No. 43.
(Agosto del 2002).

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CORREO DE PRENSA INTERNACIONAL

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La crítica de la crítica al neoliberismo

Marco Rascón*.

La dispersión organizativa y de ideas se ha hecho, malamente, virtud. Bajo la idea de “resistir al neoliberalismo”, la fragmentación y el reduccionismo se convirtieron en la alternativa para huir de los viejos esquemas de poder que se volvieron obsoletos ante la magnitud y la rapidez de los cambios mundiales.

Miles de activistas con experiencia organizativa, conspirativa y política optaron por la mística civil; para no perderse en el mundo, buscaron unirse en redes horizontales, pero evitando unirse, abrazando la justicia como fe, reivindicando la resistencia como programa, fragmentando la realidad en minorías aisladas y haciendo de la denuncia fin estratégico. El abandono de la lucha por el poder de quienes mantuvieron la actividad en las comunidades y sus problemas no sólo causó grave daño político e ideológico, sino que estableció de facto una forma de convivencia con los poderes de la globalización: “ustedes son el poder malo del gobierno; nosotros, el poder bueno de lo pequeño”. Rechazando “lo político”, concebido como sinónimo de perversión, el pensamiento civil en resistencia se refugió en la estrechez de las generalidades, hasta llegar al agotamiento teórico. Paradójicamente esto influyó al interior de los partidos, provocando una implosión que estableció como regla y doctrina el pragmatismo. En los partidos progresistas el efecto fue desastroso al quedar lo electoral en el círculo vicioso de los intereses burocráticos y en la lucha por las prerrogativas estatales.

El concepto sociedad civil, como medida para contener los sectarismos ideológicos, se hizo compañero del neoliberalismo en la medida en que se convirtió en la conciencia crítica del nuevo modelo económico, mientras el rechazo a la lucha por el poder se tradujo en fundaciones, organismos no gubernamentales y civiles, basados fundamentalmente en la filantropía. Surgió así la gran estructura de la financiación con nuevos centros de poder, que sí establecieron vínculos concretos con los grupos de acceso al poder político del Estado.

El concepto sociedad civil predominante nada tuvo que ver con la idea de Gramsci, pues ése sí se conectaba con los partidos y las vías al poder a fin de construir nuevas hegemonías en la sociedad, para transformarse ella y a las instituciones. Es decir, no es posible transformar una sociedad y el Estado sin una idea o proyecto global sobre la economía, el Estado, las leyes; y la sociedad civil requiere instrumentos propios para organizarse y organizar a todos los estratos de la sociedad.

En México la sociedad civil quedó en manos de las iglesias, las cuales son un ejército organizado y jerarquizado, cuya hegemonía política ha crecido, gracias al debilitamiento de los partidos progresistas y laicos y al cariz que ha tomando la sociedad civil en su dispersión intrínseca. Las ONG y fundaciones se quedaron con miles de cuadros y activistas agotados por la burocratización y el sectarismo de sus organizaciones, que fueron la base y el motor que construyeron los grandes movimientos sociales, sindicales y campesinos de finales del siglo xx.

A pesar de que existen abrumadores argumentos contra las realidades y efectos del neoliberalismo y la globalización, la crítica carece de implicaciones estratégicas, porque no existe voluntad para construir conceptualmente una sociedad eficiente, real, ante la economía de mercado, la imposición de los intereses trasnacionales, la subordinación y la dependencia, y el belicismo del imperialismos.

La falta de ideas humanistas con implicaciones prácticas fue sustituida por la ideología de la autoayuda y la astrología frente a un mundo marcado por el determinismo neoliberal. Esto marcó la práctica política del conjunto e hizo prevalecer en lo político la mediocridad y a los más inescrupulosos, mientras los militantes fueron sustituidos por simples operadores.

Las similitudes entre neoliberalismo y anarquismo arrastraron el pensamiento progresista, a los dirigentes y activistas formados en el marxismo; son los beneficios de no luchar por el poder y la renuncia a la posibilidad de crear revoluciones desde el ámbito nacional. Los grandes foros mundiales, pese a sus grandes aportes conceptuales para explicar las implicaciones del mundo global capitalista, no han generado ideas para construir estructuras que transformen en sentido distinto la trayectoria mundial, y ahora emerge el gran nacionalismo imperial, lo cual significa guerra, destrucción y aumentar la capacidad de guerra en los países centrales.

La necesidad de que surjan movimientos en el mundo de las ideas bajo los nuevos instrumentos tecnológicos de la comunicación debe orientar las luchas de resistencia; que no sean un fin en sí mismas, sino un medio para construir otra visión del mundo y trabajar por ella. Es necesario, además, no temer a las convicciones.

*Analista político, fue diputado federal del PRD de 1994 a 1997. Artículo publicado en el diario La Jornada , México, D.F., el 16 de agosto del 2002, Correo electrónico: mrascon@ciberoamerica.com

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