No 31
(mayo del 2001)

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CORREO DE PRENSA INTERNACIONAL

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Uruguay

De la “contra-sociedad” a la “reformulación ideológica”

Mario Pieri

En el próximo mes de septiembre, el Frente Amplio realizará su Congreso. Las fuerzas mayoritarias —encabezadas por su presidente Tabaré Vázquez— han lanzado una ofensiva para redefinir el programa y la estrategia frentista de cara a las elecciones del 2004. El resultado del debate es incierto, aunque la hegemonía de la izquierda “moderada” es indiscutible: sobre todo, por la fragmentación de lo que años atrás era un campo radical con capacidad de disputar las relaciones de fuerzas, tanto en el cuadro de la unidad de la izquierda, como en los movimientos sociales.

El Frente Amplio (FA) ha cam- biado. No sólo porque la política de alianzas lo mimetiza al centro-izquierda de su propia invención (Encuentro Progresista). 2 Se trata de un cambio que ubica la disputa con la derecha bajo otras claves: la lucha de masas subordinada a la opción electoral. Mientras tanto, sus Comités de Base han venido cediendo espacio a una política de opinión pública y de participación militante controlada. Sin embargo, no ha dejado de ser, a los ojos de la clase dominante, el convidado de piedra en el sistema. Y en la percepción popular, la única esperanza. La última campaña electoral volvió a evidenciarlo, no sólo por la virulencia de la derecha, sino por un cada vez más convencido apoyo al Frente, tanto a nivel de la capital como nacional.

La “admirable alarma de 1971” Frente Amplio no aparece hoy, en el imaginario colectivo, como aquella “contra-sociedad” que describía notablemente el historiador y sociólogo Carlos Real de Azua:

No es aventurado caracterizar dialécticamente al “Frente Amplio” de fuerzas opositoras formado a fines de 1970 como una síntesis (...) Y, en verdad, que para quien se halle en condiciones de percibir como sectores sociales enteros y capas de la generación juvenil han hecho suyo el proyecto del Frente, se le hace imposible categorizarlo como una opción partidaria entre otras, a elegir o desechar. Desde ese ángulo de visión, inversamente, no tendrá otra alternativa que concebirlo cómo la expresión más abarcadora a todos los niveles de la actividad colectiva práctica de una radicalización de sectores sociales, el resultado del fenómeno de que esos sectores, en una alienación definitiva al sistema han llegado a conformar una verdadera contra-sociedad.3

Su política actual apunta a la oposición institucional y preparar desde ya la disputa electoral del 2004. En este contexto, la estrategia del campo mayoritario integra elementos de oposición y colaboración, de confrontación y diálogo. Es decir, la política de la izquierda reformista se mueve en una zona resbaladiza, donde convergen las colaboraciones y los diálogos con el gobierno, el enfrentamiento al “neoliberalismo económico”, y el apoyo decidido, vacilante u opuesto —según sople el viento de la lucha de clases— a las iniciativas populares.

Ese rol contradictorio que juega el FA en términos de las dinámicas y las acumulaciones sociales, cuando no de freno directo, lleva a percepciones más o menos parecidas en militantes que no coinciden en una política común en el FA, como por ejemplo del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN) y de la Corriente de Izquierda (CI):4

Es la existencia del Frente Amplio, que actúa políticamente como un elemento encauzador, amansador, creando una especie de utopía sine die que en alguna medida actúa con un efecto amortiguador en lo social, no porque se lo proponga, sino por su propia estatura. Es paradójico que allí donde no existe un futuro político avizorable haya un mayor florecimiento de movimientos sociales.5 Es un modo de hacer política que en cierta medida sustituye al batllismo, en el papel que éste tuvo en la mediación social, en la amortiguación de la lucha de clases, colocándose como un colchón en todo tipo de conflictividad.6

