No. 41
(junio del 2002)

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CORREO DE PRENSA INTERNACIONAL

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La política como articulación de lo diferente­ y la diferencia

Fermín González*

Cuando Rosa Luxemburgo escribió “La libertad no puede ser nunca otra cosa que pensar de otra manera”, seguramente que no podía intuir cuanto de riqueza iba a tener este pensamiento con el devenir de la historia, y en particular para espacios como este Foro Social Mundial. 1 “Pensar de otra manera” era para Rosa el pensar contra el sistema capitalista, es decir, pensar diferente al sistema dominante y hegemónico y proponerse su transformación radical, pero también implicaba el poder pensar desde las diferencias teóricas y políticas que se daban en el seno del pensamiento marxista, para lograr interpretar los nuevos desafíos que tenían que afrontar los revolucionarios de entonces­.

El desarrollo imperialista, trasnacional y neocolonial en que se ve inmerso el capitalismo, cada vez aleja más la vigencia de su paradigma liberal de “libertad de pensamiento”, de las posibilidades de las grandes multitudes marginadas tanto en el centro como en la periferia. Esta tendencia exclusionista y antidemocrática del capital se agudiza después del 11 de septiembre, generando un “pensamiento único” cada vez más único, autoritario y disciplinador de las distintas expresiones sociales y políticas que apunten a obstaculizar el libre desenvolvimiento de la circulación y concentración del capital, en particular el financiero.

En aras del libre mercado se busca uniformizar las sociedades sobre la base de direccionar el consumo, al mismo tiempo que se las somete a un proceso de fragmentación donde por focalización de intereses se estimula la perdida de las identidades fuertes y la construcción de conciencia colectiva. El pensar diferente , trata de ser aplastado o reducido a visiones parciales, territoriales y reformistas, estimulado una fuerte alineación y cosificación de las relaciones humanas que subsume las resistencias tras las lógicas individualistas del capital, al mismo tiempo que debilita las identidades y regresa las conciencias. La política se torna entonces un instrumento de control en manos de medios de comunicación que suplantan a los partidos, mientras que las luchas sociales son sumas de aspiraciones y reivindicaciones que van desde lo étnico a lo cultural, pero profundamente fragmentadas y aisladas de lo político y de sus estrategias de gobierno y poder.

Por el otro lado de la lucha, tenemos la experiencia de la transición al socialismo que surgió con la revolución rusa, y que se basó en la estatización y centralización de los medios de producción, en el monopolio del comercio exterior, pero en tanto castró la democracia y el poder popular, sus progresos distributivos en el terreno económico y social, nunca pasaron a generar una relación de liberación en las relaciones políticas, sociales y culturales de dominación. El pensar diferente y desde la diferencia fue también aplastado. Con la excepción de sus siete primeros años, a medida que avanzaba la economía y se lograba garantizar educación y salud gratuita a la población, avanzaba, montada sobre esa legitimidad parcial, la burocratización expropiadora del poder soviético (popular) y la dominación autoritaria­.

Hoy podemos decir que la globalización neoliberal no habría podido realizarse tan universalmente, con tanta impunidad y hegemonía político cultural, de haber persistido el llamado sistema socialista, lo cual requería un proceso regenerativo de revolución política. Con su derrumbe se termina de configurar un clima de derrota para la clase obrera y los sectores populares en todo el mundo. Al mismo tiempo, escenarios potencialmente tan importantes como el Foro Social Mundial, nos están demostrando que esa derrota fue parcial y, por lo tanto, contradictoria. Con la implosión de los aparatos burocráticos se posibilita la apertura de espacios de reencuentro de lo social y lo político, que anteriormente no hubieran sido posibles. Si la derrota se expresó en el cambio desfavorable de la correlación mundial de fuerzas, el progreso lo hace en que se derrumban aparatos que actuaban como lozas sobre la libertad de pensar en forma diferente y desde la diferencia . Si bien este perfil de liberación siempre pesó en la crisis interna de aquel modelo burocrático, nunca logró llegar a decidir en su crisis final. Lo que explica el por qué luego del derrumbe tiende a ser minimizado o despreciado frente a la ofensiva de la mundialización del capital con énfasis en lo financiero. Sólo con el pasar de los años comienza a valorarse su oculta potencialidad cuando el poder pensar diferente y desde la diferencia se encarna en la practica renovadora de los movimientos políticos y sociales en su lucha radical contra los efectos de la transnacionalización.

