Número 36-37
(doble) (marzo del 2002).

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CORREO DE PRENSA INTERNACIONAL

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El paisaje de la gran rebelión

Claudio Katz

Un estado de rebelión popular se ha instalado desde hace dos meses en todo el país. Manifestaciones semanales a la Plaza de Mayo, cacerolazos sistemáticos en las puertas de los bancos, reuniones en los barrios, asambleas generales en Parque Centenario y protestas frente a Tribunales forman parte de un calendario habitual de movilizaciones.

En el Gran Buenos Aires los piqueteros cortan las rutas y organizan marchas multitudinarias. En Chaco, Salta, Jujuy, Neuquen y Córdoba, pocos días transcurren sin enfrentamientos callejeros con la policía y en algunas ciudades de la pampa gringa como Casilda se registraron impensables sublevaciones. Luego del derrocamientos de dos presidentes, el levantamiento popular continúa y es el dato dominante de la situación política.

La rebelión ha modificado la geografía de la City y de sus bancos, ahora tapiados con protecciones metálicas contra los cacerolazos. La irritación popular es visible en cualquier individuo que toma la palabra frente a algún micrófono o en el descontrol de un ahorrista que concurre a exigir la devolución de sus depósitos con una granada. La actividad militante se extiende y abarca desde los invasores de los bancos hasta los padres de los chicos asesinados en Floresta.

Los cacerolazos que estallan cuando un ministro hace anuncios y las manifestaciones que comienzan a la medianoche y se prolongan hasta el amanecer han convulsionado la vida cotidiana. Pero lo más significativo es el desemboque organizativo de estas acciones en organismos piqueteros y asambleas caceroleras.

Piquetes y cacerolas

El avance organizativo recoge varios años de experiencia de lucha de los desocupados, que han transmitido a otros sectores populares los métodos de la estructuración por abajo, debate democrático y acción directa. Sus cortes de calles han ganado además mayor aceptación y podrían obtener la legitimidad que conquistaron en el pasado las huelgas. La gravitación de los piqueteros se refuerza a medida que se expande la pobreza y se masifica el desempleo, ya que contar con un plan trabajar o un subsidio de 120 pesos se ha vuelto una necesidad imperiosa para un tercio de la población. Los piquetes se afirman como pilares de la vida social ante el derrumbe del asistencialismo estatal-eclesiástico y el completo abandono de los desocupados por parte de la burocracia sindical.

En este proceso el movimiento piquetero tiende a superar su vieja raíz puramente municipal y rompe su dependencia de los punteros justicialistas. Por eso, Duhalde trata de reconstituir estos lazos clientelares mediante “planes sociales” que se financiarían reduciendo los sueldos estatales. Pero el gobierno carece de los fondos necesario para esta tarea y afronta, además, la radicalización de la protesta de los desocupados. Junto a las direcciones más conocidas vinculadas a la CTA y a la CCC ha surgido ahora un Bloque Piquetero Nacional, que agrupa a las corrientes más combativas y vinculadas a la izquierda.

El avance piquetero converge con el surgimiento de las asambleas populares barriales, que se conformaron como centros de organización de las movilizaciones y debate de alternativas frente a la confiscación de los ahorristas. Las asambleas se multiplicaron de manera vertiginosa en la Capital Federal y ahora se están extendiendo al Conurbano. En los barrios se discute todo. Desde las tareas para el escrache semanal hasta la forma de implementar el no pago de la deuda externa. Se está descubriendo la importancia de la acción callejera y el valor de la solidaridad y la intervención colectiva. Hay vecinos que consiguen descuentos para las boletas de luz, y otros que empadronan a los desocupados, reflotan la actividad comunitaria o impiden el desalojo y remate de pequeños comercios.

Las asambleas interbarriales de Parque Centenario constituyen una experiencia inédita de Parlamento Popular, que reune a miles de vecinos. Durante horas, los participantes deliberan, votan, aplauden o desaprueban. Coordinan acciones con los piqueteros y apoyan a los trabajadores en conflicto. En estas actividades recuperan energías muchos luchadores del 70 y se entusiasman los jóvenes que ingresan a la acción política.

