No. 46
(noviembre de 2002)

csapn@laneta.apc.org
CORREO DE PRENSA INTERNACIONAL

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“De cara el III Congreso de la CI” *
(extractos)

Crisis y fracasos

El descalabro del “modelo” asume los más variados y contundentes signos de una completa catástrofe socio-económica: desocupación, pobreza, miseria, expropiación de los más elementales derechos humanos, laborales, jurídicos y democráticos. Simultáneamente, indignación y resistencia popular, que aún fragmentadas, expresan la voluntad de pelea y oposición ante la barbarie capitalista.

Las manifestaciones de rebeldía, desobediencia, y las acciones colectivas de lucha, organizadas y espontáneas, debilitan, paso a paso, las pretensiones de resucitar el enterrado “consenso social integrador”. La gravedad de la crisis capitalista, y la sublevación de los hambrientos por el sistema, pueden más que cualquier ilusión frenteamplista de jugar el papel de “colchón amortiguador”.

La combinación de estos factores explosivos, ha profundizado tanto la pérdida de credibilidad política e ideológica de la coalición de gobierno, como la reducción de su base social-electoral. Por lo tanto, el período estará marcado por la inestabilidad política y la agudización de la lucha de clases. Estamos en un período de final abierto, donde ninguna salida puede descartarse a priori, y donde la resistencia popular -en el marco de la crisis socio-económica- será la principal protagonista, aún con sus desigualdades y ritmos diferentes.

Los tres componentes claves que dieron sustento al discurso neoliberal (eficacia, estabilidad, legitimidad), se han derrumbado. Ya no se trata solamente de la crisis del paradigma presentado como el único “modelo de crecimiento” posible, sino de la crisis del Estado, de los partidos tradicionales, y del régimen político de dominación post-dictadura, instaurado por la vía de la “democracia representativa” .

La crisis capitalista y la pérdida de legitimidad del gobierno de coalición como agente político de las clases dominantes, adquiere una nueva dimensión ante la gigantesca confiscación de ingresos, empleos y ahorros para seguir pagando la deuda externa, el asalto programado contra los bancos y los servicios públicos, y el salvataje de los especuladores financieros privados y extranjeros.

El gobierno de coalición ha remachado la dependencia al borrar (mediante ley parlamentaria) todo vestigio de soberanía e independencia nacional. Traspasando -tal cual un protectorado virreinal- la toma de decisiones económicas y políticas, al gobierno de Estados Unidos, el Departamento del Tesoro, y a sus colaterales internacionales: FMI, Banco Mundial, BID.

El Partido Colorado y el Partido Nacional (con la compañía grotesca del Nuevo Espacio Independiente), finalmente firmaron el nuevo pacto colonial, que incluye la subordinación completa al proyecto de recolonización imperialista.

Pese a todos los esfuerzos dialoguistas, pese a todas las vocaciones acuerdistas para evitarlo, el tan temido “escenario de caos” llegó para quedarse. Colocando al desnudo, el fracaso de la estrategia de “gobernabilidad democrática” y de “oposición constructiva” predominante en la dirección del Frente Amplio; de igual manera, el fracaso de la estrategia de “concertación social” que hasta hoy, defendía la mayoría de la dirección del PIT-CNT (central sindical única)

El giro al centro de la mayoría de la dirección del Frente Amplio, tanto como su estrategia de alternancia institucional e izquierda gestionaria desde la Intendencia Municipal de Montevideo, enfrenta hoy, ante la magnitud de la crisis, el cuestionamiento de su política de “lealtad” institucional y su adaptación al cronograma electoral.

La famosa “cultura de gobierno” está siendo puesta a prueba por estos días. Justamente, cuando sectores populares cada vez más amplios reclaman que este gobierno proimperialista, inepto y corrupto se vaya, y que se comience a transitar hacia otro “proyecto de país”: es decir, que el Frente Amplio asuma efectivamente el compromiso histórico de presentarse como alternativa a la derecha, dejando de jugar la carta del lejano e incierto 2004.