Lo que hoy se está demostrando es que así como cambian los patrones de acumulación y localización del capital, también van cambiando las formas y contenidos de los sujetos llamados a sepultarlo. En la fragmentada marginalidad económico social, se recuperan principios y construyen identidades, y se avanza desde ellas en la comprensión de las causas, se identifica a los responsables y se elaboran alternativas que oscilan programáticamente dentro en una amplia franja de lo que se ha llamado la izquierda social y amplia. Fueron los zapatistas, un pueblo indígena, el que recuperando su identidad pasó a construir una fuerza político-militar, con autoridad suficiente para plantear la necesidad de la “socialización de la política y la politización de lo social”.

Pocas veces una frase ha dicho tanto sobre los objetivos estratégicos de todo colectivo social o político que pretende transformar la realidad. En todo el mundo movilizaciones populares tiran abajo gobiernos y se derrumban las hegemonías de los bipartidismos reinantes así como las de las nuevas figurillas autoritarias del neoliberalismo al estilo Fujimori, sin que existan claramente definidos los sujetos revolucionarios capaces de elevarlas al terreno de la disputa de las relaciones de poder dominantes. Lo que se reafirma con la insurgencia popular en Argentina es que las burbujas financieras especulativas estallan y las deudas no se pagan, cuando la correlación de fuerzas en las luchas sociales impone el hacer de ello su consigna central. Pero también se constata que esto no es suficiente para generar un cambio trascendente y permanente en la estructura del mundo del capital, por la debilidad de las organizaciones políticas revolucionarias, la alienación de la clase obrera y la fragmentación de los movimientos sociales.

Esta dificultad de articular en ritmos y plazos lo político revolucionario con las movilizaciones y políticas surgidas o recogidas desde lo social, tiene que ver con la fase de la historia del capital y del socialismo que hoy vivimos. Donde no sólo se regenera y revitaliza la importancia de pensar diferente sino que se amplía enormemente la exigencia de pensar desde la diferencia. En el pensar anticapitalista se combina el proceso de autocrítica con la búsqueda de superar los dogmatismos, de agudizar el pensamiento crítico superando las lozas del llamado marxismo oficial y el sectarismo que lo rodeaba, para que así las ideas comiencen a valorarse más por su valor intrínseco y movilizador, que por el sector político que la haya generado.

Sin embargo, algo más que la valiosa libertad de opinión en el seno de la organización política está revolucionando el pensar diferente , y es la irrupción de múltiples y diversos discursos asociados a identidades y sujetos sociales que en el pasado se consideraban secundarias o débiles. Reaparecen con gran fuerza (porque siempre existieron) las causas étnicas, de género, culturales y se incorporan nuevos movimientos sociales vinculados directa o indirectamente al mundo del trabajo, que obligan a encontrarle género, etnia, nación, cultura, medio ambiente y diversidad al tradicional concepto de clase obrera. Esto obliga a que el discurso sistémicamente diferente tenga que reconocer y comprender los múltiples discursos diferentes frente al sistema que nacen desde esa diferencia, lo cual complica la priorización y relación entre las mismas. Pero en esa complejidad representar a la diferencia es muchas veces considerado como sinónimo obligado de lucha contra el sistema, cuando en realidad ya asistimos a amargas experiencias de coop­tación de muchos y muchas que enarbolaron la diferencia.

