No. 35
(diciembre del 2001)

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CORREO DE PRENSA INTERNACIONAL

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La discusión estratégica en la izquierda

Claudio Katz

Luego del avance electoral del 14 de octubre, nuevos éxitos en los comicios universitarios y la realización de la primera marcha con un programa común frente a la crisis, confirman que la izquierda puede perfilarse como un polo alternativo. ¿Pero qué significado tiene hoy esta confluencia? ¿Cuáles son las diferencias con el pasado y las semejanzas con procesos comparables en otros países? ¿Qué estrategias de construcción popular están en discusión?

Construir una identidad política

Las denominaciones izquierda y derecha son tan vagas, como indispensables para clarificar un cuadro político. Permiten diferenciar a los partidarios de los opositores de un régimen opresivo, en cada contexto histórico. Fueron de izquierda los demócratas que luchaban contra las monarquías, los socialistas que organizaron el movimiento obrero y los comunistas que propagaron la revolución rusa y la defendieron posteriormente de la tiranía stalinista. En la actualidad, se sitúan en la izquierda todos los que batallan contra la miseria y la injusticia del capitalismo, bregando por la superación de este sistema de explotación.

La izquierda abarca hoy, en la Argentina, a los sectores radicalizados de la resistencia sindical, piquetera, estudiantil y democrática y a los partidos que encarnan la tradición y el programa del socialismo. Estas organizaciones provienen del comunismo Partido Cominista (PC), del troskismo Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST), Movimiento al Socialismo (MAS), Partido Obrero (PO), Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS), Autonomía y Libertad (AL), del maoísmo (Partido del Trabajo y del Pueblo (PTP), de sectores socialistas (Partido Socialista Argentino (PSA), mientras que el caso del humanismo (Partido Humanista (PH)) es más controvertible..

La oportunidad que tiene la izquierda para perfilarse como una opción real deriva de la pérdida de autoridad que soportan los tres partidos de la clase dominante (peronismo, radicalismo y centroizquierda), luego de haber provocado la peor degradación social de la historia. El periodismo registra desde hace tiempo el avance de la izquierda, identificando con esta denominación al actual agrupamiento de organizaciones combativas y socialistas. La nueva alternativa recién se está gestando y puede abortar si la izquierda no logra sortear la barrera del enraizamiento social, que sus opositores ya traspusieron hace varias décadas. Cómo las posibilidades para un gran salto se han reunido en la coyuntura actual pero no perdurarán indefinidamente, resulta imperioso acelerar el proceso de la unidad de la izquierda.

Algunos compañeros subrayan la inutilidad, imposibilidad o inconveniencia de esta convergencia, pero la mayoría ha comenzado a encarar la discusión sobre la estrategia que debería orientar una acción coordinada. Tres coincidencias básicas se plasmaron el 16 de noviembre en una declaración conjunta: la necesidad de un programa político de enfrentamiento con el gobierno (fuera Cavallo-De la Rúa. No al FMI), de una propuesta de salida económica (no al pago de la deuda) y de una actitud de movilización (apoyo a todas las luchas del pueblo trabajador). Desarrollar esta plataforma permitiría extender la incipiente penetración popular que la izquierda ha logrado, a través de la difusión de ciertas consignas como por ejemplo el repudio de la deuda.

Las coincidencias mínimas no constituyen una respuesta a la crisis actual, pero brindan los cimientos para construir esta propuesta. Sólo el empalme de la acción unitaria con la resistencia popular permitirá definir cual es la respuesta táctica más adecuada frente a la situación política actual (elecciones anticipadas, asamblea constituyente, desarrollo de formas directas de poder popular). Para dirimir si estas u otras opciones corresponde a la evolución de la conciencia popular hay que apuntalar la construcción de una fuerza capaz de liderar el proceso emancipatorio. La unidad de la izquierda permite convertir un debate abstracto y doctrinario sobre el camino al socialismo en una experiencia política real. Crea el marco favorable para dilucidar en el propio crecimiento cual es la vía hacia el gobierno de los trabajadores. Resulta totalmente inútil reiterar la necesidad de esta salida o imaginar como se concretaría, si no se logra avanzar efectivamente en la formación del frente que viabilizaría ese proceso.