No es solamente el rol amortiguador del reformismo, ni de su papel de “bombero de la conflictividad social”, ni de su compromiso con la institucionalidad, ni siquiera del horizonte 2004. Sino de los alcances políticos y programáticos que tienen las contradicciones concretas. Por un lado, aumentan las presiones para la adaptación a la institucionalidad burguesa (“razones de Estado” y “cultura de gobierno”). Por otro, el carácter altamente excluyente del “modelo neoliberal” que promueve resistencias y radicalizaciones sociales, nuevas configuraciones de clase y amplios escenarios de reconstrucción de un programa alternativo, es decir, de posibilidades de una confrontación más dura y antagonista. De poco vale insistir con otras categorías: ¿“tercera vía”, “socialdemocratización”, “nuevo centro”, “socialiberalismo”, un “batllismo” de nuevo cuño? El reformismo frentista de hoy, implica, no solo aceptar la lógica de las instituciones político-estatales como frontera, también, el paradigma de sociedad dominante: desde las relaciones socio-económicas de mercado, hasta las culturales, familiares, de género, etc. Sin embargo, este reformismo está limitado y acotado no solamente por la brutalidad de la crisis, sino por la rejerarquización de una mundialización capitalista.

En efecto, se trata de un reformismo débil, periférico, permeado por los efectos desvastadores de las contrarreformas liberales, y en un cuadro de resistencias e interpelaciones permanentes del movimiento de masas. De allí que ese reformismo institucional, se vea obligado —según el grado de presión y radicalización popular— a tener en ciertos momentos una propuesta de reformismo social, incluso, a lanzar un discurso —y hasta medidas— en una dirección antineoliberal o de “negación del programa neoliberal”. Pero, los espacios para parecerse y diferenciarse de la lógica neoliberal, se reducen en el cuadro de la dependencia y el subdesarrollo.

Hasta ahora, y con todas sus idas y venidas, la acción del FA ha confirmado que ha sido, junto a las luchas de los movimientos sociales, uno de los pilares centrales del freno al neoliberalismo en nuestro país. Lo que está en juego en su próximo Congreso es algo más. No sólo el continuar siendo un poderoso obstáculo que frene el avance privatizador que en otros países la izquierda no ha logrado, sino el de impedir que la estrategia mayoritaria termine en un reformismo sin “reformas estructurales”.

Los efectos de la derrota electoral de 1999

Un triunfo del FA habría tenido una enorme significación no sólo por la disputa con la derecha por la conducción del país lo que ya es en si muy importante. El crecimiento electoral del FA fue resultado de la afluencia de amplios sectores de masas que abandonaron los partidos burgueses y que han producido su consecuente debilitamiento. Pero esta afluencia no implicaba que hubiésemos pasado a una situación de radicalización de las masas, era un primer estadio hacia la izquierda que pudo desarrollarse pero que la derrota interrumpió. Entre octubre y noviembre de 1999 (entre la primera y segunda vuelta electoral) se presentaron en el país las condiciones para iniciar una ruptura con el “programa neoliberal” y la posibilidad histórica de abrir un escenario de disputa política, social e institucional por la correlación de fuerzas en términos estratégicos y, por lo tanto, de poner al rojo esa disputa por la conducción política de la Nación, abierta con el surgimiento del Frente Amplio en 1971. No hubiera sido una situación análoga a la experiencia chilena de la Unidad Popular, pero sí muy similar a la de haberse dado una victoria del Partido de los Trabajadores en Brasil.

La derrota de noviembre de 1999, modificó el escenario y tuvo sus efectos tanto para las corrientes mayoritarias del FA como para las minoritarias.El impacto de la derrota abrió un período de realineamientos y de disputa de rumbos en la estrategia de la izquierda en un nuevo cuadro político caracterizado por la instalación de un gobierno de coalición entre los dos partidos burgueses. El FA se convirtió en la primera fuerza política del país y volvió a ganar la Intendencia de Montevideo con más del 60% de los votos, pero esto no ha hecho más que profundizar sus dilemas políticos, y la distancia que existe entre ser “real opción de gobierno” y un programa de radicalización democrática en un cuadro de “reformas estructurales”, que sólo pueden intentarse a partir de una dinámica de transición anticapitalista.