La crítica a los proyectos políticos y sociales

La crítica a los partidos políticos de izquierda contiene la critica a la forma de construir sus diferencias con el sistema y la critica dentro y desde los mismos a la diferencia. Básicamente la existencia de los partidos de izquierda está definida por su independencia programática frente al sistema. Lo cual en esta época se complica por los cambios en el mundo del capital y la derrota parcial de la clase obrera, generando en muchos casos cambios regresivos en la forma de concebir la diferencia con el sistema. En la primera oleada se incluyeron fuertes procesos de adaptación y pérdida de la independencia, combinados con autocríticas paralizantes. Lo diferente se somete a la supuesta imposibilidad de ejercerlo y lo posible gobierna a lo diferente. Mas aún, los hasta ayer diferentes comienzan a parecerse, entremezclarse y mimetizarse en el sistema, hasta llegar a cumplir con esmero las tareas encomendadas por los organismos multilaterales que “reordenan” el mundo del capital.

Por otro lado, y superada la fase de una autocrítica que osciló entre la superficialidad y un gradualismo tardío que respondía con retraso a verdades evidentes, los partidos de izquierda que por su compromiso de lucha se mantuvieron del lado de los pueblos, entraron en un proceso de tratar de recuperar, en el terreno de la política concreta, sus principios anticapitalistas y su acumulados históricos en la lucha social popular. Este ha sido un proceso donde las realidades de las regiones ha marcado diferencias. No ha sido lo mismo en Europa ni en África ni en Asia y Oceanía, y todos ellos han marcado diferencias con el proceso que vivimos los partidos y proyectos políticos en América Latina.

Uno de los centros de la nueva etapa ha estado marcada por el reconocimiento de la importancia de la diferencia, tanto reconociendo la libertad de tendencias internas en la organización política, no en todos los casos de la misma forma y convicción, como las diferencias surgidas desde otros pueblos, etnias, movimientos agrarios, género, opciones sexuales, culturales, ambientales. Pero este reconocimiento de la necesidad de socializar la política ha sido muchas veces más formal que conciente, lo cual mantiene el tema como punto de tensión permanente, y se expresa tanto en el Foro de Sao Paulo que agrupa a los principales partidos de América Latina y El Caribe, como en el Foro Social Mundial. Todavía los intereses corporativos en lo social y los partidistas disfrazados de ideología, mantienen visiones autore­fenciadas, donde la valoración del desarrollo de la lucha de clases depende de su presencia dirigente, o no, o del control en el desarrollo de la misma­. 2

Superar esta experiencia autoritaria comienza por recuperar las concepciones con que se construyeron los primeros partidos obreros y populares, que siempre nacieron de disputas sociales y de clase elevadas al terreno político, que les demandaban o un salto orgánico o una ruptura con los partidos burgueses en los cuales eran considerados simples apéndices. Fue luego el stalinismo quien desconociendo las orientaciones de la Tercera Internacional en la época de Lenin, se lanzó a construir sindicatos “comunistas”, dejando a un lado la disputa de los sindicatos existentes en manos de la socialdemocracia, de la misma manera que la socialdemocracia allí donde era minoría, lanzaba sus propios sindicatos o centrales socialistas. La división que se agudizó en las organizaciones de la clase obrera y los movimientos sociales, sólo favoreció al desarrollo expoliador del capital.

De estas conductas que derivaron en múltiples divisiones dentro de la izquierda partidista, se deriva la importancia de retomar sus trabajos unitarios. Pero hoy ya no es la simple unidad de la izquierda partidaria centrada sobre si misma, sino el construirla desde la concepción común de la necesidad de una unidad de la izquierda política que incluye la elaboración y lucha política de los movimientos sociales, fuente principal del oxígeno renovador revolucionario que requerimos los partidos de izquierda. El no tener criterios comunes sobre este tema lleva a que la división de la izquierda se traslade al movimiento social y que hoy en Argentina sea necesario realizar Encuentros de las diversas organizaciones piqueteras (desempleados) que responden a intereses de partidos distintos o que nacen fraccionadas y reivindicando su independencia política.

Acabar con la construcción de movimientos sociales que nacen como brazos articulables de cada partido y no como necesidad del conjunto social, en este caso de los desempleados, pero también de los desplazados del campo, permitirá más rápidos procesos de avances unitarios y que su salto a visiones de disputa de poder sea menos traumático y más acorde con las posibilidades objetivas de los procesos. La unidad en Argentina entre los piqueteros y con los que luchan desde el Frente Nacional contra la Pobreza, tendrá que pasar por debates altamente ideologizados, desconfianzas y sectarismos, que no responden a la realidad concreta ni a la urgencia de construir una alternativa transformadora.

