No. 42.
(Julio del 2002)

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CORREO DE PRENSA INTERNACIONAL

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Sobre la derecha en México

"No estamos en contra de las libertades sino de su ejercicio"

En este texto, el autor de Entrada libre, Los rituales del caos y Amor Perdido, entre otros, elabora un balance de lo que han significado en nuestro país los embates de la derecha, sus presiones económicas, su vocación de educadora de las élites gobernantes y su resistencia a toda idea de modernidad y cambio. El escritor registra paralelamente la emergencia y vigor de una sociedad civil que a esa derecha le opone la continuidad de sus batallas culturales.

Carlos Monsiváis

¿Qué es la derecha? Entre las posibilidades para definir el término, hay una siempre actual: "La decisión de pensar por los demás y de ordenarle a los demás su comportamiento; la usurpación organizada del libre albedrío a nombre de Dios (o de la empresa y el mercado libre) y de esos otros componentes de la Trinidad, la moral y las buenas costumbres." En México la derecha es la herencia virreinal que se extiende a la tradición de intolerancia, hasta 1857 absoluta en México. Todavía en 1856, en el primer debate sobre libertad de creencias en el Congreso Constituyente, sólo un parlamentario vota a favor de la tolerancia. En 1859, en la preparación de las Leyes de Reforma, el panorama se transforma por completo, entre otras cosas por el hostigamiento de los conservadores, los preparativos bélicos alentados por el clero y la necesidad política de liberalizar a la sociedad para manejar el Estado.

Juárez y los hombres de la Reforma producen las leyes indispensables para el desarrollo de las libertades, en oposición notoria a los antecedentes. Ni en la Constitución de 1824, ni en los otros proyectos se admite la libertad de creencias, "traición a la Patria". La derecha sufre dos grandes derrotas históricas que distinguen a México de otros países latinoamericanos, la Reforma Liberal y la Revolución, grandes movimientos anticlericales y de apertura de conciencia. Derrotada por la Reforma liberal, la derecha se refugia en los pueblos tradicionalistas que, como prueba Agustín Yáñez en Al filo del agua, son literalmente "campos de concentración de la ortodoxia".

En el enfrentamiento entre Estado y derecha, la Iglesia católica y sus representantes laicos o semiepiscopales, se las arreglan siempre para quedarse con el control de la formación de la clase dirigente, así pierdan el de la educación pública. De la República Restaurada (1867-1872) a 1910, la derecha insiste en la tutela de la educación mientras acepta amplias concesiones del Estado. Por eso, cuando en 1933 Plutarco Elías Calles lanza "el grito de Guadalajara", y se declara en contra de "cederle a la reacción" el dominio del alma de los niños, reafirma el sentido político del laicismo. En términos modernos, esta reivindicación del control educativo del Estado para combatir "el fanatismo", es la garantía de continuidad del sistema político.

Los bienes devocionales

Desde los años cuarenta, la derecha opta por lo que ha sido su estrategia más eficaz: apropiarse de la educación de las élites, ahora no más del 7 por ciento de la educación primaria y superior. Si educan a los futuros gobernantes y empresarios, educan directamente al poder. Dicho sea de paso, en México no tiene sentido hablar de la derecha religiosa porque éste es su adjetivo irremplazable. No hay tal cosa como una derecha formalmente atea. A la clase empresarial le importa el manto de "legitimidad moral" aportado por su pública devoción cristiana, y en pos de ello le rinde tributo económico y social a sus creencias. El que no proceda así, se verá excluido de su grupo. El vínculo interno del empresariado es la confesión de fe tradicionalista. NO el comportamiento ético, sino la declaración de bienes devocionales.

Al régimen priísta se le conceden la educación de las masas, y la vigilia de su panteón heroico. A la derecha, es decir, a la Jerarquía, al empresariado, a los membretes de la Unión de Padres de Familia, de las Asociaciones Femeninas, de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, etcétera, se le encomiendan campañas periódicas de afirmación del feudo. (Deben ser periódicas, porque el interés de la sociedad no da para tanto; si se hicieran de continuo, el fastidio sería total.) Estas andanadas irregulares se dirigen a la supresión de libertades y la limitación de las libertades existentes. Así por ejemplo, las campañas contra la educación sexual que se inician en forma muy vigorosa en 1932, cuando el secretario de Educación, Narciso Bassols, introduce temas de educación sexual en la educación primaria y secundaria.

