Número 36-37
(doble) (marzo del 2002).

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CORREO DE PRENSA INTERNACIONAL

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Asambleas barriales... o parlamentos populares

La rebelión argentina representa un acontecimiento histórico decisivo en la lucha de clases en América Latina. Y aunque no se debe subestimar la capacidad de las clases dominantes en organizar un contrataque represivo, la fuerza del movimiento popular va sedimentando, lentamente, nuevas formas de democracia política de base.

Ernesto Herrera

Ciertas imágenes recuerdan a la Comuna de París de 1871. No porque sean acontecimientos comparables, claro, sino porque hacen pensar en aquella definición de Marx: “Esta es la forma política finalmente descubierta que permite realizar la emancipación económica del trabajo”.

Crisis pre-revolucionaria, doble poder, jornadas revolucionarias, situación insurreccional; crisis de hegemonía burguesa y pérdida completa de la legitimidad de sus mecanismos estatales de dominación.

La categorías abundan, se multiplican y repiten. Aunque sea difícil contextualizarlas en un paisaje donde la vida cotidiana se ha roto (al decir de Trotsky) y la “sociedad civil” , la “multitud” , la “gente” , el “pueblo” , se encuentran en estado de insubordinación, autoconvocatoria, y autogestión ciudadana, ejerciendo formas de democracia participativa directa (sin ninguna mediación político-institucional).

Nadie duerme. Las Asambleas Vecinales, Barriales o Populares -según quien las describa- se realizan de noche y se han generalizado en la Capital Federal y el conourbano de Buenos Aires. Miles de personas se comunican, escuchan, deliberan y proponen, en cientos y cientos de reuniones. Organizan las protestas, escraches y caceroleos de la semana.

Los domingos, en el Parque Centenario, es la coordinación de las Asambleas de Buenos Aires. Ya no solamente se participa en tanto vecinos del barrio: ahora confluyen jóvenes, desempleados, trabajadores, ahorristas estafados, jubilados, mujeres jefas de hogar, niños...y militantes de las organizaciones de izquierda que deben manejar con prudencia sus planteos. Aunque el peso político de su militancia no deja de notarse, en particular de las diversas organizaciones trotskistas: Partido Obrero (PO), Movimiento al Socialismo (MAS), Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST), Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS). También del Partido Comunista Argentino (PCA) de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), y del Partido Comunista Revolucionario (PCR, de origen maoísta).

Nadie puede arrogarse la delegación de nadie, y el criterio de revocabilidad está presente como condición infranqueable.

Son los “partidos de vecinos” que se reúnen en asamblea, para rechazar el “diálogo multisectorial” que proponen el gobierno y la Iglesia católica con el apoyo de las burocracias sindicales de las dos CGT. Pero no sólo el rechazo a la maniobra desde arriba para “discutir los problemas del país” .

José Luis, vecino de Hurlighan (Provincia de Buenos Aires) dice que el objetivo de la Asamblea Popular es “poner en las manos del pueblo las soluciones que el gobierno no puede ofrecer” . Mientras tanto, Victoria de 22 años, no duda cuando afirma: “después del 19-20 de diciembre, el pueblo realiza un solo combate que nos hace estar unidos”.

Es verdad que asoma un sentimiento primario de crítica a “la política” (sobre todo contra la corrupción disfrazada de política y el carrerismo electorero). De todos los parlamentarios, solo el diputado Luis Zamora (Autodeterminación y Libertad) puede intervenir en reuniones, marchas y caceroleos, sin ser insultado, ni mirado con desconfianza. Justamente, porque es Zamora quien mejor sintoniza con ese rechazo de la gente a la politiquería.

Sin embargo, este poder desde abajo desarrolla una conciencia “para sí” y un movimiento donde se avanza en demandas antineoliberales, aintiimperialistas y anticapitalistas. Lo que comenzó –luego del derrumbe de la Rúa y Rodríguez Saa- como un movimiento de indignación por el “corralito” financiero y la exigencia de destitución de la infame Corte Suprema de Justicia, avanza en dirección de un verdadero programa transicional.

