No. 52
(junio-julio de 2003)

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CORREO DE PRENSA INTERNACIONAL

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Apuntes para una perspectiva “desde abajo”.

Un mes de gobierno de Kirchner

Daniel Campione

A menos de un mes de su asunción como presidente, Kirchner ha despertado expectativas no sólo en el conjunto de la población, lo que es habitual que ocurra en los comienzos de gestión, sino en un conjunto de intelectuales, periodistas y “formadores de opinión” de talante más bien progresista, en gran parte no proclives a identificarse con políticos del peronismo, o al menos largamente distanciados de las propuestas políticas del Partido Justicialista a las que Néstor Kirchner pertenece. Como candidato, el actual presidente desplegó una campaña opaca aun en el marco de una elección que se destacó por la mediocridad y la falta de entusiasmo. Sin embargo, sus primeras manifestaciones en el sentido de gobernar menos pegado al poder económico, algunos gestos de identificación con la generación de 1973 (su asunción vino a coincidir con el 30º aniversario de la de Héctor Campora), el duro rechazo a los avances del diario La Nación para condicionarlo, el anuncio de que desplazaría a varios generales de la cúpula militar, bastaron para generar un cambio de clima, del escepticismo generalizado a cierta expectativa.

Una vez asumido el mando, las expectativas crecieron de inmediato. Desde el gesto de mezclarse con “la gente” durante las ceremonias de asunción, hasta algunos tramos de su discurso apuntados a diferenciarse de Duhalde, Menem y De la Rúa, la cordial relación con los visitantes Chávez, Castro y Lula, fueron el pretexto para comenzar a pensar, y a decir, que se iniciaba una etapa diferente en el país. Si bien nadie en su sano juicio podía siquiera dudar de que todos los gravísimos problemas de la sociedad argentina seguían allí, la voluntad de creer fue más fuerte que cualquier cauto raciocinio.

Kirchner era un presidente diferente, se dijo, y todos sus actos de gobierno comenzaron a ser leídos en clave de espíritu democrático y progresista. El “que se vayan todos” pareció comenzar a pertenecer a un pasado lejano, y se inició la celebración del encuentro de un camino nuevo para la democracia argentina. Las advertencias sobre lo prematuro de tales apreciaciones no han sido lo más habitual.

Kirchner, tal vez con toda conciencia, removió sentimientos e identificaciones amortiguadas tiempo atrás. Pertenece a la camada de los que eran muy jóvenes en los años 70', a la misma generación que la mayoría de los desaparecidos y presos de la dictadura. Se manifiesta hoy una tendencia de los hombres y mujeres de edad similar a identificarse con él, a partir de que se atrevió a reivindicar esa pertenencia, si bien con un claro “beneficio de inventario” que la acomoda a los límites permisibles por el clima de época actual para los dirigentes “expectables”. La idea de una evolución armónica y no traumática de la coyuntura de mayo de 1973, eje central del libro de Miguel Bonasso El presidente que no fue , ha conferido a la naciente experiencia Kirchner el aura de una suerte de realización atrasada de aquél imposible. El impulso a “mirar hacia delante” y confiar en el futuro, la exhortación de mudar el “dolor país” a “placer país”, ha sido oficiada por periodistas e intelectuales más o menos “progresistas” más o menos de izquierda, desde las más variadas tribunas. “Confiemos en Kirchner” parece ser la voz de orden de estos días, el escueto conjuro que parece aventar a un largo cuarto de siglo de pesadilla.

En todo caso, el “clima” diferente que se vive hoy debe muchísimo a las protestas piqueteras que tomaron fuerza a partir de los episodios de Cutral-Co, el 19 y 20 de diciembre, a la virtual sublevación general que atravesó el verano de 2002 entre asambleas, recuperaciones de fábricas y asedio a los bancos. De todo esto han tomado nota algunos dirigentes políticos (pocos) y entre ellos, sin duda, Kirchner. Gobernar sin represión y sin profundizar el desprestigio de la dirigencia, no es posible si se mantienen los parámetros de la acción estatal y de la práctica de la política en la sociedad argentina.

Quizás la mejor forma de interpretar los primeros movimientos del Presidente, desde el desplazamiento de los militares, al embate contra el presidente de la Corte Suprema, la SIDE, la conducción del PAMI, la política reticente hacia algunas “privatizadas”, es la de integrarlos en una tentativa, con ciertos visos de seriedad, de recomponer la hegemonía en Argentina, de suturar el enorme desprestigio de la dirigencia. Para ello se buscan blancos tan reconocibles como vulnerables, desde Nazareno a Barrionuevo, de Brinzoni a Eurnekian, a modo de sintonizar con una operación de “limpieza” reclamada por el sentido común, sin romper lanzas, al menos por ahora, con el núcleo mismo del poder.

