No. 45
(octubre de 2002)

csapn@laneta.apc.org
CORREO DE PRENSA INTERNACIONAL

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Una nueva situación mundial

Resolución para el Congreso Mundial (Borrador)

 

I. Una nueva fase del movimiento obrero y social

1. La nueva fase

Desde el final de los años 90 el giro de la situación política mundial ha abierto una nueva fase en la actividad, el programa, la estrategia y la organización del movimiento obrero, social y popular. Este giro es el resultado de tres factores:

(a) el desarrollo de las contradicciones inherentes al nuevo modo globalizado de acumulación capitalista;

(b) las resistencias sociales a la ofensiva de las clases dominantes;

(c) el surgimiento de una nueva ola de radicalización, a través de los movimientos antiglobalización capitalista, en particular en una serie de sectores juveniles.

Estos factores no anulan las fuertes tendencias inauguradas, en la mitad de los años 70, por el fracaso de las oleadas (semi)revolucionarias y el fin de la onda larga expansiva del capitalismo, y que permitió: la ofensiva neoliberal de los años 80, una nueva reestructuración del mundo por las clases dominantes, denominada ‘globalización capitalista', una nueva degradación de la relación de fuerzas en detrimento de la clase obrera, etc., y luego del hundimiento de la burocracia estalinista y la restauración del capitalismo en el Este, una crisis sin precedente de la conciencia de clase, de la organización del movimiento obrero y de las dos corrientes que lo han dominado a lo largo del siglo XX : la socialdemocracia y el estalinismo.

Pero la situación actual es diferente de la del inicio de los años 90. Ciertamente, la reactivación del movimiento obrero, social y popular es desigual, adopta formas diferentes según las situaciones políticas nacionales. Pero más allá de tal o cual coyuntura existe, sin duda alguna, un cambio de clima social, político e ideológico. Ello favorece la emergencia de corrientes anticapitalistas/ antimperialistas, tanto sobre el plano social y sindical como político.

2. Una fase transitoria

La situación internacional ha cambiado significativamente. Las presentes características del periodo se definen por las contradicciones de una situación intermedia entre un sistema en que el Estado juega un rol importante, existe una colaboración institucionalizada entre las clases y un movimiento obrero dominado por reformistas social-demócratas o antiguos estalinista y un nuevo capitalismo con nuevas instituciones políticas, así como un nuevo ciclo orgánico del movimiento obrero y los nuevos movimientos sociales.

Esta situación transitoria se caracteriza por:

• la fortalecida voluntad hegemónica del imperialismo americano que se traduce en una serie de guerras y de intervenciones con el objetivo de controlar el planeta;

• la continuación de la ofensiva de las clases dominantes, que tropieza a partir de ahora con obstáculos económicos y sociales importantes­;

• el enorme crecimiento de la fuerza económica y militar de la burguesía que se combina con una crisis de sus formas de dominación política;

• una evolución contradictoria de las relaciones de fuerzas: un ataque a las conquistas sociales producto de la desregulación, combinada con resistencias y recomposiciones en las luchas y centros combativos del mundo del trabajo;

• una transformación social-liberal de los sectores dominantes del movimiento obrero y popular tradicional, cuya crisis histórica libera espacios para nuevas experiencias fuera del control de los aparatos socialdemócratas y estalinistas;

• un nuevo radicalismo en las reivindicaciones, las formas de lucha y los movimientos, junto a las dificultades en la formación de una conciencia anticapitalista y en la construcción de una alternativa política;

 

3. La situación del proletariado mundial

En los antiguos Estados bajo dominio burocrático la preocupación principal de las masas obreras es la lucha por su supervivencia material cotidiana, a la vez que el movimiento obrero sigue en estado embrionario y fragmentado. En los países de la periferia, los núcleos productivos estables con una clase obrera hiperexplotada, sin derechos y protecciones sociales, se hallan rodeados de masas populares que viven en una pobreza extrema sin precedentes, consecuencia de la destrucción del tejido social. En los países imperialistas, y concretamente en la UE, el capitalismo ha conseguido por primera vez desde hace medio siglo (re)crear una situación de inseguridad casi general con relación al empleo, el salario, las prestaciones (desempleo, enfermedad, invalidez), y el acceso a una enseñanza de calidad y a los servicios de salud. Los trabajadores que tienen un empleo enfrentan ataques a sus conquistas sociales, incluyendo su derecho al trabajo, y como trabajadores; la generalización de la flexibilidad, de la precariedad; austeridad salarial, individualización de los proceso de trabajo y de los salarios; descenso del número de afiliados al movimiento sindical. Millones de trabajadores han vivido estos retrocesos parciales.

Pero más globalmente, las contradicciones de la fase actual del sistema capitalista se traducen en luchas y movimientos parciales por la defensa de las conquistas sociales, el rechazo a los despidos, el aumento de los salarios, de las prestaciones sociales y de las pensiones

Por último —fenómeno significativo—, la llegada al proceso de producción de millones de jóvenes que, si bien, por un lado, no tienen memoria de las luchas y de la historia del movimiento obrero, por otro, ‘no llevan sobre sus espaldas el peso de las derrotas pasadas' y están dispuestos a luchar con sus propios métodos.

En este marco, el peso del estalinismo está en proceso de desaparición, el capitalismo se desa­credita por su brutalidad antisocial, sin que el proyecto socialista ya se haya relegitimado. Al mismo tiempo, miles de militantes y de cuadros que no han conocido derrotas históricas siguen activos en las movilizaciones de base y sindicales, disponibles para reactivar o crear las condiciones de una recomposición del movimiento obrero y de los movimientos sociales sobre nuevos ejes.

 

4. La nueva radicalización de la juventud

Se ha extendido una nueva ola de radicalización y de politización de la juventud a través de los movimientos antiglobalización. Esto constituye un elemento clave de la nueva situación política e ideológica y de la renovación del movimiento obrero y revolucionario. La movilización espectacular en Seattle (noviembre 1999) y el enfrentamiento sin precedente en Génova señalan un giro en las resistencias contra la globalización neoliberal. Esta brecha internacional del movimiento contra la globalización capitalista es el resultado de una serie de movilizaciones, menos visibles en el clima de regresión ideológica y de renuncia militante de los años 90. Han creado un nuevo internacionalismo y nuevos movimientos, en confrontación a las cumbres de las instituciones internacionales del imperialismo (Banco Mundial, FMI, G7, la UE), en contra cumbres y en un esbozo de reagrupamientos internacionales, del que el Foro Social Mundial de Porto Alegre (Enero 2001) es la instancia más impresionante en la actualidad.

Este movimiento ya está influyendo a los cuadros del movimiento obrero y social en el plano nacional, ofreciendo un inicio de alternativa en cuanto al análisis de la situación mundial, a las reivindicaciones y a la perspectiva de ‘otra' sociedad. Es ante todo la fuerza motriz tras la nueva radicalización y politización de la juventud. De hecho, la juventud nunca cesó de comprometerse y de ‘ocuparse de la política' —en el sentido más amplio— a través del antirracismo-antifascismo, de la ecología, la solidaridad con el Tercer Mundo, el activismo humanitario y las grandes cuestiones éticas que enfrenta la humanidad. Pero estaban profundamente marcados por el rechazo de lo político en general, no se identificaban con la clase obrera y el movimiento obrero, y daban la espalda al marxismo y a las organizaciones revolucionarias.

Esta juventud que se radicaliza no expresa solamente sus propias necesidades y aspiraciones en el marco de una sociedad injusta, también manifiesta un compromiso de cara a la sociedad para cambiarla. Esto implica un salto adelante en el plano de la conciencia (anticapitalista), de las formas de lucha (más radicales), de las reivindicaciones (más globales) y de compromiso (más militante). Es el inicio de una nueva fase.

 

5. La evolución neoliberal de la socialdemocracia y del populismo

La nueva fase política es una prueba para los proyectos y programas de la socialdemocracia. Puede otorgar algunos márgenes de maniobra a los equipos gubernamentales socialdemócratas en su juego ante los partidos de la derecha tradicional, pero confirma la profundidad de los procesos de social liberalización de los partidos socialistas. A pesar de las posibilidades, los PS han renunciado a cualquier política autónomo-keynesiana o neo-keynesiana. Bajo el temor a cualquier enfrentamiento serio con la patronal y las clases dominantes y en el marco de un profundo cambio político-ideológico, las direcciones socialdemócratas han abrazado los contornos de la política liberal, a la vez que añaden algunas medidas sociales menores. Se trata de una profunda revisión político-ideológica de los partidos socialdemócratas.

En Europa esto ha tomado un relieve particular por su participación gubernamental, simultáneamente y durante varios años, en 13 de los 15 países de la UE. Con muy pocos matices, se han inscrito en el marco de las opciones estratégicas de las clases dominantes, como lo han confirmado sus orientaciones socioeconómicas y su participación sin reserva en las tres guerras desatadas por el imperialismo en los últimos diez años (Irak, Yugoslavia, Afganistán).

Mas allá de las especificidades evidentes, se imponen algunas consideraciones análogas en cuanto a los partidos populistas, de izquierda o de centro-izquierda (populistas-anti-imperialistas) de América Latina. Por otro lado, los partidos grandes de procedencia estalinista, cuyo enfoque estratégico y cuya práctica en los movimientos de masa no se diferencia lo más a menudo de la de los socialdemócratas, han entrado también en una crisis existencial.