La organización de piqueteros y asambleístas expresa una resistencia a la degradación social provocada por cuatro años de depresión económica. Se apunta a forjar una alternativa de lucha frente a la pobreza, la mendicidad, la delincuencia y la caída del nivel de vida. Los organismos surgen también frente al desmoronamiento de las funciones sociales básicas del estado y por eso son el ámbito de discusión de soluciones para los hospitales sin insulina, las farmacias sin antibióticos y el desabastecimiento general de remedios que provocar los laboratorios para especular con los aumentos de los precios. Las asambleas se enfrentan al colapso educativo y debaten como asegurar el funcionamiento de los comedores escolares, contrarrestar la deserción y convertir a los colegios en centros de apoyo barrial a la lucha docente.

Los vecinos se rebelan frente a la hecatombe de las funciones administrativas del estado (obtener cualquier documento es una odisea) y el desplome de los servicios privatizados por la quiebra de los concesionarios (ferrocarriles), el derrumbe de la cobranza y el deterioro intencional que provocan las empresas presionando por mayores tarifas.

La irrupción de las asambleas marca el debut de una resistencia de largo alcance, cuya evolución no está sujeta al resultado de cada movilización o al grado de concurrencia a cada reunión. Quizás la lucha de los vecinos derive en la formación de un movimiento consolidado como los piqueteros. Pero su desarrollo está directamente conectado con el curso de una crisis, cuya gravedad está ilustrada por la discusión periodística que se ha entablado en torno a la posible “desaparición de la Argentina”.

Esta reflexión no es un entretenimiento metafísico, porque existen antecedentes históricos de fracturas nacionales en casos comparables de desintegración social. Cuándo la gobernación de San Luis imagina la creación de una república independiente concibe el mismo escenario catastrófico que los empresarios preparados para escaparse en helicópteros mediante fugas de emergencia. Si la crisis alcanza esta dimensión, las formas de resistencia que se están creado podrían desarrollarse como modalidades de poder popular.

Un escenario inédito

La protesta cacerolera ya se ha extendido a las caras más visibles del régimen actual, que son los políticos radicales, peronistas y frepasistas. De este repudio no se salva ninguno. Primero debía ocultarse Cavallo y refugiarse De la Rúa. Luego Barra tuvo que escaparse de un shopping y Fayad de un restaurante. Posteriormente, tampoco Ikonicof y Caviglia pudieron seguir caminando despreocupadamente y ahora a Ruckauf lo insultan en los vuelos internacionales, Alfonsín tiene que trompearse con los manifestantes en la puerta de su casa y a Cafiero lo increpan en un supermercado. La diputada Rubini responde con disparos, los amigos de Jaroslavsky disimulan su velatorio y Alasino y Nofal optan directamente por la renuncia.

¿Por qué a mi? se preguntan los políticos del régimen, sin entender que los escarchan los votantes primero defraudados y luego indignados con el cogobierno radical-peronista. Alfonsin genera rechazo tanto por el Pacto de Olivos como por el sustento explícito a Duhalde. Por eso, la exigencia de “que se vayan todos”, abarca “a todos”, puesto que surge de una experiencia de dos décadas de frustraciones que no se desactivará con la farsa de reforma política que el presidente ha inventado para tornar al sistema vigente más elitista y dependiente de los grupos empresarios que financian a la UCR y el PJ. La indignación popular ha estallado justamente contra este tipo de maniobras gatopardistas que el autista Duhalde reproduce del autista De la Rúa.

Cómo ha ocurrido en todas las revoluciones, el pueblo en la calle repudia a los símbolos del régimen y no sólo a sus representantes políticos más conocidos. Los jueces cortesanos juegan con fuego al demorar su renuncia, esperando garantías, cargos y embajadas. Después de haber elogiado a Duhalde y criticado a los cacerolazos, tampoco Daer y Moyano pueden tomar café tranquilos y sin guardaespaldas. El desplome es profundo porque los dos pilares históricos del sistema político nacional están perdiendo sostén popular. Con De la Rúa el radicalismo se ha convertido en un cadáver entre la clase media y Duhalde puede provocar un eclipse equivalente del peronismo entre los trabajadores. Cómo intuye esa posibilidad, duda ante cada paso y no se decide por ninguna contraofensiva coherente. Por eso las marchas de apoyo montadas por el aparato sindical y provincial que finalmente aprobó carecieron de significación.

