No. 31
(julio de 2011)

 

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La verdad sobre nuestra muerte o la fosa de las contradicciones

Anaïs Abreu D’Argence

The unmentionable odour of death
Offends the September night.
 W.H. Auden.

nadie dice la cifra exacta de aquellos
que no resisten las escarchadas balas del frío
y yo a pesar de esta lejanía abismal a las matemáticas
necesito una cifra:
un número exacto de cuántos son los agarrotados estómagos
cuántas las gargantas secas
cuántos los esqueletos
pregunto mientras miro el cristal impoluto de la muerte
y observo que todos somos
la misma especie
orgánica y espiritualmente hablando
pertenecemos al mismo espacio:
la tortura
***
las manos del verdugo son pequeñas
y son por terrible que resulte similares a las mías
cinco dedos y el índice apuntando como si la mano fuera
un arma de fuego o una decisión última tomada al azar
así como nosotros fuimos elegidos entre otros
como un albur para el caviar y los tomates deshidratados
***
la nota roja es un aviso de motel encendida por las noches
mientras el toque de queda se vuelve un silencio
atroz y las prostitutas siguen saliendo para ser violadas
(es también atroz)
en tlalpan y en los pueblos más remotos
la tierra no es de quien la trabaja
la tierra es de quien la roba:
***
y el sol con sus muchos dedos encendidos
tapa el sentido de las cosas que debieran estar en su lugar
¿un poste es un poste o es un refugio para el loco?
porque entiendo bien que la esquina no es una simple esquina
que es ahí donde un perro se orina en el asfalto
y el loco olfatea ahí el ausente pan de cada día
***
debemos guardar silencio:
las palabras son un tesoro guardado bajo llave
así nos arrebatan el alma pero la palabra nunca
nunca esa última palabra que lo dice todo
que se escuche la risa final porque dicen que siempre es la mejor
la maldita risa que ríe desde arriba
porque yo que muy poco entiendo
veo a un hombre solo en la punta de la montaña
y al resto aquí abajo con la frente desnuda esperando la bala
 no le demos la espalda
no nos demos la vuelta
porque el verdugo prefiere así la muerte:
sin ningún gesto

***
todos somos los mismos
pertenecemos al mismo espacio:
la tortura
el estanque está sucio y no hay agua que caiga
para limpiar la sangre recién fundida
el obrero trabaja puliendo la muerte
el soldado trabaja puliendo la muerte
no hay nada que apague el fuego
no hay agua que caiga
no hay agua
no hay agua y la sed es colectiva:
porque no estamos solos lo que estamos es muertos
 
***
nunca he conocido el mar como lo conocen
los que nunca han ido
tampoco conozco el hambre como aquel que no tiene
ni siquiera migajas
pero conozco la bandera de tres colores:
la sangre la muerte y el pasto de la sepultura
sin embargo yo que poco entiendo digo:
si la niña no sabe sumar yo tampoco
si la niña no come
si la niña no tiene abrigo
si la niña no tiene zapatos yo tampoco
todos somos los mismos
la misma especie
orgánica y espiritualmente hablando
pertenecemos al mismo espacio:
la tortura

***
si el peor ciego es el que elige no mirar
andamos por un camino a oscuras
con la botella de anís bajo el brazo
todo es robado
nada es nuestro dicen que ni el cuerpo
que todo fue prestado
que nada es nuestro
pero cuánta sed y no hay agua que nos caiga
desde arriba

***
contar a los muertos
¿para qué quiero contar a los muertos?
de qué sirven las cifras de todos los que murieron en nombre de dios
pero quién es dios
¿ese hombre de corbata dando una noticia es dios?
o ese hombre que señala con el dedo desde arriba al azar
¿ese es dios?
el hombre con la pistola cargada apuntando
¿ese es dios?
¿o dios es acaso el perro que se orina en la esquina?
pero yo que nada entiendo
y nada hago
yo que no existo
ni tengo voz
ni cuerpo
yo que estoy muerta me pregunto todos los días:
qué puedo hacer.


Z

Rocío Duque*

Acabo de ver  Z, el film de Costa-Gavras de 1969, sobre el complot —aquí ficcionalizado— para asesinar al político de izquierda y pacifista Grigoris Lambrakis —en la película interpretado por Yves Montand— y el subsecuente golpe militar en Grecia (1967).

No sé hace cuántos años vi por primera vez  Z , quizás tendría unos 20 años y eso quiere decir que posiblemente vi una película diferente; yo también era otra, el mundo era otro.

Ahora, en esta visita nueva, vi cosas que la memoria no registró entonces con la misma fuerza, una ellas, las sutiles pero constantes referencia a la situación de las mujeres, sombras silenciosas y constantes. Las presencias “laterales”, como la secretaria sirviendo jugo a los generales y políticos; el hecho de que entre los antecedentes del asesino está el de violación, la referencia al final de la película de la manera como la junta prohibió, entre otras muchas cosas, el uso de la minifalda. Pero las minfalderas están presentes todo el tiempo en las manifestaciones reprimidas, etc.

Por cierto, Irene Papas en el papel de la viuda, representa uno de los más silenciosos papeles de su vida artística (luciendo el segundo más horrible peinado en la historia del cine; sólo superado por el de Javier Bardem en  No Country For Old Man.

A poco más de 40 años la corrupción, la impunidad y la brutalidad siguen siendo familiares y cotidianas, pero Costa-Gavras las trata en su película con un ácido humor, casi gran guiñolesco, con sus militares ridículos, sus matones patéticos y su sistema de justicia que es una parodia. Y me trajeron a la memoria una película mucho más reciente:  Presunto culpable  que —toda proporción guardado con la película— símbolo-ícono de Costa Gavras —podría ser una comedia si no fuera porque es una tragedia, sí de proporciones griegas. 

Y apenas ayer leía sobre otros  Z, los que asolan ahora mi país. Originalmente los llamados  Z, provenían de las propias filas del ejército mexicano (no sorpresa), del  Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales (GAFE), creado durante la administración de Ernesto Zedillo para ... ¡Ah, sí! luchar contra el narcotráfico. Fueron entrenados en Fort Benning, en Estados Unidos, donde seguramente aprendieron algo más que inglés. Luego reclutaron a miembros de otra tropa de elite, los kaibiles guatemaltecos. Ahora, entre otras muchas atrocidades, también se dedican a matar guatemaltecos o, para el caso, lo que se les ponga enfrente.

En el libro de Anabel Hernández,  Los señores del narco , cuenta que Heriberto Lazcano, el fundador de los  Z 's, dice que el nombre de la organización es tal “…porque después de la z no hay nada…”

Paradójicamente la  Z , la otra, la de Costa-Gavras , “Z” , la que pintaban los activistas en las calles de la Grecia a punto de ser tomada por los generales, es el griego para “Vive”…

* Artista plástica, feminista, escritora, investigadora, amante de los libros, editora y blogmaster de Cuadernos Feministas.

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Directora:
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Edición:
Ana María Hernández.

Comité Editorial:
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