Veinte años de política de agresión social han dañado profundamente las relaciones entre estas organizaciones y sus bases sociales. El resultado es un retroceso radical sin precedente de su prestigio, de su control social y de su papel de organización en el proletariado y la juventud progresista. Por tanto, se ha abierto un espacio político, social y electoral en el que corrientes, movimientos y partidos radicales / anticapitalistas pueden afirmarse, adquirir una audiencia amplia en la sociedad y llegar a ser un factor importante en el movimiento obrero y social.

 

6. Reconstrucción del movimiento de masas y la izquierda anticapitalista

Con este trasfondo surge una nueva situación político-ideológica, a finales de los años 90. Este giro no sale de la nada. Es el fruto de una acumulación de descontentos, de tomas de conciencia, de un impulso de la solidaridad, y de luchas importantes, que, sin embargo, habían terminado en estancamiento, fracaso o derrota: en Estados Unidos, la larga huelga de los pilotos y la de la UPS. En Europa, huelgas generales nacionales o sectoriales, en Gran Bretaña (mineros, 1984-85), en Dinamarca (huelga general, 1986), en Bélgica (1986, después los servicios públicos en 1987, huelga general en 1993, una huelga larvada del sector de la enseñanza mantenida a lo largo de dos años), en España (huelgas generales al principio de los años 90) y en Italia (1992 y 1994). En América Latina: en Ecuador, Brasil, Bolivia. En Asia, Corea del Sur e Indonesia han conocido movimientos de masa y luchas obreras importantes.

El movimiento huelguista contra el gobierno de Juppe en Francia (invierno 1995) fue el primer indicio de este cambio. Con la marcha europea a Amsterdam de los desempleados, los empleados precarios y los excluidos (junio 1997), se inició un cambio en el estado mental de los sectores activistas en Francia y en el resto de Europa. Otras iniciativas directas que ya se habían iniciado, como la campaña por la cancelación de la deuda del Tercer Mundo y ciertos movimientos campesinos muy radicales (Brasil, India, etc.), se añadieron a esto. La confrontación en Seattle en noviembre de 1999 abrió el camino al “movimiento antiglobalización”, que se encontró en Porto Alegre en el primer Foro Social Mundial, inspirado por un sentimiento radical, internacionalista y potencialmente anticapitalista, portado por una nueva generación. Este espíritu de internacionalismo radical sobre una base feminista también se expresó claramente en la Marcha Mundial de las Mujeres del año 2000, cuya preparación antecedió a Seattle.

En Génova, por primera vez, este movimiento fue capaz de combinarse con los sectores radicales del movimiento sindical de masas en una confrontación directa con el gobierno y sus políticas neoliberales. Posteriormente, volvió a ampliarse y fortalecerse. Después del 11 de septiembre, fue capaz, de diversos modos, según las condiciones en cada país, de transformarse rápidamente en un movimiento antiguerra, que incluye a cientos de miles de participantes en demostraciones alrededor del mundo contra la guerra imperialista en Afganistán. También fue una de las fuentes de apoyo político y organizativo al pueblo Palestino, atacado por el Estado israelí.

Una nueva coyuntura sociopolítica se desarrolla en ciertos países, como Italia y el Estado Español, donde “el movimiento de movimientos” directamente estimuló las luchas en el movimiento obrero. Creó un nuevo marco político, una voluntad radical, una nueva perspectiva y el embrión de una alternativa para las luchas sociales defensivas que nunca se detuvieron durante el periodo anterior. Por ahora, es el actor principal en la oposición al capitalismo. Pero el movimiento sindical “tradicional” —organizativamente débil y políticamente aislado— continúa organizando millones de hombres y mujeres trabajadoras, y cientos y miles de activistas. Las huelgas generales y las masivas movilizaciones ciudadanas en Italia, el Estado Español y Grecia, y el reinicio de huelgas sectoriales en Alemania también traen al escenario político a hombres y mujeres trabajadoras unidos a otras capas sociales y movimientos sociales­.

En Argentina el levantamiento semi revolucionario ha surgido directamente de la crisis de derrumbamiento de partes enteras de la economía como consecuencia de la aplicación a largo plazo de la política neo liberal. En este caso, es la lucha por la vida la que ha llevado a la clase obrera y a los pobres (también las clases medias) hacia la lucha y la organización. Esta movilización que choca objetivamente con la globalización capitalista (en concreto: con las empresas transnacionales extranjeras, el FMI y la constante intervención del imperialismo americano). El Argentinazo ha sido una chispa en América Latina, donde el ascenso del movimiento de masas está afectando varios países (Venezuela, Uruguay, Paraguay, Perú...).

El nuevo despegue y reconstrucción del movimiento obrero y social internacional es parte de la “lucha de clases”, del desarrollo de las luchas obreras y también del “movimiento antiglobalización”, de iniciativas directas de ciudadanos, así como las de las organizaciones antimperialistas, anticapitalistas y revolucionarias en su seno. Sin la fuerza social mayoritaria integrada por la clase asalariada, sin su lucha de masas por sus demandas de aspiraciones, sin su creciente autorganización, la globalización capitalista, las políticas neoliberales y la guerra no podrán detenerse. Este espectacular reinicio de la confrontación política y social abre nuevas perspectivas para una izquierda anticapitalista, tanto en el frente social, como el de la política partidista­.

 

II. La guerra y la nueva contraofensiva imperialista­

1. El ataque de al-Quaeda y la “guerra contra el terrorismo”

(1) Tras el ataque terrorista del 11 de septiembre del 2001, el imperialismo estadounidense ha lanzado una vasta contraofensiva que marcará la situación mundial durante los años venideros. Más allá de su impacto apocalíptico, sus verdaderas repercusiones irán apareciendo en la medida que la “prolongada guerra contra el terrorismo internacional” se vaya topando con los numerosos obstáculos, contradicciones, resistencias y oposiciones que le saldrán al paso.

(2) La agresión de Estados Unidos, que en un principio fue un acto de venganza militar contra todo un pueblo bajo el pretexto de castigar a sus gobernantes, se sitúa en el contexto de una serie de guerras imperialistas desde 1991 (contra los pueblos de Irak y Serbia), que confirman su actitud hegemónica e intervencionista en el periodo post “Guerra Fría”. En este caso, pretendía eliminar la corriente fundamentalista del tipo Bin Laden, a pesar de que dicha corriente apoya el capitalismo, vinculada como está a facciones burguesas y sectores de varios aparatos estatales reaccionarios, como la monarquía saudita y las dictaduras de Pakistán y Sudán. El discurso de esta corriente política es fanáticamente religiosa, más antioccidental que antimperialista, y más antisemita que antizionista. Fundamentalmente opuestos a los derechos democráticos y a la igualdad de la mujer, quieren imponer regímenes teocráticos ultrareaccionarios. El petróleo siempre ha sido una motivación esencial de la política imperialista en esta parte del mundo.

2. Los objetivos de guerra de Estados Unidos

(1) La nueva guerra rápidamente reveló su verdadero fin: instalar otro gobierno en Afganistán igualmente fundamentalista y reaccionario, pero que dócilmente seguiría las prioridades de Estados Unidos El imperialismo norteamericano alcanzó así un fin que había buscado durante un cuarto de siglo: dominación de toda la región desde una base afgano-pakistaní ampliada para alcanzar sus objetivos geopolíticos (ante Rusia y China) y geoeconómicos (los recursos minerales de Asia Oriental).

(2) Mientras la situación política en Afganistán no se estabiliza (continuada existencia de la organización Al Qaeda, choques dentro de la coalición afgana en el poder), el gobierno de Estados Unidos continúa con sus planes de una guerra permanente a nombre de la “lucha contra el terrorismo”. Sus tropas actúan ahora junto al gobierno filipino, que encuentra difícil retomar el territorio bajo control de la oposición. En Palestina, el gobierno de Sharon tiene el apoyo de la administración Bush en una verdadera guerra contra el pueblo palestino, con el objetivo de destruir el embrión de un aparato estatal palestino. Lejos de estabilizar el Medio Oriente, hay un incremento en la violencia, los ataques con bombas, guerras “locales”, que pudieran llevar al uso de armamentos nucleares y la guerra total.

(3) En el marco de la lucha global contra el terrorismo, Bush intenta imponer al planeta un clima de tensión permanente, cultivando relaciones conflictivas con tres países: Corea del Norte, Irán e Irak. El objetivo práctico declarado es una nueva guerra contra Irak, una nueva etapa en la imposición militar de Estados Unidos en la región y la reorganización de un nuevo orden mundial bajo su dominación.

 

3. Nuevas contradicciones internas del imperialismo norteamericano

(1) En primer lugar, esta guerra ha incluido un golpe a Estados Unidos en su propio territorio, mientras que desde hace dos siglos este país había podido conducir guerras en el mundo entero sin sufrir repercusiones en su territorio. Este acontecimiento extraordinario constituye una humillación por la máxima superpotencia de la historia, cuyo territorio ha dejado de constituir un santuario. Esto dará lugar a una conciencia aguda de inseguridad y vulnerabilidad y, a mediano e incluso a largo plazo, influirá todas las relaciones sociales a su interior, particularmente entre la clase dominante y las clases explotadas, y nutrirá la conciencia chovinista imperialista en la mayoría de la clase asalariada (“la más grande del mundo”).

