No. 52
(junio-julio de 2003)

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CORREO DE PRENSA INTERNACIONAL

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El proceso de lucha de clases 2001-2003

Nora Ciapponi*

El proceso electoral y sus resultados han puesto de relieve la necesidad de profundizar sobre el proceso abierto en el país a partir de la rebelión popular de diciembre del 2001.

Esta asignatura pendiente se hace perentoria dado que existe un profundo debate en el conjunto de la sociedad alrededor de los alcances y límites que tuvo dicha gesta; representa una imprescindible necesidad para establecer la dinámica del nuevo escenario de la lucha de clases y nuestra acción política. Para este objetivo será necesario tomar en cuenta, por tanto, y a grandes rasgos, lo que dijimos al inicio del proceso. Afirmábamos:

I) Que el motor fundamental de la rebelión popular tenía como telón de fondo la catástrofe económica y social que vivía el país, la que fue sintetizada por el compañero Claudio Katz en tres componentes centrales: a) la crisis capitalista de conjunto; b) la de un país emergente en el proceso de globalización; c) las especificidades propias del modelo impuesto en la Argentina en la década menemista: desnacionalización de la economía, privatizaciones a ultranza de los resortes básicos, acelerada destrucción del aparato productivo en beneficio de las grandes multinacionales y la banca, salto descomunal en la pérdida de toda independencia (recolonización) respecto al imperialismo, cuantificada no sólo en la extraordinaria deuda externa sino también en el control político y económico del Fondo y gobierno de EEUU.

Planteábamos, nuestro país había ido más lejos que ningún otro en las transformaciones neoliberales, produciendo una gravísima crisis que cuestionó no sólo al “modelo” sino que introdujo el debate sobre el capitalismo mismo en sectores de la población. Así decíamos:

El motor del inmenso estallido que vivimos (con epicentro en el centro del poder) fue el hambre de millones de familias desocupadas y ocupadas, la bancarrota de amplios sectores de clase media expropiadas y estafadas con las sucesivas rebajas salariales y despidos, las tarjetas de crédito y la expropiación de los depósitos... Como un telón de fondo pero presente desde hacía tiempo fue recreado ahora vivamente en las calles el fuerte rechazo a la pérdida de identidad nacional (documento de enero del 2002, Nora Ciapponi).

II ) Caracterizábamos el estallido como un movimiento profundamente democrático que cuestionaba al conjunto del régimen político y a cada una de sus instituciones, como identificaba a los organismos internacionales, las grandes multinacionales y al FMI como parte de los responsables de la destrucción del país y del conjunto de la sociedad.

III) Polemizando con distintas expresiones de la izquierda nos negamos a caracterizar el proceso con analogías extraídas de la experiencia rusa (para los cuales estábamos en el período de febrero de 1917 en tránsito inevitable al octubre) evitando de esta manera, caer en los simplismos de usar viejos conceptos para precisar nuevos fenómenos mucho más contradictorios que en otros períodos históricos de la lucha de clases (dados por las transformaciones operadas y la aguda crisis de alternativa).

Esta definición no nos servía y limitaba la comprensión de las múltiples contradicciones del proceso que recién se abría, como podía dar lugar a que pronosticábamos un tránsito inevitable hacia una etapa revolucionaria, aun cuando señaláramos que podían desarrollarse tendencias en uno u otro sentido: hacia una situación superior, con desarrollo de organismos de doble poder y un fuerte polo de izquierda revolucionaria, hacia un caos que se pudiera prolongar en el tiempo (y, por tanto, a situaciones imprevisibles) o hacia distintas opciones de orden burgués. Luego de algunos meses nos fuimos inclinando a definir la crisis abierta en Diciembre del 2001 como una “crisis orgánica” (Gramsci) dada por la rebelión/irrupción espontánea de amplios sectores populares en las que la burguesía pierde el control y la representatividad.

IV) Señalábamos también que el proceso no tendría necesariamente un carácter ascendente, sino que estaría atravesado por un período relativamente largo de convulsiones, transiciones y mediaciones, de avances y retrocesos, ya que —como generalmente ocurre— las fuerzas populares no partían (aunque sí de experiencias muy valorables), de una acumulación previa de organización y conciencia política que permitiera ofrecer una alternativa­.