La derecha se opone, moviliza sus huestes en las escuelas públicas (no muchas, sólo el 8 por ciento del profesorado), y tiene éxito al crear el barullo que obliga a la suspensión de la campaña de educación sexual y la renuncia del secretario Bassols.

La censura, el enclave más poderoso de la derecha, es, desde el principio, un tributo del Estado a los otros poderes. La censura le niega la mayoría de edad psicológica y cultural a la sociedad, y retiene el derecho a decidir lo que debe verse y lo que no, lo que debe oírse y lo que no. La censura fomenta un "retraso mental colectivo" al no permitir el derecho a decidir de lectores y espectadores, y evita informaciones y obras fundamentales, en pos del ideal: si la sociedad es menor de edad, estará siempre disponible.

Otra fortaleza de la derecha es el control histórico sobre las mujeres La consagración del machismo en la vida social y en la industria de la conciencia ratifica las pautas del tradicionalismo en la vida cotidiana, hasta llegar al exceso. Durante casi todo el siglo XX, la violación, a ojos del patriarcado, apenas merece comentarios sarcásticos de policías y agentes del "Ministerio Público". La víctima es culpable y así se le trata en los juzgados si se atreve a demandar a sus victimarios. En materia de sexismo, la culpabilización de las víctimas ha prevalecido hasta fechas muy recientes, lo que supone la inferiorización de las mujeres y la comprobación de su minoría de edad psicológica, espiritual y cultural.

Quizás el bastión central de la derecha, el más efectivo hasta hace muy poco, es la noción de pecado y su consecuencia, el sentimiento de culpa. Si alguien se siente en falta, o peor, si se siente pecador o pecadora, está ya a cargo de la derecha, que prefiere siempre las culpas por sobre las responsabilidades, que fomenta a granel. Se lanzan campañas contra el cine "que pervierte" a cargo de la Liga Mexicana de la Decencia, la censura detiene la madurez temática de la industria fílmica en los años cincuenta, lanza campañas desde los púlpitos contra Agustín Lara y Cri-Cri, y quema revistas "pornográficas" (que nunca lo son en realidad, apenas boberías "calenturientas"). Antes de que exista material pornográfico, los grupos confesionales inician en Mérida, Hermosillo, la Ciudad de México, Puebla, quemas de publicaciones "heréticas". Llegan a los expendios de periódicos, decomisan las revistas "pecaminosas" y las hacen arder en los zócalos en "autos de fe editorial".

A la derecha le importa el ejercicio del poder que le permite negociar y refrendarle a la sociedad que vive en culpa y en pecado. Por eso quiere fiscalizarlo todo, el comportamiento y la conversación. Hay campañas contra las libertades verbales, hasta los años setenta tiene vigencia la lista de vocablos que no se pueden imprimir. Esto se suprime por el mero impulso social, se implanta el habla unisex y ya dejan de ser tabú las "conductas prohibidas", además legales entre adultos consensuados. Si la prensa insiste hasta hace unos años en decirle "maricones" a los gays, es por creer demasiada concesión llamarlos homosexuales, en cambio, la palabra "maricones" los retiene en el ghetto de la abyección. En este punto, la derecha suele coincidir con la izquierda, aunque a partir de los setentas una parte muy significativa de la izquierda reconsidera y cambia.

La hipocresía como visión del mundo

La derecha es la gran defensora de los "monopolios morales". Por ejemplo, si éste es un país exclusivamente católico, pasa inadvertida la atroz persecución de los protestantes a lo largo del siglo, la violación de sus derechos humanos y civiles, el asesinato de sus líderes, la expulsión de los conversos de las comunidades, la quema de templos. Y de corolario, la muy significativa oleada de chistes que adereza la herejía con el choteo. Y en las campañas de homogeneidad a fuerzas, tiene éxito la derecha, al aislar a cada uno de los sectores perseguidos, que desunidos resultan presas fáciles. Y también fortalece enormemente a la derecha, la idea prevaleciente en la clase política: la conducta privada de los hombres públicos debe inspirarse en la pareja católica. Hasta hace muy poco, era inconcebible un divorciado en la Presidencia de la República. Un soltero, imposible.