En lo inmediato, ha permitido crear una unión sagrada en torno al presidente Bush. Bush, limitado inicialmente (al interior) por una elección ilegítima, y poco respetado (en el exterior), ha logrado un viraje espectacular, asumiendo un liderato enérgico y lanzado una fuerte contra­ofensiva a nivel interno y externo, afirmando una supremacía militar sin igual, que se sirve del enorme crecimiento de su presupuesto militar como pistón y símbolo.

(2) Como resultado, el movimiento social contra la globalización (“Global Justice Mouvement”) en Estados Unidos ha debido dar marcha atrás. Se ha debilitado por el retiro del movimiento sindical AFL-CIO y la suspensión de su manifestación en Washington, programada para finales de septiembre del 2001, que debía ser la mayor y más ofensiva iniciativa desde Seattle. Sin embargo, el movimiento no ha desaparecido. Gracias a la determinación de sus activistas ha logrado removilizarse rápidamente y constituir un movimiento antiguerra aún muy minoritario, pero presente en todo el país.

Pero la alianza entre el movimiento antiglobalización capitalista y el movimiento sindical —que había pasado a la oposición debido al “fast track” (el derecho del presidente a negociar libremente las desreglamentaciones vinculadas al ALCA) y a los ataques contra el sector público— se rompió en el clima de chovinismo posterior al 11 de septiembre. Su renovación alrededor de un eje que combine estas cuestiones sociales con consideraciones políticas generales (“Jobs With Justice”) dependerá de una reducción del sentimiento patriótico.

Esta “unión sagrada” deberá pasar la prueba de la política económica brutalmente pro-patronal del presidente Bush, de la recesión y los despidos masivos que continúan y de la bancarrota de gigantes económicos (sus consecuencias anti-sociales en términos de empleos y jubilaciones, el bandidaje financiero de los patrones y los lazos corruptores con el establishment político): un “conjunto económico” que ya ha empezado a sembrar la duda en la opinión pública en cuanto a la fuerza del sistema y la integridad moral de su clase dominante.

 

4. Los efectos internacionales de la ofensiva norteamericana­

A escala internacional, la ofensiva político-militar del imperialismo estadounidense se ha dejado sentir inmediatamente, fortaleciendo todas las tendencias reaccionarias que ya se estaban desplegando:

(1) La constante proyección en los medios ha agudizado y ampliado el clima de volatilidad e inseguridad globalizada reinante. Esto promueve una creciente actividad de los aparatos represivos y coercitivos de Estado (ejército, policía, escuela, etc.). Esto, a su vez, favorece el desarrollo de corrientes chovinistas reaccionarias en la población. Esta evolución afecta al planeta entero, país por país. En particular, las clases dominantes han relanzado sus proyectos que habían estado bloqueados, incluso logrando imponerlos (por ejemplo, las intervenciones militares estadounidense en América Latina y el plan Colombia y la creación de una policía anti-terrorista, o la adopción de normas policiales y jurídicas en la Unión Europea).

(2) Se ha normalizado la guerra como instrumento político, y los Estados la han reintegrado a sus estrategias. El derecho a la “ingerencia humanitaria” en los asuntos de otros estados, reservado a los países imperialistas, ha sido validado como un concepto de “buen gobierno” (governance). Este derecho ha sido ampliado, a discreción del imperialismo (estadounidense en primer lugar), a otros estados, en nombre de la “lucha contra el terrorismo” (Rusia en el Cáucaso e Israel en Palestina, así como, en África, Uganda, Ruanda y Angola en las guerras de Congo). El resultado ha sido la multiplicación de los focos de tensión y conflicto, aumentando el caos, la miseria y la barbarie.

(3) El gasto militar que se estabilizó en los años al final de la “Guerra Fría” despegó una vez más en 1999. La remilitarización masiva de Estados Unidos, contenida en el presupuesto de 2002 implica un nivel de militarización que ningún país está en posibilidades de imitar y ni siquiera seguir. La lógica política de esta nueva carrera armamentista es diferente de la correspondiente a la “Guerra Fría”. Ya no se trata de preparar una guerra nuclear con la Unión Soviética a nombre del “equilibrio del terror”, sino de desatar guerras que impongan el dominio político de Estados Unidos (con todas las ventajas que se desprenden en términos económicos y monetarios). La reformulación de la estrategia política mundial en curso exige una redefinición de las prioridades militares en relación a los recursos financieros disponibles: control en el espacio, lo que sirve para asegurar el control militar del planeta entero; protección “total” del territorio nacional; capacidad de conducir varias guerras de envergadura simultáneamente (particularmente en Asia Oriental), lanzamiento y control de las guerras “asimétricas” (como la de Afganistán) e intervenciones militares puntuales (América Latina y los Balcanes). Esta política ejercerá una fuerte presión sobre los Estados del mundo, en particular dentro de la OTAN. Ese “keynesianismo militar” estadounidense, que implica una intervención del Estado y el relance del endeudamiento público, sostiene la demanda interior y los sectores estratégicos de la economía norteamericana, que también producen masivamente para las exportaciones.

(4) La lucha internacional “contra el terrorismo” amenaza las libertades democráticas y la actividad de las organizaciones populares y la sociedad civil en general. Según la situación local, se trata de reprimir o eliminar físicamente toda disidencia u oposición, criminalizar los movimientos de masas, reducir su impacto político, etcétera. La democracia burguesa —en los países y en la medida en que exista— tiene ahora la posibilidad legal de pasar al Estado de excepción de acuerdo con las circunstancias. El objetivo estratégico es obvio, dado que lo habían anunciado desde antes del 11 de septiembre: sofocar el movimiento “antiglobalización” de masas que pone en tela de juicio de manera masiva, por primera vez desde 1968, el reino del capitalismo y del imperialismo, y da la señal del renacimiento del movimiento organizado de los y las explotados, oprimidos y trabajadores a nivel internacional.

 

III. La globalización, nueva etapa del capitalismo internacional, bajo hegemonía norteamericana

1. La mercantilización del mundo

La globalización determina la configuración actual del capitalismo a escala planetaria. Se traduce en una extensión radical del mercado mundial, una libre circulación sin freno de los capitales y de las mercancías, así como un proceso impresionante de concentración del capital. Tiende a unificar el mundo en un gigantesco mercado sin trabas.

 

2. Lógica capitalista y lucha de clases

Tendencia inherente al capitalismo, esta nueva etapa de la internacionalización del capital está estrechamente imbricada en la coyuntura económica y social de los años 70 y 80. El débil crecimiento y la recesión han provocado la respuesta neoliberal puesta en marcha desde final de los años 70 bajo Thatcher y Reagan, y rápidamente extendido al conjunto de los países industrializados. Esta política neoliberal introduce una ofensiva de gran amplitud contra la clase obrera y sus conquistas sociales de los últimos 50 años, incluso de los últimos 100 años, y desemboca en un aumento drástico de la explotación de las clases obreras de las metrópolis imperialistas y un aumento de la masa y de la tasa de beneficio. En los países de la periferia (´el Sur'), la ley imperialista es la de desposeerlos del derecho a imponer cualquier obligación a los movimientos no sólo de mercancías, sino también de capitales. Los países de la periferia compiten con el fin de atraerse los capitales mediante el bajo nivel de los salarios, un descenso casi total de fiscalidad, de la protección social o de legislación sobre medio ambiente­.

Esta nueva etapa de la globalización capitalista no es el fruto de un puro determinismo económico o tecnológico. Es el resultado de una lucha de clases descarnada por parte de las clases dominantes y sus Estados contra el proletariado mundial.

 

3. El reino de las sociedades transnacionales, nudo central del imperialismo

Las corporaciones trasnacionales desarrollan una guerra abierta contra cualquier intento de controlar sus actividades. Esta nueva estructuración de la economía mundial les permite absorber superbeneficios, garantizar nuevos mercados para sus productos, hacer presión en los precios de las materias primas y preservar su monopolio tecnológico. Es el resultado de un movimiento sin precedente de concentración por fusión o adquisición que no escatima ningún sector ni ninguna región del globo. Aumenta el poder de los grandes conglomerados del Norte.

Este nueva situación les confiere un poder creciente ante los gobiernos y los Estados en los que realizan su actividad. Estos han aceptado abandonar sus controles estatales de las operaciones financieras, los mercados monetarios, y de los movimientos de capitales. Al mismo tiempo los grandes trusts del mundo se apoyan en el poder de sus Estados para que prevalezcan sus intereses en las negociaciones internacionales, la diplomacia y, en ocasiones, la presencia militar. Disponiendo del mercado mundial como plaza, estos grandes oligopolios industriales o financieros gozan de una libertad de acción y de decisión sin precedente.