Ocultar esta realidad con manipulaciones televisivas se ha vuelto más difícil frente a la reacción popular contra los medios de comunicación, cuyo nivel de credibilidad ha caído vertiginosamente. La rebelión ha refutado abruptamente las sofisticadas teorías mediáticas que anunciaban el fin de la política callejera y su reemplazo por spots publicitarios.

Pero el sector más enfurecido con la nueva realidad política del país es la derecha, cuyos exponentes no ocultan el odio que les despierta la irrupción popular. Están irritados con las asambleas “copadas por extremistas” (La Nación), manejadas por “vándalos” (F.Luna) y orientadas por “pasiones anárquicas” (N.Botana). La vieja elite ha resucitado el anticuado lenguaje oligárquico para expresar su malestar, porque los pensadores de la clase dominante perciben que existe un clima de “revolución social” (R.Terragno), semejante a “la revolución francesa” (M.Grondona), a partir de una ruptura sin precedentes “entre la política y la sociedad” (R.Fraga).

Los hombres del gran capital están atemorizados frente a la evidente imposibilidad de recurrir en lo inmediato al tradicional expediente del golpe militar. Algunos empresarios ya sondean a la cúpula del ejército y sueñan con “restaurar el orden” con Lopez Murphy o mediante alguna “fujimorización” de la mano de M.Macri o De la Sota. Pero con la estructura bélica deshecha, los gendarmes empobrecidos y los viejos genocidas desprestigiados, una aventura golpista tiene más posibilidades de precipitar hoy una revolución abierta que de instalar una dictadura.

Además, la rebelión ha reforzado la conciencia democrática y la lucha contra la brutalidad policial. Por eso, Mathov, Santos y otros seis comisarios responsables de los asesinatos del estado de sitio están presos, mientras que el propio De la Rúa espera con temor el resultado de los procesamientos. En estas condiciones, Duhalde prefiere evitar las confrontaciones abiertas y por eso los provocadores desaparecieron últimamente de las manifestaciones.

La clase dominante promueve una represión más subterránea y para-estatal con las patotas peronistas atacando a la izquierda en el Congreso (durante la asunción de Duhalde) y a las asambleas barriales (en Haedo). Por eso mientras, la policía encubre el asesinato de un piquetero en Echeverría y reprime brutalmente a los docentes bonaerenses, los jueces mantienen en prisión a Ali y procesados a 2500 luchadores sociales. Por ahora rige la estrategia de tensión: provocar y retirarse ante el temor que despierta una reacción popular mayor. Pero si los matones ganan terreno avanzarán en su objetivo de perpetrar un baño de sangre.

Quiénes han registrado con mayor nitidez la dimensión de la sublevación en curso son los voceros del imperialismo, que le han puesto la cruz a un país “ingobernable” por la rebeldía popular. La catarata de insultos que los funcionarios del Departamento de Estado le destinan diariamente a la Argentina no obedece al default, ni al fracaso de la convertibilidad, sino a la presencia de una revuelta que el gendarme norteamericano no tolera, especialmente en su patio trasero. Por eso proclaman que el país es una “sociedad desorganizada” (P. O´Neill), que “deberá sufrir “( Kohler desde el FMI), ya que “merece ser tratado como una república bananera“ (W.S. Journal) hasta tanto no imponga la “caída de los salarios a un tercio de su valor actual” (R.Dornbusch).

El Departamento de Estado seguramente ya está concibiendo escenarios de acciones más directas ante el peligro de un mayor impacto internacional de la protesta. La creencia que la “Argentina no interesa en el mundo” porque es un “país remoto... sin insumos esenciales... ni capacidad de daño” en el sistema mundial (C.Escudé) es una ilusión tranquilizadora de diplomáticos que analizan las relaciones geopolíticas al margen de las conmociones sociales.

