienda: Cuba no es lo mismo que la antigua URSS, ni que el régimen de Milosevic. No es un régimen stalinista, independientemente de las críticas que se le pueda tener (y que tengo). Esto quisiera subrayarlo. Lo que me preocupa es que Petras en su respuesta (que sólo menciona el stalinismo como preocupación de intelectuales; que al referirse a la restauración en la URSS menciona a los disidentes, pero no el rol de la burocracia de dicho proceso; que se acuerda de condenar al KLA pero no a Milosevic, etc.) tiende a cerrarle la puerta a la orientación que a mi modo de ver necesitamos: una posición, como dije, radicalmente anti-capitalista y anti-imperialista que también se plantee el problema de la burocracia y la democracia al interior de los movimientos revolucionarios y de los Estados post-capitalistas.

En cuanto a Cuba, no tengo reparo alguno en asumir todos y cada uno de los señalamientos de Petras, pues los he defendido desde hace años: el reconocimiento de las conquistas de la revolución, la necesidad y legitimidad de que se defienda, la denuncia de los crímenes pasados y presentes del imperialismo, la necesidad de estar junto a Cuba en este momento de grave peligro.

Pero reconocer el derecho de Cuba a defenderse, así como las conquistas de la revolución, y los puntos subrayados por Petras, no implica que nos parezca bien todo lo que ocurre, ni todo lo que existe en Cuba, o que nos parezca conveniente o necesario como respuesta a la agresión imperialista. Mucho menos que el peligro de la burocracia sea un fantasma inventado en los recintos universitarios de Estados Unidos por profesores desconectados de la realidad.

Petras llama a los intelectuales norteamericanos a darle a Cuba la solidaridad que “está recibiendo de todas partes de Europa y, en particular, de América Latina”. Estoy de acuerdo. Pero sería bueno mencionar que esa solidaridad también ha sabido y puede ser crítica. Mario Benedetti, por ejemplo, a la vez que responde a Saramago y reitera su solidaridad con Cuba, no deja de señalar que se opone a la pena de muerte y que, a su modo de ver, convendría a Cuba dejar de aplicarla y abolirla. Margaret Randall y Adolfo Pérez Esquivel han hecho señalamientos similares. (Lo cual también demuestra, a mi modo de ver, que había mejores formas de reaccionar que tajantes declaraciones condenatorias que difícilmente podían hacer justicia a la complejidad de los incidentes y del contexto en que ocurren.)

Galeano, a mi modo de ver, ha expresado igual solidaridad con Cuba en su texto “Cuba duele”. La cual ha reiterado al firmar el llamado “A la conciencia del mundo”. Nadie que lea su artículo con cuidado puede concluir que se trata de una posición pro-capitalista o anti-revolución cubana. A menos que para defender el socialismo haya que callar toda inquietud crítica.

Y esto es lo que más preocupa de muchas respuestas a Galeano (no de Petras, que no discute su caso): en el proceso de señalar los problemas que puedan tener algunas de las posiciones de Galeano, parecen suponer que criticar la burocracia ya le coloca a uno del lado de la contrarrevolución, que el stalinismo es un invento de intelectuales engreídos o que quieren congraciarse con el imperio.

Así, del hecho de que Galeano plantee el problema de la burocracia, amparándose en reflexiones de Rosa Luxemburgo, o la doble traición del socialismo por la social-democracia y el stalinismo, o que haga un llamado a una mayor amplitud democrática en Cuba (con lo cual se puede estar o no de acuerdo; yo estoy de acuerdo, al menos parcialmente, como he señalado en otros textos) han concluido diversos autores que Galeano se pasa por ello al lado del imperialismo o se “baja de la guagua de la revolución”. Como si sólo endosando el partido único como modelo se pudiera defender a la revolución o apoyarla militantemente contra el imperialismo.