Un año y medio de experiencias y enseñanzas en la lucha

Abarcar y sintetizar las importantes conquistas populares que se fueron logrando a lo largo de casi un año y medio representa una fundamental necesidad, la que no puede más que iniciarse con este documento en sus trazos más gruesos.

Lo primero que tenemos que señalar es que la aguda crisis de representatividad manifestada marcó (con sus alzas y bajas) todo el período, convirtiéndose en el principal motor de las nuevas y fundamentales experiencias que desarrolló el movimiento popular. Ello fue así por dos razones centrales:

1. la crisis económica y social fue tan profunda y rápidamente extendida que llevó a que amplios sectores populares tomaran en sus manos la resolución de los problemas;

2. esta actividad fue realimentada por la ausencia de la mayoría de las instituciones del Estado en los primeros meses del 2002, las que perdieron el control de sus funciones como de la situación. De esta manera irrumpieron en la escena política millones de personas (luego de una década de pasiva y aceptada delegación), abarcando un abanico de nuevos sectores provenientes de distintos estratos sociales (clase media abruptamente empobrecida, desocupados, comerciantes, pequeños industriales en bancarrota, distintos estratos de estafados por el robo de los depósitos, propietarios de créditos impagables, productores del campo, comunidades indígenas, obreros abandonados por huida de los patrones, etc.) los que con sus propias demandas y organismos se movilizaron una y otra vez para reclamar y/o repudiar lo instituido. Este proceso de irrupción y acción que hemos denominado “movimiento profundamente democrático” puso en tela de juicio no sólo al conjunto de las instituciones del régimen como rechazó —en estrecha combinación— al modelo económico y político imperante.

Como algunos sociólogos plantean, la pobreza y degradación que vergonzosa y solitariamente venían sufriendo “entre cuatro paredes” millones de seres humanos, se extendió vertiginosamente como tomó estado público, y en un proceso, fueron reconociéndose los distintos sectores como víctimas de una misma y única catástrofe social.

De la misma surgieron nuevos “actores sociales” que fueron más allá de sus propias demandas, entre ellos profesionales e intelectuales que pusieron su saber al servicio de las necesidades populares. Pero también hubo un cambio en la conducta de millones de personas que de manera colectiva y con distintas formas organizativas, impulsaron comedores para paliar el hambre de niños y ancianos o de los cartoneros que se multiplicaron a partir de la devaluación. Se ganaron así los espacios públicos de plazas, veredas, edificios, calles, rutas, hospitales, escuelas y bancos, tradicionalmente vedados a la comunidad, los que fueron reapropiados para construir una nueva manera de hacer política.

La potencialidad de los trabajadores (peleando contra el desempleo) se reflejó, sin embargo, en las fábricas recuperadas por abandono de los patrones, varias de las cuales se fueron convirtiendo en referentes para la construcción de nuevas relaciones sociales —especialmente los casos de Zanon y Bruckman— ya que muestran al conjunto de la sociedad una alternativa de clase a la catástrofe económica y social llevada adelante por la burguesía y sus representantes políticos.

La movilización logró sus puntos más altos en el período que abarcó entre las jornadas de la rebelión hasta aproximadamente Mayo del 2002, alcanzando una nueva gesta importante en el mes de julio ante el asesinato de los jóvenes piqueteros. En la baja de la movilización fueron confluyendo varios elementos: a) el reordenamiento crítico, pero reordenamiento al fin que fue logrando paulatinamente el gobierno Duhalde; b) la lucha hegemonista-aparatista entablada entre las distintas organizaciones de izquierda en los distintos movimientos y que terminó con la división en distintos actos el Primero de Mayo del 2002 seguida por la desaparición de los intentos de coordinación-centralización de Parque Centenario; c) el desgaste signado por movilizaciones permanentes que no obtenían tampoco ninguno de los reclamos (recordemos las de todos los viernes o los uno y mil llamados de la izquierda a movilizarse a uno y otro lugar), sin que se pudiera avanzar en la discusión de una proyección política estratégica como de construcción de organismos superadores de la atomización de los procesos. Finalmente, y ya ante un reflujo del proceso, los hechos del mes de julio en el Puente Pueyrredon terminaron con el llamado a elecciones por parte del gobierno Duhalde, lo que abrió una nueva mediación.

