No. 24
(octubre-diciembre
de 2003)

 

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Reestructuración productiva y transformaciones en el trabajo

¿En dónde y cómo se insertan las mujeres?

Mercedes Zúñiga Elizalde*

En las últimas tres décadas México ha sido testigo de profundas transformaciones en el trabajo y en la producción. Una de ellas ha sido la creciente participación de las mujeres en actividades económicas. La feminización del trabajo, como algunas autoras suelen llamarle a este fenómeno, parece constituir una tendencia clara y persistente a nivel mundial.

Pero, ¿acaso estos cambios constituyen verdaderas rupturas de las relaciones que generan las desigualdades de género? La progresiva incursión de las mujeres en el mercado de trabajo, y su incorporación en nuevas ocupaciones laborales, no ha eliminado las múltiples desigualdades entre hombres y mujeres; por el contrario, se observa un recrudecimiento de éstas y un deterioro creciente de sus condiciones de trabajo (Maruani, 2000 y 2000b; OIT, 1999 y 2003).

Si bien la reestructuración productiva y de la organización del trabajo han tenido efectos fundamentales sobre la estabilidad en el empleo, las formas de remuneración, la duración de la jornada laboral y los contratos de trabajo de las y los trabajadores en general, estos cambio afectan de manera muy diferente a hombres y mujeres. La precariedad en estos momentos parece constituir la característica más relevante del trabajo femenino, tanto por el deterioro en la calidad de los empleos que ocupa, como por su participación creciente en actividades informales.

La discriminación y segregación laboral de las mujeres, tanto horizontal como vertical, permanece inalterable. La reestructuración productiva incorpora cada día más mujeres, en efecto, pero la división sexual del trabajo apenas sí mueve sus fronteras, sin que las haga desaparecer.

Los procesos de reestructuración fraccionan la estructura productiva y la organizan de otra manera, creando, a la vez, sectores modernos y sectores precarios. Los primeros son los que se encuentran insertos en la economía global, pero cargan tras de sí una larga cadena de subcontratación que desemboca en el trabajo a domicilio. Estos procesos favorecen la segmentación de la fuerza de trabajo, pues provocan, al mismo tiempo, expulsión e inclusión en el mercado laboral, pero de acuerdo a supuestas características subjetivas de la mano de obra. Una de ellas es la de género, la cual fracciona el mercado laboral en trabajos de hombres y trabajos de mujeres (Abramo, 1997).

De esta forma la flexibilidad del trabajo se manifiesta como un fenómeno sexuado, confrontando permanentemente a las trabajadoras entre las lógicas del mercado de trabajo y las de sus responsabilidades familiares, entre las exigencias que demanda el lugar de trabajo y las que se espera que cumpla en la esfera doméstica. La carga de esta última representa, de manera cada vez más clara, un obstáculo fundamental para su inserción y desarrollo en el mundo laboral (Walby, 2000).

El incremento de la participación femenina, que pese a todo se sigue dando, y el crecimiento de hogares dirigidos por mujeres, no han impedido que la norma del “cabeza de familia masculino” siga rigiendo las políticas de contratación de los empleadores y las formas de organizar la fuerza de trabajo y la capacitación (Fagan, O'Reilly y Rubery, 2000; Silvera, 2000). Justamente en las desigualdades entre los sexos se apoyan las políticas de desregulación laboral, en el contexto de la carrera por la competitividad a nivel mundial.

En efecto, la flexibilidad del trabajo pone en entredicho la legislación laboral existente: se cambia la duración de la jornada, se transforman los horarios de trabajo, los salarios dejan de ser fijos y las prestaciones y la seguridad social se limitan hasta casi desaparecer. En nombre de la flexibilidad se establecen múltiples formas de trabajo, situadas, como dice Meulders, “en la frontera entre la inactividad y el empleo: empleos de corta duración y muy inestables, que a menudo no permiten vivir con su remuneración y en este sentido están más próximos a la inactividad que al empleo” (2000:345-346).

Esta flexibilidad, que distintos autores llaman “primitiva”, no sólo genera sectores modernos y exportadores, sino provoca el crecimiento de ocupaciones no reguladas ni protegidas. De esta forma, lo que antaño se consideraban “buenos trabajos”, hoy se convierten en “malos trabajos”, desarrollándose al mismo tiempo empleos que “nacen y perduran como malos, sin protección y sin la posibilidad de organización sindical o de defensa colectiva” (Kruse, 2001:209).

