No 31
(mayo del 2001)

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CORREO DE PRENSA INTERNACIONAL

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México

Reseña del libro de James Cockroft

Teresa Aguirre

La Esperanza de México es el resultado de muchos años de in- vestigación de James Cockroft. Escrito en plena madurez intelectual, el autor nos ofrece una nueva interpretación de la historia de México. Se trata de una obra escrita con un lenguaje claro que trasmite las reflexiones de toda una vida de estudio y análisis de la historia de nuestro país. Como sabemos, James es un activista entendido en el mejor sentido de la palabra, un luchador que no pierde la esperanza en un mundo mejor. Esa preocupación y optimismo se respira en cada página de su obra, pues sin dejar de al pasado para comprender el presente y proyectar el futuro. Para el autor, el potencial de cambio reside en las masas populares; son ellas las portadoras de la esperanza de México. En la capacidad de resistencia y en las luchas de los marginados y excluidos que pugnan por entrar a la historia y cambiar su rumbo, Cockroft encuentra el resquicio, el lugar donde brota la esperanza de México.

Al hilvanar su libro con el potencial de cambio que contiene la acción colectiva, logra mostrar que no es verdad, como nos han repetido tan machaconamente, que el único camino sea la globalización neoliberal, con su cauda de desempleo y desesperanza; que la ideología del pensamiento único ha alimentando el cinismo y la anomia social, y que por fortuna está tocando fin. Nuevamente como a lo largo del análisis de nuestra historia nacional, James muestra que en este comienzo de siglo el impulso al cambio viene de los sectores desplazados y excluidos de esa “modernidad”; considera como los portadores de la esperanza en un mundo mejor a quienes han pagado los costos de la reestructuración capitalista.

Esta es la óptica con la que Cockroft reconstruye la historia de México desde la era prehispánica hasta la actualidad, y quizá este sea uno de los aportes más importantes del libro de James, pues esa visión de larga duración le permite incorporar en el análisis de las distintas épocas la acción de sujetos marginados o no considerados en las historias oficiales o acríticas de México.

Además de las luchas obreras y campesinas, Cockroft incorpora a la mitad de la población de México que casi siempre es ignorada: las mujeres, y no sólo cuando dirigen las luchas y movimientos sociales, sino que también se analiza la tarea cotidiana que cumplen con su doble y tercera jornada; es en ellas, nos dice el autor, en quienes recae la reproducción de la población de México, no sólo biológicamente sino socialmente: la alimentación, vestido, salud, educación y cohesión familiar, en buena parte descansa en esas mujeres que generan una riqueza aún no cuantificable en las cuentas nacionales.

Muchas convertidas en jefas de hogar, otras encargadas de hacer “rendir” un salario mínimo que puede oscilar entre 25 y 50 centavos de dólar por persona, con el que sobreviven actualmente en México más de la mitad de las familias. Estas mujeres que realizan el milagro cotidiano de volver las piedras pan, son un sujeto central en el libro de James.

Otro de los sujetos colectivos poco considerado en las historias modernas y contemporáneas de México han sido los indígenas; habitualmente se les analiza de manera privilegiada, ya sea porque casi desaparecen en la conquista, en el periodo colonial conforman la fuerza de trabajo sobre la que se edifica la economía novohispana en tanto sujetos de encomienda y repartimiento, o en la guerra de independencia para alimentar los ejércitos insurgentes.

Más tarde, con el triunfo de los liberales se esperaba que su presencia en la historia se agotaba porque todos seríamos mexicanos e iguales ante la ley. Las leyes de deslinde y desamortización de los bienes comunales, los convertían en “ciudadanos” o en trabajadores de las haciendas si no tenían títulos de propiedad con que defender la tierra en que estaban asentados. Ya en la historiografía de la revolución de 1910, incluso en la vertiente crítica, se les veía como los nostálgicos del pasado, como “los que hicieron una revolución porque no querían cambiar”. El siglo XX se olvida de ellos hasta 1994.