Transformaciones evidentes e ignoradas

La misma hostilidad que vecinos y piqueteros manifiestan contra los políticos del régimen expresa esta gente contra el movimientos popular. La primera pose de demagogia comprensiva ya ha sido sustituida por la exigencia de orden. “Aquí no se puede tolerar la sedición...y el asambleismo caótico” proclama el adalid de la democracia, Alfonsín, tramando algún recurso para proteger la corporación política del régimen mediante la aplicación de mano dura contra los manifestantes.

Lo que más molesta a los arquitectos de un régimen de expoliación del pueblo que fue enmascarado con la envoltura de la democracia representativa, es la popularidad alcanzada por las formas de democracia directa de las asambleas, que se organizan para luchar y no para digitar diputados truchos, ni para negociar coimas a cambio de leyes privatistas. Quiénes han actuado pidiéndole la venia a los banqueros ahora recuerdan que “el pueblo gobierna a través de sus representantes”, es decir a través de mecanismos que ahogan la deliberación, impiden la revocabilidad y aseguran el ejercicio del poder efectivo a una burocracia financiera, judicial y administrativa, que implementa los decretos requeridos por los grupos capitalistas. Después de haberle otorgado plenos poderes a Cavallo, avalar la Corte y ascender militares genocidas, los políticos del régimen cínicamente proclaman que las asambleas no tienen derecho a exigir “que se vayan todos”.

Algunos analistas interpretan que esta última petición es “demagogia antipolítica” (E.Mocca), como si la forma de representación burguesa que ha regido en las últimas décadas para asegurar el dominio de los acreedores, las privatizadas y los grupos industriales constituyera un ejemplo de servicio a la comunidad. La población comienza a deliberar y actuar en asambleas porque ha notado -en el curso acelerado que recibió en los últimos años- que las instituciones actuales son la vía muerta para cualquier demanda popular.

Esta desconfianza frente al régimen es muy visible en la resistencia a canalizar los reclamos en los Consejos de Gestión y Participación de la Municipalidad o las comisiones del Congreso. La apuesta asambleísta ahora es no delegar en ningún diputado, sino actuar colectivamente: qué los legisladores en todo caso concurran a las asambleas y demuestren en la acción de qué lado se ubican. Esta postura lejos de expresar el “delirio fracasado de las experiencias de democracia directa” (JJ Sebrelli) indica cierta percepción de que la soberanía popular choca con la dominación capitalista. Muchos vecinos comienzan a comprender que mientras el Citibank, Repsol y Perez Companc detenten los resortes del poder, la democracia será una quimera. Y por eso avanzan por nuevos caminos.

Pero como esta búsqueda es contradictoria con cualquier proyecto de renovación de la partidocracia (especialmente la construcción de la “república de capitalismo sano” que fantasea E.Carrió), muchas voces del régimen se alzan para denunciar que el “asambleismo favorece a la derecha” (F.Storani) y “alienta las ideas violentas” (J.Vitar). En este alegato, los políticos que llevaron al gobierno a De la Rúa se olvidan que los planes de ajuste y el estado de sitio surgieron de sus gabinetes y no del Parque Centenario. El fantasma de la derecha que resucitan ha sido siempre el pretexto predilecto para sostener a los reaccionarios realmente existentes y ahora es utilizado para justificar el cogobierno con Duhalde. Afortunadamente un importante sector de la población ya descree de estas ficciones y percibe que los devaluacionistas son tan nefastos como los dolarizadores y que los empresarios licuadores son tan explotadores como sus socios del FMI.

Esta evolución política de grandes sectores de la clase media junto a su convergencia en la acción con los piqueteros irrita especialmente a los pensadores mediáticos del menemismo, que se quejan del “infantilismo colectivo” de las protestas (J.Asis). Pero también hay muchos críticos progresistas de la presencia en las marchas de “gerentes que esclavizan a los trabajadores” (M.Giardinelli). Y tampoco falta el comentario irónico contra los “damnificados que no son oprimidos”, ya que sólo exigen la devolución sus plazos fijos.