Así pues, en lo que concierne a las actividades económicas, hombres y mujeres han avanzado de manera diferente. El núcleo duro de la discriminación y la segregación laboral hacia las mujeres sigue estando principalmente en el acceso a la capacitación y a la promoción a puestos mejor remunerados o de mayor jerarquía, sin descontar el veto que aún existe, directo o indirecto, para acceder a determinados empleos.

Las mujeres son excluidas o disuadidas de aspirar a determinadas ocupaciones o puestos de trabajo, y esto se observa particularmente al interior de las empresas en donde laboran hombres y mujeres. En algunos casos, la segregación horizontal disminuye; esto es, las mujeres acceden a ocupaciones, sectores o ramas de actividad anteriormente de predominio masculino, pero en operaciones manuales, de bajo nivel jerárquico y con menores sueldos. Es precisamente este problema lo que posibilita que la segregación vertical no sólo no disminuya, sino que se recrudezca (Abramo, 1997).

¿En dónde, entonces, se están ocupando las mujeres hoy en día? ¿en qué actividades? ¿cuáles son sus ocupaciones, sus condiciones de trabajo, sus salarios, sus prestaciones?

Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en un análisis sobre América Latina, México incluido, las mujeres siguen ubicadas en actividades administrativas y de gestión, comercio minorista y en los servicios de restaurantes y hoteles, servicios colectivos de la comunidad, sociales y personales tradicionalmente asociados a sus funciones de género, el servicio doméstico, los servicios de salud y educación y sociales. Los lugares de más difícil acceso serían aquellos en donde se toman decisiones; esto es, los mandos medios o puestos directivos. Esta escasa participación de las mujeres en instancias de toma de decisiones se manifiesta tanto en los organismos de empleadores como en los sindicales (OIT, 2003).

En otro estudio en la región, la OIT señala que en 1998 más de la mitad (52%) del total del empleo femenino se concentraba en el sector servicios comunales y sociales y personales, y casi un tercio (27.2%) en el comercio. De manera general, el 85.6% de la población económicamente activa femenina se ubicaría en el sector terciario. En este sector se estarían creando el 97% de los nuevos puesto de trabajo de las mujeres (OIT, 1999).

Para el caso exclusivo de México, según la Encuesta Nacional de Empleo 2001, las principales ocupaciones de la mujeres son las siguientes: comerciantes, vendedoras y dependientas 19.9%; artesanas y obreras 15.6%; oficinistas 13.4%; trabajadoras domésticas 11.1%; empleadas en servicios 8.6%. Respecto a las ocupaciones principales de los varones, los agricultores constituyen el 23.2%; artesanos y obreros 20.5%; comerciantes, vendedores y dependientes 9.5%; ayudantes de obreros 8.1% y operadores de transporte 6.5%. En cuanto a la posición en el trabajo, destaca que las trabajadoras sin pago representa el 12.5% de la población económicamente activa femenina (INEGI-STPS).

Uno de los efectos más dramáticos de la reestructuración productiva ha sido precisamente la incorporación de un gran número de mujeres en actividades de sobrevivencia, como el comercio en la vía pública, por cuenta propia, en empresas familiares sin remuneración, trabajo a domicilio y doméstico y una amplia gama de ocupaciones atípicas.

El rasgo distintivo del conjunto de estos datos, es la sobre representación de las mujeres en las ocupaciones informales y en empleos de baja calidad. En este contexto, la situación de las trabajadoras del servicio doméstico alcanza niveles preocupantes. Según el estudio de OIT, ahí se ubica el 22% de los nuevos empleos generados por mujeres en la última década, caracterizados por bajos niveles salariales y desprotección social. Incluso la presencia de las mujeres en la microempresa, que nuestros últimos gobernantes tanto se han afanado por presentar como una importante opción de empleo, es bastante limitada respecto a la de los varones, con ingresos muy por debajo de los que éstos perciben (OIT, 1999; Goldsmith y Bautista, 1998).