Este fracaso y la parálisis de la mayoría de la dirección del Frente, tanto como la gravedad de la crisis socio-económica, y la pérdida de legitimidad de la derecha burguesa, refuerzan la legitimidad política y social de la propuesta de la CI: Fuera Batlle y el FMI del gobierno. Elecciones Ahora.

Una propuesta que se inscribe en una perspectiva de ruptura con el cronograma electoral, de concepción democrático-radical del derecho de revocabilidad y ejercicio de una democracia realmente participativa y directa. La misma concepción democrático-radical, que cuando proponemos la Ley de Iniciativa Popular para que el pueblo, directamente, decida y haga efectivo su derecho a legislar sobre sus necesidades económicas, sociales y políticas.

Esta propuesta política democrática-radical, implica una ruptura con la idea de elecciones como simple recambio del personal político, y de ruptura con las iniciativas que empiezan a esbozarse en torno a “gobierno de reconstrucción nacional” de conciliación de clases.

En el cuadro de la crisis capitalista y de su régimen político de dominación, que reivindicamos los sucesivos pronunciamientos de la CI , y en particular el realizado el 31 de julio: “Es entonces que la continuidad de este gobierno de Batlle y el FMI, no es solamente una bofetada a la dignidad de las personas y a la soberanía nacional: es un atentado criminal contra el derecho a la vida de las inmensas mayorías populares”.

En todo caso, esta propuesta política ya había sido contemplada (y votada) por el II Congreso de la CI en el marco de su Resolución Política: “En tal sentido, la CI no descarta a priori, ninguna vía de lucha política (...) Como tampoco descarta, opciones alternativas en el plano institucional, como por ejemplo, la Ley de Iniciativa Popular o incluso, la convocatoria a elecciones anticipadas”.

Campo de resistencias

Los últimos meses presentan un paisaje de “beligerancia popular” que se extiende, a tono con las consecuencias de la crisis. Multiplicación de las ollas populares, asentamientos y merenderos, cortes de puente en Artigas (departamento fronterizo con Brasil) contra el “cero kilo”, marchas de trabajadores en Rocha, huelga de hambre de los desocupados en Maldonado, movilización de los artesanos “informales”, vecinos en pie de lucha contra la contaminación ambiental, contra el corte de los servicios y contra los desalojos.

El “tejazo” del 7 de diciembre, la marcha a Punta del Este organizada por el PIT-CNT y FUCVAM (federación de cooperativas de vivienda) varios paros generales y sectoriales, ocupaciones de liceos y facultades. Mujeres marchando cientos de kilómetros, cooperativistas de FUCVAM en huelga de pagos al BHU y movilizados, ocupaciones de fábrica. Carpas rodeando el Parlamento. Organización de los clasificadores, y de los desempleados en la UTD (trabajadores desocupados). Radios comunitarias, y organizaciones culturales juveniles. Escraches contra la impunidad del terrorismo de Estado. Experiencias de autogestión obrera, de proyectos productivos, y de (re) apropiación de bienes materiales. Intersociales en Montevideo y el Interior. Caceroleos (más o menos convocados, más o menos espontáneos) de repudio a cualquier discurso oficial, incluido el presidente de la República. Centenares de miles de firmas por ANTEL (empresa estatal de telecomunicaciones) y ANCAP (empresa estatal de petróleo) juntadas en jornadas de fin de semana, en barrios, ferias, centros de trabajo y estudio.

Todo este movimiento de protesta, organización y resistencia, se contrapone -también en el terreno concreto de la lucha de clases- al mito ideológico propagado por la burguesía sobre la “excepcionalidad uruguaya”, y la “paz social”.

En este contexto, los “colchones amortiguadores” tienen el tiempo y el espacio limitados por la necesidad de lucha, por la necesidad de recuperar derechos sociales básicos. Sin esperar a la llegada de los reyes magos con el “país productivo” al hombro. Estas manifestaciones de acción colectiva son protagonizadas por la clase trabajadora (empleada o desempleada), por una “masa de asalariados” públicos y privados, y por miles de “sujetos” sociales que forman parte de un proceso tan amplio como heterogéneo de reorganización popular.

