No. 41
(junio del 2002)

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CORREO DE PRENSA INTERNACIONAL

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América Latina: la resistencia que viene del sur

En el momento que Estados Unidos anunciaba la finalización de sus bombardeos masivos en Afganistán y el restablecimiento del “orden” en aquella zona estratégica del planeta, por América Latina se derrumbaba el mito de la invulnerabilidad del “modelo neoliberal” . La apertura de un proceso revolucionario en Argentina, vino a acelerar la crisis de dirección política burguesa en un cuadro de debacle socio-económica, resistencias, protestas y rebeliones sociales.

Ernesto Herrera*

Un clima de insurrección y desobediencia popular se ha instalado en la región. Y aunque la intensidad de sus manifestaciones disten de ser uniformes, el escenario es de inestabilidad e ingobernabilidad.

El carácter transitorio de este nuevo período de la lucha de clases, es indiscutible, en la medida que la disputa por las relaciones de fuerza lejos está de arribar a un desenlace.

Bajo tales condiciones, el imperialismo reorganiza su estrategia de recolonización, lanzando una ofensiva que pretende asegurar su dominación combinando factores tanto políticos, como económicos y militares.

Las fuerzas militantes de la IV Internacional actúan decididamente en este nuevo período de la lucha de clases. Comparten las reflexiones y las experiencias de combate de los movimientos sociales, las iniciativas de las organizaciones de la izquierda latinoamericana, tanto como los dilemas, impasses y desafíos a los cuales se confronta. De igual manera, las fuerzas de la IV Internacional intervienen en la (re)construcción de un pensamiento crítico, democrático, liberador, socialista. En la refundación de un programa alternativo y un horizonte estratégico. Con la perspectiva de un reagrupamiento de la izquierda radical.

El texto que sigue, es una introducción al debate en el marco de la preparación de nuestro próximo Congreso Mundial, de sus proyectos de resolución, y de las tareas que el período impone a las fuerzas revolucionarias­.

1. Reorganización de la dominación imperialista

1.1. El voto de condena en la ONU (apoyado por la mayoría de los gobiernos latinoamericanos) y la ruptura de las relaciones diplomáticas de Uruguay con Cuba; el golpe de Estado en Venezuela; la profundización de la guerra en Colombia; y la destrucción económica de Argentina para comprar el país a bajo precio, liquidar el Mercado Común del Sur (MERCOSUR) e imponer el Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA), marcan una nueva fase de la ofensiva del imperialismo norteamericano sobre el continente. Con México y Centroamérica alineados en el Tratado de Libre Comercio del Norte (TLCN) y el Plan Puebla-Panamá, con el Caribe sometido al control absoluto de Washington, la batalla principal se libra ahora en América del Sur.

Esta ofensiva se ha reforzado tras los hechos del 11 de septiembre del 2001 y la campaña internacional contra el “terrorismo” . Pero, principalmente, luego de la apertura de un proceso revolucionario en Argentina y la crisis en Venezuela.

1.2. La política norteamericana para la región latinoamericana reposa en tres pilares: el despliegue militar y la criminalización de la protesta y las resistencias sociales -bajo el argumento de la lucha contra el “terrorismo” o “narcoterrorismo” ; una estrategia de recolonización económica vía una “liberalización comercial” completa que busca garantizar y expandir las inversiones de las empresas norteamericanas y el robo de los recursos naturales vía megaproyectos (Amazonia, Patagonia, Istmo Centroamericano); una redefinición del rol de instituciones continentales como la Organización de Estados Americanos (OEA) y el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR). Esta política de “seguridad hemisférica” , pretende jugar el rol de blindaje ante la crisis de legitimidad de las clases dominantes locales, y actuar como factor de estabilización en un escenario de ingobernabilidad político-institucional, protesta social y, en ciertos casos, de crisis del sistema de dominación.

1.3. En este contexto, las elites gobernantes se encuentran subordinadas y apenas esbozan una patética mueca de disgusto. Solo las contradicciones con Brasil y Venezuela (42% del PIB de América Latina) en torno al ALCA, los subsidios agrícolas, el acero, y el petróleo, sacuden las relaciones de Estados Unidos con los gobiernos de la región. Dependientes del blindaje económico imperialista (mercados norteamericanos y europeos y de las condiciones de los organismos financieros internacionales como el FMI, Banco Mundial, BID), y atadas a las reglas de la OMC, las elites burguesas locales se rinden o apenas manifiestan débiles reclamos por un “comercio libre más justo” .

En la reciente cumbre de Madrid, los gobiernos latinoamericanos volvieron a recibir una bofetada. Aunque fueron a buscar una “sólida asociación estratégica birregional” con la Unión Europea, sólo obtuvieron una negativa en razón de la “falta de integración y estabilidad” , mientras que se le exigía a Argentina, medidas de ajuste más duras y acuerdo con el FMI.