En cuanto al desempleo, las tasas de las mujeres son más elevadas, particularmente las de aquellas que provienen de hogares con bajos ingresos, aunque curiosamente son éstas las que han tenido un movimiento de entrada más significativo, pese a contar con mayores dificultades a la hora de conciliar trabajo y responsabilidades domésticas. Las casadas son el colectivo de población que aumentó su participación, más que las solteras, particularmente en los intervalos de edad de los 25 a los 44 años (OIT, 1999).

Respecto a la educación, las mujeres necesitan un nivel de escolaridad significativamente superior al de los hombres para acceder a las mismas oportunidades de empleo. En el sector formal, las mujeres en promedio cuentan con once años de estudio, mientras que los hombres apenas alcanzan los nueve. En relación con la distribución de las ocupaciones, el 67% de las mujeres tiene diez años y más de estudios y solamente un 49% de los hombres tiene ese mismo nivel (OIT, 1999).

Mayores niveles de educación no le garantizan a las mujeres empleos de superior calidad y mejor pagados, aunque sí les posibilita acceder a uno con mayor facilidad. Con todo, el fantasma de la maternidad y el cuidado de los hijos, y los supuestos costos que éstos implican, siguen manejándose como los factores determinantes de las desigualdades en la remuneración y en la contratación de mujeres, por más que se evidencie que esos gastos no corren a cargo de los empleadores, sino de los fondos de la seguridad social (OIT, 2003).

Como se observa, el impacto de la reestructuración productiva en el trabajo de las mujeres perfila ciertas tendencias que traspasan las fronteras nacionales; sin embargo, no es homogéneo, sino desigual, diferenciándose notablemente a partir de las ramas de actividad donde las mujeres se insertan.

A partir de las características de estos empleos y ocupaciones se derivan los riesgos de salud laboral de las mujeres.

Los empleos y profesiones feminizadas se caracterizan por integrar tareas monótonas y repetitivas, ya sea en el sector manufacturero como en el de servicios. Sus ocupaciones son poco autónomas y demandan un alto nivel de atención, lo que para los expertos en la materia incrementa los riesgos de estrés negativo. Estas misma tareas provocan trastornos músculo esqueléticos, debido a posiciones incómodas y a una mala organización del trabajo, fundamentalmente debido a que las normas ergonómicas se calculan sobre la pauta del trabajador masculino, tanto en el diseño de bancos y herramientas, como del equipo de protección individual (Grönkvist y Lagerlöf, 2002).

Otro problema importante de salud lo constituyen las afecciones cutáneas. A causa de las llamadas “tareas húmedas”, las mujeres están más a menudo en contacto con detergentes, disolventes y agua, los que las enfrenta a un mayor riego de eccemas en las manos (Grönkvist y Lagerlöf, 2002). Estos problemas, sin embargo, constantemente son minimizados o simplemente no se reconocen como enfermedades profesionales, lo que obliga a repensar en las formas de analizar las situaciones de riesgo profesional en las que incurren hombres y mujeres.

Mucho falta por indagar en esta materia, pero un paso importante tendría que ser la de evaluar indemnizaciones en función del género, así como el diseño de máquinas, herramientas y equipos de protección desde una ergonomía para las mujeres. Mientras esto no sea así, como bien advierten Grönkvist y Lagerlöf (2002:60), las condiciones de trabajo no serán iguales para todos.

La legislación laboral puede ser un paso importante para modificar la situación de discriminación y segregación laboral de las mujeres, siempre y cuando se convierta en una legislación firme que obligue a las empresas a adoptar medidas de acción positiva, entendidas éstas como medidas especiales que permitan armonizar las diferencias. Indudablemente que una legislación de este tipo deberá ampliar su ámbito de aplicación y desarrollar sanciones aplicables, reforzar la inspección del trabajo y crear nuevos órganos administrativos y judiciales, procurándoles personal calificado que facilite el acceso a esos servicios a quienes lo necesiten.