En tal sentido, podemos afirmar que el campo de la resistencias y la protestas es amplio y diverso. Que no hay un sólo y preferido punto de acumulación social y de intervención de la militancia de izquierda. Que las tendencias hacia la auto-organización se fortalecen. Que el repertorio de acciones colectivas de lucha responde a las transformaciones socio-económicas y a los efectos disgregantes que las contrarreformas liberales causaron sobre los lazos sociales tradicionales.

Un campo de resistencias y de protestas que no se limita ni a las “estructuras” del sindicalismo organizado, ni a la oposición “clasista y combativa”. Hay un cambio en la cultura de lucha popular, y en las estrategias individuales y colectivas de sobrevivencia. La crisis agudiza el desarrollo de una inteligencia popular y una identidad de clase elemental, que se confronta, en los hechos, con las fórmulas híbridas de “sociedad civil” y de “multitud”; identidad de clase elemental que se confronta con la utilización mañosa de la categoría “ciudadanía” (donde el “ciudadano-obrero” es igual al “ciudadano-empresario”, donde ricos y pobres son todos “ciudadanos-vecinos”). Precisamente, porque la conflictividad está insertada en el seno del sistema de explotación, y está exacerbada por los rasgos actuales de la mundialización capitalista y la “democracia de mercado”, es imposible ahorrarse la lucha de clases.

Izquierda anticapitalista

La necesidad de reforzar la identidad política radical de la CI, tanto como sus instancias orgánicas y su funcionamiento, responde a la aceleración de los tiempos políticos que imponen la crisis socio-económica y la resistencia popular. Por lo tanto, el III Congreso no puede escabullirle el bulto a dos desafíos fundamentales.

Uno, reorganizar una izquierda clasista, revolucionaria, y socialista con capacidad de articular un conjunto de propuestas de emergencia (democráticas, anticapitalistas, antiimperialistas) para evitar que el ajuste, el desempleo, la pobreza y el hambre, derroten al movimiento obrero y popular. Es decir, un “programa” que sintonice con las necesidades sociales básicas, urgentes, que frenen el proceso de expropiación que hace la burguesía.

Dos, articular en la acción y la experiencia política militante acumulada de esa izquierda clasista, revolucionaria, y socialista tanto en el Frente Amplio, como en los movimientos que sostienen la amplia y plural resistencia social.

El campo radical no se cierra en la CI. Esto ya nadie se anima a discutirlo, ni tampoco a decir que la CI es la “única izquierda radical existente en el país”. Tanto en los movimientos sociales como en el Frente Amplio, e incluso en sectores y grupos que no integran el marco orgánico de la unidad de la izquierda, existe una práctica radical, clasista y, en algunos casos, una reflexión que apunta hacia una perspectiva de unidad revolucionaria.

Esta perspectiva se instala y atraviesa a grupos e identidades distintas. Los “cortes transversales” son mayores hoy que hace una década. Entonces, el paisaje de los espíritus y las cabezas insurrectas es multicolor y bastante más amplio, lo que viene a contradecir cualquier visión determinista. Esta militancia insurrecta, clasista y combativa, se encuentra tanto en el MLN (tupamaros) y el PC (comunistas) como en el 26-M (izquierda castrista) el PVP (izquierda de origen radical) y hasta en el PS (socialdemocracia)

Los “cortes transversales” no responden a “subjetividades”, sino a las condiciones objetivas de un proceso político donde se expresan por un lado las modificaciones en el “tejido social” (fragmentación-reorganización) y al agotamiento de experiencias político-organizativas que obliga a replantearse muchas cosas. En tal sentido, no tener una política de alianzas hacia “la izquierda de la izquierda” es jugar al revolucionarismo mesiánico y de chacra.

En contraste con la tendencia a la integración al sistema de la mayoría del Frente Amplio, que privilegia la acción institucional, hay una izquierda propone otras: una radicalización democrática de “reformas estructurales” como contrapartida a las contrarreformas liberales; iniciativas que asocien la lucha cotidiana “antineoliberal ” con una lucha anticapitalista, en el entendido que vinculamos esas luchas a una estrategia de acumulación revolucionaria y a un programa socialista (aunque éste no sea el logotipo de presentación); combatiendo la ideología de los conceptos “útiles” que justifican las propuestas de “humanizar el capitalismo” o que presentan a la “globalización” como una fatalidad insuperable; desmistificando las fórmulas “sociológicas” (como lo de “guerra de pobres contra pobres”) que pretenden borrar de la memoria y la conciencia colectiva una visión clasista de la sociedad.