En las reuniones por el ALCA de Caracas y Panamá (mayo 2002), Estados Unidos insistió en forzar una convergencia en torno a sus intereses, al tiempo que aumentaba sus medidas proteccionistas sobre la agricultura. La insistencia imperialista se centró en la “liberalización de los mercados” en cinco áreas fundamentales: bienes industriales, agricultura, servicios, compras gubernamentales, e inversiones directas extranjeras. Sobre las compras gubernamentales, Estados Unidos pretende que se apliquen las reglas del ALCA, no solamente a nivel federal o nacional, sino también a los gobiernos estaduales, provinciales y municipales. Es decir, una “gobernanza” hacia abajo.

Las reglas que son buenas para la mundialización del capital serían impuestas hasta el nivel local, robando una vez más la soberanía de la población de definir sus propios caminos de desarrollo. Esta nueva condición, apunta directamente al corazón de cualquier programa de democracia autogestionaria y/o Presupuesto Participativo.

El aumento de las presiones imperialistas, se hace en un momento donde países como Brasil y Argentina necesitan reducir el déficit de sus balanzas comerciales para cubrir el pago de los intereses de la deuda externa, reducir sus mega-deudas internas y, a pocos meses de las elecciones brasileras, agregando así otro condicio­namiento al futuro gobierno.

1.4. La reorganización estratégica de Estados Unidos se inscribe en la doble perspectiva de realización de un proceso de librecambismo continental y de represión al movimiento popular. El despliegue militar está en marcha a fin de controlar —si es preciso por la fuerza— la globalización mercantil y los desórdenes y rebeldías sociales que engendra. El interés estratégico de la región andina hace de ella una de las prioridades de la política de seguridad de Estados Unidos.

El Plan Colombia (rebautizado como Iniciativa Regional Andina) ocupa un lugar central en el dispositivo contrainsurgente. Tercer país receptor de “ayuda” militar” (luego de Israel y Egipto), cuarto socio comercial de Estados Unidos, y quinta economía latinoamericana, Colombia es el laboratorio de una intervención a gran escala­.

Mientras que Uribe, candidato ultraderechista y con vínculos paramilitares promete involucrar a un millón de civiles en la guerra, ya sea armados o como “sapos” (informantes), Bush redobla la apuesta. Ya fueron votados los 68 millones de dólares adicionales para la lucha contra el “narcoterrorismo” y en el 2003, habrá 98 millones de dólares para crear un “ejército petrolero” de mercenarios para cuidar los oleoductos de la Occidental Petroleum. En el “patio trasero” y por razones de seguridad, Estados Unidos está decidido a no permitir un “Estado fracasado” . Menos en una región rica en petróleo, carbón y minería.

En tales condiciones, el Plan Colombia no sólo apunta contra la insurgencia armada (particularmente las FARC) y el conjunto del movimiento social, sino que actúa como mecanismo disuasivo contra las resistencias populares en América Latina. Al tiempo que abre escenarios favorables para las empresas multinacionales norteamericanas. Y es evidente que el Plan Colombia no tiene límites de fronteras ni de competencias. Que la intervención norteamericana no se detendrá en ningún país, ni se ajustará a ningún otro interés que el que interese a Estados Unidos.

1.5. Como parte de este dispositivo militar, el gobierno de Panamá incrementa su presencia militar en la zona del Darién y ha utilizando una cláusula del acuerdo del Canal que prevé la posibilidad de que Washington envíe tropas. Se han instalado bases militares en Aruba-Curazao, en Manta (Ecuador), Comolapa (Salvador), Tegucigalpa y Palmerola (Honduras), Liberia (Costa Rica) y se ha puesto en marcha el operativo Nuevos Horizontes (Perú), la ocupación de Vieques (Puerto Rico), el Plan Dignidad en Bolivia, la Operación Cabañas 2001 (Argentina), y el entrenamiento de militares en Concepción (Paraguay) conforman la lista de un esquema bélico regional que disfruta de un acceso exclusivo a  la base de Alcántara en Brasil.

La preocupación norteamericana por la “inseguridad hemiesférica” , se expresa en el documento del estado mayor del ejército de Estados Unidos —Visión Conjunta 2020— publicado en junio del 2001, reiterando allí la nefasta doctrina de la “seguridad nacional” , los militares norteamericanos alertan sobre los focos de inestabilidad principales : el “triángulo radical” (Colombia, Ecuador, Venezuela), Perú, Panamá y Argentina. Lo mismo en el documento —Política de Estados Unidos con respecto a la Región Andina— elaborado por el Departamento de Estado el 17 de mayo del 2001, donde se prevee una inyección de “ayuda de seguridad en forma de Financiamiento Militar Extranjero y adiestramiento y Educación Militares en el Extranjero”.

Estados Unidos moviliza a la CIA, la DEA, el Pentágono, el servicio de guarda costas y el Comando Sur, para poner en práctica esa política de intervención.