 

4. El apoyo de las instituciones internacionales interestatales

La globalización es igualmente comercial. Foro informal que contempla la eliminación progresiva de las barreras en el libre cambio, el GATT se ha transformado en Organización Mundial del Comercio (OMC) el 1 de Enero de 1995. En un contexto de fuerte crecimiento de los intercambios internacionales, este organismo, ni elegido ni controlado, gobierna el comercio mundial con criterios estrictamente neoliberales que tratan a países ricos y países pobres como iguales. El fracaso de la Conferencia de la OMC en Seattle en noviembre de 1999 sólo es provisional. Ya se ha impulsado un nuevo ciclo que contempla hacer caer en el sector competetitivo actividades como la sanidad o la educación, la liberalización total de la inversión privada. Descartados provisionalmente, no tardarán sin embargo en hacer de ello el objeto de una nueva ofensiva. A pesar de los discursos sobre el libre cambio, los países del Tercer Mundo se ven enfrentados a barreras a la entrada de sus productos en los mercados de los países más ricos, mientras que estos hacen saltar, bajo presión de la deuda y del FMI, los obstáculos a la invasión de sus productos industriales y agrícolas. El resultado es el saqueo de los pequeños productores de los países en desarrollo a los que hace la competencia la agroindustria del Norte y la destrucción de su capacidad de autosuficiencia alimenticia.

 

5. El peso de la financiación del capitalismo

El peso actual de los “mercados financieros” es resultado de las medidas de desregulación generalizada adoptadas en el transcurso de los años 80 junto con el nivel, entonces muy elevado, de las tasas de interés. Las instituciones financieras, junto a los bancos tradicionales, se han multiplicado y diversificado, disponiendo algunas de ellas, como los fondos de pensión anglosajones, de un considerable poder financiero, que ha sido uno de los motores de las políticas de inversión. La fuerza de disuasión acumulada de este modo confiere gran peso sobre las decisiones de las firmas o sobre las políticas económicas públicas, en la medida en que los Estados, por lo que respecta a la deuda pública, y las empresas levantan fondos en el mercado financiero. Esta estructuración ha aumentado por tanto la autonomía de la esfera financiera, aunque no la hace menos interde­pendiente de otros sectores de la economía. Primero porque sólo recicla una parte de la plusvalía extraída en el ámbito de la esfera productiva, parte enormemente creciente por el hecho de la acentuación del reparto desigual de los rentas entre las clases. Segundo, porque su libertad de maniobra es resultado de una voluntad política y de una opción deliberada.

 

6. Un sistema profundamente jerarquizado

La globalización implica un avance radical en la internacionalización productiva bajo el control de las grandes multinacionales, lo que provoca una especialización y una jerarquización creciente. Refuerza el acaparamiento de los recursos de la periferia por el centro. Esta reestructuración también funciona, para el centro, como un amortiguador de sus ciclos depresivos y como factor de ampliación de sus fases de prosperidad. Facilita estratégicamente la reproducción mundial del capital.

Establecer una diferencia entre el conjunto de los países del centro imperialista y la periferia dominada y subdesarrollada constituye el punto de partida para determinar la inserción de cada región y país en el mercado mundial, teniendo en cuenta luego las situaciones variables en el seno de la periferia. El continente latinoamericano se sitúa a un nivel superior que África, que ha sido reducido a un territorio de pillaje, pero inferior a Extremo Oriente. Por continente, se reproduce una jerarquía análoga de país a país (por ejemplo, a través de procesos de industrialización parcial). Estos trastornos afectan profundamente las estructuras de las sociedades, especialmente los vínculos entre las clases dominantes y, a partir de esto, de la configuración de la lucha de clases.

 

7. La hegemonía americana: el dólar y la guerra

El establecimiento del nuevo orden mundial imperialista y en particular su jerarquización global y rígida tuvo necesidad de dos guerras (Irak, Balcanes) y dos intervenciones militares (Panamá, Haití) para desarrollarse. La iniciativa fue tomada por el imperialismo americano apoyándose no sólo en su poder económico, sino también en su supremacía militar. Artesano principal de la victoria de la “Guerra Fría”, Estados Unidos logró desencadenar la guerra contra Irak. Habiendo descartado la oposición abierta o escondida de la URSS y sus aliados tradicionales, de los países de la UE (con la excepción de Gran Bretaña) y de la gran mayoría de los países del Tercer Mundo, Estados Unidos surgió como la única superpotencia militar y política del planeta. La UE, incapaz de controlar las contradicciones que resultaban explosivas en los Balcanes, tuvo que hacer un llamamiento a Estados Unidos. Estos utilizaron esta oportunidad para hacer demostración de su superioridad en tecnología militar y se afirmaron como una potencia europea con miras sobre Rusia. Con la fuerza de su ‘nueva economía' y del dólar, son los factores militares y culturales (medios de comunicación, música, comunicación) los que han impuesto a Estados Unidos como piedra de toque del capitalismo globalizado.

 

IV. Caída de la burocracia estalinista, restauración del capitalismo, integración en la economía mundial

1. Crisis y restauración capitalista en la URSS y en Europa del Este

A. El final de los años 80 marca un giro histórico hacia la restauración capitalista en la URSS y en Europa del Este que es resultado de causas internas y de factores internacionales marcados por la ofensiva neoliberal e imperialista de los años 80.

(1) Este giro histórico incluye los siguientes aspectos:

• Los callejones sin salida de las diversas tentativas de reformas post estalinistas que prolongaron durante algunos decenios el reinado de partido único y las relaciones de producción no capitalistas sin conseguir pasar a un modo de crecimiento intensivo. Las contradicciones se acrecentaron entre los valores y aspiraciones de los trabajadores vinculados a la propiedad colectiva de los medios de producción, de un lado, y, por otro, su gestión por la burocracia a costa de los trabajadores. La ausencia de democracia obrera en el ámbito de toda la sociedad vació de sustancia y de coherencia los derechos de autogestión acordados a los colectivos de empresa por un partido/ Estado que buscaba preservar sus privilegios de poder;

• el agravamiento de estas contradicciones en el contexto capitalista internacional de los años 1970-1989 bajo presión de la deuda externa en divisas fuertes de varios países del Este y de la carrera de armamentos;

• rechazo popular de las dictaduras burocráticas, simbolizado por la caída del muro de Berlín y el fin del gobierno de partido único, sin que las resistencias obreras y las aspiraciones sociales tengan la capacidad de abrir paso a una alternativa socialista coherente;

• el significativo bandazo de sectores de la burocracia hacia el capitalismo en los años 80 para romper las resistencias obreras, a la vez que intentaban consolidar sus privilegios y poder convirtiéndolos en propiedad;

• la generalización de las relaciones mercantiles y de la propiedad privada de los medios de producción, la reaparición del desempleo masivo, el abandono —en beneficio del discurso neoliberal— de la antigua ideología dominante que legitimaba las aspiraciones socialistas, el cuestionamiento de las conquistas socialistas, todo lo cual constituye una derrota punzante para los trabajadores de estos países y del mundo entero que, a su vez, permite la extensión y la intensificación de la ofensiva imperialista iniciada a finales de los años 70;

• al mismo tiempo, diez años de restauración capitalista han producido desilusiones profundas con respecto a las promesas de eficacia que han acompañado las fórmulas neoliberales. Pero la combinación de una considerable degradación social con las recién conquistadas libertades sindicales y políticas han acrecentado las divergencias entre generaciones y la confusión de las conciencias. Las formas de solidaridad con las que debieron asociarse la crisis del modo de dominación estalinista perdieron terreno ante la rearticulación de ideologías reaccionarias, incluso neoestalinistas.

La recomposición de un movimiento sindical y político anticapitalista y democrático se abre paso con dificultad en un contexto bastante más difícil que el de Europa occidental y dependerá grandemente del surgimiento de una alternativa creíble para (y en) la Unión Europea y al desarrollo de un nuevo internacionalismo de las resistencias a la globalización capitalista.

 

(2) Cualquiera que hayan sido las variantes de reformas introducidas en la URSS y en Europa del Este desde los años 50 hasta la caída del Muro de Berlín, todas han mantenido la dictadura de partido único y las relaciones de producción burocráticas, que se hallaban protegidas de la lógica del beneficio capitalista y de la disciplina de mercado.

Después de varios decenios de aproximación de los niveles de vida a los de los países capitalistas desarrollados gracias a un crecimiento muy extensivo, la distancia comenzó a ahondarse a partir de los años 70. Los beneficios sociales que se combinaban con el malgasto y la represión burocrática se deterioraron, al mismo tiempo que las aspiraciones y necesidades de las nuevas generaciones, así como la aspiración a ascensos en la escala social estaban cada vez más bloqueadas por el conservadurismo burocrático.

 

(a) Pero la ofensiva imperialista de los años 80 acentuó los callejones sin salida de la dictadura burocrática, así como las diferencias de desarrollo entre la Europa del Este y del Oeste, ahondadas, a su vez, por la revolución tecnológica:

• las presiones de la última fase de “Guerra Fría” y de la carrera de armamentos al inicio de la era Reagan pesaron tanto más en la URSS debido a su crecimiento estancado. La prioridad de las industrias de armamento se realizó en detrimento de las inversiones industriales, de la modernización de la infraestructura y del consumo;

• el endeudamiento de varios países de Europa del Este en divisas fuertes en el transcurso de los años 70 les situó bajo la presión de las políticas de ajuste estructurales del FMI que produjeron reacciones diferenciadas de los regímenes —desde la austeridad radical y explosiva impuesta por el dictador rumano Ceaucescu al aumento de los conflictos nacionales y sociales de una Federación Yugoslavia paralizada—, pasando por la opción de los dirigentes comunistas húngaros de vender sus mejores empresas al capital extranjero. La llegada al poder de fuerzas de derecha en el marco de las primeras elecciones pluralistas acentuó radicalmente la aceptación por los equipos en el poder de los programas de privatización preconizados por el FMI. La anulación de una parte de la deuda polaca y los medios desplegados para corromper a los portavoces de Solidarnosc acompañaron la terapia de choque impuesta en Polonia;

• la construcción de la Europa de Maastricht ha fortalecido los criterios del FMI como acelerador de la restauración capitalista en Europa del Este.