Las limitaciones del proceso las debemos buscar en estos factores y no en el movimiento popular, el que durante meses y meses fue capaz de movilizarse una y otra vez, adquirir experiencia, avanzar en conciencia, como impulsar disímiles formas de organización. La falta de una proyección política transformadora representa no sólo un límite para fortalecer y desarrollar las valiosas experiencias conquistadas, como impide un diálogo con los trabajadores ocupados y sectores amplios de la población (entre ellos la base del clientelismo político dominado por el Partido Justicialista).

Estos importantes límites y dificultades del proceso hicieron que el movilizador y popular grito “Que se vayan todos”, no lograra avanzar hacia propuestas alternativas, dado que no surgieron otras formas de representación política como tampoco nuevas instituciones, vacíos que siguen siendo aprovechados por la burguesía para avanzar en la reinstalación de “su” orden.

Las elecciones

Sin otro escenario y alternativas, con una profunda apatía y descreimiento en los candidatos como en las elecciones mismas, pero con avidez para participar políticamente (también para derrotar a Menem), millones de personas acudieron a las urnas, alimentadas por la fuerte campaña desarrollada a través de los medios por el gobierno y el conjunto de la burguesía, campaña que tuvo el mérito de integrar a travestidos personajes del “progresismo” como Lanata y otros, con el objetivo de involucrar a la población “en sus responsabilidades ciudadanas”. A ello contribuyó el agotamiento y cierto escepticismo que se palpa en amplios sectores de la población tras largos meses de movilización sin resultados, como actuaron los elementos de reactivación económica para sustentar esperanzas en una posible recuperación del país.

El indudable éxito que obtuvo el gobierno al lograr una alta participación electoral volvió a resquebrajarse al conocerse el escandaloso retiro de Menem del ballotage, lo que reafirma la necesidad de que los resultados electorales no pueden ser analizados por fuera del proceso abierto en diciembre del 2001.

Un Duhalde que se mostraba triunfante por haber “evitado” el escándalo mafioso de las internas, termina con una mayor reapertura de la crisis en el pre-ballotage. Un presidente (Kirchner) que pensaba subir con más del 60% de los votos tuvo que contentarse con el magro original del 22%. Un gobierno y burguesía que se ufanaban de haber “salido de terapia intensiva recomponiendo las instituciones”, terminan con un saldo muy crítico de las mismas por no poder aplicar las reformas constitucionales diseñadas para estos casos (ballotage).

Así las maniobras montadas por el sector Duhalde para ocultar la crisis que atravesaba y atraviesa el Partido Justicialista (PJ) (con el objetivo de mostrarlo como único partido en condiciones de gobernar) terminaron presentando a tres candidatos absolutamente diferenciados en sus discursos como enfrentados por rivalidades más cercanas a las de un círculo mafioso que pelea el botín que a las de un partido político que puede sacar de la crisis al país. Las mezquindades de una dirigencia en crisis aparecieron en toda su dimensión: mafias provinciales y municipales del entorno Menem que presionaron para que se retire tratando de evitar ser devorados en las elecciones de octubre; como similares presiones provenientes de sectores Duhaldistas para debilitar a Kirchner.

La crisis y “depresión” sufrida por Menem ante una segura y amplia derrota en el ballotage, no logró sin embargo destruir su vil astucia para patear el tablero: pega con una mano a Duhalde para arrastrarlo en su caída, retira la otra para hacer tambalear y/o debilitar al nuevo gobierno, mientras amenaza que con ambas continuará la pelea. Su caída, sin embargo no se explica por las campañas o artilugios Duhaldistas para precipitar su caída, sino por las poderosas fuerzas sociales que decidieron hacerlo llegar a su fin.

