No. 52
(junio-julio de 2003)

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CORREO DE PRENSA INTERNACIONAL

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Cuba. La escalada*

Janette Habel

Tras la ejecución de 3 cubanos que habían intentado desviar un ferry hacia Miami y los procesos sumarios de opositores condenados a pesadas penas de prisión, se plantea de nuevo la cuestión: ¿es víctima el país de la "paranoia de un dictador"?

Algunos niegan que la isla esté amenazada por un gobierno que acaba de poner en acción en Irak su potencial de destrucción masiva. Les remitimos a las intervenciones del embajador de los Estados Unidos en la República Dominicana, Hans Hertell, alguien cercano a Bush, que ha declarado que la intervención en Irak "era un muy buen ejemplo para Cuba", y de Jeb Bush gobernador de Florida, que tras el éxito militar de la coalición ha invitado a su hermano, el presidente americano, "a mirar en el vecindario".

Respuesta de Donald Rumsfeld secretario de Estado de defensa: "No por el momento". James Cason, encargado de negocios americano que realiza la función de embajador en La Habana lo ha confirmado: la administración desea impulsar en Cuba un proceso de "nation-building" más conforme a sus puntos de vista. Ha admitido públicamente que "los Estados Unidos no han sido observadores pasivos de estos acontecimientos, puesto que después de todo, nuestro objetivo es impulsar una transición rápida y pacífica hacia la democracia en Cuba".

Hay que ser o muy ingenuo o muy cínico para pretender que el gobierno de los Estados Unidos actúa en defensa de la democracia y de los derechos humanos en Cuba. ¿No hay desde hace más de un año 660 prisioneros (entre ellos adolescentes y ancianos) detenidos sin juicio en la base estadounidense de Guantánamo?. ¿No tiene George Bush en su activo 152 condenas a muerte aprobadas cuando era gobernador de Texas?.

El activismo provocador de James Cason ha sido denunciado por la Corriente Socialista Democrática cubana, ligada a la socialdemocracia, que ha criticado "las posturas adoptadas por los diplomáticos norteamericanos que lejos de ayudar a los defensores de los derechos humanos les han perjudicado".

¿Cómo en este contexto explicar una ola de represión que aísla al gobierno castrista en el plano internacional y provoca condenas sin precedentes por parte de sus apoyos más próximos?

En realidad Fidel Castro ha enviado dos mensajes. El primero se dirige a la Casa Blanca, y ésta es su sustancia: Cuba no será Irak, y si nos declaráis la guerra, esta es la suerte que reservamos a vuestros aliados y a quienes intenten desde el interior desestabilizar el régimen, aquí no habrá quinta columna. Es pues en nombre del derecho a la autodefensa preventiva de la revolución como Fidel Castro ha justificado la condena a muy pesadas penas a disidentes acusados de "traición" y de conspiración con los diplomáticos americanos, y la ejecución de quienes desviaron bajo la amenaza de las armas el barco en la Bahía de La Habana.

Según la versión oficial la gravedad de las amenazas justificaría de alguna forma la de las sentencias. Pero si la seriedad de las amenazas está comprobada, queda por probar la de las acusaciones. La amplitud de las condenas (de 6 a 28 años de prisión en virtud de la aplicación de la ley 88 llamada de "protección de la independencia nacional y de la economía de Cuba") imponía una demostración rigurosa y procesos públicos, abiertos a la prensa y a los diplomáticos, condición para que fueran respetadas las garantías necesarias para la defensa (Declaración de losDerechos Humanos, art. 11, p.1). Sin embargo, han sido juicios cerrados.

Hay aquí que diferenciar dos procesos. En el caso de los secuestradores, los culpables habrían sido condenados a pesadas penas en la mayor parte de los países del mundo. El ferry que transportaba al menos cincuenta personas, entre ellas varios niños, había sido secuestrado el 2 de abril por personas armadas. Los piratas, que reclamaban fue para llegar a Florida, amenazaron con lanzar a los pasajeros al mar si sus exigencias no eran satisfechas.Imaginemos por un instante el mismo acto cometido en los Estados Unidos por un pirata del aire: no es seguro que no hubiera sido ejecutado allí mismo sin otra forma de proceso. Pero el secuestro del barco en La Habana terminó (gracias a dos jóvenes franceses) sin víctimas. Haber fusilado a los tres autores del secuestro del ferry en un mundo en el que la pena capital aparece como un símbolo de la barbarie es una falta que no ha hecho sino amplificar el rechazo de las primeras condenas.