Para avanzar en la superación de estas dificultades, es importante reconocer de lado y lado (en realidad son un mismo lado), que no sólo los partidos son los espacios para la elaboración de la política, sino que ésta se genera también en las organizaciones sociales y las luchas de los pueblos. Tanto los partidos como las organizaciones sociales son generadores y receptores de políticas, la diferencia se encuentra en cómo la procesan, aplican y reproducen. La tarea de las organizaciones políticas que pretenden empujar un cambio radical, es su procesamiento sistemático junto con la valoración teórico ideológica de las mismas y de sus tendencias, para hacerlas pesar en el campo de la izquierda social dentro de una estrategia global anticapitalista y de poder. La tarea de las organizaciones sociales más avanzadas ha sido la construcción de propuestas programáticas y argumentos políticos referenciados desde su historicidad concreta, aunque ya son varios los ejemplos donde logran elevarlo a propuesta nacional y global anticapitalista, superando las políticas de muchos de los partidos que se consideran de izquierda.

El que los espacios de acción de partidos y organizaciones sociales se entrecrucen, sobre todo en los países más pobres, debería ser una virtud, pero hasta ahora queda en el terreno de las dificultades. De allí que haya sido y será tan complejo el conducir ideológicamente los procesos sin suplantar la acción, creación y decisión autónoma de las organizaciones sociales, lo cual sigue siendo un arte tan difícil como el de la insurrección popular que hoy recupera actualidad. Esto va de la mano con el efecto de que los líderes sociales recuperen la confianza en la necesidad de la centralidad democrática para su lucha radical contra el modelo y su elevación al terreno de la política independiente del sistema. Con el agregado que todo esto sólo puede teorizarse para cada caso y situación concreta, ya que estamos en una fase de aprendizaje sobre la marcha de un proceso muy diverso en la comprensión de lo diferente y la diferencia. Sin embargo, vale abrir el debate sobre algo que también comienza a ser evidente en la crisis de legitimidad que viven los partidos de izquierda del “primer mundo”. ¿Acaso su reencuentro con lo popular no tendrá que ver con su capacidad de incluirse en los movimientos antiglobalización y en las luchas sociales desde la diferencia? ¿Y sus políticas de alianzas con la socialdemocracia en condiciones muy complicadas no sería más clara y válida si se realizan como acuerdos frente a las organizaciones obreras y sociales y no como simples acuerdos partidistas de cúpulas?

Muchas veces en los partidos de izquierda del mundo se levantaba un programa que en lo general aparecía como diferente e independiente del sistema capitalista, cuando al mismo tiempo desde el accionar político se anulaba la posibilidad del ejercicio autónomo para evaluar y revaluar esa supuesta independencia frente al sistema, tanto del propio partido o de colectivos dentro del mismo o de organizaciones sociales que simpatizaban con sus posiciones. Otra vez el ejercicio de la política articulando o desarticulando las voluntades sociales y políticas.

El curso de la historia permite hoy interpretaciones más ricas y diversas del problema. En primer lugar se cuestiona el cómo se adquiere la conciencia, superando la idea de que es un simple problema de discursos aprendidos que supuestamente se tornaban irreversibles en las conciencias populares. Esto explica por qué por muchas décadas el concepto de autonomía fue ignorado o al menos subordinado en el discurso del marxismo “oficial”. El énfasis se hacía en la construcción de una estrecha relación entre las “masas” —a las cuales entonces no se las considerada agrupada en movimientos y organizaciones sociales— y las fuerzas políticas de clase, autoasumidas como vanguardia revolucionaria. Si el partido es el sujeto, y no la clase y menos otros movimientos sociales, ¿qué sentido tiene preocuparse de la autonomía de los mismos como camino a recorrer para la construcción de conciencia? Basta con informarse sobre la “línea” que elaboró el partido, para pasar simplemente a aplicarla, sin necesidad de debatirlas ni criticarlas. Aquí cabe otra vez recordar a Rosa Luxemburgo y su concepto de que “la vanguardia no era externa a la clase, sino la parte más avanzada dentro de la misma”.