¿Qué hubiera pasado si el FA hubiera triunfado? Respuesta para adivinos. Sólo tendríamos que decir, que ese giro hacia la izquierda del movimiento popular, hubiera encontrado —al interior del FA— a una parte de la corriente radical (la CI)7 excluida de los ámbitos institucionales, con su “legitimidad” erosionada y con enormes dificultades para actuar como articuladora de unas luchas sociales, donde la contradicción entre defender al gobierno de la izquierda y la de sus intereses de clase, se hubieran multiplicado. Y en un escenario, donde la disputa por el rumbo y la conducción política con las corrientes mayoritarias, se complicaba, sobre todo a partir de que el MLN-tupamaros venía de modificar su política de alianzas e iniciaba un curso de incorporación pragmática a la estrategia política de las corrientes mayoritarias en el Frente Amplio.

La disputa entre reformistas y radicales se hace, pues, en otro contexto, donde la relación de fuerzas es más favorable al campo mayoritario que en los años 1989-1995, donde el Movimiento de Participación Popular (MPP)8 tenía una capacidad de polarización y de presentarse como alternativa al reformismo. Si bien hubo otros intentos de “renovación” en los años anteriores encabezados por diversos sectores del FA, no había una relación de fuerzas internas que habilitara este proceso como la hay ahora.

Es la primera vez que la “renovación” se impulsa desde la fuerza mayoritaria del FA; los intentos anteriores se hacían desde sectores que eran fuertes en términos electorales pero con poca capacidad de enmarcar orgánicamente un proceso de este tipo. Ahora es el Partido Socialista —y Tabaré Vázquez— quien viene hegemonizando el campo reformista, y le cierra el camino a otras fuerzas más moderadas que se habían embanderado con esta política (Asamblea Uruguay, Vertiente Artiguista).

Sin duda que la actual política de Mariano Arana en el gobierno de la alcaldía (Intendencia) Municipal de Montevideo expresa ese cambio del FA, incluso respecto al período 1989-1994 (gobierno de Tabaré Vázquez).9 Aunque existe un grado de autonomía relativa del gobierno municipal de Montevideo (donde predominan la política y los cuadros de la Vertiente Artiguista), los gobiernos de Arana se alimentan de una estrategia donde una visión administrativa de la “descentralización” confirma, tanto la ausencia de una concepción de acumulación, auto-organización y de construcción de espacios de resistencia y movilización, como la ausencia del “efecto demostración” que tiene la construcción simultánea de “gobierno y movimiento popular” y de “experiencia participativa a contra-mano del proyecto neoliberal”.10

En efecto, el conflicto con el sindicato de trabajadores municipales, no sólo puso en el tapete la opción del gobierno municipal frentista por tomar el camino de la austeridad salarial, la racionalización de un servicio público y el recorte de derechos y conquistas sindicales. También colocó, abiertamente, la visión que la izquierda reformista tiene en torno a cuestiones estratégicas como: democratizar las relaciones laborales; tiempos de trabajo; naturaleza de un servicio público (“no capitalista”); y sobre los conceptos de “productividad”, “eficiencia” y “rentabilidad”. Porque ese era y es el debate de fondo planteado y sobre el cual la Corriente de Izquierda, por ejemplo, poco o nada dijo.

De todas maneras y más allá de los errores tácticos del sindicato —y de algunas pifias sectarias— éste conflicto hay que asociarlo, definitivamente, a dos cuestiones fundamentales que recorren al FA: la hegemonía de un reformismo institucional, y el debilitamiento y fragmentación de un campo de izquierda radical, respecto al que existió en los años 1989-1995. En este cuadro, la construcción de un bloque político de oposición y perspectiva radical y anticapitalista, como traducción de la resistencia social antineoliberal, y que a la vez sea propositivo en términos de proyecto alternativo, choca con un horizonte cargado de tensiones que se presentan entre una estrategia de confrontación y otra de adaptación institucional, donde la “dimensión democrática” se percibe como único horizonte posible.