Menem como el conjunto de la vieja dirigencia política —divorciada como nunca antes de la mayoría de la sociedad— creyó y sigue creyendo que con un poco de maquillaje podrá hacer retrotraer la situación, tratando de encuadrar la reivindicación por nuevas formas de representación en las mismas instituciones que la mayoría social sigue cuestionando. Esa lucha puede adquirir en uno u otro momento, distintas formas (ayer golpes y escraches , hoy urnas con descrédito) pero es necesario no perder de vista que el cuestionamiento seguirá actuando sobre los intentos de gobernabilidad que pueda implementar la nueva administración Kirchner. Será un gobierno débil no sólo porque asume con un magro 22%, sino especialmente por este trasfondo, y aunque los operadores y políticos del régimen digan “Que su fortaleza la logrará en la propia acción de gobierno” es justamente allí donde radican las tremendas dudas y la percepción bastante certera de la mayoría de la sociedad que se pregunta: ¿Para quién gobernará? ¿Podrá? ¿Intentará un gobierno de consenso con aires renovadores ? ¿Podrá tener juego independiente de la mafiosa estructura del P.J. que le permitió llegar al gobierno? ¿Cuánto durará?

No casualmente analistas al servicio de la burguesía, conscientes de que la crisis no se ha cerrado, vienen pensando en desarrollar reformas políticas para pasar de un régimen presidencialista a otro parlamentario.

La votación de la izquierda y el rechazo electoral

El magro resultado que obtuvo la izquierda (Izquierda Unida-Partido Obrero, mucho menor a octubre del 2001) evidenció que no basta con acrecentar fuerzas partidarias y de cualquier manera (como cuantitativamente lo han logrado y esencialmente a través del trabajo en desocupados) para que ello se traslade mecánicamente a influencia política y votos. Tampoco se resuelven estas contradicciones uniendo a la izquierda electoralmente, como no sirve repetir una y otra vez que la conciencia de los sectores populares es limitada y por eso no la vota, porque con eso no se explica nada. Más cuando venimos de las más grandes gestas nacionales protagonizadas por millones de personas en un proceso ininterrumpido de luchas y acumulación de experiencias sociales-políticas. Y peor, cuando las mismas organizaciones que se presentaron a elecciones son las que venían caracterizando el tránsito inevitable a la revolución, sin otras mediaciones que las del tiempo para construirse como el gran partido que la dirija.

Hacer una profunda revisión crítica de qué separa a la izquierda de amplios sectores populares expresado en los resultados electorales como en la crítica que hacen miles de nuevos luchadores, debería servir para corregir la repetida, insistente y atemporal “obligación de presentarse siempre a elecciones” como los mensajes consignistas y llamavotos que caracterizan sus discursos. Y en las últimas elecciones presidenciales donde la izquierda no tenía ninguna posibilidad de incidir como disputar puestos parlamentarios, reviste no poca importancia abrir un debate sobre las viejas formas de hacer política y de construcción, que no sólo entran en contradicción con los nuevos procesos que se desarrollan por abajo, como plantean interrogantes sobre el grado de dependencia de algunas organizaciones de izquierda respecto al régimen.

La inexistencia de un fuerte polo de rechazo electoral se explica por estas razones y no porque “la gente iba a ir a votar”. Largos meses de incertidumbre, apatía y descrédito por los candidatos y las elecciones mismas estuvieron instaladas en el conjunto de la población, la que terminó de definir su participación en el último tramo de una desconectada campaña realizada por aparatos y cifras. Hubo, por tanto, espacio político que fue desaprovechado y que se ocupó muy fragmen­tariamente —de manera contestataria y sin hacer otras propuestas— con el “Que se vayan todos” por pequeñas organizaciones políticas (entre ellas nosotros, parte del activismo asambleario y algunos movimientos de desocupados). Sin articulación entre los distintos movimientos, con gran parte de la izquierda presentándose e impulsando la campaña del voto útil, se debilitó la franja que desde posiciones de izquierda se propuso activar por el rechazo (entre los que se cuentan miles de asambleístas, desocupados, intelectuales, etc.). Esa franja no sólo no se fortaleció, sino que se desmembró. No votó de conjunto a la izquierda, optó en muchos casos por el mal menor en carrera (Carrió), lo hizo en blanco, impugnó o se abstuvo. Golpeados en un primer momento por los resultados, un importante sector de esa franja acusa los golpes tratando de encontrar respuestas políticas.