Hoy concebir la generación de la conciencia como algo exclusivamente generado desde la exterioridad de la clase, es sencillamente considerado como un iluminismo que generalmente deriva en dogma y desastres políticos. Pero son justamente aquellos que han optado por la militancia política organizada, en tanto sean capaces de comprender estas limitaciones y buscarle una alternativa desde su praxis, los que pasan a jugar desde la política, un papel articulador determinante entre lo diferente y la diferencia.

Se trata esencialmente de un problema de confianzas en y entre estos nuevos sectores y sujetos sociales; pero, al mismo tiempo, de un problema teórico, en tanto la conciencia no puede surgir sino de la experiencia misma de un accionar que se corresponda directa o indirectamente con el mundo del trabajo. Partiendo de esta diferenciación es que podemos afirmar la existencia de una conciencia de clase acumulada globalmente, que no implica necesariamente una adopción del marxismo, pero sí el mantener vivo el principio de esperanza en los pueblos del mundo. Conciencia que no sólo ya está en organizaciones de izquierda sino también en organizaciones sociales, y que ha permitido que sectores sociales subalternos, como eran considerados en el pasado, jueguen un papel determinante y dirigente de las luchas populares por la resistencia y la transformación social. Los indígenas de Chiapas y de Ecuador, los campesinos Sin Tierra de Brasil, los militares bolivarianos, los movimientos contra los organismos multilaterales que manejan la globalización neoliberal, los estudiantes de la UNAM en México, las comunidades negras y raizales, son claras expresiones de ello.

El otro ángulo del tema tiene que ver con la praxis histórica de una clase y de las organizaciones sociales, que han logrado acumular altos niveles de identidad y de conciencia. Estos generan profundos programas y críticas políticas, que cuestionan de raíz los intereses del modo de producción con su irracional extracción de recursos, ganancias y su negación de la misma reproducción social del capital. Algo que en la época del “Que Hacer” de Lenin no existía. Por eso el argumento central de su época era que la concepción gremial corporativa, si bien valida, al quedar reducida a su parcializado universo de intereses inmediatos, tendía a generar respuestas políticas que no alcanzaban a cuestionar la esencia del funcionamiento del capital. No es casual que hoy desde las canteras del pensamiento posibilista y socialdemócrata se llame a preservar la virginidad político orgánica de los movimientos sociales, en particular de aquellos que no llegan a confrontrar al sistema desde su diferencia. Ni tampoco lo es el hecho de que ellos decidan intervenir abiertamente como partidos en los espacios sociales, cuando éstos por sí mismos comienzan a adoptar programas y acciones anticapitalistas. Un ejemplo es el propio Foro Social Mundial, el cual por su composición y radicalidad en su primera versión, se convirtió para la socialdemocracia en un espacio en disputa no sólo para recuperar legitimidad, sino fundamentalmente para frenar su desarrollo político que pasaba de la autonomía orgánica a la independencia frente al sistema, o de otra forma, de la diferencia a lo diferente. Allí sí la supuesta reivindicación de su autonomía desaparece y se busca pesar con los aparatos parlamentarios, la parte más institucionalizada del accionar político partidista, mientras se negaba la participación de los militantes de organizaciones de izquierda y a las fuerzas que, desde una intencionalidad revolucionaria, han optado por la insurgencia armada­.

Y aunque estos sectores sociales mantengan la dificultad de que su suma mecánica no permite construir una visión de mundo totalizadora, sus elaboraciones programáticas requieren de políticas y de sujetos globales, que de por sí superan el pensamiento posibilista. El sólo llegar a pensar desde el mundo de la contradicción capital-trabajo, permite comprender la especulación financiera o el neocolonialismo transnacional que determina “en última instancia” al decir de Marx y no del economicismo, el ordenamiento dentro de la luchas populares de los programas surgidos desde la diferencia, con las visiones anticapitalistas.