(b) Si la restauración capitalista se apoyó sobre poderosas instituciones internacionales y las presiones del mercado mundial, no hubiera podido progresar sin palancas internas en un contexto de confusión muy grande de las conciencias y debilidad de la autoorganización de los trabajadores. La conversión en los años 80 de la mayor parte de la burocracia de los partidos comunistas a un proyecto de restauración capitalista, tras la represión sistemática de las fuerzas socialistas democráticas en el transcurso de los decenios anteriores, permitió que el estallido del partido único diera el poder a fuerzas restauracionistas cualesquiera que fuese su etiqueta.

B. La restauración capitalista se realiza en la ex-URSS y en Europa del Este, países ampliamente industrializados, en un contexto sin precedente histórico, marcado, para empezar, por la ausencia de todos los atributos necesarios para el funcionamiento de un mercado capitalista y una falta de base “orgánica”, incluso si la gran masa de los burócratas del antiguo régimen aspira a transformarse en capitalistas o a ponerse al servicio del capital extranjero.

(1) La sumisión de los nuevos gobiernos a los programas impuestos por el FMI o la UE implicó el desmantelamiento de cualquier forma de autogestión o de soviets , la transformación de los medios de producción en mercancía acompañada por la extensión de las funciones del dinero y la generalización de los programas de privatizaciones como “prueba” de ruptura con el pasado y de criterios de supuesta eficacia universal­.

(2) Pero en estos países que conocieron varios decenios de industrialización sin dominio de las relaciones monetarias y bajo las formas de propiedad híbridas que pertenecían “a todo el pueblo”, las privatizaciones se enfrentaron a la pregunta: ¿quién puede (legítima y prácticamente) comprar las empresas? La privatización de las grandes empresas, que en ocasiones estructuraban regiones enteras y se encargaban, bajo el antiguo sistema, de la distribución en especie de servicios sociales y de la vivienda, está en el centro de las dificultades de la restauración capitalista. Los riesgos de explosión social aumentan debido al coste considerable de las reestructuraciones y dada la insuficiencia de capital y la ausencia de burguesía nacional susceptible de comprar estas empresas y de imponer a los trabajadores una gestión capitalista.

(3) Ante esta dificultad general, los dirigentes húngaros optaron por la venta directa de sus mejores empresas al capital extranjero. Pero, fuera de este caso, la mayoría de los nuevos regímenes en la ex-URSS así como en Europa del Este inventaron en la primera mitad de los años 90 diversas formas de “privatizaciones jurídicas” sin aporte de capital, con frecuencia a beneficio principal de los nuevos Estados convertidos en accionistas. La distribución entre la población de “cupones” que dan derecho a la compra de acciones o al acceso casi gratuito de los trabajadores a una parte sustancial de las acciones de su empresa permitieron acelerar “las privatizaciones” a los ojos de los acreedores e instituciones occidentales, embaucando a los trabajadores con la idea del “accionariado popular”. A través de este proceso se hizo más lenta o se evito la reestructuración de las grandes empresas: los directores y poderes de Estado prefieren el no pago de los salarios al despido abierto y a la quiebra de las empresas. La concentración posterior de las acciones en las manos de los nuevos poderes de Estado, de los bancos y oligarcas —bajo formas muy opacas— limitó inicialmente la venta al capital extranjero­.

(4) Las relaciones de trueque que se extendieron en Rusia en los años 90, al mismo tiempo que las privatizaciones y la “deflación” impuesta por el FMI, han sido a la vez una forma de protección precaria contra las nueva disciplina del mercado que se combinaba con la extensión real de las relaciones monetarias, los montajes financieros de tipo mafioso y la subordinación del régimen Yeltsiniano a los preceptos del FMI y a los oligarcas. A la ausencia de reestructuración y de financiación de las empresas le acompaña una fuga masiva de capital al extranjero y una intensa especulación de los nuevos bancos privados a partir de títulos de estado que condujeron a la crisis del verano de 1998.

(5) En el conjunto de los países candidatos a ingresar en la UE, las presiones para la apertura de la economía y especialmente de los bancos al capital extranjero se han intensificado en la segunda mitad de los años 90. Más del 70% de los bancos están bajo control extranjero en varios países de Europa central, entre ellos Polonia cuya tasa de desempleo supera el 17%.

La carrera por la adhesión a la Unión Europea —que sigue siendo la coartada usada para justificar las impopulares políticas impuestas por los dirigentes en el poder en Europa Central— ha acelerado la disociación de las regiones más ricas que se liberan de la “carga presupuestaria” de que implican las demás, para intentar integrarse más rápidamente en la UE.

Los candidatos a la adhesión han orientado de forma radical su comercio hacia la UE, sufriendo desde entonces los efectos de sus fluctuaciones en crecimiento y registrando déficits comerciales bastante sistemáticos. Los criterios impuestos por la UE a los países candidatos, al aumentar la pobreza y el desempleo, provocan de hecho que la adhesión sea cada vez más costosa, al tiempo que el presupuesto europeo queda estrechamente limitado. Sin duda, la UE cortará las ayudas a Europa del sur antes que extender los subsidios del PAC a los cultivadores de Europa oriental.

Los fracasos de la UE ante la crisis de la ex-Yugoslavia y sus guerras favorecieron la redefinición y la extensión al Este de la OTAN. Existe el riesgo de que la integración a la OTAN se convierta en substituto del ingreso a la UE, pospuesto una y otra vez.

(6) La alternancia sin alternativa se ha instalado tras el pluralismo político. El ascenso de la abstención, la dificultad para constituir mayorías parlamentarias para formar gobiernos y la generalización de escándalos financieros afectan a todos los partidos en el poder, cualquiera que fuere su etiqueta. El retorno rápido y general de los ex-comunistas mediante las urnas ha expresado la desilusión profunda de las poblaciones hacia las recetas liberales y la esperanza de políticas más sociales. Pero estas esperanzas han sido frustradas pronto por la transformación social liberal de estos partidos.

(7) La llegada de Putin al poder en la estela de la crisis financiera del verano 1998 abrió una nueva fase marcada por la instalación de un gobierno nacionalista (“patriótico”) y de un estado autoritario a varios niveles: restauración del poderío ruso (especialmente en Chechenia) y de un cierto orden moral y económico, y un restablecimiento del control de los medios de comunicación y de los poderes regionales. El proyecto de nuevo Código del trabajo y los consejeros próximos sobre los que se apoya Putin ilustran los objetivos socioeconómicos burgueses de este régimen. La devaluación del rublo que siguió a la crisis del verano de 1998 permitió una frágil recuperación de la producción nacional y una baja del trueque, pero las necesidades de financiación de la industria permanecen bajo la presión imperialista.

El gobierno ruso busca reconquistar los atributos de gran potencia en una negociación con la OTAN cuya extensión al Este crea una fuente de tensiones. Espera estimular la resistencia a la omnipotencia de Estados Unidos apoyándose en la UE. Pero el marco Atlántico y neoliberal en el que se está construyendo la UE limita estas veleidades.

 

2. La dinámica china

Desde el punto de vista de las grandes potencias, China no deja de representar un factor de incertidumbre tanto en el plano geopolítico (cuestiones de Taiwán, de Tíbet, de Asia Oriental), como el socio-económico. Los grupos dirigentes de Estados Unidos y de la UE y con más razón de Japón están conscientes de que, en todo caso (salvo el de una desintegración, difícil de concebir, a pesar de las fuerzas centrífugas potenciales), China intentará en los próximos años jugar un papel de gran potencia y hacer valer su hegemonía en Asia. China aprendió, además, las lecciones de la guerra de Kosovo, al insistir en una modernización de su potencial militar.

A pesar del mantenimiento del régimen de transición burocrática, en este momento China parece ofrecer más garantías que Rusia a los inversionistas extranjeros. Es por esto que todas las potencias imperialistas se han comprometido a explotar las aperturas crecientes en el territorio chino.

De hecho, en su dinámica interna, China ha conocido, sobre todo en el último decenio, cambios de gran envergadura. El crecimiento económico ha continuado con tasas de crecimiento elevadas, y ha sido afectado sólo de modo muy parcial por la crisis asiática. La renovación del país ha progresado considerablemente. Una capa burguesa, ligada a la economía nacional y/o a las inversiones extranjeras, ha tomado cuerpo, en la mayoría de los casos surgida de sectores de la burocracia.

Sin embargo, las últimas dos décadas del siglo XX han estado marcadas por una reducción bastante evidente del crecimiento económico. Las fuentes oficiales no han dudado en hablar de tendencias depresivas mientras que un porcentaje elevado de grandes empresas de estado siguen sufriendo pérdidas, a pesar de las reestructuraciones realizadas o proyectadas. Más allá de las vicisitudes más coyunturales, se hace muy evidente que la integración creciente de la economía china en la economía mundial tiene como consecuencia que se produzcan fenómenos más propios del ciclo de una economía capitalista que de una economía de transición burocratizada (sobreproducción y sobreequipamiento sectoriales, exceso de competencia, baja de los precios de productos de consumo, inmuebles desocupados, etc.). En consecuencia, los efectos negativos sobre el terreno social empeoran: desempleo creciente en las grandes ciudades y tasas elevadas de llamada población excedente en el campo.