En materia de política laboral el ámbito de acción es amplio y variado. En principio es necesario aumentar el gasto público en los servicios de guardería que posibilite crear disposiciones efectivas para que hombres y mujeres concilien vida familiar y vida laboral. Acabar con la segregación obliga a evaluar las competencias laborales de las ocupaciones hoy feminizadas, transformando los criterios que se aplican al trabajo de las mujeres y las percepciones que de ellas se tiene. La estructura ocupacional, por tanto, tendría que ser modificada. Las políticas neutras no tienen ningún efecto positivo sobre las desigualdades entre los sexos. Por el contrario, hace falta un compromiso claro y directo por la equidad de género, con apoyos efectivos para las trabajadoras. La democracia no se consigue sin el reconocimiento de la libertad y el respeto a la dignidad y bienestar de hombres y mujeres como humanos.

* Integrante del Grupo de Trabajo y Normatividad Laboral con Perspectiva de Género

 

Bibliografía

Abramo, Laís (1997). “Cambio tecnológico en la empresa: ¿igualdad de oportunidades para la mujer?”. En Sonia Yáñez, Rosalba Todaro (editoras). Sobre mujeres y globalización. Centro de Estudios de la Mujer. Santiago de Chile.

Fagan, Colette, Jacqueline O´Reilly y Jill Rubery (2000). “El trabajo a tiempo parcial en los Países Bajos, Alemania y el Reino Unido: ¿un nuevo contrato social entre los sexos?”. En Margaret Maruani, Chantal Rogerat, Teresa Torns (dirs.), Las nuevas fronteras de la desigualdad. Hombres y mujeres en el mercado laboral. Barcelona: Icaria/Antrazyt.

Goldsmith, Mary y Marcelina Bautista (1998). “Las trabajadoras del servicio doméstico de la ciudad de México”. En La realidad de las trabajadoras del hogar. Bolivia, Brasil, Costa Rica, Guatemala, México, Perú y República Dominicana. Confederación Latinoamericana y del Caribe de Trabajadoras del Hogar (CONLACTRAHO).

Grönkvist, Lars y Elisabeth Lagerlöf (2002). “La salud de las mujeres europeas en el trabajo”. En Karen Messing. El trabajo de las mujeres. Comprender para transformar. Madrid: Catarata.

Kruse, Thomas (2001). “'Sedes ocultas': transformaciones productivas y la construcción cotidiana de lo social en el mundo del trabajo”. En Ximena Díaz B., Eugenia Hola A. (Editoras). Trabajo, flexibilidad y género: tensiones de un proceso. Santiago de Chile: CEM.

Maruani, Margaret (2000). “Introducción”. En Margaret Maruani, Chantal Rogerat, Teresa Torns (dirs.). Las nuevas fronteras de la desigualdad. Hombres y mujeres en el mercado laboral. Barcelona: Icaria/Antrazyt.

——— (2000b). “Activité, emploi, chômage en Europe”. En Rachel Silvera (sous la direction de). Les femmes et le travail, nouvelles inégalités, nouveaux enjeux. Iseres/Ugict, Vo Éditions, Montreuil.

Meulders, Danièle (2000). “La flexibilidad en Europa”. En Margaret Maruani, Chantal Rogerat, Teresa Torns (dirs.). Las nuevas fronteras de la desigualdad. Hombres y mujeres en el mercado laboral, Barcelona: Icaria/Antrazyt.

Organización Internacional del Trabajo (1999). “Temas especiales. Mejora la situación laboral de las mujeres, pero aún persisten fuertes desigualdades respecto a los hombres”. En Panorama Laboral, OIT, Oficina Regional para América Latina y el Caribe, http://www.oit.org.pe/spanish/260ameri/publ/panorama/1999/temaespe.html

Organización Internacional del Trabajo (2003). La hora de la desigualdad en el trabajo. Informe Global de la Declaración de la OIT, Conferencia Internacional del Trabajo, OIT, Ginebra.

Silvera, Rachel (2000). “Les inégalités de salaires hommes-femmes”. En Rachel Silvera (sous la direction de). Les femmes et le travail, nouvelles inégalités, nouveaux enjeux. Iseres/Ugict, Vo Éditions, Montreuil.

Walby, Silvia (2000). “Figuras emblemáticas del empleo flexible”. En Margaret Maruani, Chantal Rogerat, Teresa Torns (dirs.). Las nuevas fronteras de la desigualdad. Hombres y mujeres en el mercado laboral, Barcelona: Icaria/Antrazyt.

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