No pago de la deuda externa; rompimiento con el FMI; rechazo al Alca; contra la dolarización y por una moneda sudamericana; nacionalización de la banca; re-estatización de las empresas públicas privatizadas; impuestos a los capitales financieros especulativos; suspensión de todos los despidos; inmediata asistencia con alimentos y medicamentos a los desempleados; creación de un millón de empleos; seguro de desempleo de 380 dólares mensuales; derogación de la ley de flexibilización laboral; eliminación del impuesto del 13% a salarios y jubilaciones; suspensión de los cortes por el no pago de las tarifas de los servicios públicos; pesificación 1 a 1 de todas las deudas y créditos; devolución inmediata del dinero de los pequeños ahorristas; repartición de las empresas deudoras al pueblo; aumento del presupuesto en educación y salud; escuela pública y gratuita a todos los niveles; recorte de los gastos militares y policiales; juicio y castigo a los responsables de la represión; rebaja de sueldos y de privilegios a los políticos.

A la demanda genérica de “que se vayan todos, que no quede ni uno sólo” (referida a los dirigentes políticos y gobernantes peronistas, radicales y del Frepaso), comienza a sumársele la consigna de una “Asamblea Constituyente Libre y Soberana” , y sobre todo, “5 representantes de las Asambleas Populares en el Congreso ” (para cuando se trató el presupuesto nacional).

Ni siquiera Cuba y el Plan Colombia están ausentes de las Asambleas: el reclamo por el cese al bloqueo imperialista y las manifestaciones de solidaridad se sienten con más fuerza.

Evidente: hay una línea que conecta la lucha de masas en Argentina, con las revueltas de Seattle y Génova, con el movimiento contra la mundialización capitalista, tanto como con las insurgencias zapatistas o las de Colombia, Ecuador y Bolivia, y, sobre todo, con la formidable radicalización de una franja cada vez más amplia de la juventud a escala mundial.

¿Puede definirse una “composición social” de la Asamblea? A titulo provisorio: no es “obrera” , ni tampoco un consorcio amorfo de “clase media” . La Asamblea es “popular” . Expresa las profundas mutaciones del “tejido social” y los efectos desvastadores de un modelo neoliberal impuesto a extremos salvajes. Simultáneamente, la Asamblea resume un nivel de conciencia y politización democrático-radical. El contenido “popular” (término preferible al de “multitud” , usado por los italianos Antonio Negri y Paolo Virno) se lo ponen el pequeño ahorrista, la ama de casa, el trabajador o el desempleado, ya no son humillados y encuentran una identidad común para representarse a si mismos.

El lunes 28 de enero, esa identidad “popular” común pudo, al fin, expresarse a escala más amplia: una marcha de 20 mil piqueteros arrancó desde la localidad de La Matanza (Provincia de Buenos Aires) y finalizó en la histórica Plaza de Mayo. La inmensa columna de la clase obrera, contó con el apoyo entusiasta de vecinos y comerciantes, dando paso a la unión insurgente entre piqueteros y cacerolas. Las tiendas no bajaban sus cortinas por miedo a los “saqueos” , sino que ofrecían café y refrescos a los manifestantes.

Esta confluencia social volvió a reiterarse el domingo 17 de febrero, cuando la Interbarrial dió su apoyo al Plan de Lucha de la Asamblea Nacional del Bloque Piquetero (ver nota aparte). Gladys, una mujer de “clase media” lo explica: “Ahora no solamente yo protesto contra el corralito y para recuperar mis ahorros, ahora estoy a favor de la lucha de los piqueteros, de los desempleados. Por primera vez experimento la pobreza y veo la miseria.”

De todas maneras, a medida que la auto-organización se despliega y el laboratorio social desarrolla nuevas experiencias, el dilema se torna más urgente: como traducir esa radicalidad política democrática en construcción de una verdadera fuerza dirigente y en alternativa socialista de poder.

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  • Dirección: Nellys Palomo Sánchez (hasta el número 35 en noviembre de 2001) José Martínez Cruz (a partir del número 36)

    Coordinación: José Martínez Cruz.

    Edición: Ana María Hernández.

    Colaboradores: Edgard Sánchez; Claudia Cruz; Josefina Chávez.

    Traducción de textos: Alberto Nadal.

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