1.6. La estrategia contrainsurgente continental se acompaña de operaciones multilaterales en la perspectiva de una fuerza de intervención latinoamericana —especie de brazo armado— “antiterrorista” de la propia OEA. En efecto, el aspecto institucional de esta reorganización también se desarrolla. Se revitaliza la OEA y se construye un paradigma de “solidaridad democrática” para los países del continente (Carta Democrática Interamericana, votada en Lima luego del 11 de septiembre 2001) articulando “la defensa de los derechos humanos” y una buena “gobernanza regional” . Mientras tanto, los aparatos represivos se modernizan, la impunidad del terrorismo de Estado se asegura, y la “limpieza social” de los sujetos “desechables” (como en Colombia, Guatemala, Chiapas, Argentina y Brasil) es parte del combate al “delito organizado” , al “contrabando” al “narcotráfico” , a la “delincuencia” de la “economía ilícita” de las “clases peligrosas” .

Esta  “gobernanza” interamericana, pretende instaurar un derecho de injerencia, mandando al basurero los principios de no-intervención y el respeto de la  soberanía nacional, muy vivos en países cuya historia entera está marcada por las luchas antiimperialistas y contra las intervenciones extranjeras.

1.7. Simultáneamente, la crisis de legitimidad y gobernabilidad de las elites burguesas, impone mecanismos y leyes de control social y recortes en los derechos democráticos de la “sociedad civil” . El Estado “democrático” asume cada vez más un carácter policial, autoritario y de represión a todas las manifestaciones de protesta y desobediencia.

Justamente, la crisis del “paradigma neoliberal” como fase actual de la mundialización capitalista, y el fracaso en “modernizar el subdesarrollo”, es uno de los factores claves de esa pérdida de legitimidad y cohesión del discurso dominante. Ya ni siquiera franjas muy amplias de la “clases medias” , pueden ser seducidas con la promesa consumista, por el contrario, pasan a la oposición militante a través de la movilización, el voto protesta, o la abstención.

La crisis de legitimidad y gobernabilidad, ha sido una constante de los últimos años en América Latina, lo que resalta la inestabilidad política en la región. Esta crisis alcanza de lleno en la línea de flotación de la “democracia representativa” . La institucionalidad se ha visto quebrada por las luchas democráticas de masas, que derrumbaron en los últimos tres años a presidentes electos, re-electos o impuestos por los parlamentos y congresos: Cubas Grau (Paraguay); Bucaran y Mahuad (Ecuador); Fujimori (Perú); De la Rúa y Rodríguez Saa (Argentina). Es esta otra singularidad de América Latina, donde el movimiento popular a ejercido el principio de revocabilidad y de democracia directa, dejando a un lado la delegación  de poderes.

1.8. Es en este cuadro que se pone en pie —en los planos económico, militar y político— una “arquitectura  multifuncional” que debería permitir relegitimar la supremacía imperialista.

Los objetivos que figuran en la agenda de Washington aparecen claros: aplastar el nuevo ascenso popular, la amplitud de la desobediencia civil, y la radicalidad de las luchas sociales; revertir el proceso revolucionario abierto en Argentina; cooptar, neutralizar o directamente sabotear un posible gobierno de Lula en Brasil; derrotar a la insurgencia armada y asegurar el suministro del petróleo colombiano; desestabilizar al gobierno de Chávez, culpable de un discurso nacionalista y de alianza con La Habana; aplastar la resistencia zapatista en Chiapas, y de las comunidades indígenas, campesinos, pobladores y sindicalistas que se oponen al saqueo del Plan Puebla-Panamá; continuar con el bloqueo e infligir una derrota final a Cuba; crear condiciones de “estabilidad democrática” que permitan el ingreso seguro de los capitales norteamericanos en la disputa por los mercados con la Unión Europea.

2. Una crisis socio-económica aplastante

2.1. La crisis socio-económica del “modelo neoliberal” tanto como la crisis de los proyectos de integración regional subordinada (MERCOSUR, CAN-Comunidad Andina de Naciones, Mercado Común Centroamericano) se aceleraron luego del crak financiero de 1997-1998, y de la ofensiva en dirección al ALCA.

Aún si consideramos de que no esté dicha la última palabra en torno al ALCA: por un lado, debido a las nuevas condiciones (proteccionistas) que el Congreso de Estados Unidos le ha puesto a Bush a través de la Ley de Autoridad de Promoción Comercial o vía rápida (fast-track); por otro, debido al aumento de la movilización y la protesta social contra el ALCA.

Al mismo tiempo, la gravedad de la crisis no solamente demuestra los efectos destructivos del programa de contrarreformas liberales, sino las consecuencias brutales de un proyecto verdaderamente neocolonial impuesto a los países latinoamericanos. Esta es una de las causas que explican la reorganización de la estrategia imperialista de dominación.

2.2. Este “nuevo pacto colonial” implica una transferencia gigantesca de los diversos tipos de recursos hacia los grandes grupos imperialistas (sociedades industriales-comerciales-financieras) y hacia una minoría de sus socios locales. Este proyecto incorpora una corrupción monstruosa y un parasitismo típico de una clase dominante que tiene más confianza en una cuenta bancaria abierta en Estados Unidos, Suiza o algún paraíso fiscal, que en su propio país. Una transferencia de riqueza tal, que pasa por la destrucción de capas sociales enteras y de un grado sin precedentes de concentración de la riqueza, desastre social, crisis económico-financieras y recesiones cada vez más prolongadas.