En los medios dirigentes, por ejemplo, durante la decisión de incorporarse a la OMC, se produjeron vacilaciones sobre la cuestión de si se debía entrar decididamente en el nuevo curso o si sería preferible disminuir la velocidad, incluso dar pasos atrás (se anunciaron en efecto medidas conservadoras, por así llamarlas, en un momento dado). Pero la primera alternativa parece haberse impuesto. Las decisiones y los proyectos más importantes comportan, en efecto, una limitación creciente del sector del Estado mientras que las empresas privadas operan cada vez más incluso en el sector llamado colectivo. Se proyecta, por lo demás, la introducción a escala más sustancial de sociedades por acciones, incluso para resolver el problema de las grandes empresas deficitarias.

Puesto que tales proyectos también tienen la intención de atraer a los inversionistas extranjeros, tanto en el ámbito industrial como en el ámbito financiero y comercial, existen más oportunidades para la acumulación privada que en el periodo precedente. Tal perspectiva, en el marco de una aplicación más rigurosa de criterios de rentabilidad en función del mercado y de una reducción progresiva de las protecciones aduaneras que se derivan de la adhesión a la OMC, está llena de consecuencias sociales. Se podrían reforzar las capas burguesas y aumentar sus riquezas al que las capas medias, cuyo peso no cesa de aumentar. Por el contrario, las capas obreras, amplios sectores del campesinado y los sectores pobres de la sociedad serían golpeados por el desarrollo posterior del nuevo curso. Por lo demás, se han multiplicado los conflictos sociales en el transcurso de los últimos años, tanto en el campo como en las ciudades. A fin de cuentas, el equilibrio­ político del régimen podría verse grave­mente quebrantado.

 

V. Las contradicciones que desestabilizan el nuevo orden imperialista

1. El ascenso de las contradicciones entre potencias imperialistas

(1) La nueva estructura del capitalismo globalizado lleva en germen una profundización considerable de las rivalidades interimperialistas entre los tres bloques económicos regionales, cada uno alrededor de uno de las tres grandes potencias económicas. Estados Unidos, única potencia ‘global', asegura la estabilidad y la continuidad del sistema de explotación, a la vez que abusa de esta posición de fuerza para imponer su ley a sus rivales. El resultado político de la nueva guerra podría modificar sustancialmente las relaciones de fuerzas políticas y económicas entre, por un lado, Estados Unidos y, por el otro, los países imperialistas (UE y Japón) y las grandes potencias en vías de inserción en le mercado mundial. La recesión agudizará esto.

(2) Desde hace diez años Japón está asolada por un estancamiento económico, ligado a la incapacidad de sobreponerse a los efectos de una burbuja especulativa y una gigantesca crisis bancaria. Pero esta coyuntura esconde por el momento la persistente potencia industrial y financiera del Japón, epicentro de una de las zonas (este asiático) más dinámicas de la economía mundial. La ‘globalización' significa la apertura del país mediante una serie de desregulaciones legales e institucionales y privatizaciones. La batalla de los grandes conglomerados extranjeros para penetrar está en marcha y Estados Unidos presiona para derribar las estructuras proteccionistas existentes. Estos últimos pesan en la región mediante su presencia militar que justifican con el argumento de la contención del ascenso en poderío (económico y militar) de China frente a Taiwan. En una perspectiva a medio plazo, se preparan para afrontar la constitución de una nueva potencia política y económica, China / Hong-Kong / Taiwán, que trastornaría radicalmente los equilibrios en Asia y en el Pacífico.

(3) Las burguesías europeas han conseguido un éxito incontestable con la adopción de la moneda única. En la etapa actual, la Unión Europea se esfuerza por explotar mejor el espacio económico común y volverse más competitiva en el mercado mundial. Se han desarrollado una serie de grandes operaciones de fusión y de concentración de los potentes grupos industriales, comerciales, financieros y bancarios. El Mercado Único avanza en particular en el terreno de la armonización de los mercados financieros. Desde la guerra de Kosovo, la UE se fija como objetivo constituir una fuerza armada, autónoma de Estados Unidos. Esto está directamente vinculado con la ampliación hacia el Este que enfrenta numerosos obstáculos en el seno de los países candidatos, que están obligados a introducir las desregulaciones, privatizaciones y cambios estructurales exigidos. Transformando la UE en fortaleza (acuerdo de Schengen) es como la UE intenta rechazar los movimientos de población provenientes del sur del Mediterráneo, África negra, Europa oriental y una parte de Asia.

La voluntad de las clases dominantes de avanzar hacia una ‘Europa-potencia' implica una reforma de las instituciones, hoy muy híbridas, desembocando en una verdadera dirección política supranacional. La UE ha conseguido dotarse de un primer nudo de aparato de Estado verdaderamente supranacional, rodeado de una serie de coordinaciones interestatales cada vez más coherentes. Pero la construcción es transitoria y frágil. Está recorrida por fuertes contradicciones entre los (grandes) Estados miembros. Implica un retroceso con relación a la democracia parlamentaria. Su legitimidad queda muy limitada entre la población a causa de su política profundamente antisocial. Al mismo tiempo, su dinámica sigue actuando impulsada por la globalización capitalista general y las necesidades del gran capital europeo. Está obligada a afrontar los obstáculos y avanzar, ya que retroceder llevaría a una gran crisis que pondría en peligro lo que ya ha conquistado (en particular la unión monetaria).

La rivalidad con Estados Unidos es un importante estimulante para la edificación de un Estado europeo. El capitalismo americano dispone de un aparato de Estado poderoso con presencia en todos los continentes. Constituye un pilar indispensable para el conjunto de las burguesías imperialistas. Pero al mismo tiempo, Estados Unidos utiliza su posición para favorecer a sus propias empresas multinacionales en la lucha descarnada en el plano de la competencia económica y de las esferas de influencia política. El gran capital europeo no puede retroceder en su tentativa de crear un Estado europeo imperialista. Esto desemboca inevitablemente en una tentativa de reequilibrar la supremacía actual de Estados Unidos. Lo que no ocurrirá sin fricciones y conflictos.

 

2. Las relaciones entre Rusia y los países imperialistas

Las relaciones contradictorias entre Estados Unidos y Rusia, producto de la “Guerra Fría”, se sitúan hoy en el marco de la extensión mundial del capitalismo, la transición de la ex-URSS al capitalismo y el reciclaje de la burocracia estalinista en clase burguesa.

Este proceso no es indoloro.

(1) La implosión de la ex-Unión Soviética ha dado lugar a una grave inestabilidad y una serie de guerras.

En el Cáucaso, donde los conflictos por el petróleo se han mezclado con la política interior rusa, ningún país ha salido de la crisis económica y la inestabilidad política. Yeltsin inició la guerra en Chechenia para aumentar su nivel de popularidad cuando perdía altura y para lograr la elección de su sucesor designado durante las elecciones presidenciales subsecuentes. Posteriormente, Putin ha continuado la guerra con más energía que su predecesor y el conflicto se ha convertido en el medio de sustentar su poder y estabilizar su mandato­.

La invasión ocurrió en la estela de la guerra de la OTAN en los Balcanes y bajo condiciones políticas distintas a la anterior (desastrosa) invasión de Chechenia por Rusia en 1994. De hecho, fue en parte una guerra anti OTAN, una respuesta a la guerra de la OTAN en los Balcanes y a la humillación que Moscú sintió durante y después de ésta. Por otro lado, la expansión de la OTAN hacia el este, que venía molestando al régimen de Yeltsin desde hacía varios años, había madurado y había sido un factor en el conflicto en los Balcanes a través del involucramiento de Hungría.

Asimismo, la guerra fue un intento de reconstruir la moral y la capacidad ofensiva del ejército ruso. En 1994, el Estado mayor se opuso a la invasión de Chechenia; pero, en 1999, la apoyó sin cortapisas. También ha contribuido a reconstruir el chovinismo gran ruso, que se había deteriorado con el derrumbe de la URSS y, aún más, con la derrota de 1994 en manos de Chechenia. Por otra parte, ha lanzado una advertencia a las otras repúblicas autónomas con intenciones independentistas.

Por otro lado, también responde a los intereses estratégicos rusos, en particular en términos de control del petróleo, lo cual exige una mayor presencia de la influencia rusa en la región del Caspio. No había ningún proyecto de construcción de un nuevo oleoducto que evitara a Chechenia y diera acceso al mar Negro. Para que Rusia siguiese siendo un actor de primer orden en la región, era menester asegurar la estabilidad y el control político. Nuestra tarea es revelar la opresión rusa de los chechenos y apoyar por entero el derecho de Chechenia a la autodeterminación.