Es obvio que la construcción de un instrumento unitario no implica unanimidad, ni disolución de los partidos existentes. Sólo requiere tomar conciencia de la conveniencia de un largo trabajo en común, que no puede ser enterrado ante la primera divergencia. Es ingenuo suponer que la unidad de la izquierda significa que todos sus integrantes acordarán la participación consensuada en todas los actos, marchas o convocatorias. No son estos desacuerdos los que frustran un proceso unitario, sino el intento de zanjarlos de manera ultimatista.

Agrupar a la izquierda, en tanto izquierda, para crear una nueva identidad política es actualmente la iniciativa más favorable para el desarrollo de un proyecto socialista. Se debe batallar para que esta identidad social (trabajadores), ética (luchadores) o intelectual (críticos del capitalismo), exprese también un salto en la conciencia anti-capitalista. Resulta muy útil propagandizar el término de izquierda para establecer una diferenciación contundente con el progresismo del centroizquierda y el nacionalismo peronista.

Una confluencia revolucionaria

El ascenso actual de la izquierda comenzó en la segunda mitad de los 90 con el declive del menemismo, el desprestigio de la ideología neoliberal y la cicatrización de las heridas creadas por el derrumbe de la Unión Soviética. Es cierto que la izquierda no ha recuperado la penetración alcanzada a mitad de los 80 (especialmente por el viejo MAS), ni despierta el entusiasmo que predominaba durante los años del Sandinismo y del nacimiento del PT brasileño. Pero el avance actual se emparenta con la perspectiva de un generalizado crecimiento electoral de la izquierda latinoamericana y está asociado al impacto generado por la acción directa de los Sin tierra de Brasil, el Zapatismo mexicano y las FARC colombianas.

Además, como lo demostró el espectacular retorno de Zamora, los aciertos de hace una década no se han borrado de la memoria popular. Es importante reconocer este nexo de continuidad entre la penetración alcanzada en los 80 y el repunte actual, para balancear los logros (principio de masificación) y las dificultades (exitismo, culto al aparato) del pasado reciente, en términos de experiencias y no de fracasos. Este criterio es aún más pertinente para quiénes tienden a evaluar procesos ajenos omitiendo sus propias limitaciones, o disfrutan con la reflexión hipotética (si se hubiera hecho tal cosa... habría pasado tal otra).

Lo novedoso de la situación actual es la creciente separación de la izquierda de sus adversarios históricos: el peronismo y el centroizquierda. Las divergencias sobre la política a desarrollar frente a estas fuerzas se han reducido sustancialmente. Ningún partido de izquierda propone votar al justicialismo (como ocurrió en el 83 y en el 89) o integrar una alianza con el Frepaso (como sucedió en los 90). La discordia que existe en torno la interpretación del voto en blanco no tiene el alcance de las insalvables diferencias de ese período.

Lo que está cambiando es el eje de la discordia estratégica, que en la izquierda siempre estuvo vinculada a la actitud que corresponde adoptar frente a la burguesía nacional. El debate sobre la necesidad o inconveniencia de una alianza con los capitalistas nativos tiende a perder peso frente al evidente retroceso de este sector social. Ya nadie en la izquierda observa la actual Unión Industrila Argentina privatista, flexibilizadora y devaluacionista, como un aliado potencialmente semejante a los Gelbard del 70. La reivindicación explícita de un proyecto capitalista nacional ha quedado principalmente a cargo de la dirección de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) y tiende a decrecer en la mayoría de la izquierda. Este problema perdura aún como trasfondo de numerosas controversias tácticas (a quién convocar, a qué acto ir), pero ya no aparece como un punto tan discordante. Por esa razón, un frente como IU se ha mantenido y resulta posible concebir la construcción de un polo más amplio y al mismo tiempo de nítido perfil izquierdista.