Y, por último, es también un eje del debate el que el proceso de construcción de la independencia programática para mantenerse y recrearse, requiere de la autonomía. En otras palabras, la libertad para pensar en forma diferente y desde la diferencia en cada colectivo político, es imprescindible para el sostenimiento y desarrollo histórico de los acumulados populares. La principal dificultad que estos encuentran es que el desarrollo monopólico, financiero y transnacional del capital, que ha generado una nueva división en el mundo del trabajo que tiende, por un lado, a fragmentar la solidaridad entre los pueblos. Mientras el capital se despersonaliza por la vía de los fondos de inversiones y se aleja de lo productivo por su financierización, la clase se individualiza y la autonomía se concibe como desligada de lo colectivo. Al esconderse los nexos de la reproducción del capital se invisibilizan buena parte de las relaciones salariales directas y se complejizan las formas de extracción de plusvalía, al punto de que se siente la exclusión pero no se la comprende. Por eso la construcción de identidad como grupo étnico, cultural o social, considerada como paso originario de la formación de conciencia independiente frente al sistema, encuentra en el ejercicio de la autonomía como colectivo, el factor articulador determinante. Y en tanto la resistencia se organiza en la acción y reflexión, surge con fuerza una tendencia a construir nuevas solidaridades globales

Es desde el relacionamiento autónomo entre quienes hacen parte desde el mundo del trabajo de las cadenas productivas y especulativas del capital, unidas a las cosmovisiones etno culturales y a las historicidades diferentes, que se puede concebir hoy como posible la reconstrucción y proyección de nuevas formas de organización social popular que internacionalmente puedan confrontar la llamada globalización.

Adicionalmente, para los marxistas contemporáneos debería ya estar claro que en la reconstrucción social y política de la organización popular, el debate sobre la autonomía de las organizaciones sociales es primordial. Reconocer al ejercicio de la autonomía como factor imprescindible para volver a recorrer caminos en la busca de identidad y conciencia antisistémica, sin negar que ya existe un valioso pensamiento acumulado al cual apelar, y que se encuentra una buena parte en los partidos, otra en la intelectualidad académica o orgánico social comprometida. Uniendo esto con una carga permanente de pensamiento crítico y autocrítico. En suma, una defensa de la autonomía de las organizaciones sociales que se asumen desde su diferencia, persigue el rescate de la posibilidad de que los sectores explotados, oprimidos y marginados, puedan ejercitar su capacidad de autoconstituirse como sujetos capaces de llevar adelante esos desarrollos programáticos, autoformarse en la toma de decisiones, así como formarse en el ejercicio de nuevas relaciones de poder, de hegemonía, más horizontales y democráticas

Es bueno recordar que existen múltiples ejemplos donde la autonomía considerada como lo determinante por si misma, muchas veces ha terminado en tomas de decisiones funcionales a los intereses del sistema. La autonomía considerada como la posibilidad colectiva de expresar la diferencia, requiere de la independencia programática que garantiza lo diferente. Este es el principal desafío que tienen espacios como el Foro Social Mundial, donde el énfasis en mostrar la diferencia puede reducir la importancia de enmarcar el debate en una estrategia económico-político contrahegemónica desde lo programá-ticamente diferente. La diferencia sin lo diferente se anula, tanto como lo diferente sin la contemplación de la diferencia.

Poder alternativo e internacionalismo

Las respuestas terroristas a los atentados terroristas del 11 de septiembre, obligan a un aceleramiento de la unidad de lo social y lo político. La moral de la venganza es otra vez el camino para recuperar legitimidad que permite construir nuevos consensos, y se lo utiliza como pantalla para el control y superación de la crisis económico financiera. Frente a esta estrategia el debate con el foro de Davos se secundariza, pues su trasladado a Nueva York demuestra la búsqueda de arroparlo y disciplinarlo dentro de este nuevo orden de guerra y dominación imperialista que desconoce la misma multilateralidad. Por eso es que se requiere construir una respuesta que cambie favorablemente la correlación mundial de fuerzas desde otra legitimidad superior pero con una propuesta político-programática que se oponga a la estrategia de un imperialismo unipolar renacida el 11 de septiembre­.