El choque implica una destrucción industrial de los países que —como Argentina— tenían un desarrollo relativo. Los golpes de una mundialización del capital que obliga a los países “subdesarrollados” a contraer sus economías en la lógica del “ajuste estructural” y el pago de la deuda externa, para satisfacer las exigencias de los países imperialistas y sus grupos transnacionales ha destruido el potencial de la región. Casi todo ha sido privatizado y lo que resta está a la venta: reservas de agua y petróleo, electricidad, tierras, minas, puertos, servicios de salud.

2.3. Las causas estructurales de la crisis económica se ven acentuadas con el desequilibro de las cuatro grandes transformaciones registradas en la región:

a) el aumento del endeudamiento exterior a partir de los años 80; 709.000 millones de dólares (1999) mientras que entre 1982 y 1998, se pagaron 796.000 millones por el pago de intereses, mientras que el pago del servicio de la deuda compromete el futuro de las naciones ya que equivale al 39% del PIB y al 201% de las exportaciones;

b) la destrucción del tejido industrial en muchos países, con el retroceso de ramas industriales ligadas al desarrollo (estrategia de sustitución de importaciones) y con la implantación de sectores estrechamente ligados a la estrategia exportadora de las grandes firmas transnacionales;

c) el deterioro de los términos de intercambio, es decir, del valor respectivo de las exportaciones en relación a las importaciones (déficit de las balanzas comerciales);

d) aumento de la pobreza y la desigualdad: 44% de la población latinoamericana es pobre, más de 90 millones de personas sobreviviendo con menos de dos dólares diarios, y el 10% que se apropia de más del 50% del ingreso nacional. Si para el cinismo del Foro Económico Mundial de Davos y New York, la pobreza es ante todo “falta de información” , los datos que muestra la región, dan vuelta todas las falacias ideológicas de los dueños del dinero: en plena era de Internet, casi la mitad de la población latinoamericana no tiene acceso a una línea telefónica y el promedio de escolaridad apenas alcanza a 5,2 años.

2.4. La recesión global afecta directamente a la periferia latinoamericana: el crecimiento de las exportaciones bajó del 12% al 2% en el último año, la inversión externa se contrajo y el estancamiento del PBI en el 0.5% (2001) sólo podría elevarse al 1.1% en el mejor de los casos.

La debacle se concentra actualmente en Argentina. La deuda externa supera la mitad del PIB y equivale a cinco años de exportaciones, deuda que aumentó con las escandalosas privatizaciones. La caída del PIB alcanzará el 10% en el 2002, en los últimos dos años cerraron más de 3.000 empresas, el desempleo llega al 20% mientras que los pobres son 18 millones (de los cuales más de 4 millones son indigentes). Simultáneamente, los costos de la devaluación han sido pagados por los asalariados, que perdieron, desde diciembre 2001, el 40% de su poder adquisitivo.

Este gigantesco robo de recursos, de transferencia neta de riqueza y de expropiación de ingresos y de privatización del Estado, encuentra, sin embargo, una respuesta colosal del movimiento popular. Y sintoniza con un nuevo período de la luchas de clases en América del Sur.

3. El relanzamiento de las luchas populares

3.1. Asistimos a un relanzamiento de las luchas populares de masas, de reorganización de los movimientos sociales y de reconstitución de una conciencia de clase. Es decir, el peor momento de retroceso ha sido superado. Aunque todavía existan situaciones de fragmentación y confusión, este proceso de franca recuperación, de los ámbitos de socialización de las diversas experiencias de lucha, tiene un carácter amplio y radical, vinculando demandas y programas que incorporan contenidos económicos, sociales, políticos, democráticos, ecologistas, culturales y étnicos.

Este proceso, no se detuvo por la intoxicación ideológica de los atentados en las Torres Gemelas y la campaña terrorista del imperialismo y los poderes mediáticos. Al contrario, la polarización social se acentuó luego del 11 de septiembre 2001. El “argentinazo” y la sublevación popular contra el golpismo en Venezuela, tanto como el aumento de las protestas, huelgas, y caceroleos masivos en Uruguay, y las luchas cada vez más amplias y radicales en Paraguay y Bolivia, confirman este nuevo período de lucha de clases.

3.2. Estas luchas, de los movimientos sociales, levantan programas y demandas que adquieren una visibilidad “antineoliberal” , pero se inscriben en una dinámica concreta de carácter antiimperialista y anticapitalista de la resistencia.

Movimientos y luchas como las protagonizadas por la Coordinadora de Defensa del Agua y la Vida en Cochabamba, los cocacoleros del Chapare y las marchas campesinas en Bolivia, la CONAIE ecuatoriana y el MST de Brasil, los zapatistas en Chiapas, la movilización impulsada por el Consejo Democrático del Pueblo en Paraguay, los maestros, estudiantes y mapuches en Chile, los pobladores de Vieques, empleados públicos y movimientos populares en Colombia. Las innumerables movilizaciones sindicales, campesinas (que han tenido en Vía Campesina un motor fundamental), de trabajadores desempleados (el ejemplo piquetero se ha extendido a varios países) del movimiento negro, mujeres, activistas por los derechos humanos y contra la impunidad, estudiantes y pobladores de los barrios, las radios comunitarias, vienen jugando el papel de articuladores de las distintas dimensiones de ésta resistencia que contiene elementos —aún parciales— de contraofensiva.