También apuntala la confluencia frentista el drástico cambio operado en las referencias internacionales de la izquierda. Obviamente la posición frente a la Unión Soviética o la China de Mao ya no define quiénes son los aliados de cada corriente. En general, la izquierda tiene a converger espontáneamente en actos de defensa de la revolución cubana y de repudio al imperialismo norteamericano. Por eso las polémicas que recientemente se han suscitado en la caracterización de Bin Laden tendrían una significación más clara si estuvieran vinculadas a la marcha de proyectos políticos de construcción socialista unitaria.

Si se compara con otros países, la izquierda argentina actual se parece a la izquierda de la izquierda europea, es decir a los alineamientos enfrentados con la socialdemocracia. Tiene semejanzas con la Refundación Comunista de Italia, con la Alianza Socialista de Inglaterra, con la convergencia Liga Comunista Rrevolucionaria —Lucha Obrera en Francia y con el Bloque de Izquierda de Portugal. No ha logrado aún traspasar el umbral que marcó la conformación de esas alianzas, pero ya tiene una influencia política comparable o quizás superior. A diferencia del Frente Amplio de Uruguay o el PT de Brasil, que están hegemonizados por la socialdemocracia (y dónde la izquierda debe optar tácticamente por batallar desde adentro o por fuera), en la Argentina están reunidas las condiciones para construir la unidad desde una perspectiva revolucionaria.

Cuatro opciones

La propuesta de unidad de la izquierda es frecuentemente cuestionada con argumentos coyunturales (no es el momento, la gente no cree en los partidos), mediante críticas a la dirigencia (no son representativos, siempre se pelean, sólo piensan en el aparato) o a través de cuestionamientos a la propia legitimidad de las organizaciones existentes (la unidad se hace por abajo, las estructuras están perimidas). Estas objeciones son puramente negativas puesto que no indican cuales serían las opciones superadoras. En las polémicas más constructivas aparecen, en cambio, tres posibilidades estratégicas diferentes a la unidad de la izquierda.

La primera ha sido tradicionalmente la construcción de un partido, en oposición a la confluencia frentista. Pero últimamente esta misma orientación favorable al desarrollo solitario se desenvuelve bajo el estandarte del movimientismo. En el primer caso se proclama que el partido es la única organización revolucionaria y en el segundo que un movimiento horizontal y heterogéneo no necesita converger con los viejos partidos. En las dos variantes se contrapone la construcción interna a la confluencia unitaria, como si ambos objetivos fueran incompatible.

En el mejor de los casos, esta política concibe a la unidad como un pequeño desvío en la tarea de edificar la propia organización, ignorando que esta última construcción tiende a sufrir fuertes deformaciones cuándo se realiza al margen del aprendizaje colectivo que permite la práctica frentista. Lejos de debilitar la formación del partido o del movimiento, la unidad de la izquierda permite detectar -a través del intercambio de experiencias- qué tipo de organización se está efectivamente erigiendo. La adopción del rumbo sectario conduce, en cambio, a una fuerte pérdida del sentido de realidad, que se refleja en la magnificación de los logros propios y la omisión de los ajenos.

La segunda opción estratégica a la unidad de la izquierda es la apuesta a una construcción sindical, orientada a lograr que la eventual radicalización de la CTA desemboque en la formación de un PT, siguiendo el modelo de Brasil. Esta expectativa tiene un larga historia de esperanzas en la ruptura de corrientes y dirigentes provenientes del peronismo. Y aunque esta posibilidad se mantiene siempre abierta, es evidente que tiene mucho menos sustento que en el pasado. Además, sus eventuales promotores continúan más vinculados al peronismo, el ARI o el Polo Social que a la izquierda. Por eso, lo que eventualmente construyan no estará orientado hacia el socialismo, sino a algún proyecto de capitalismo nacional. Reconocer esta realidad no implica mantenerse ciego o indiferente frente a las enormes diferencias que actualmente separan a los distintos ámbitos sindicales. No es lo mismo la burocracia de Daer o la patota de Moyano, que la CTA. Pero para influir particularmente sobre esta última organización, la izquierda necesita actuar como una fuerza propia.