Disputar la estrategia, reorganizando un campo de izquierda

Les asiste alguna razón a los que afirman que el Frente es una especie de izquierda con dos cabezas que coexisten, aunque sea una descripción simplista presentar el escenario como una que se juega por “cambiar realmente a la sociedad”, y otra, que apuesta a la “utopía” de la revolución.

En realidad, mejor sería hablar de una que adoptó como horizonte el camino “de la reforma de la sociedad” y el cambio vía electoral, y otra para la cuál, cada batalla popular y momento de conflictividad social exacerbada, es un peldaño más de acumulación. Una que se juega por asegurar la “gobernabilidad democrática” y “el cambio posible”. Otra que reivindica el derecho a la desobediencia, la alteración del orden y que no tiene como frontera la democracia liberal de mercado, ni acepta los “paradigmas económicos sociales dominantes que acrecientan la brecha entre pobreza y opulencia, la decadencia moral, la manipulación de los medios, la marginación, la demagogia, el consumismo y la charlatanería”.11 ¿En qué consiste esta estrategia de la mayoría del FA? El documento último de la Vertiente Artiguista la expone claramente:

‘Prepararse para gobernar' constituye un eje estratégico, no sólo por la obvia necesidad de estar adecuadamente pertrechados para afrontar esa labor en el momento en que la ciudadanía así lo determine. También supone desarrollar unapolítica capaz de captar en mayor grado la confianza de la gente, aventar ‘fantasmas' y elaborar una propuesta alternativa que, contemplando real y efectivamente los intereses de las mayorías nacionales, resulte viable y creíble como modelo nuevo de país y de sociedad. 12

Tabaré Vázquez y la mayoría frentista (Partido Comunista, Asamblea Uruguay, Vertiente Artiguista) han planteado repetidas veces la idea de una “oposición constructiva y con aportes alternativos”, con el convencimiento de que no se puede cambiar el país si no se conquista el gobierno nacional. En esta perspectiva está ubicada la necesidad de ganar el centro del espectro político, con unadeterminada actualización programática e ideológica y una determinada política de alianzas.13 Es decir “flexibilidad para acordar y también para ‘chocar' con el gobierno del Presidente Batlle”.14 En ese sentido apunta el Partido Socialista:

En la visión de los socialistas lo estratégicamente prioritario es la presentación de alternativas a este modelo por vía del mecanismo de iniciativa popular, un conjunto de propuestas por la positiva capaz de cambiar pronto esta realidad y de concitar la expresión de un amplio arco de alianzas sociales. Pero esaestrategia no es contradictoria con la voluntad de acompañar las alternativas que la ciudadanía presenta, como es el caso de este referéndum.15

El enorme peso institucional obtenido luego de las elecciones nacionales ha sido la plataforma de lanzamiento de esta estrategia. El 40% de la bancada parlamentaria (tanto en la cámara de senadores como en la cámara de diputados) han convertido al FA en la primera fuerza política del país. Desde el inicio y a partir de los anuncios del gobierno de coalición neoliberal, el FA se posicionó como la oposición con una crítica muy dura acerca de los planes del futuro gobierno. Pero en todo momento apostó al diálogo y a la negociación parlamentaria como forma de hacer pesar institucionalmente el respaldo obtenido en las urnas evitando en todo momento generar una dinámica de movilización de masas.

A esta estrategia contribuyó sin duda un cambio de política del nuevo presidente de la República, Jorge Batlle, respecto a la izquierda, inició una política de diálogo tanto con el PIT-CNT16 como con el propio FA en la persona de Vázquez, y el reconocimiento de la cuestión de los desaparecidos con la creación de la Comisión para la Paz en el contexto de la aparición de la nieta del poeta Juan Gelman.