Se destacan en este nuevo escenario, el “resurgimiento” de los pueblos indígenas, sus organizaciones y sus demandas. Pueblos indígenas que se levantaron contra la conmemoración de los 500 años de la conquista de América.

También, la continuidad de la insurgencia armada en Colombia en el cuadro de una guerra sin tregua y con decenas de miles de víctimas.

Este nuevo período de luchas y concientización democrática radical explica, entre otras cosas, la victoria (provisoria) de las masas más pobres contra los golpistas en Venezuela. Provisoria, en la medida de que el nacionalismo-populista de Chávez no asegura el aplastamiento de la conspiración contrarrevolucionaria, ni la autonomía de los Círculos Bolivarianos, ni la autoorganización de las fuerzas radicalmente antiimperialistas que emergen al interior de la “revolución bolivariana” .

3.3. Todas estas luchas —que no se limitan a la periferia de “exclusión social” o “desproletarización” , ni pueden caracterizarse como luchas de una “multitud” amorfa y ecléctica sin pertenencia de clase— abarcan a sectores cada más amplios de las clases explotadas, enganchan con el crecimiento de un movimiento de resistencia a la mundialización capitalista, se vinculan a las campañas, a las redes de solidaridad y a las grandes confrontaciones contra las instituciones financieras internacionales, confirmando a la vez, la emergencia de un renovado internacionalismo (cuya expresión masiva se ha manifestado desde Seattle al Foro Social Mundial de Porto Alegre­).

Es en este movimiento antagonista, de lucha de clases, donde surge una nueva izquierda social radical, que no sólo reflexiona y escribe sobre “el socialismo del futuro”  o “el otro mundo posible” sino que interviene en la lucha de clases, protagoniza rebeliones, disputa las relaciones de fuerza, ejercita diariamente la construcción de “contrapoderes” latentes.

3.4. El “argentinazo” ha acelerado esta recomposición del movimiento popular tanto como su radicalización. Representa un acontecimiento histórico decisivo en el curso de la lucha de clases en América Latina. Y si bien no se puede subestimar la capacidad de la burguesía y el imperialismo para organizar una salida contrarrevolucionaria, la fuerza del movimiento popular va sedimentando, lentamente, nuevas formas de democracia de base.

Hay una línea que conecta la lucha de masas en Argentina (y en América Latina de conjunto) con las revueltas de Seattle y Génova, con el movimiento contra la mundialización capitalista, tanto como con las insurgencias, la desobediencia civil, las protestas y, sobre todo, con la formidable radicalización de una franja cada vez más amplia de la juventud a escala mundial.

Y, en el caso de América Latina, de las mujeres trabajadoras, desempleadas, cabezas de hogar, las cuales juegan un rol esencial en la recomposición de una izquierda social radical.

El “argentinazo” a vez, ha fortalecido ese clima antiiperialista que es la principal amenaza al proyecto recolonizador que Estados Unidos ha diseñado en torno al ALCA.

3.5. El “argentinazo” ha significado un salto en calidad en esta recuperación de los movimientos sociales, no solo como articuladores de la resistencia “antineoliberal” , sino en la perspectiva de construcción de un movimiento antiimperialista y anticapitalista. Del mismo modo que ha servido como factor clave para la deslegitimación del discurso y el programa neoliberal. Es la apertura de este proceso revolucionario lo que cuestiona, como nunca, el papel del FMI y los capitales transnacionales, la deuda externa, las privatizaciones, y el entreguismo de las elites gobernantes.

El proceso revolucionario abierto, multiforme, de experiencia de democracia directa y descentralizada, permite la interacción entre las diversas estructuras que surgen: piqueteros, asambleas barriales, grupos de pequeños ahorristas, trabajadores de servicios y de las fábricas. Esta confluencia reduce la división tradicional entre “empleados” , “desempleados” y “clases medias” .

Las experiencias del movimiento piquetero y las asambleas vecinales permiten la posibilidad de ir construyendo un movimiento revolucionario, un poder popular democrático y de perspectiva socialista. La “gran revuelta” ha puesto en la agenda la cuestión de una estrategia que vincule resistencia y lucha por el poder, la democracia representativa y/o el principio de revocabilidad, los “saqueos” como acto de autosubsistencia alimentaria. Inclusive experiencias de autogestión obrera, o sea, de cuestionamiento a la propiedad privada y al monopolio del proceso de producción­.

En Argentina, un inmenso movimiento de masas, radical y democrático ha subvertido y dislocado todos los mecanismos de representación política e institucionales. A puesto en cuestión el monopolio del poder estatal capitalista y, potencialmente, expresa una posibilidad de avanzar hacia formas de doble poder. En tal sentido, la afirmación de Trotsky asume plena vigencia : “las masas no van a la revolución con un plan preconcebido de sociedad nueva, sino con un sentimiento claro de la imposibilidad de seguir soportando la sociedad vieja”.