Lo que la derecha pierde con la educación laica, trata de compensarlo afirmando sus zonas de prohibición. Y la ofensiva actual de la derecha es una respuesta a la restricción cuantiosa de sus zonas de prohibición, asunto que no tiene que ver con el autoritarismo estatal sino con el desarrollo social. En 1961 la campaña "Cristianismo Sí, Comunismo No", más que contra la izquierda, se dirige contra un sector educativo ya fuera de su control. En 1960, la derecha organiza su ofensiva en Monterrey contra los libros de texto gratuitos, juzgados "indecentes" y casi ateos. Sólo la intervención directa el presidente López Mateos hace posible la difusión de los libros. Esto es lo inadmisible para la derecha: si los niños saben, si las mujeres deciden, su control se desvanece. Lo suyo es el sostén de la hipocresía como visión del mundo, y no lo digo retóricamente, aunque así se escuche. Si la hipocresía deja de ser el enfoque de todos los días, en un compás que va de las clases medias a la burguesía, se desvanece la sujeción. La derecha social y clerical ya no pide la aceptación unánime de sus dogmas, pero sí que se actúe como si estos dogmas fuesen acatados y por eso concentra tanto sus esfuerzos en la burguesía y la clase media alta. A la derecha no le incumbe la conducta de los pobres; que de ellos cuide su "animalidad orgánica". Si un pobre es adúltero, ¿qué más se podría esperar?, si un rico se divorcia es blasfemia. Lo propio de la derecha es el manejo de la conducta pública de las clases gobernantes.

Al concentrarse la derecha hasta 1960 en oponerse al protestantismo y el comunismo, en mantener las prohibiciones más notorias y en cultivar las apariencias morales, se olvida de la modernidad. Este es su gran desastre. En la segunda mitad del siglo XX, el desdén por la modernidad, debido al resquebrajamiento de los aparatos ideológicos o la falta de percepción cultural, hace que la derecha ignore las fuerzas dominantes en lo internacional, que la mera condena no disminuye. Para cuando la derecha reacciona es tarde.

A partir de los ochentas, pero especialmente en los años recientes, la derecha consolida sus centros de acción y sus fortalezas, entre ellas las universidades particulares a cargo de la élit:e. En un cálculo aproximado, 70 por ciento del aparato público, de directores de departamento para arriba ya egresa de universidades particulares. Por lo demás, su presencia militante es precaria.

En tanto interlocutores de la sociedad, la extrema derecha sólo se vigoriza en un caso: el combate a la despenalización del aborto, que alía a todos los sectores. Y para mantener la censura en la televisión, moviliza la amenaza de las respuestas del clero, capaz de inhibir series, programas, anuncios. ¿Qué pueden las campañas de prevención del sida contra la perspectiva del boicot de los anunciantes?

A la derecha le irritan sobremanera los intentos de promover reformas o medidas de salud que remitan a la existencia del sexo. Así, además de la despenalización del aborto, le horroriza la difusión de los condones. Ante la pandemia del sida, su actitud es, como se quiera ver, intolerante al punto del genocidio. Por eso, las calumnias sistemáticas contra los mínimos intentos civitizatorios de la Secretaría de Educación y la Secretaría de Salud.

Muy especialmente en los años recientes, la derecha ha sufrido intensas derrotas sin trazas de atenuarse. En las batallas culturales, la derecha lleva la peor parte, y cito algunos hechos: el auge de las teorías feministas que deciden el tratamiento de las mujeres en la prensa, en los debates televisivos, en los debates legislativos, etcétera; el fin de la demonización de la izquierda; la despenalización moral del aborto, de eso no se habla, pero en las encuestas el número de los que opinan a favor es significativo; la continuidad de los organismos y de las activistas en contra del sida que no ceja así todo parezca estar en contra. Y esta continuidad de la sociedad civil es uno de tantos datos que indica a mediano y largo plazo el fracaso de la derecha.

 

Texto proporcionado por la Agencia de información en Salud, Sexualidad y Sida NotieSe (Salud, Sexualidad y Sida), artículo publicado el viernes 2 de agosto de 2002.

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