En cambio, la lectura de la historia de México que nos ofrece James es harto diferente; no sólo rescata la permanente resistencia de los indígenas a ser borrados por la historia, sino que vislumbra que sus luchas no son nostálgicas o conservadoras, como las definieron algunos autores al advertir su resistencia al cambio. No, para James se trata de luchas que apuestan a un mundo diferente. Me parece que sólo podemos entender su resistencia si dejamos de lado el concepto de democracia occidental decimonónico, que veía en el individuo-ciudadano la base de la igualdad ante la ley y que predominó en la concepción de los liberales mexicanos del siglo XIX, quienes se empeñaran en disolver a la comunidad, a la que veían como corporación con fueros especiales y fuente de atraso, e intentaron convertir a sus miembros en ciudadanos. La revolución con su demanda de tierras y justicia social dio a los sujetos colectivos espacio en la vida económica, pero no dio respuesta a la “cuestión indígena”, no obstante las discusiones de la época y las diferentes posturas de Gamio, Lombardo o Bassols.

Los indígenas rechazaban que se les incorporara en una modernidad diseñada al margen de ellos, que les ofrecía a cambio de un salario la perdida de identidad. La concepción de democracia del siglo XX, que pretendió mayor justicia social subordinando la libertad, tampoco dio respuesta a los indígenas.

En 1994, los indígenas, con su demanda de autonomía, nos plantean su propia inserción a la historia y nos hacen repensar todas nuestras concepciones de la democracia, del futuro y de las formas de luchar por un mundo mejor. Con su consigna de “un mundo donde quepan muchos mundos”, nos dicen que la clase obrera ya no es el único sujeto el destinado a hacer la revolución, sino que reivindican la multiplicidad de los sujetos con diferentes demandas, es decir formulan un proyecto que da cabida a un mundo plural.

La “vanguardia revolucionaria” ya no es la que articula y da coherencia a las demandas múltiples, sino la que transmite la voz de aquellos que no eran escuchados por hablar un lenguaje diferente.

No quieren que les diseñen la modernidad a la que tienen que integrarse, quieren diseñar su vida con sus valores e identidad, quieren su autodeterminación. Por ello —como dice Cockcroft— nos aportan un nuevo concepto de democracia que es la base de la libertad de la justicia y de la dignidad.

Otro sujeto excluido de historia nacional son los migrantes, los cuales también son rescatados en el libro de James. Da seguimiento al fenómeno y nos muestra que sin su aporte, que en la actualidad asciende a más de 6 000 mil millones de dólares, es decir, más de lo que el país recibe por turismo, no sería posible la sobrevivencia de más de un millón de familias y de un sistema mundial que hace descansar en esos migrantes las tareas que los ciudadanos de los países desarrollados no están dispuestos a cumplir; agotadoras jornadas en la recolección y embalaje de frutas y verduras, carnes; trabajo intenso en la industria y manejo de sustancias tóxicas; en los servicios de cocineros, meseros, lavando baños, platos, a cambio de contratos flexibles y fuera de la ley, pagando impuestos sin obtener beneficios mínimos como el derecho a los servicios de salud o la educación.

En su libro James recorre las luchas de estos sujetos marginados o excluidos de la historia, junto a las acciones de obreros y campesinos. Analiza las luchas sociales en el dilatado periodo que va desde la época prehispánica hasta a la actualidad, enfatizando las diferentes demandas y modalidades de lucha. Dividido en dos partes, con cuatro capítulos cada una, en la primera parte de la obra el autor analiza la historia de México hasta 1940, en la segunda parte de 1940 a la actualidad.

En este análisis integrado de la historia y política del México moderno, James encuentra tendencias de larga duración. Para el autor, la economía de México está marcada, desde las épocas prehispánica y colonial hasta la actualidad, por la desigualdad y por Estados fuertemente centralizados.