El tono de estos cuestionamientos es bastante semejante al que insinuaron Daer y Moyano para romper la unidad de lucha que se ha construido en un país históricamente fracturado entre la clase media radical y la clase obrera peronista. Qué esta división en vez de reaparecer –como ocurre actualmente en Venezuela- comience a disolverse, sólo puede entristecer a los nostálgicos del menemismo y la Alianza, cuyo alternancia en el poder siempre se apoyó en esa división.

Los cambios que se están produciendo en la acción y en la conciencia popular sorprenden a quiénes siempre observaron a la Argentina como un caso perdido de inmovilismo político. Pero estas transformaciones también resultan incomprensibles dentro del molde invariablemente pesimista que se forjó junto a la dramática regresión social, o en el marco del discurso denigratorio que predomina entre los pensadores hostiles a la lucha popular.

Entre estos últimos analistas se ha vuelto habitual declarar que “los argentinos no servimos”. Antes explicaban que “fracasamos por el estatismo”, pero ahora postulan que el estancamiento constituye una tara nacional. Algunos declaran que la “Argentina no tiene capacidad de transformarse y tomar decisiones porque..es poco competitiva” (A.Touraine) y otros descubren que “hay algo en la historia y la cultura del país que hace inviable el crecimiento económico” (RJ Samuelson). Estas increíbles vulgaridades tienen gran difusión porque expresan el estado de ánimo de la clase dominante, que no es el mismo de los asambleístas y piquetes que festejan el Carnaval, comparten la energía de la movilizaciones y comienzan a recrear el tipo de cultura crítica que configuró al mayo francés. Acercarse a ellos permite conocer otro futuro posible.

La dinámica social del levantamiento

El alcance de la rebelión actual está dado por la convergencia de los desocupados y la clase media, en movilizaciones protagonizadas por la juventud con un trasfondo de resistencia obrera.

Algunos compañeros estiman, sin embargo, que en esta batalla la clase obrera está ausente y “no se presenta como clase” (R.Astarita), sin tomar en cuenta la escalda de huelgas que precedieron y alimentan la lucha actual. A pesar del desempleo, el nivel de acatamiento de cada convocatoria al paro general mantiene los índices históricos del país y supera la repercusión que estos llamados tienen habitualmente en la mayor parte de los países. Particularmente los gremios estatales se encuentran en estado de movilización permanente desde hace un largo tiempo y son la vanguardia de muchas movilizaciones. La continuidad del ajuste presupuestario y especialmente la intención oficial de desdoblar el pago de sueldos tiende a reforzar este rol determinante de los estatales en la lucha actual.

Es cierto que la clase obrera industrial socialmente debilitada por dos décadas de desarticulación productiva no está jugando el papel definitorio que cumplió en el Cordobazo o la huelga del 75. Pero este hecho sólo expresa un cambio en la dinámica de la batalla social y no el reflujo de la resistencia. Es incorrecto suponer que el curso de la lucha de clases debe reproducir las formas del pasado, sin percibir por ejemplo cómo el movimiento piquetero organizado en torno a ex dirigentes sindicales retoma y continúa las tradiciones de la vanguardia obrera.

El levantamiento actual constituye básicamente una rebelión social de las clases oprimidas contra la expropiación capitalista del empleo, el salario y los ahorros. Su dinámica está marcada por la intervención de los trabajadores, los desocupados y la clase media. Este último sector agrupa mayoritariamente a franjas empobrecidas de los asalariados y profesionales medios, junto a comerciantes de bajos ingresos y pequeños propietarios.

Describir en términos sociales a los sectores participantes de la revuelta permite observar las raíces de su antagonismo con la clase dominante. Esta comprensión de la dinámica de la protesta se diluye en los análisis del conflicto en términos de “multitudes”, porque este concepto oscurece los contornos sociales de un levantamiento protagonizado por clases y no conglomerados indefinibles, amorfos y anónimos. La capacidad transformadora del desocupado que corta las calles, de los trabajadores que paralizan una fábrica y de los estatales que ocupan un establecimiento, radica justamente en una acción de clase y no en un vago comportamiento de multitud (un término que en la tradición argentina tiene, además, connotaciones peyorativas). Comprender la dinámica clasista de la confrontación actual permite por otra parte vislumbrar una perspectiva socialista para la batalla en curso.