Ucrania, que ha conocido una regresión económica aún más grave que la de Rusia, está lejos de haber establecido un marco político-institucional estable y se halla amenazada por una fractura entre las regiones occidentales, más atentas a Europa Central y Oriental, y las regiones orientales bajo influencia del vecino ruso. Su suerte representa una apuesta mayor: el equilibrio de esta región del mundo en su conjunto depende en una amplia medida de la evolución de este país que podría bien integrarse en la zona de influencia de las potencias de la OTAN, bien entrar en el regazo de Rusia, renovando los vínculos rotos por el estallido de la URSS.

(2) La neoburguesía rusa pretende reclamar su status de potencia mundial movilizando su historia, su conciencia nacional, sus vínculos internacionales con países tradicionalmente opuestos a Estados Unidos, su fuerza productiva y sus recursos naturales, su mano de obra cualificada y, sobre todo, su capacidad militar. Pero su transición depende profundamente del gran capital internacional y del imperialismo. Por otro lado, su inserción en el mercado mundial es un proceso conflictivo en el que intervienen a su vez la rivalidad entre Estados Unidos y la UE. La UE, con Alemania a la cabeza, intenta operar una aproximación diplomática y económica en la región, a la vez que asegura relaciones de paz (dada la proximidad geográfica, la política de ampliación hacia el Este y su propia debilidad militar), mientras que Estados Unidos se enfrenta a Rusia en el marco de su política de hegemonía mundial­.

 

3. América Latina ante el imperialismo norteamericano­.

Consultar el texto “América Latina: la resistencia que viene del sur” de Ernesto Herrera en la revista Desde los Cuatro Puntos, número 41.

 

4. Desintegración del continente africano

(Contribuciones por recibir de los camaradas africanos­)

 

5. El polvorín asiático

(Contribuciones por recibir de los camaradas del subcontinente asiático)

 

6. La fuerza del capitalismo globalizado y la debilidad de las instituciones internacionales inter-estales

(1) El surgimiento de un capitalismo globalizado exigiría un gobierno global para dominar las contradicciones que, desde el final de la “Guerra Fría”, son más numerosas, más agudas, más contagiosas, menos controlables. Pero semejante Estado/gobierno queda fuera del alcance del imperialismo.

No obstante, la tendencia dominante del último decenio ha sido el surgimiento y afirmación de una serie de instituciones internacionales de tipo estatal. Las clases dominantes, a pesar de sus rivalidades, defienden la idea de poner en marcha un ‘nuevo orden' imperialista. La globalización económica, muy volátil, ‘de forma espontánea' ha promovido y aumentado el peso de órganos de regulación, tanto en el plano regional-continental como mundial. La clave es el FMI (+BM) y la OMC. La OTAN ha enmendado su Carta y se impone a partir de ahora como el brazo armado del capitalismo global. El G7 (+Rusia) intenta asegurar una dirección política común. El proceso de globalización institucional se extiende al plano de la Justicia (Corte de La Haya, CCI) y a otros niveles menos visibles en los medios (OCDE, Bank of International Settlements).

(2) El intento de legitimar y estabilizar estas instituciones está enfrentando grandes contradicciones: las rivalidades económicas y políticas entre las grandes potencias (comprendidos los bloques económicos regionales); la ausencia de legitimidad democrática electoral y su carácter abiertamente parcial ante conflictos importantes (Irak, Ruanda, Palestina, Serbia). Desde su inicio, su legitimidad popular fue limitada. Estas contradicciones fueron puestas en evidencia mediante las movilizaciones ‘contra la globalización'. Su capacidad de gobernar el planeta enfrentará una dura prueba ante las turbulencias que se perfilan en el horizonte debido la política de guerra de Estados Unidos y a los intentos de controlar la recesión económica.

Por otro lado, la afirmación de estas instituciones de carácter ejecutivo y el papel unilateral de Estados Unidos han acentuado la marginalización de la ONU (comprendido su Consejo de Seguridad), cuando la ONU (su asamblea y sus organismos anexos) había suministrado un marco institucional en el que los países imperialistas podían ser interpelados y ‘condicionados', y algunas políticas ‘progresistas' puestas en marcha.

El factor que subyuga el conjunto de esta arquitectura institucional es la supremacía del imperialismo americano que juega cada vez más un papel a la vez internacional y unilateral.

(3) La política arrogante y unilateral de Estados Unidos, incluso en sus relaciones con sus aliados está evidenciando su propio límite. Estados Unidos requiere cada vez más una división del trabajo, un reparto de esferas de influencia y la articulación de coaliciones con sus principales rivales y las potencias regionales secundarias. Pero los procesos de concentración y de internacio­nalización en curso también tienen su impacto, en el marco de una competencia cada vez más feroz, en sectores de las clases dominantes. De ahí las divergencias en el seno de éstos sobre los medios, los ritmos y las estructuras a poner en pie para alcanzar el objetivo común. Esto se refleja a nivel de grupos dirigentes políticos, provocando múltiples querellas, luchas sordas y desgarramientos recurrentes. La hegemonía norteamericana sobre el planeta es innegable, pero su control directo de la situación sigue siendo difícil­.

 

VI. El “nuevo capitalismo” y la recesión internacional

(Actualizar texto)

 

VII. Política de guerra y continuación de la política neoliberal

Estas dos cuestiones van a dominar la situación mundial en los próximos 12, 24 meses y a influenciar la vida de millones de seres humanos y la actividad de todas las fuerzas sociales y políticas­.

1. La política de la guerra anti terrorista

(1) El gobierno de Estados Unidos ganó la guerra de Afganistán a un bajo costo y fortaleció su dominio del mundo. Ciertamente ha demostrado que tiene el monopolio diplomático sobre la situación en el Medio Oriente (la guerra israelí contra el pueblo palestino). Pero no ha podido explotar esta victoria, empezando inmediatamente una nueva guerra contra Irak. La administración Bush continúa expresando su deseo de derrocar a Saddam Hussein. Mientras tanto, el gobierno de Estados Unidos ha podido imponer a sus aliados (grandes y pequeños) el marco ideológico y político de la “guerra contra el terrorismo” y, hasta cierto punto, hacer una línea político-militar a partir de ello. En Palestina, Cachimir, Chechenia, Georgia, las Filipinas, Colombia, Venezuela, apoya o interviene militarmente para crear una atmósfera de guerra constante, justificando una hegemonía cada vez más arbitraria.

(2) La lucha del pueblo palestino por su liberación nacional y social ha sido degradada de este modo a los ojos de la población pública mundial a la condición de ataques por “bandas terroristas” contra un Estado democrático y civilizado que tan sólo se defiende. Bush es cómplice absoluto de Sharon en su intento de detener definitivamente la formación de un Estado que protegería al pueblo palestino de la barbarie zionista. El Estado palestino en formación no sólo está luchando por su supervivencia, también está contribuyendo a aplazar o incluso prevenir una incursión militar de gran escala de Estados Unidos en la región.

(3) Pero la guerra contra Irak puede convertirse en una prueba decisiva para la correlación de fuerzas, los alineamientos políticos y las futuras líneas de fuerza, convirtiéndose en un “momento de definición” para toda la situación mundial.

Desde este punto de vista, el viraje que el imperialismo norteamericano intenta imponer al planeta será sentido por todos los actores existentes, tanto gobiernos, como fuerzas políticas y sociales. Esto necesariamente implicará una batalla política internacional en gran escala y a largo plazo. La pregunta es ¿podrán Estados Unidos usar su predominio militar aplastante para imponer su política de guerra? ¿Podrá tomar la iniciativa, unilateralmente de ser necesario, obtener victorias, cargar la balanza de fuerzas aun más a su favor, ganar una base popular internacional y continuar hasta obtener la victoria “final”, que también implicaría una derrota de las aspiraciones sociales de las masas populares y de sus organizaciones?

(4) Estados Unidos enfrenta tres grandes obstáculos al lanzar esta guerra. Primero están las contradicciones entre las más importantes clases gobernantes, que pesan sobre la capacidad de iniciativa del gobierno de Estados Unidos. Tendrá que desarrollar una batalla (“es el objetivo lo que determina la coalición”), porque al lado de su línea antiterrorista, el gobierno de Bush también está construyendo la “Defensa nacional de mísiles”, otro proyecto militar global que daría enormes ventajas en los frentes militares, tecnológicos, políticos y económicos.

Por otro lado, ¿está el pueblo norteamericano, que vive en la actualidad en un clima de propaganda “antiterrorista” que les hace aceptar la defensa del territorio nacional y de sus vidas, listos a ir a una guerra criminal en el Medio Oriente­?

Finalmente, existe una gran distancia entre el poderío material de Estados Unidos y su debilidad moral (social e ideológica). Pocas veces como ahora han sido tan fuertes y extendidas a escala mundial, la desafección, la desconfianza e incluso el odio de Estados Unidos. Este debilidad será un gran problema para los gobiernos bajo presión de Estados Unidos, que tendrán que legitimar una “crisis de guerra” a los ojos de la opinión pública de sus países. La lucha contra Estados Unidos y sus aliados es una prioridad a escala internacional­.

 

2. Continuación de las políticas neoliberales

Las clases capitalistas continúan su ofensiva neoliberal adaptando su política a las nuevas dificultades y resistencias.