4. Construir una izquierda anticapitalista

4.1. En América Latina y, en particular en América del Sur, se vive una situación excepcional. Se combinan la intensidad de una crisis socio-económica y del “modelo neoliberal” con una crisis institucional (de gobernabilidad) y de dirección política burguesa.

El proceso de contrarreformas ha perdido toda su legitimidad política e ideológica, y la amplia y radical naturaleza de las luchas populares colocan con más fuerza la necesidad de una “refundación” programática en un sentido antiimperialista y anticapitalista.

En este cuadro, tanto el frente único y la unidad de la izquierda, como la construcción de una fuerza revolucionaria con implantación de masas y capacidad dirigente, son tareas fundamentales e inmediatas de la izquierda radical. Esas tareas no se pueden ni siquiera pensar en la soledad de la “autoafirmación” de “nuestra identidad” .

Las y los marxistas revolucionarios nucleados en las distintas organizaciones, grupos y corrientes de la IV Internacional, deben optar, sin vacilaciones, por una orientación política de reagrupamiento de la izquierda radical, de unidad de la izquierda revolucionaria.

4.2. La extrema polarización de lucha de clases aguda, agudiza tanto las relaciones como los debates en la izquierda latinoamericana en torno a las estrategias a seguir. Y, sobre todo, abre una brecha entre el binomio resistencia social y proyecto político alternativo.

La cuestión de articular resistencia social con propuesta política en una perspectiva estratégica de poder que vuelve a colocarse con más fuerza y actualidad. La lectura unilateral de “reforma o revolución” hoy da paso a la urgencia de reforma y revolución, para la “transformación del orden imperante” , tal cual lo proponía Rosa Luxemburgo­.

La distancia entre una izquierda radical, cuya naturaleza de confrontación es indudable, y otra izquierda qué —sin dejar de tener una base social amplia y también de resistencia— se ubica en un horizonte estratégico de disputa institucional, se hace más evidente.

Al tiempo que la primera acentúa sus rasgos “resistentes” y para-institucionales, la segunda se consolida en términos de gobiernos municipales, parlamentos y, en algunos casos, como opción electoral nacional. Mientras que retrocede en lo programático y se adapta (aún de manera conflictiva) a las reglas del sistema de dominación, polariza con la derecha sobre los “modelos de país” . Este curso se confirma en las principales organizaciones que componen el Foro de Sao Paulo.

4.3. En la izquierda que predomina en los grandes partidos y frentes, se impone una estrategia política de conciliación de clases, “concertación” y alianzas con sectores empresariales “progresistas” o directamente liberales. El “progresismo” se acerca cada vez más al socialiberalismo de la “izquierda plural” . Es el caso del PT, el Frente Amplio y el FSLN.

Atrapadas en el síndrome “ni De la Rúa, ni Chávez, pero tampoco Allende” , las direcciones mayoritarias avanzan un programa de “modelo alternativo de desarrollo” , con énfasis en “lo social” en la “erradicación de la pobreza” para superar “la pesada herencia neoliberal” : endeudamiento, desnacionalización, desempleo, pobreza, estructura productiva dominada por los capitales transnacionales.

Sin embargo, en los programas no aparecen ni la moratoria de la deuda, ni la re-estatización de las empresas públicas privatizadas y los fondos privados de la seguridad social, ni una reforma impositiva expropiatoria del capital, ni una ruptura con las condiciones que imponen los organismos financieros internacionales, ni políticas proteccionistas con cierta desconexión de lógica “globalizadora” . Tampoco se inscriben ya, en una estrategia de “ruptura democrática » o “revolución democrática” . Lo que prevalece en la visión de las direcciones mayoritarias, es un reformismo sin “reformas estructurales” (en el sentido anticapitalista que Mandel les adjudicaba a esas reformas).

En la izquierda mayoritaria predomina una visión “redistributiba” sin medidas radicales de redistribución del ingreso y la riqueza.

4.4. Sin embargo, en América Latina la dimensión de la crisis y la prepotencia imperialista adquirieron tal magnitud, que los espacios para el “progresismo” se han evaporado. La desastrosa experiencia del gobierno de la Alianza en Argentina es el más vivo ejemplo. Y cuando aparece un tímido proceso de nacionalismo y populismo social, como en Venezuela, la derecha, los sectores reaccionarios de la Iglesia, los militares y las multinacionales con el imperialismo detrás, organizan la desestabilización­.

Esta operación contrarrevolucionaria —de la cual ya se habla si gana el Frente Amplio en Uruguay— se intensificará si el PT obtiene una victoria en Brasil. La derecha puede no contar con la fuerza para impedir un triunfo electoral de Lula, pero si para hacer fracasar su gobierno: por la vía de la desestabilización y el sabotaje, o por la vía de su completa desnaturalización. Por el momento, las multinacionales y los “inversores” hablan de que “esperarán seis meses antes de tomar decisiones” frente a un gobierno del PT. En este contexto, la evolución de la dirección del PT y de Lula, ha dejado de ser “contradictoria” , y se consolida hacia el “acuerdo social” y un programa de “madurez” desarrollista sin ningún punto de ruptura con la lógica que imponen la mundialización capitalista y el imperialismo.