Por tanto la orientación inicial del gobierno puede inscribirse en el intento de construir una legitimidad de “ejercicio” para un gobierno que no la tiene de origen, y en una plano más “macro” la tentativa de re-construir lo que los politólogos convencionales llaman “goberna­bilidad”, y que tiene más que ver con la recomposición de una hegemonía, de un consenso que se proyecte más allá de los límites de la clase dominante. La recomposición de un consenso tan deteriorado como el argentino actual requiere un armado complejo, en el que los propios capitalistas deben realizar concesiones, ciertos “sacrificios” en aras de volver a tornar verosímil la idea de que las instituciones y el gobierno están orientados al “bien común” y no a los intereses de los poderosos, verosimilitud que no se consigue sólo con el discurso o con medidas “superestructurales” sino produciendo ciertas alteraciones en la distribución del ingreso, el acceso al trabajo, el poder relativo de las organizaciones de las clases subalternas. Construcciones de ese tipo suelen requerir o un acuerdo muy sólido al interior de las clases dominantes, o un aparato estatal con autonomía y autoridad suficientes para imponer determinadas soluciones aun contra la resistencia de fuertes sectores capitalistas. No está clara la posibilidad de contar con uno o con otro.

Por eso Kirchner procura reinstaurar, en sus primeros discursos y actos, la idea de que tiene sino una confrontación por delante, al menos disidencias con los titulares del poder económico y con lo más corrupto y antipopular de las instituciones políticas.

El inicio “progresista” del gobierno de Kirchner tiene mucho que ver con una tentativa de lectura medianamente lúcida sobre la crisis integral, “orgánica” de la sociedad argentina. La economía destrozada por un largo proceso de desarticulación agravado por una recesión prolongada, con niveles de pobreza y desocupación tan inéditos para el país como difíciles de revertir. Kirchner ha hecho un conjunto de gestos que tienen una orientación común: la búsqueda de revertir la imagen de un aparato estatal orientado sólo hacia los poderosos, de una dirigencia política sólo preocupada en perpetuar su poder y usufructuar sus cargos, sin otra relación con los sectores subalternos que el clientelismo, la manipulación y la cooptación de dirigentes sociales desaprensivos y corruptos. De unas instituciones (parlamento, justicia, fuerzas armadas, policía) vueltas “hacia adentro” dominadas por su lógica de corporación, y dispuestas a depredar el presupuesto público y captar recursos privados sin preo­cuparse por ninguna medida de racionalidad ni de legalidad. No se trata de transformar ninguna relación social fundamental (eso no encuadraría en el “capitalismo serio” cuya construcción eleva a objetivo central de su acción), pero sí de construir un consenso algo diferente, que limpie el terreno de las sobreactuaciones del gobierno Menem y posteriores. Las grandes “reformas estructurales” están realizadas, recortar sus bordes, emprolijar su juridicidad, atenuar sus peores efectos, se vuelve posible, y todo indica, necesario en términos políticos.

Los movimientos de Kirchner, hasta ahora, acatan el horizonte de lo posible instaurado en la Argentina post-dictadura, pero desafían algunos aspectos de los nuevos límites, aun más estrechos, que se introdujeron en los años de Menem. Las fuerzas populares tienen por delante la posibilidad de forzar una apertura mayor, que logre avanzar sobre los tabúes estatuidos ya en años de Alfonsín, pero eso a condición de no esperar que los cambios “caigan del cielo”. La posición no debería ser de apoyo ni de expectación, sino de acción consciente y constante para exigir mayor profundidad en los cambios, la inducción de un carácter democrático de los mismos que rebase los estrechos marcos institucionales imperantes; el poner de acuerdo el discurso con los hechos, la presión para que se cumpla y se supere cualquier promesa que se haga.