Se trata, entonces, de repensar una estrategia de acumulación de fuerzas en la lucha política y social , que escape del sectarismo periférico, tanto como del oportunismo institucional. Una estrategia, en la cual, la temática de la resistencia (o mejor dicho, de la necesidad de la resistencia) resume y traduce las reflexiones y experiencias de lucha de los movimientos sociales. ¿Cuáles tensiones enfrentamos? Las de ubicar en su verdadera dimensión táctica (lo que no es equivalente a tacticismo) las reivindicaciones que asocien en el imaginario colectivo social, las demandas concretas, cotidianas, con la necesidad de transformar la sociedad.

Estamos por una movilización popular organizada ¿Pero con cuál sentido o propuesta? La de una recreación-apropiación democrática de las conquistas robadas por la ofensiva capitalista. Donde la conflictividad es entre los derechos de la sociedad y el “derecho” de propiedad privada. Una izquierda que se autodefine como anticapitalista, no puede saltearse –en nombre del próximo Plebiscito, la siguiente huelga, o el escrache de mañana- la tarea de trabajar sobre la dimensión rupturista (revolucionaria) que habita, aún confusamente, en la percepción de una franja muy amplia de “luchadores sociales” y de un sector del movimiento de masas, que se sienten cada día más expropiados de sus derechos “ciudadanos” más básicos y elementales.

La cuestión de otra legitimidad política y de otro “modelo” de sociedad, están completamente ausentes de la conciencia popular? ¿la “gente”, solo piensa en reivindicaciones inmediatas o a lo sumo pelea por reformas? ¿el “color rosa” de la cantinela frenteamplista terminó por dormir todas las conciencias? ¿No se estará subestimando la inteligencia popular?

El desafío de politizar las luchas, de articular resistencia social con organización y perspectiva política, evita la producción de una absurda división del trabajo entre “reforma o revolución”. La “acumulación revolucionaria” es impensable fuera de un horizonte de lucha que integre reforma y revolución para la “transformación del orden imperante” tal cual lo proponía Rosa Luxemburgo.

El componente militante de esa izquierda anticapitalista, de potencial de lucha por el socialismo, está en los movimientos sociales y en el Frente Amplio. Por eso, es que la construcción de una alternativa revolucionaria, pasa por la articulación entre izquierda política y social, que frene la institucionalización, la dispersión, y formule un horizonte común.

La CI, como un momento de acumulación en la perspectiva de reorganización de una izquierda anticapitalista, continúa siendo débil, aunque la derecha y su prensa reaccionaria (El País, Búsqueda, El Observador Económico) tanto como los sectores mayoritarios de la dirección del Frente Amplio, aludan permanentemente a “los radicales de la CI” como el principal factor de desestabilización de la “gobernabilidad democrática” y en el desafine de la sintonía reformista disfrazada de “realismo” y "actualización ideológica”.

Esta debilidad tiene múltiples razones políticas y el III Congreso, seguramente, las discutirá colectivamente y en profundidad, en el cuadro de una instancia integrada por militantes plenamente metidos y comprometidos en el movimiento real de las luchas políticas y sociales, desde el más pequeño de los sindicatos o pueblo fronterizo del país, hasta la actividad de ediles locales o consejales vecinales.

Militantes organizados que piensan y actúan, que comparten las experiencias políticas y sociales con miles de compañeros en los diferentes escenarios de lucha.

* Este documento fue aprobado por una amplia mayoría: 113 a favor, 28 en contra, y 11 abstenciones.

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  • Dirección: Nellys Palomo Sánchez (hasta el número 35 en noviembre de 2001) José Martínez Cruz (a partir del número 36)

    Coordinación: José Martínez Cruz.

    Edición: Ana María Hernández.

    Colaboradores: Edgard Sánchez; Claudia Cruz; Josefina Chávez.

    Traducción de textos: Alberto Nadal.

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