Otros compañeros interpretan la rebelión actual como una “insurrección ciudadana.. cuyo nuevo sujeto es el trabajador social” (A.Fanjul). Pero esta mirada dificulta detectar hasta que punto la protesta es una reacción contra el encasillamiento constitucionalista de la población, que ha prevalecido desde 1983. Los “ciudadanos- vecinos” se han sublevado contra los “ciudadanos-políticos”, los “ciudadanos-jueces” y los “ciudadanos-banqueros”, porque bajo la formal equiparación ciudadana subyace un abismo de intereses sociales. Este es el contenido anticapitalista de un levantamiento motivado por la expropiación de los salarios y los ahorros, que aglutina a los viejos sujetos sociales, es decir a todos los segmentos de la clase trabajadora y sus aliados populares.

Algunos análisis señalan que la localización barrial de la confrontación actual expresa la extensión de las formas de expropiación capitalistas a ámbitos más amplios de la vida social. Los desempleados se movilizan desde su vecindario y los ahorristas desde su punto de encuentro. Pero esta modalidad no significa que el “poder de resistencia ha pasado de las fábricas a los barrios”, porque los centros neurálgicos del poder continúan situados en los lugares de la producción y manejo de los servicios. Sólo en estos sitios la clase trabajadora puede hacer valer nítidamente su capacidad de lucha.

Otros análisis de la sublevación subrayan que de las tradiciones de resistencia nacional tienden a reconstituirse, por ejemplo a través del grito de “Argentina, Argentina” que aparece en las grandes marchas (H.Gonzalez). Y es indudable que existe un profundo sentimiento de rechazo al despojo de los recursos que soporta el país al cabo de una década de privatizaciones y “relaciones carnales” con Estados Unidos. Esta reacción tiene proyecciones antiimperialistas, pero en un marco de agotamiento del peronismo como canal de esas aspiraciones, ya que Duhalde gobierna bajo custodia del FMI manteniendo la herencia menemista de servir a los banqueros y atacar a Cuba. Este deterioro de los vestigios de nacionalismo justicialista es la gran diferencia con los 70 y la época de la extinguida Juventud Peronista. Los jóvenes del cacerolazo son por eso más afines a la orientación internacionalista de la protesta global de Seattle, Génova y Porto Alegre que a las convocatorias patrióticas.

El empuje de la izquierda

Existen fuertes indicios de la creciente influencia de la izquierda, que es bien recibida en las movilizaciones y cuyos líderes concurren libremente a las asambleas sin cargar con la cruz de pertenecer a la “clase política”. Un cambio importante se registró entre las primeras marchas signadas por el “apartidismo” y la ausencia de banderas políticas y las movilizaciones más recientes, dónde ningún militante del PJ, la UCR o el ARI se atreve a mostrar su afiliación, mientras que todas las corrientes de izquierda despliegan sus estandartes.

El crecimiento de la izquierda que es reconocido por los funcionarios y registrado por los medios de comunicación constituye la gran preocupación del PJ, que teme una emigración de su base popular. La izquierda puede comenzar a ser vista como la esperanza del movimiento, ya que es la única que no participó en ninguna de las frustrantes experiencias de gobierno de las última décadas.

La izquierda cumplió un papel también determinante en el proceso que desembocó en la formación del Bloque Piquetero Nacional. Esta influencia también se nota en las reuniones vecinales, en las plataformas votadas en Parque Centenario y en los carteles que presiden las manifestaciones de los ahorristas.

Algunos comentaristas partidarios de la centroizquierda observan con desagrado este reconocimiento y son particularmente críticos del rol de la izquierda en las asambleas barriales. Consideran que “conspira contra la unidad”, cuándo en realidad ha liderado la convergencia de los piqueteros con los caceroleros, en oposición a las viejas y fracasadas alianzas con los capitalistas nacionales. Otros declaran su rechazo a las “tumultuosas aprobaciones a mano alzada de enunciados partidarios” y los más irritados opinan que la “izquierda intenta usurpar la rebelión con frases hechas y manijazos”.