(1) Las políticas neoliberales de las décadas del 80 y 90 condujeron a un brillante éxito para el capital. La posterior década de crecimiento en Estados Unidos, la recuperación europea de los últimos años y la parcial inserción de la periferia en la economía mundial no han beneficiado en modo alguno a las masas populares, a quienes se les llamó a hacer los “sacrificios” para echar a andar la máquina una vez más. Navegando en esa relación de fuerzas, la clase capitalista no tiene intención, ahora que la recesión empieza a golpear, de compartir los “frutos del crecimiento económico”. Al contrario, las presentes “dificultades” económicas proveen un pretexto para continuar e intensificar las recetas de política neoliberal punto por punto.

(2) La política global del neoliberalismo choca ahora con un problema inmenso de credibilidad. No sólo ha llevado la globalización capitalista a la guerra (en Afganistán), sino que las políticas neoliberales, empujadas al extremo por las multinacionales y las instituciones internacionales (FMI, OMC, BIS, G7+1), han provocado el colapso de la economía (y la sociedad) argentina, con la participación directa del gobierno de Estados Unidos La quiebra de Enron, la más grande en la historia, en el centro del capitalismo global, exige una drástica reorganización de las estructuras del capital financiero, así como de las reglas del “gobierno corporativo” (para no hablar del desastre social implicado en la pérdida total de las pensiones de los trabajadores).

A la vez que manifiestan un pragmatismo obstinado y cínico, los dirigentes del capitalismo mundial no pueden asistir pasivamente al debilitamiento de su doctrina ante los callejones sin salida de sus políticas económicas. Aparte de apostarle al caos (cosa que ya están haciendo en lo referente a África), se verán obligados a abrir una discusión que tan sólo puede revelar la irracionalidad de sus políticas.

(3) La recesión tendrá un impacto contradictorio en la correlación de fuerzas (social, ideológica y organizativa) entre las dos clases fundamentales. Empuja, objetivamente, al proletariado a la defensiva ante el peligro de un nuevo declive dramático en sus niveles de vida y sus capacidades para reorganizarse. Por otro lado, ciertamente ya ha destruido cualquier ilusión de que, luego de veinte años de neoliberalismo ininterrumpido y tres fases económicas distintas (recesión, recuperación y otra recesión), el capitalismo esté dispuesto a mejorar la situación del proletariado. Esto ya está conduciendo a feroces conflictos sociales, aun en ausencia de una alternativa segura, perspectiva u organización sólida.

Hemos entrado en un nuevo ciclo de luchas más duras y amplias, y también más difíciles, alrededor de reivindicaciones inmediatas y parciales, que casi espontáneamente plantean la necesidad de una solución de conjunto y levantan una vez más “la cuestión política” (la cuestión de quién gobierna y del rol de los partidos políticos). La prolongada experiencia con las políticas neoliberales y con las fuerzas políticas y sociales que las han impuesto tendrán un rol decisivo en la clarificación política a escala de masas y en el renacimiento de un reorganizado y revitalizado movimiento obrero y social (en términos de tamaño, compromiso militante, actividad, autoorganización, reivindicaciones y programa anticapitalista).

 

VIII. La crisis social a nivel mundial

(1) De cara a esta ofensiva general del capitalismo, que ha marcado numerosos puntos en estos últimos años, se desarrollan multiformes resistencias. El fracaso de la cumbre de Seattle de la OMC, tras el abandono del proyecto de Acuerdo Multilateral de Inversión (AMI), constituyó un verdadero acontecimiento político. Por primera vez, una campaña internacional y en muchos sentido internacionalista contribuyó a que los dueños de la globalización perdieran una batalla. Este fracaso es el resultado de contradicciones múltiples que se han combinado para llegar al fracaso de la negociación: contradicción entre los intereses capitalistas europeos y americanos, especialmente sobre las subvenciones en la agricultura y las barreras comerciales que se oponen mutuamente; contradicción con los intereses de los países en desarrollo, incapaces de rivalizar con la competitividad de las economías desarrolladas teniendo en cuenta su débil productividad y el peso de la deuda y que, por tanto, reclaman un tratamiento especial y diferenciado; contradicción con el desarrollo masivo, en la opinión pública, de una toma de conciencia de los aspectos negativos del neoliberalismo, simbolizada por las manifestaciones de sindicatos y asociaciones que se reunieron para perturbar el desarrollo de la conferencia de la OMC.

(2) La crisis ecológica sin precedente está directamente vinculada a la mercantilización del mundo bajo la globalización capitalista. Deteriora el medio ambiente, es decir, las condiciones de vida en el conjunto del planeta, pero golpea de manera desigual las regiones y las capas sociales más débiles y más pobres. Los estragos causados al medio ambiente amenazan en lo sucesivo la supervivencia de la humanidad. La transformación de lo vivo en mercancía no cesa de progresar. Se apoya en el desarrollo de nuevas técnicas cuyo impacto ecológico no está controlado y a veces se desconoce. Se corre el peligro igualmente de acompañarlo de una dependencia creciente de los países del Sur, tanto a nivel tecnológico como alimenticio. La ofensiva de las grandes firmas de la agroindustria para imponer en el planeta los organismos genéticamente modificados (OGM) es síntoma de esta situación.

Sucesivas conferencias internacionales sólo han dado resultados irrisorios: la responsabilidad incumbe sobre todo a las grandes potencias y en primer lugar a Estados Unidos. La necesidad de enfrentar de manera decidida los problemas del medio ambiente al igual que los problemas de la alimentación y de la salud a escala mundial constituyen una gran oportunidad para impulsar el cuestionamiento del capitalismo.

(3) Este cuadro de conjunto debe conducirnos a tener en cuenta las tensiones y las contradicciones que el sistema sufre a escala mundial y en muchos países en las diferentes regiones.

La economía mundial ha conocido una coyuntura favorable prolongada en la estela del largo ciclo expansivo de la economía americana. Pero el surgimiento del ‘nuevo capitalismo' no desemboca en una larga fase de estabilización socioeconómica, a la manera del periodo de expansión de después de la guerra. La ralentización actual de la economía americana, las reestructuraciones y los planes de despidos de la industria, los movimiento erráticos de la bolsa plantean la posibilidad de una nueva recesión de la economía americana. En términos generales, el contexto mundial queda caracterizado por desequilibrios y desigualdades crecientes en detrimento de la gran mayoría de la población del planeta. El abismo se abre cada vez más en el interior de los propios países más desarrollados. Una situación semejante en el ámbito socioeconómico es, en última instancia, el origen de la crisis bastante generalizada de direcciones políticas tradicionales, incluso de su estallido, y de las dificultades contra las cuales tropiezan las tentativas de arreglo.

Las contradicciones que desgarran la sociedad contemporánea a escala mundial y provocan estragos crecientes a todos los niveles ponen en el orden del día, más que nunca, la definición y la construcción de una alternativa de conjunto.

(4) La principal contradicción que atraviesa al mundo y que constituye en definitiva el obstáculo principal a la política de guerra de Estados Unidos y sus aliados, es seguramente esta: jamás en la historia una clase dominante ha tenido una supremacía tal en el ámbito material (militar, tecnológico, económico, diplomático) mientras por otro lado millones de seres humanos —explotados, oprimidos y humillados— sufren las consecuencias de un sistema que jamás ha sido tan desigual ni bárbaro en los ámbitos social y humano. Esta contradicción se desarrolla cotidianamente en todos los países, en todas las sociedades. La agudeza y explosividad de la crisis social mundial, que ha engendrado la globalización del capital bajo las políticas neoliberales, sin lugar a dudas llevan a los círculos ilustrados de las clases dominantes a reflexionar.

(5) Empero, sólo la actividad consciente y organizada de las y los explotados y oprimidos podrá impedir los desastres del capitalismo. Por ello, nuestra tarea fundamental es superar la crisis histórica del “factor subjetivo” en sentido amplio.

Las masivas y reiteradas acciones por la gente joven y los asalariados por fin han llevado a una acumulación inicial de fuerzas y energía. El movimiento contra la globalización experimentó un alto momentáneo; pero, estimulado por el creciente descrédito que azota a la política neoliberal y guerrera, ha reiniciado su crecimiento. Más que nunca, aparece como una alternativa de masas en el plano de la sociedad (poscapitalista). Esta confrontación internacional simbolizada por el enfrentamiento Puerto Alegre contra Davos/Nueva York, tendrá un papel determinante en el desenlace de la fase política actual. Fuerzas sociales y políticas que rechazan la “globalización” preconizada por las clases dominantes existen en todas las regiones del mundo y son susceptibles de luchar ahora, independientemente de la relación de fuerzas a nivel nacional e internacional en la etapa actual. Estas fuerzas incluyen una gran diversidad de análisis y respuestas políticas, que van desde el nacionalismo proteccionista burgués al internacionalismo socialista revolucionario.

Es en el marco de semejante movilización internacional y de una reactivación más general de la lucha de clases, que hay que buscar el camino de la reconstrucción completa del movimiento obrero y antiimperialista, del surgimiento de vanguardias que hagan sus experiencias en la nueva época en que vivimos, y del resurgimiento de un nuevo internacionalismo y de una Internacional revolucionaria.

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  • Dirección: Nellys Palomo Sánchez (hasta el número 35 en noviembre de 2001) José Martínez Cruz (a partir del número 36)

    Coordinación: José Martínez Cruz.

    Edición: Ana María Hernández.

    Colaboradores: Edgard Sánchez; Claudia Cruz; Josefina Chávez.

    Traducción de textos: Alberto Nadal.

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