La poca receptividad del gobierno al “Plan de Emergencia”, la “Agenda Social de Emergencia”, las “Propuestas Progresistas para la Reactivación Económica”, las iniciativas presentadas en el marco de la discusión de la primera “Ley de Urgente Consideración” (paquete de ajuste fiscal), del Presupuesto Nacional y de la segunda “Ley de Urgente Consideración”, junto a la exclusión de la izquierda de los organismos de contralor estatal y de los directorios de las empresas públicas, fueron evidenciando la ineficacia y la debilidad de esta estrategia reformista, que no logró ningún resultado tangible para las demandas y necesidades populares. Es decir una estrategia con enormes problemas de legitimación frente al conjunto de los explotados y oprimidos y a aquellos sectores afectados por el proyecto neoliberal. El punto más alto de esta situación de impotencia política fue el retiro de sala de todos los legisladores del FA el día que finalmente se votó el Presupuesto Nacional, un hecho casi sin precedentes en la historia del FA. Una explicación la coloca el dirigente de la CI, Helios Sarthou:

Allí está el Parlamento, bloqueado para la izquierda por el régimen del ‘balotaje' permanente de la coalición, y por la presión de los grupos económicos patronales, mientras que en diez años, no se habilitó casi ningún proyecto social presentado por la izquierda.17

Recomponer un campo de izquierda

La estrategia mayoritaria se ha venido afianzando en los últimos años. Por las presiones adaptacionistas que inflige la institucionalidad es verdad. Por el abandono de cualquier perspectiva de transformación revolucionaria, cierto. Pero, también, porque el campo de izquierda en el Frente, no tiene la unidad política de tiempo atrás.

Ese campo tuvo la capacidad de polarizar, de proponer, de expresar políticamente (e institucionalmente) las demandas de las luchas sociales. De discutir y movilizar contra el MERCOSUR y la deuda externa, contra la Reforma Constitucional de 1996 (qué instauró el sistema electoral de doble vuelta). De organizar luchas y de jugarse la vida en la calle, como cuando en agosto de 1994, se movilizó contra la extradición de militantes vascos. Era una opción y una referencia ineludible. Fue un factor decisivo para el discurso y la campaña de izquierda de Tabaré Vázquez en las elecciones de 1994.

Ese campo de izquierda necesita ser reorganizado, tanto para la disputa de la relación de fuerzas con el reformismo, como para la reconstitución de un bloque político-social articulador de las resistencias. El curso de adaptación institucional y de “realismo anti-utópico” de una corriente revolucionaria como el MLN no puede banalizarse, tampoco tomarse como asunto laudado.18 Es más, pensar en una disputa con el reformismo sin contar con un giro radical de los tupamaros, sería equivocado.

La campaña por un nuevo Referéndum (contra la privatización de la empresa de telecomunicaciones, ANTEL) y la “Ley de Iniciativa Popular” (legislación popular directa, presentada por la Corriente de Izquierda y votada por unanimidad en el Frente), pueden permitir una acción conjunta, propositiva, entre la Corriente de Izquierda, el MLN-Tupamaros, el Partido Comunista, el Partido por la Victoria del Pueblo y el 26 de Marzo.

La mayoría frentista se mueve con cierta comodidad. Hoy puede sacar una declaración sobre la responsabilidad de la política neoliberal del gobierno en la crisis actual, y mañana reunirse en el Centro de Estudios Estratégicos 1815 (fundado por el expresidente del Frente Amplio, general (r) Liber Seregni) para elaborar propuestas comunes con los partidos burgueses sobre la (contra) reforma del Estado, lanzar una campaña para interponer un recurso de Referéndum (como en el caso de Antel) y al mismo tiempo negociar el tema con la derecha, y luego volver a posicionarse a favor del Referéndum. Esto lo puede hacer por la inexistencia de una estrategia alternativa con implantación de masas a su interior que acumule los “giros” a la izquierda y ponga límites a los coqueteos con el gobierno. La estrategia radical se reduce, por ahora, a una resistencia táctica, que no es menor pero que no alcanza para establecer una disputa política respecto a la conducción mayoritaria en el FA.