La forma de que el Foro Social Mundial y otras luchas globales como la que se realiza contra el ALCA logren actuar como interlocutores que disputan poder y no sólo legitimidad ética, sino poder económico político, depende de que en cada localidad, país y región, vayamos construyendo organizaciones sociales capaces de ir más allá de la política electoral y plantearse desde su concepción el tema del poder. Todavía nos cuesta vincular las luchas sociales crecientes con los órganos de poder obrero y popular que en la historia se llamaron Comités de Fábricas, Soviets, Concejos y Asambleas Populares. Estructuras que por su función y objetivos depasan el marco de las organizaciones sociales y en las cuales los partidos tendrán que intervenir con voz propia pero en función de su peso dentro de las organizaciones que las componen. Hablamos de organizaciones que como actores de un proceso de revolución política y social pasen a ser el eje de las nuevas reglas de ejercicio de la política y del ejercicio de las nuevas relaciones de poder. Cualquier propuesta de órganos de poder alternativo deberá repensarse del marco mismo de la lucha, el cual desde ya los condiciona como más globales, más incluyen­tes, más capaces de concebir nuevas institucionalidades horizontalizadas, al mismo tiempo que más radicales en su programa. Ese paso puede parecer lejano dentro de nuestras prioridades, pero la experiencia de Argentina nos vuelve a demostrar que el principio de lo desigual y combinado no sólo funciona para la economía global. Allí se construyen órganos populares de profunda radicalidad democrática que no llegan a constituirse en doble poder por la ausencia de un proyecto alternativo social político con legitimidad para representarlos.

El surgimiento de proyectos políticos y sociales diversos, como el Frente Social y Político que intentamos construir en Colombia en medio de la guerra, 3 son fuentes de construcción de nuevas legitimidades. Demuestran su potencial creatividad, su legitimidad, poder de movilización y presión tanto frente a la comunidad internacional, como en sus luchas concretas nacionales o territoriales. Por ello sigue siendo lo fundamental el cómo articular todo ello en la perspectiva de construcción de alternativas estratégicas hacia una nueva sociedad.

Hoy al menos podemos afirmar que el dilema de la articulación de lo local o sectorial con lo global ha comenzado a esclarecerse desde la misma practica social política. Sabemos que las luchas sociales focalizadas corren más fácilmente el riesgo de la cooptación o la frustración por ausencia de resultados inmediatos, mientras que las luchas globales si bien construyen reivindicaciones inmediatas, llevan dentro el germen de lo estratégico. Sin embargo, una complementa a la otra y hace indisoluble de las dos partes la resolución del dilema.

Si bien el programa de ambas visiones se ha ido acercando, han sido las luchas y movilizaciones políticas en cada país como las globales, las que están mostrando el camino. El accionar global se ve “obligado” por la lógica del capital, a articularse con lo local o sectorial, de la misma manera que lo social se articula con lo político. Génova es el punto más elevado de esos encuentros, los cuales luego del 11 de septiembre, buscan ser regresados por la vía de la intimidación y la guerra. Intimidación que eventos como el Foro Social Mundial demuestran que se está superando.

Objetivos inmediatos sólo pueden validarse y llegar a insertarse en la lucha contra las lógicas globales, cuando se piensan desde el espacio político, lo que no necesariamente conduce a que tienen que ser hechos desde un partido. Esto nos lleva a revisar la relación entre las luchas antiglobalización con las luchas cotidianas de la población. ¿Cómo es que cada uno percibe al otro, si es que lo percibe y qué se aportan mutuamente?

Por eso creemos que es una necesidad el transformar los espacios de lucha corporativa, local y social en espacios de lucha política global y radical, que nos lleven a plantearnos la construcción de nuevas relaciones de poder. Esto implica revisar las diversas experiencias de doble poder que recorren el mundo en los más lejanos confines. Todavía las grandes agendas diseñadas para “perseguir y rodear” la agenda oficial de la globalización, las marchas continentales y mundiales, tienen la dificultad de no ser parte sentida y asumida por las luchas locales, salvo en contadas excepciones. Queda su ejercicio para lo jóvenes del primer mundo que realizan allí sus primeros ejercicios en la lucha de clases y para las ONG, unas más combativas que otras, que consigan financiación para enviar representantes.