Otro de los aportes del libro de James es esta perspectiva de larga duración con que analiza los procesos económicos sociales y políticos, sin dejar de lado las modalidades que adoptan en las distintas coyunturas y periodos históricos. Así nos da cuenta de un crecimiento desigual y trunco, heterogéneo y fragmentado que en el siglo XX da lugar a una industrialización igualmente trunca, que para James tiene un doble origen: la debilidad de la burguesía industrial siempre asociada a los inversionistas extranjeros, y en la sobreexplotación de que ha sido objeto la fuerza de trabajo, donde la competitividad de nuestras mercancías más que en la innovación tecnológica se ha basado en la reducción al pago de la fuerza de trabajo, lo que significa la reducción del mercado interno. “A lo largo de su historia, la base de bajos salarios de la acumulación de capital en México tuvo como resultado un desarrollo limitado de la producción de capital y de bienes intermedios, retardando el crecimiento económico...”.

Este crecimiento desigual y trunco ha reforzado nuestra condición de dependencia. Si bien el autor no utiliza esta categoría como explicativa de nuestra condición de atraso, lo cierto es que el crecimiento subordinado y dependiente ha sido la contrapartida de las relaciones que hemos tenido con las potencias hegemónicas, imperialistas, como las denomina el autor. No obstante que dicha relación ha variado en sus modalidades a lo largo de la historia, desde la subordinación colonial hasta la económica y financiera, se trata de una subordinación a la que han contribuido los gobernantes de nuestro país y que ahora, en los marcos de la globalización, adquiere nuevas dimensiones, y aunque algunos autores sostengan que con ello entraríamos a un mundo interdependiente, lo cierto es que las asimetrías de las economías con las que nos asociamos en el TLC nos vuelven a la paradoja de fines del siglo XIX: para competir exitosamente en el mercado mundial debemos bajar el costo de nuestras mercancías, pero como no tenemos tecnología de punta, incrementamos nuestra competitividad reduciendo el costo de la fuerza de trabajo, reduciendo los salarios, lo que estrecha nuestro mercado interno.

Si queremos incrementar la productividad con tecnología tenemos que importarla y ello genera déficit en la balanza de pagos y un aumento de la deuda pública. Así, pareciera que estamos en un callejón sin salida si no se establece una estrategia alternativa de mediano plazo, que recoloque en el centro la mejoría de las condiciones de vida de la población y otorgue mayor importancia al mercado interno.

El otro proceso de larga duración que destaca James es la ausencia de democracia plena. Nuestra historia ha estado caracterizada por gobiernos centralistas, autoritarios o dictaduras: el Estado colonial, el porfiriato, la era del PRI. Debido a la falta de ejercicio de un Estado de derecho, el fenómeno del autoritarismo se ha unido a la desigualdad social, de forma que el ascenso social o movilidad social está ligado y condicionado a relaciones de compadrazgo, patrimoniales, clientelares, al soborno, la corrupción, al “quedar bien con el de arriba”.

Para entender a plenitud estas tendencias de larga duración resulta recomendable la lectura del libro de James, quien ve en la rebeldía de los sujetos sociales, en la resistencia a entrar a ese mundo de simulación y corrupción, la esperanza de un México mejor, en donde los sujetos antes excluidos no renuncian a su dignidad y tocan a las puertas para reencontrase con la historia.

*Teresa Aguirre es investigadora de la UNAM. Ponencia leída con motivo de la presentación del libro de James Cockroft La esperanza de México. Un encuentro con la política y la historia. Ed. Siglo XXI editores, México, 2001; que organizó esta editorial el 26 de abril del 2001, en su auditorio Arnaldo Orfila Reynal, en el cual también estuvieron presentes: Enrique Semo, Alejandro Alvarez y Rosario Ibarra de Piedra.

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  • Dirección: Nellys Palomo Sánchez (hasta el número 35 en noviembre de 2001) José Martínez Cruz (a partir del número 36)

    Coordinación: José Martínez Cruz.

    Edición: Ana María Hernández.

    Colaboradores: Edgard Sánchez; Claudia Cruz; Josefina Chávez.

    Traducción de textos: Alberto Nadal.

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