4.5. Una “refundación” programática de la izquierda latinoamericana, no puede hacerse divorciada de las “tareas concretas” en un período de radicalización de la lucha de clases. Es decir, de la intervención en las luchas sociales por “otro mundo posible” ... sin capitalismo; de vinculación con los sectores populares que se radicalizan cuestionando, de hecho, la propiedad privada y construyendo alternativas a la “democracia de mercado” , de la batalla contra el posibilismo que impregna hoy a las direcciones mayoritarias de la izquierda y del derrotismo y la pérdida de autoestima que impregna a fuerzas marxistas y revolucionarias.

Ese “programa transicional” , pasa por cuestiones como el carácter que asume la recolonización económica y la cuestión de la soberanía nacional (antiimperialismo concreto); la reformulación de los procesos de integración regional como alternativa al ALCA (propuestas de un real desarrollo); el no pago de la deuda; la lucha contra las privatizaciones; la cuestión de la democracia política, de re-apropiación de los derechos confiscados, tanto como el carácter, alcance y límites de una orientación de democracia participativa a nivel local o municipal (la izquierda latinoamericana gobierna ciudades capitales tanto como pequeños pueblos en Brasil, Uruguay, México, El Salvador, Ecuador, Perú, Colombia); la relación entre luchas urbanas y rurales; la relación entre la resistencia social y la organización política; las nuevas formas que adquieren los “sujetos” que se reproducen al calor de la fragmentación de la clase obrera (piqueteros, asambleas populares, ocupantes de tierras y viviendas, experiencias de autodefensa, barrios que pelean por los servicios públicos, espacios juveniles, mujeres que organizan la autosubsistencia, las distintas experiencias de economía de trueque); las políticas de alianzas sociales y políticas (en el cuadro de una propuesta programática de frente único); las opciones de construcción de organizaciones de la izquierda revolucionaria.

4.6. Construir en el actual contexto una fuerza revolucionaria con implantación de masas y capacidad dirigente asume un carácter inmediato, justamente, porque la propia crisis acelera todos lo plazos. Sin esa fuerza dirigente, la vitalidad de la resistencia social y la radicalización de una vanguardia política entran en un callejón sin salida, reduciendo la potencialidad transformadora a una simple apología del “rebelde” .

En México, el movimiento zapatista no pudo traducir su capacidad de movilización en las Consultas y las Marchas, en una alternativa política de la izquierda. No hubo una modificación de las relaciones de fuerzas. La teoría del “anti-poder indefinido” o de “cambiar el mundo sin tomar el poder” no ha producido ni un proceso de reformas radicales, ni un proceso revolucionario. De todas maneras, la crisis de todas las formaciones y partidos políticos en México —acentuada con la elección de Fox— apunta a una recomposición, realineamientos y surgimiento de nuevas opciones. En ese marco deberá producirse, para estar a la altura de las circunstancias, un reagrupamiento y refundación de la izquierda revolucionaria y socialista. Un reagrupamiento que supere el impasse del zapatismo, y los desgastantes esfuerzos de una “izquierda cardenista” que busca transformar a un PRD atrapado en la lógica de la institucionalidad, el clientelismo, la conciliación, la corrupción y comprometido en la “gobernabilidad” .

En Argentina, la falta de esa fuerza dirigente, es el principal factor de freno. Los diferentes “trotsquismos” (con la excepción parcial del MAS), utilizan la “crisis revolucionaria” y los diversos escenarios de lucha popular, de autoorganización obrera y democracia popular directa, para aparatear las asambleas barriales, crear sus colaterales en el movimiento piquetero y reclutar nuevos militantes. Sin dar pasos concretos hacia una propuesta de unidad de la izquierda anticapitalista con Autodeterminación y Libertad (Zamora).

Esto favorece, parcialmente, las propuestas de “horizontalidad” , y de cuestionamientos a las organizaciones políticas de la izquierda “tradicional” .

En Ecuador, la crisis y ruptura de Pachakutik y las tendencias conciliadoras que se manifiestan en la CONAIE, han impedido capitalizar la enorme potencialidad insurreccional del movimiento social.

En Colombia —en medio de una guerra— el Frente Social y Político se distancia tanto de la estrategia militarista de las FARC y el ELN, como se acerca a una versión socialdemócrata fortalecida tras la constitución electoral del Polo Democrático.

El giro a la derecha del Frente Amplio, ha dejado casi en solitario a una Corriente de Izquierda qué, pese a sus debilidades y contradicciones internas, mantiene un horizonte de disputa con el reformismo desde una perspectiva radical.

4.7. La construcción de esa fuerza dirigente es, también, decisiva para la disputa con la estrategia y el programa del reformismo y las tendencias socialdemócratas y social-liberales en la izquierda.

Y, sobre todo, para preparar al movimiento popular en la confrontación con la derecha burguesa y el imperialismo. Porque si decimos que hay un nuevo ascenso popular y una agudización de la lucha de clases, también reconocemos las contratendencias: autoritarismo, retrocesos democráticos, represiones selectivas o masivas, desestabilización de gobiernos de izquierda o populistas-nacionalistas, salidas contrarrevolucionarias.