Avances, retrocesos y mediaciones

Al interpretar la nueva realidad corremos dos riesgos igualmente equivocados: a) considerar que todo sigue igual cuando se vienen produciendo y avizoran (aún más) intentos de un ordenamiento mayor por parte del conjunto de la burguesía y el imperialismo para hacer retroceder y/o derrotar el proceso abierto (incluyendo para ello los mecanismos represivos); b) creer que la masiva participación electoral, sumado a los firmes intentos de salvaguardar la propiedad privada a como de lugar (Bruckman, plan hacia Zanon, desalojo de edificios tomados por las asambleas, ofensiva hacia los movimientos piqueteros, etc.), ya representan elementos suficientes para hablar de un cambio global en la situación.

Creemos, por el contrario, que aun atravesando una nueva mediación (con avances por parte de la burguesía en la recomposición parcial del Estado y bajos niveles de movilización popular), ello no representa un cierre o cambio global de la situación, ya que subsisten fundamentales contradicciones y elementos de crisis en las filas de los distintos sectores burgueses como permanecen las demandas, conquistas organizativas, experiencias y avances del movimiento popular. Así, se daba la paradoja —a pocos días de las elecciones— que mientras amplios sectores populares se solidarizaban con las obreras de Bruckman repudiando el desalojo y la represión (o quienes viven en los edificios cercanos escondían a manifestantes tras la persecución policial), se preparaban paralelamente para votar a distintos candidatos burgueses en las elecciones del domingo. Fueron a votar contra López Murphy y Menem que llamaron al voto bajo las banderas del orden, de terminar con la usurpación de la propiedad privada, los cortes de ruta y/o felicitando en el caso de Bruckman la acción de la Justicia y de la Policía Federal.

Una múltiple y sostenida ofensiva imperialista

Las tensiones y fuertes presiones serán, por tanto, muy grandes en el próximo período, no sólo para nuestro país sino para el conjunto del Continente, ya que la ofensiva de EE.UU. no se reduce a objetivos económicos sino también de “seguridad”, objetivos para los que ya están agendados Colombia, Venezuela y Cuba como de “alto riesgo terrorista” y en los que no se excluye a más largo plazo a la tripartita frontera Paraguayo-argentina-brasileña. La combinación de presiones en un juego de pinzas (económicas-políticas-militares) por parte de EE.UU. hacia los distintos gobiernos pondrán en juego serias contradicciones, alineamientos y realineamientos en todos nuestros países y dentro de las clases sociales mismas.

¿Hasta dónde llegará la ofensiva global imperialista en el Continente como parte de la nueva situación mundial abierta con la guerra contra Irak ? ¿Qué espacio tienen los intentos de distanciamiento de los gobiernos Lula-Chávez-Kirchner respecto a algunos de los planes imperialistas en la región? ¿Cómo se combinará la aplicación de las recetas neoliberales que impulsa Lula como disciplinado alumno en Brasil con sus objetivos de mayor influencia política y económica regional? ¿Cómo piensa Kirchner llevar adelante su discurso de “no ser el hombre de las grandes corporaciones” y “de romper con el pasado” ante la ofensiva imperialista sin unidad burguesa y sin apoyatura social propia?

Los próximos meses estarán marcados, indudablemente, por las gestiones del Fondo con el nuevo gobierno. Ya las “aves negras” desembarcaron en nuestro país apenas terminó la elección para monitorear el cumplimiento de los acuerdos, mientras anuncian para después de la asunción del nuevo gobierno la decisión del organismo de impulsar “ un programa de reforma global ” y para lo que abrieron una oficina de carácter permanente en el país. A diferencia de Brasil —en el que acordaron previamente con los principales candidatos—, el imperialismo en Argentina esperó a que se resuelva el confuso marco institucional para poder impulsar a partir del mismo su fuerte y redoblada ofensiva.

Con un discurso falsamente “alejado” de los ajustes y transformaciones que programan, sin embargo, Horst Kohler (director gerente del FMI) habla de “crecimiento que la Argentina es capaz de producir, pero que también incluya una agenda que tenga en consideración a la gente... Sin igualdad no puede haber paz social, y sin paz social será difícil lograr inversiones de largo plazo y un crecimiento económico sustentable.