En el admirable empeño, que comparto con entusiasmo, de defender a Cuba se pone en peligro una conquista teórica y programática absolutamente indispensable para la regeneración del socialismo en el siglo XX: la ruptura con el stalinismo y su legado, es decir, asumir plenamente el problema que representa la burocracia.

Estoy decididamente a favor de defensa de la revolución cubana. Pero me opongo a que esa defensa necesaria se convierta en ocasión para minimizar el problema que en las luchas sociales y revolucionarias del siglo XX ha implicado la burocracia (en sus diversas variantes). O para reivindicar el partido único como modelo (otra cosa es entenderlo como necesidad impuesta en determinadas circunstancias, lo cual habría que discutir), algo que Cuba ni necesita, ni se merece, máxime cuando —a pesar de su partido único, que no deja de ser una realidad problemática, aunque tal vez inescapable por lo pronto— no se trata de un régimen stalinista.

Petras pregunta a los firmantes de la carta si les gustaría estar en una lancha secuestrada o ser víctimas de una bomba colocada por agentes de Estados Unidos. La respuesta es obvia: a nadie en su sano juicio puede gustarle tal cosa. Pero, del hecho de que a los firmantes, a Petras, a mí, o a los lectores o lectoras no pueda gustarnos tal cosa, ¿debemos concluir que los fusilamientos fueron lo que más convino a la defensa de la revolución en este momento? ¿Fueron los fusilamientos una acción que obstaculiza o que facilita la preparación de una intervención imperialista contra Cuba?

Por otro lado, sean o no agentes de Estados Unidos los llamados disidentes, ¿debemos entender que todas las medidas extremas a que Petras hace referencia son útiles a la lucha contra el bloqueo? Ni la necesidad de enfrentar el bloqueo, ni los desaciertos en que puedan caer algunos intelectuales progresistas, restan importancia ni pertinencia a estas preguntas críticas, que toda revolución saludable debe hacerse a sí misma constantemente.

Estigmatizar como liberal pro-imperialista a todo el que las plantee tan sólo empobrece el arsenal teórico y político que hoy más que nunca es necesario para la defensa decidida de todas las conquistas de la revolución cubana y la construcción de un nuevo anti-imperialismo y anti-capitalismo mundial.

San Juan de Puerto Rico
8 de mayo 2003.

 

Notas:

El artículo de James Petras al que hace referencia esta crítica fue publicado en la revista Memoria No. 172 de junio del 2003. Para profundizar sobre el debate en Cuba véase también revista Convergencia Socialista No. 17 de mayo-junio del 2003, donde se publican otros artículos de Rafael Bernabe.

1. www.rebelion.org http://www.rebelion.org

2. www.rebelion.org <http://www.rebelion.org

3. Aunque en justicia hay que decir que esto no es cierto de todos los que han firmado la declaración a la que Petras responde. Otro aspecto del texto de Petras que preocupa es la tendencia a moverse de objeciones a la declaración mencionada a generalizaciones sobre los “intelectuales”. Estoy en desacuerdo con la iniciativa que Petras critica. No pienso por ello que haya que descartar el anti-imperialismo de muchos de los firmantes como mera fachada. Esto resulta demasiado fácil. ¿Acaso puede decirse que Chomsky examine con un “microscopio” a Cuba y con un “telescopio los crímenes de Estados Unidos”, o que el anti-stalinismo de Lowy esconda una defensa de la economía de mercado, o que Said escriba desconociendo las amenazas que acechan al luchador anti-imperialista, como afirma Petras al describir a los intelectuales? No he tocado este punto, pues como dije, no firmé el documento mencionado, y los que lo hicieron podrán responder si lo desean a los señalamientos de Petras.

* Militante antiimperialista, activista sindical, ha participado en diversos encuentros del Foro de Sao Paulo. Es miembro del Taller de Formación Política, organización que adhiere a la Cuarta Internacional. Integrante del Frente Socialista, reagrupamiento de la izquierda revolucionaria en Puerto Rico.

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