Pero ningún crítico parece notar que el curso de las asambleas está más dictado por la dramática situación del país y la necesidad de buscar soluciones drásticas que por la influencia de aparatos omnipresentes. Es falso que una estructura de militantes entrenados engaña a los vecinos con propuestas que ellos rechazan. No hay ninguna manipulación sino un simple giro a la izquierda, en la masiva aprobación del no pago de la deuda externa, la reestatización de las empresas privatizadas y la nacionalización de la banca.

Algunos objetores se han acostumbrado tanto a la digitación radical-peronista que atribuyen cualquier modificación de la escena política a una manipulación de otro signo. No conciben que la politización en curso se orienta hacia la izquierda. Los militantes que organizan una asamblea, trasladan carteles, imprimen volantes y recolectan dinero por simple convicción y no calculando una carrera de comité comienzan naturalmente a ganarse el reconocimiento de los vecinos que participan de la misma lucha.

En general los partidos de izquierda se han asimilado con el espíritu asambleario que predomina en las reuniones masivas, dónde se respeta el uso de la palabra y los tiempos de intervención. Lejos de actuar con “soberbia, sectarismo y métodos de estudiantina” como remarcan los partidarios de la centroizquierda, lo que caracteriza a la izquierda es su distancia del arribismo que signa la biografía de todos los políticos del régimen, especialmente durante su paso por el movimiento estudiantil, las Legislaturas o el Congreso. Cómo ha señalado acertadamente un comentarista, la verdad es muy sencilla: “las asambleas no están infiltradas... sino que sus consignas y producción política son de izquierda” (P. Audivert).

Si la izquierda progresa es porque impulsa la organización piquetera y el desarrollo de asambleas propiciando sin temor su desemboque en organismos de poder popular. Su principal diferencia con las restantes fuerzas políticas radica en la decisión de alentar la existencia de organismos autónomos de las instituciones del régimen vigente. Estas instancias estuvieron presentes en todas las grandes revueltas de la historia, aunque sólo en pocas ocasiones adquirieron la envergadura de un doble poder alternativo a la clase dominante. Cuánto más se desarrollen actualmente más se afirmarán como alternativas frente a una crisis eventualmente mucho mayor. No hay una consigna precisa para recorrer este camino, ni plazos previsibles para su desarrollo. Pero existen condiciones para impulsar los nuevos organismos y sobre todo es evidente, la voluntad de la izquierda de estimular ese desenvolvimiento.

Reconocer este rol es vital para quienes simpatizan con las asambleas “como lugar de amistad y solidaridad”, pero temen que su evolución combativa conduzca a enfrentamientos que “el imperio no permitirá” (JP Feinman). Este peligro indudablemente existe, pero es posible también apostar a que el nuevo movimiento genere liderazgos capaces de orientar la lucha en correspondencia con la voluntad y las posibilidades de cada acción. Desde Parque Centenario no se marchará hacia el Palacio e Invierno, pero desde las asambleas y piquetes de todo el país se podría comenzar a construir un nuevo poder popular.

La contribución de la izquierda en este proceso es visible en la conformación de los frentes unitarios que se están gestando en distintos planos: autodefensa frente a las patotas duhaldistas, organización de asambleas barriales e impulso del programa del bloque piquetero. En estas instancias concretas, así como en el funcionamiento de una mesa de coordinación se registraron logros significativos en los últimos dos meses. Y esta convergencia ha sido posible porque lejos de “esconderse bajo la cama” como pensó algún desubicado (J.Petras), la izquierda se ha situado en la primera línea del levantamiento popular. Este es un dato significativo del paisaje de la rebelión.

 

Buenos Aires, 5 de marzo de 2002

 

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  • Dirección: Nellys Palomo Sánchez (hasta el número 35 en noviembre de 2001) José Martínez Cruz (a partir del número 36)

    Coordinación: José Martínez Cruz.

    Edición: Ana María Hernández.

    Colaboradores: Edgard Sánchez; Claudia Cruz; Josefina Chávez.

    Traducción de textos: Alberto Nadal.

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