Es que la CI no se ha sacudido del todo aún los efectos de la derrota electoral. Pues para algunos de sus integrantes (aunque no lo dijeran abiertamente) el resultado electoral, definía su perspectiva. Un resultado positivo (el mantenimiento del compañero Helios Sarthou en el parlamento) habilitaba la profundización del proyecto. Un resultado adverso se interpretaba como la pérdida de vigencia de un proyecto común de la izquierda radical. Es decir, una visión absolutamente tacticista carente de toda perspectiva de mediano plazo de construcción unitaria y plural de una izquierda radical.

En tal sentido, es imprescindible que la CI se posicione en forma permanente respecto a los problemas fundamentales: el bloqueo al ALCA, el no pago de la deuda externa, la crisis económica, social y ecológica (contaminación de plomo en barrios de Montevideo) la crisis de la producción agropecuaria. Disputar las relaciones de fuerzas en el FA y en el debate contra la “reformulación ideológica” , tanto como batallar por una forma diferente de combatir la política neoliberal del gobierno de coalición, exige reforzar las propuestas que rompan con la lógica negociadora: la “Ley de Iniciativa Popular” es el mejor ejemplo. Al mismo tiempo, plantea la necesidad de preparase para las elecciones internas de octubre, donde se renuevan las representaciones en la Mesa Política (dirección nacional) del Frente Amplio. Porque, en resumen, la calidad política de una izquierda radical, también se mide por su capacidad de re-legitimarse permanentemente y de ganar aliados a sus posiciones.

 

Notas

  1. Militante de la Corriente de Izquierda. Integra la Comisión de Programa del Frente Amplio.

  2. Encuentro Progresista; es la fórmula bajo la cual el FA se presenta en las elecciones. Además del Frente, lo integran el Partido Demócrata Cristiano, y algunos pequeños núcleos desprendidos de los partidos burgueses tradicionales (Nacional y Colorado). En la elecciones de 1999, el Encuentro Progresista se convirtió en la primera fuerza política del país e incluso ganó la primera vuelta. Ver: Ernesto Herrera. “Una formidable victoria popular”. En Desde los Cuatro Puntos No 19. México, 1999.

  3. Carlos Real de Azúa. Partidos, Política y Poder en el Uruguay. Facultad de Humanidades y Ciencias. Montevideo, 1988.

  4. Corriente de Izquierda: reagrupamiento de la izquierda radical, integrado por MPP-Fundacional, Tendencia Marxista, Partido Socialista de los Trabajadores (sección de la IV Internacional) y militantes independientes.

  5. José Mujica. “Por un cambio civilizatorio”. En Semanario Brecha. Montevideo, 29-12-00.

  6. Jorge Zabalza. “El Frente Amplio es un amortiguador de la lucha de clases, un colchón contra la conflictividad”. En Semanario Trato hecho. Montevideo 10-11-00.

  7. La CI perdió su representación parlamentaria, y apenas obtuvo 16 mil votos, lo que significó, sin lugar a dudas, una derrota.

  8. Constituido en 1989, fue el intento más avanzado de “unidad de los revolucionarios”. Estuvo conformado por el MLN-Tupamaros, el Partido Socialista de los Trabajadores, el Partido por la Victoria del Pueblo, el Movimiento Revolucionario Oriental, y militantes independientes. Llegó a tener un senador, dos diputados, un consejal municipal en Montevideo y más de 50 mil votos. Su ruptura se procesó entre 1996-1998.

  9. El FA gobierna la capital del país desde 1989

  10. Raúl Pont, exalcale de Porto Alegre.

 

 

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  • Dirección: Nellys Palomo Sánchez (hasta el número 35 en noviembre de 2001) José Martínez Cruz (a partir del número 36)

    Coordinación: José Martínez Cruz.

    Edición: Ana María Hernández.

    Colaboradores: Edgard Sánchez; Claudia Cruz; Josefina Chávez.

    Traducción de textos: Alberto Nadal.

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