El ciclo de insubordinación generalizado abierto el 19 y el 20 de diciembre, no es sostenible a mediano plazo para ningún poder. Un objetivo básico para el gran capital es desactivar las protestas y, sobre todo, neutralizar el cuestionamiento universal expresado en el ¡que se vayan todos¡, y volver a algún tipo de “normalidad”. Una “normalización” posible era la de Menem y López Murphy, la continuidad abierta del proceso de concentración capitalista, con el componente de represión que fuera necesario para “apaciguar” el conflicto social. Kirchner, con el acompañamiento más ambiguo de amplios sectores del PJ, apuntan a impulsar otra propuesta: abandonar la línea de agresión más o menos abierta a las clases subalternas, y construir una alianza al interior de las clases dominantes que permita desarrollar otra política, que pueda apoyarse en una mayor intensidad en la utilización del trabajo que evite la desocupación, y una orientación al mercado interno que convierta el alza de salario en un beneficio. El problema es que el desarrollo capitalista avanza en otra dirección. Y la voluntad de los empresarios también; se ha vivido todo un proceso que busca consolidar un nuevo patrón de acumulación entre cuyos rasgos fundamentales está la “flexibilización” del trabajo y la precarización de la fuerza laboral, para permitir una mayor explotación y reducir los “costos” de la conflictividad social. No hay mucha disposición a volver atrás en ese camino. Sí a la posibilidad de bajar los costos de los servicios privatizados o reducir los márgenes de ganancias del sistema bancario, no mucho más. Y esto quiere decir bastante poco para desocupados que cobran ciento cincuenta pesos de subsidios, trabajadores con salarios más que deprimidos, jubilados condenados a la ruina perpetua, la inmensa masa de pobres que por añadidura ven destruirse el sistema público de salud y educación... no está claro cómo se incluye la solución de estos problemas, los más desgarradores, en l a agenda del nuevo gobierno­.

Por su lado, el poder económico ya se adelanta a “marcar la cancha” a poner en blanco sobre negro que entiende por “un país normal”, otra consigna que forma parte de la retórica del nuevo gobierno. El periódico el Clarín del 15 de junio trae un conjunto de “reformas” exigidas por el Departamento del Tesoro norteamericano, que coinciden con las demandas del FMI y atañen a la reestructuración del sistema bancario (léase privatización o al menos “perdida de protagonismo” de lo que queda del sistema bancario estatal), renegociación de la deuda, incremento de las tarifas, derogación de todas las limitaciones a las ejecuciones hipotecarias y a las quiebras, ajuste fiscal en las provincias, mayor apertura económica. En fin, la continuidad y profundización del ajuste fiscal y de las reformas de libre mercado, de las políticas inauguradas con fuerza en la década de los 90'. Y la negociación iniciada con el FMI promete seguir en esa misma línea, más allá de algún gesto amable y autocrítica parcial “para la galería. Y el gobierno se manifiesta dispuesto a sentarse a negociar, a imitar a Lula y no a Chávez, como le han prescripto algunos voceros del establishment .

Frente a ese cuadro habría que matizar el espíritu de “luna de miel” con el nuevo gobierno, separar la propia voluntad de creer de las razones reales para la confianza. Pareciera que las expectativas han bajado tanto, que muchos se lanzaron a festejar la posibilidad de que Argentina pudiera volver a ser “normal”. Y entonces la pregunta obvia ¿cuál es la “norma” de esa normalidad? ¿Una economía que crezca, aunque aumente la explotación y las diferencias sociales? ¿un gobierno que no sea escandalosamente corrupto, aunque sus decisiones favorezcan a los grandes empresarios y a los acreedores? O acaso la norma en este mundo de hoy es también el dominio cada vez mayor del capital trasnacionalizado que precariza y despide trabajadores en el mundo entero, que arrasa con las culturas locales, destruye el medio ambiente y destruye, mediante la guerra, áreas de la periferia­.

La fragmentaria madeja de organizaciones sociales, políticas y culturales que han protagonizado la resistencia a partir de la segunda mitad de los 90', tienen un papel para construirse y mantener las expectativas en alto, en no acotar sus esperanzas a lo que un eventual mejor manejo del aparato estatal y el poder político pueda deparar. Un gobierno dispuesto a dejar de “bombardear” sistemáticamente el nivel de vida de las mayorías y empeñado en conseguir bases de sustentación más amplias que las del clientelismo y la asistencia, a hacer “política” de alguna otra manera que la vergonzosa administración de lo existente de los últimos años, debería ser un estímulo, crítico, de talante opositor, pero estímulo al fin, para conseguir una nueva relación de fuerzas, para volver a elevar las expectativas, para sacar los ejes de la discusión del interior de las clases dominantes. Quizás esas oportunidades lleguen a constituir lo más importante de esta nueva experiencia.

Rebelión , 2 de julio del 2003.

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  • Dirección: Nellys Palomo Sánchez (hasta el número 35 en noviembre de 2001) José Martínez Cruz (a partir del número 36)

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    Traducción de textos: Alberto Nadal.

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