En la agenda global de la que hablan y que por ahora cuidadosamente todos ocultan (también Kirchner, Duhalde y Lavagna) hay varios misiles de alto calibre: a) la reforma bancaria; b) el aumento de las tarifas de los servicios públicos de las empresas privatizadas; c) un mayor ajuste fiscal aun cuando las metas del primer trimestre se cumplieron, d) un plan de renegociación de la deuda que supera los mejores pronósticos de crecimiento del P.B.I.; e) la ejecución de los remates de las viviendas y pequeñas empresas endeudadas en dólares, etc., medidas todas que están lejos de lograr la “igualdad para la paz social”, discurso que no tenía otro objetivo que el de no “hacer olas” antes de las elecciones.

Esta ofensiva económica recolonizadora se combina con la acción militar perpetrada en Irak y que amenaza extenderse a otros países, la que abrió una nueva situación mundial que deberemos analizar en profundidad, todo lo que tiene implicancias inmediatas para el mundo y el continente en cortos tiempos, acelerados también por la recesión económica que sufre EEUU Estos fundamentales temas escondidos en los escritorios de Kirchner-Duhalde-Lavagna, aparecerán en toda su dimensión en un corto plazo.

Las contradicciones que se avecinan para el nuevo gobierno, por tanto, son de una extrema tensión, dado que mientras el imperialismo se prepara para una ofensiva mayor en todos los planos, un amplio sector del movimiento popular quiere que el nuevo gobierno implemente una política de distanciamiento de las exigencias del F.M.I. hacia un proyecto de desarrollo productivo que recupere el país, en clara ruptura con el modelo neoliberal impulsado en la década Menemista. Estas tensiones que se dirimirán en un próximo período, y en la lucha misma, son las que en definitiva marcarán la debilidad o fortaleza de los pasos dados por la burguesía en el terreno institucional. No olvidemos que esas fuertes demandas pendientes van a entrar en contradicción con los pasos que de el gobierno, especialmente si el mismo continúa cediendo a los condicionamientos impuestos por el FMI, las privatizadas y la banca, los que representan para la fresca memoria colectiva y los bolsillos vacíos de la mayoría de la población, los más acérrimos enemigos para cualquier posible recuperación.

El festejo que realiza hoy la burguesía por haber logrado dar un cauce institucional a la rebelión abierta en diciembre del 2001 puede jugar peligrosamente como un espejismo ya que permanecen vivos los profundos cuestionamientos y demandas que dieron origen a la rebelión popular. Pasadas las elecciones, el descreimiento, la desconfianza y por tanto la supuesta “normalidad” volverán a la escena.

Por otra parte, Argentina no es Venezuela donde existe una clara y contundente polarización social-política. La catástrofe llevada adelante por la burguesía y el imperialismo en nuestro país logró —como nunca antes— hacer emerger y unir (aún en la fragmentación) a distintos actores sociales. Por esa razón y más allá de que tienda a haber elementos de mayor diferenciación, no vemos que exista una base social dispuesta a jugarse por un claro proyecto pro-imperialista.

Todo indica que no habrá pocas tensiones en el próximo período donde se vislumbran enfrentamientos y realineamientos en un marco de ostensible inestabilidad marcada por poderosas fuerzas —que de manera más aguda y global que nunca— se construyen y proyectan mucho más allá de nuestras fronteras.

Buenos Aires, mayo 2003.

* Militante marxista, de prolongada actividad internacionalista. Por muchos años dirigente del Partido Socialista de los Trabajadores y del Movimiento al Socialismo. Actualmente integrante del colectivo de izquierda radical Nuevo Rumbo.

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  • Dirección: Nellys Palomo Sánchez (hasta el número 35 en noviembre de 2001) José Martínez Cruz (a partir del número 36)

    Coordinación: José Martínez Cruz.

    Edición: Ana María Hernández.

    Colaboradores: Edgard Sánchez; Claudia Cruz; Josefina Chávez.

    Traducción de textos: Alberto Nadal.

  Desde los cuatro puntos es una publicación mensual de Convergencia Socialista, Agrupación Política Nacional (apn), registrada en el Instituto Federal Electoral. Registro de la Dirección General del Derecho de Autor (en trámite). Certificado de Título y Contenido (en trámite). Publicación periódica. Oficinas y suscripciones: Xola 181, 3er. piso, Col. Alamos, C.P. 03400, Teléfono 5 90 07 08, México, D.F.