Esta fuerza dirigente es fundamental para impulsar un proceso de autoorganización masiva cuya característica universal responde a períodos de movilización intensa y prolongada. También para organizar la autodefensa de las luchas y criticar las ilusiones reformistas del “cambio” institucional sin enfrentamiento y sin violencia.

4.8. Estamos por la construcción del “núcleo duro” de la izquierda y los movimientos resistentes y antagonistas. Esta perspectiva no se puede construir a partir de una “patología gruspular” ni suplantando el pensamiento estratégico y las iniciativas audaces por la defensa de “nuestra identidad” cuartista.

Los cuadros y militantes de la IV Internacional decididos a jugar un papel en la construcción de esa fuerza dirigente, se enfrentan a una doble tarea.

Por un lado, contribuir a mantener y fortalecer la unidad de las fuerzas de izquierda y populares (en un sentido amplio); intervienen en la (re)construcción de un campo de izquierda como alternativa a los corrientes conciliadoras en las formaciones de unidad amplia (PT, Frente Amplio, Frente Social y Político). Al tiempo que no pierden de vista la hipótesis de crisis y rupturas de esa izquierda amplia en la medida que su programa y estrategia choca con la radicalidad de las resistencias sociales y las demandas populares

Simultáneamente, y aunque con ritmos y dimensiones diferentes, actúan con una perspectiva de reagrupamiento de la izquierda revolucionaria como expresión de la radicalidad de las resistencias sociales. Esta perspectiva de reagrupamientos políticos radicales se expresa en experiencias nuevas como la Corriente de Izquierda (Uruguay), en Presentes por el Socialismo (Colombia), en el Frente Socialista (Puerto Rico) y en la Convergencia Popular Socialista (Paraguay).

Estas experiencias permiten, también, enriquecer la propia acumulación política y programática de la IV Internacional, siempre y cuando se consiga establecer una relación de ida y vuelta, de intercambio y propuestas y tareas comunes para la reflexión y la acción.

4.9. En el cuadro de la crisis y las luchas sociales, las fuerzas de la IV Internacional tiene un papel activo. Promueven y en muchos casos organizan esas cotidianas luchas populares. Participan en todas las movilizaciones, campañas de solidaridad, redes y foros que expresan las distintas experiencias de resistencia, tanto como espacios de reflexión de las experiencias sociales y elaboración programática como es el caso del Foro Social Mundial. Pero también en ATTAC, Marcha Mundial de Mujeres, Bloqueo al ALCA, No Pago de la Deuda Externa, contra el Plan Colombia, Foro de Sao Paulo, en corrientes sindicales clasistas y en coordinaciones de movimientos sociales (Argentina, Colombia, Chile, Paraguay, Puerto Rico, México, Uruguay).

Esta perspectiva de reagrupamiento de las fuerzas radicales y anticapitalistas, exige ubicar nuestra experiencia acumulada en una dimensión de pluralidad revolucionaria , que trasciende nuestras propias fronteras organizativas.

Perspectiva que se inscribe en un período donde se aceleran las confrontaciones políticas y sociales. Tanto como las crisis y las recomposiciones autocríticas de corrientes revolucionarias, inclusive algunas provenientes de la diversidad de “los trotsquismos” . De allí, la necesidad de crear redes y acuerdos que permitan la socialización de las distintas experiencias y opciones político-estratégicas. De allí, la necesidad de abrir nuestras “instancias” y salir de los microclimas de “autoafirmación” paralizante.

Es verdad que “nuestras tareas” se dan en un escenario plagado de dificultades como para abordar a tiempo y sistemáticamente los problemas nuevos de análisis, de opciones tácticas, redefiniciones programáticas y aproximaciones estratégicas. Y en una situación donde nuestra visibilidad institucional (con la excepción Brasil) es muy débil.

Entonces, las organizaciones de la IV Internacional se construyen en situaciones donde las tensiones y las rupturas no han estado ausentes, y por procesos donde se combinan núcleos de militantes con experiencia y continuidad, con militantes que provienen de otras tradiciones y experiencias de lucha, o con la incorporación de jóvenes radicales que dinamizan la reflexión y la acción. Sintonizar o administrar ésta diversidad genera conflictos y confusiones sobre las opciones políticas a tomar. Sin embargo, nuestras fuerzas en el continente continúan involucradas tanto en las luchas de los movimientos sociales, como en los combates políticos antiimperialistas y anticapitalistas.

* Miembro del Secretariado Unificado de la IV Internacional. Integrante de la dirección nacional de la Corriente de Izquierda (CI), reagrupamiento de la izquierda radical en el Frente Amplio de Uruguay.

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  • Dirección: Nellys Palomo Sánchez (hasta el número 35 en noviembre de 2001) José Martínez Cruz (a partir del número 36)

    Coordinación: José Martínez Cruz.

    Edición: Ana María Hernández.

    Colaboradores: Edgard Sánchez; Claudia Cruz; Josefina Chávez.

    Traducción de textos: Alberto Nadal.

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