La construcción de un nuevo interna­cionalismo capaz de articular lo local o sectorial con lo global, y lo diferente con la diferencia, es el desafío que marcará las próximas décadas. Será una suma de autonomías distintas con un programa común independiente del sistema, donde el secreto de su articulación pase por hacer de la suma una multiplicación en cantidad y calidad. Los progresos de la unidad de la izquierda revolucionaria orgánica, junto con el afirmamiento de unidades sociales globales y el hecho que hoy estemos discutiendo en conjunto la relación de lo social y lo político, nos muestra que la utopía internacionalista está ya más cercana.

 

Notas

1. Ver artículo Jorge Luis Acanda González. “Aprender a pensar de otro modo”, en Rosa Luxemburgo, una rosa roja para el siglo XXI. Ediciones Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, Cátedra de Estudios Antonio Gramsci, La Habana, 2001, Cuba.

2. Marx proclama por primera vez que la vía de la liberación y humanización de los seres humanos, pasa por elevar la clase obrera a clase dirigente de la sociedad; se trata sin duda de una apuesta total por la clase como sujeto. Luego de la experiencia de la Comuna de París, Marx “descubre” la necesidad de que la clase obrera construya su organización política autónoma e independiente; dicho en otras palabras, el carácter de sujeto se define en el proceso mismo de autoconstitución política. Posteriormente, Lenin y los bolcheviques, en la atrasada Rusia zarista, desarrollan los principios del primer partido comunista basado en el centralismo democrático. Con el presupuesto de que la clase era esencialmente gremialista y la sociedad muy atrasada, se imponía que los intelectuales que habían logrado acceder al pensamiento marxista, trasladaran, a través del partido, su visión del mundo a los explotados y oprimidos; para que la clase pudiera elevarse a sujeto revolucionario, requería encontrarse y asumir desde su práctica, las leyes de la economía política capitalista, del desarrollo histórico de la lucha de clases. Así el partido pasa a ser el intermediario entre la clase en su estadio corporativo y la clase-sujeto transformadora para todos.

Las circunstancias objetivas y subjetivas llevaron a que esa intermediación concebida inicialmente necesaria por el “atraso cultural político” existente y las posibilidades de un rápido acceso al poder por los trabajadores, se transformara en una suplantación de la clase-sujeto por el partido-sujeto suplantador de la clase. Luego de los siete primeros años de la revolución, donde la acción de las masas es inobjetable, es el partido el que, producto del contexto histórico de derrota, comienza a suplantar burocráticamente a la clase en la conducción del nuevo Estado de los obreros. El partido degenerado termina reemplazado a la clase y al Estado democrático soviético, mientras que el secretario general y jefe del Estado al mismo tiempo, suplanta a todos ello.

Fermín González. Autonomía e independencia de clase en tiempos de guerra y globalización . Publicado por Universidad Nacional de Colombia, octubre del 2000.

3. Frente Social y Político, organización que en Colombia nace de una convocatoria de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) e integra bajo un mismo proyecto político y en relaciones de representación igualitaria a trabajadores, indígenas, comunidades negras, mujeres, gays y lesbianas, jóvenes, académicos, personalidades y a los organizaciones políticas de izquierda no armadas.

* Ponencia presentada en el Seminario convocado por el Foro de Sao Paulo, realizado en el marco del II Encuentro del Foro Social Mundial). El autor es integrante de Presentes por el Socialismo. y del Frente Social y Político, Colombia.

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  • Dirección: Nellys Palomo Sánchez (hasta el número 35 en noviembre de 2001) José Martínez Cruz (a partir del número 36)

    Coordinación: José Martínez Cruz.

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    Colaboradores: Edgard Sánchez; Claudia Cruz; Josefina Chávez.

    Traducción de textos: Alberto Nadal.

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