En el caso de las condenas de los disidentes, la acusación de conspiración es demasiado grave para ser manejada a la ligera. Eran necesarias pruebas irrefutables. Se pueden desaprobar las actividades de los opositores, combatir sus orientaciones, pero el solo hecho de reunir­se con el encargado de negocios americano, o de ser remunerado por la escritura de artículos no basta para calificar la acusación de complot. Los testimonios de testigos de cargo (agentes de la seguridad del Estado cubano) infiltrados por el ministerio del Interior en esos grupos no son tampoco válidos. Y si ha habido complot, James Cason debía ser expulsado por no respetar su estatuto diplomático.

¿Porqué el juicio de los disidentes ha suscitado una crítica pública tan masiva de intelectuales y escritores solidarios con Cuba? Es el gran escritor latino americano Eduardo Galeano quien lo ha expresado, sin duda, de forma más clara. La suerte reservada a los disidentes plantea el problema de la libertad de expresión, una libertad de expresión política y de asociación que no existe en un sistema de partido único/partido de Estado. Sin embargo el clima social y político es pesado. Desde el hundimiento de la URSS, la población soporta el peso de las dificultades económicas.

La mejora coyuntural de finales de los años 90 se ha esfumado de nuevo. El nivel de vida de 1989 sigue sin volverse a conseguir. La fatiga, el desgaste, la desmoralización son palpables para cualquier observador atento. Además, Fidel Castro tiene 76 años y las incertidumbres que pesan sobre el post-castrismo suscitan inquietud. La Iglesia católica se ha hecho recientemente eco, en una carta pastoral del cardenal Ortega, de este "temor difuso y generalizado". Por primera vez la disiden­cia interna, tradicionalmente débil y dividida, se ha marcado un tanto con la firma por once mil cubanos de un texto que reclama una apertura económica y política. Además de la disidencia, son numerosos quienes en la isla defienden la revolución pero critican las opciones económicas y reclaman espacios de debate democrático. Para ellos también el mensaje es claro: el país está en guerra, debe alinearse tras su jefe.

"Comandante, ordene!" proclamaban las pancartas durante la crisis de los misiles, frente al peligro de una guerra nuclear. La consigna sigue siendo la misma pero los tiempos han cambiado. La sociedad cubana se ha diversificado, las nuevas generaciones no han vivido la dictadura de Batista. La apertura económica mercantil decidida en los años 90 y la legalización del dólar han suscitado desigualdades, injusticias y atacado a los ideales igualitarios. En este contexto es ilusorio querer imponer una unidad artificial; la homogeneidad política es un espejismo que puede costar caro cualesquiera que sean las apariencias. La población cubana tiene más que nunca necesidad de la confrontación de ideas y de una participación popular a todos los niveles, no de una disciplina militar y de un seguidismo incondicional. Decirlo no es hacer "el juego al enemigo" cómo pretenden quienes no han sacado ninguna lección del totalitarismo estalinista, es al contrario comprender las enseñanzas de la historia del siglo XX.

Hay sin duda en Cuba aliados de George Bush: la represión policial no permitirá combatir sus ideas. Las penas infligidas y su encarcelamiento pueden incluso dar a sus palabras un eco desmesurado.

Por otra parte, ¿cómo puede el gobierno cubano temer "las ideas de los contrarrevolucionarios" a favor de la vuelta al capitalismo cuando según las cifras oficiales el 98% de la población ha aprobado la enmienda constitucional propuesta por Fidel Castro que proclama el socialismo.

 

* Otros artículos en torno al debate sobre Cuba véase la revista Convergencia Socialista No. 17.

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  • Dirección: Nellys Palomo Sánchez (hasta el número 35 en noviembre de 2001) José Martínez Cruz (a partir del número 36)

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