La tercera alternativa a la unidad de la izquierda es una construcción popular directamente asentada en los movimientos de resistencia que se han desarrollado en los últimos años (piqueteros, pobladores, organizaciones de derechos humanos). Es indudable que en este campo actúan sectores muy combativos y desafíantes del gobierno con métodos de acción directa. Un índice contundente de la vitalidad de cada corriente de izquierda es su grado de inserción en estas luchas y por eso es tan errado medir la fuerza de cada organización observando solamente su caudal electoral.

Pero tampoco se puede idealizar estos movimientos, suponiendo que se desenvuelven en un mundo aparte, aislado de las influencias políticas que prevalecen en el resto de la sociedad. En esta franja están presentes los mismos problemas de construcción política que predominan en otros ámbitos y resulta particularmente peligroso engañarse con la ilusión de una radicalización subyacente, cuándo existen claros indicios de despolitización. El voto en blanco en lugar del voto a la izquierda es por ejemplo, tan negativo en un barrio empobrecido como en cualquier otra zona del país, porque si la bronca que no se inclina hacia la izquierda tenderá a favorece el resurgimiento del caudillismo peronista.

La estrategia de la unidad de la izquierda constituye una opción más progresiva y realista para la lucha socialista que las alternativas solitarias, sindicales o populares. Pera sólo prosperará si se toma conciencia de las posibilidades existentes, reforzando al mismo tiempo el cambio de clima cultural que ya se percibe en las relaciones imperantes entre las distintas organizaciones. El canibalismo sectario que caracterizó estos vínculos está decreciendo, aunque no ha desaparecido. Algunas agrupaciones han finalmente comprendido que los enemigos son los capitalistas y no los compañeros más próximos a sus ideas y a sus padecimientos cotidianos. Por eso recurren a un lenguaje cada vez más respetuoso en los debates. Lamentablemente esta maduración no se extiende a quiénes todavía atribuyen al insulto cualidades pedagógicas, aunque prescindan de ese lenguaje cuándo se dirigen al gran público a través de la televisión.

La superación caudillismo personalista importado de la tradición criolla constituye una asignatura tan pendiente en la izquierda, como la eliminación de los vestigios de ceguera disciplinaria (las divergencias sólo se discuten adentro) que se naturalizaron durante una larga práctica sectaria. Desarrollando debates abiertos, democráticos y civilizados, la izquierda puede crear un ámbito atractivo para quiénes buscan modelos de hombre nuevo, solidaridad y compañerismo, radicalmente opuestos a la sumisión y a la competencia egocéntrica que predominan en los partidos burgueses. La construcción de la unidad representa, además, una batalla política permanente, repleta de lagunas y definiciones insuficientes. Por eso conviene acostumbrase a evaluar estas dificultades con cierta humildad, comparando siempre lo que se critica con lo construido por el propio crítico.

Algunos piensan que apostar al éxito de la unidad de la izquierda revela un excesivo optimismo. Pero si la estrategia es correcta y se adapta a las posibilidades del momento, un poco de entusiasmo y alguna cuota de alegría no deberían resultar tan molestos. Después de tantos años de escuchar que estamos derrotados, que el socialismo murió y que la generación del 70 se perdió, conviene recordar que los revolucionarios siempre fueron empedernidos soñadores del triunfo.

Buenos Aires, 26 de noviembre de 2001.

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  • Dirección: Nellys Palomo Sánchez (hasta el número 35 en noviembre de 2001) José Martínez Cruz (a partir del número 36)

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    Traducción de textos: Alberto Nadal.

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