No. 22
(abril-junio
de 2003)

 

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El feminismo en las Cámaras Legislativas

La posibilidad de una verdadera democracia

Julia Pérez

Lo peor que le puede pasar a un pueblo es no considerarse capaz de gobernarse a sí mismo. Perder la costumbre de exigir a “sus gobiernos” que atiendan a sus demandas; pensar que una vez elegidos sus representantes ya no hay nada más que hacer. Acostumbrarse, en fin, a aguantar lo que, de 6 en 6 años, le quieran dar, quitar, cambiar, anexar, decir, prohibir, permitir... en pocas palabras... ceder sus derechos.

Lo peor que le puede pasar a las personas, a un grupo social... es creer que puede ser representado cabalmente por cualquier persona, por cualquier candidato/a.

Y lo peor que puede pasarnos a las mujeres es creer que cualquier mujer puede representar los intereses de las mujeres y defender nuestros derechos.

La bondad que ofrece la democracia, frente a cualquier otro sistema, es que a través de una representación real de la ciudadanía, se pueden garantizar los derechos individuales de todas las personas. ¡Sí, claro!, pero debe ser una representación real. Es decir, una sociedad laica no puede tener en sus cámaras únicamente representantes de una creencia o religión. Una sociedad multiétnica debe tener representantes de sus diversos pueblos.

Cualquier sociedad que se diga democrática debe tender a que su diversidad social y cultural esté presente en las cámaras legislativas y en los respectivos gobiernos. Es la única manera de evitar la marginación de grandes sectores sociales que, hasta el día de hoy y precisamente por esta ausencia en los lugares donde se decide el rumbo del país, el futuro de la vida de las gentes, no ven, ni remotamente reconocidos, sus derechos humanos.

En ese estatus de no ser reconocidas “como sujetas de pleno Derecho” nos encontramos las mujeres. No porque no hayamos estado representadas formalmente, si no porque hemos estado mal representadas. Porque por mucho tiempo se ha mantenido la idea de que cualquier diputado se puede poner en la situación de la mujer. Porque con trucos de palabras y promesas de protección se ha usurpado a las mujeres el derecho a la propia representación.

La democracia tiene también un lado muy peligroso cuando se deja ésta en manos de representantes que creen que el fin justifica los medios o que en democracia se vale todo; esto sólo sirve para minimizar y hasta para terminar con la propia democracia.

Hay muchas maneras de hacerlo. Una es desaparecer el carácter laico de un Estado mediante la sobre representación de una sola ideología o posición que elimina de echo la pluralidad, mediante la argumentación de la imposibilidad de gobernar si no hay mayoría o consenso.

Otra es ignorando o invisibilizando grandes sectores de la población, anulando sus derechos y demandas y negando toda posibilidad de negociación, de comunicación y de ejercicio de los derechos ciudadanos de éstos.

Si el feminismo reclama su derecho a representarse por sí en las cámaras es precisamente por estas razones. Es precisamente para intentar alcanzar la verdadera democracia. Es para que la realidad mexicana, que en más de un 51% son las mujeres, prácticamente ausente hasta ahora en estos órganos de decisión, esté presente y corresponda con la realidad total de México.

Si el feminismo quiere representarse a si mismo es para evitar la monopolización de intereses que son fundamentales para todo el país. A saber: garantía de derechos individuales, incluyendo el de opción religiosa y sexual.

Si el feminismo quiere estar en las cámaras es sobre todo porque tiene autoridad suficiente como para poder garantizar una postura ética imprescindible que es la del respeto a la diversidad, la del diálogo abierto y permanente, la de saberse poner en el lugar del otro o la otra sin pretender anular las diferencias y buscando, ante todo, la equidad que desde la concepción actual de “Poder” y la composición actual de las legislaturas es inalcanzable.

Es necesario, sin embargo, hacer un par de cuestionamientos y aclaraciones ante este reclamo del feminismo del que soy partidaria y defensora. Antes que nada es importante decir que esta posición, que yo atribuyo al feminismo por lo que he oído a las candidatas, significaría sobre todo una definición de prioridades político-sociales desde el propio feminismo. Esto supone la inversión de muchas de las prioridades político-económico-sociales actualmente planteadas y en vigor.

La segunda cuestión es una pregunta que nace de la premisa anterior: ¿es posible? Y otra pregunta inmediata: ¿cómo?

Sabemos que aprovechando el discurso del feminismo se van a colar en la Cámara Federal mujeres que de feministas no tienen nada y lo que es peor, que van a usar el discurso para entrar a minimizar o eliminar el discurso feminista.

Sabemos que otras pocas, aprovechando igualmente el discurso y los derechos conseguidos por el feminismo, van a entrar simplemente a ocupar una posición devenida del porcentaje partidario que generan deuda y que, sobre todo, van a trabajar para pagar esa deuda con la idea de consolidar así su carrera política y su permanencia en el circuito.

Si tomamos en cuenta que el porcentaje de mujeres que han accedido a la Cámara federal apenas llega al 18%, 89 de un total de 500 curules y que de éstas 89 quizá 45 tengan clara la necesidad de representar los intereses y derechos de las mujeres me parece pertinente la pregunta.

¿No es una simple cuestión de entrar a defender lo hasta ahora no defendido por nadie? La cuestión es cómo en un contexto donde 450 diputados/as que no tienen ni idea ni quieren tenerla de la importancia fundamental de la problemática de género se pueden establecer unas mínimas prioridades comunes para elaborar una estrategia de convencimiento que permita seguir avanzando.

Me preocupa particularmente que en temas como “el IVA”, “el petróleo”, “el agua”, donde si es fácil hacer acuerdos, incluso conseguir mayorías, se queden las prioridades y los esfuerzos.

Por supuesto que son temas que nos afectan a las mujeres. ¿Cómo no? Pero esos temas se quedarán en “Privatización-no privatización”, nada mucho más allá como podría ser: subvención de los precios del agua a mujeres cabeza de familia, 10% de las ganancias del petróleo a fomento de empleo de mujeres jóvenes ó cero IVA a viviendas rentadas por mujeres divorciadas. Y, la verdad, para definir si se privatiza o no un bien del país no se necesitan feministas en el Congreso.

Me preocupa, sobre todo, quién va a defender el derecho de las mujeres a su propio cuerpo. Quién va a hacer una ley que permita realmente terminar con el hostigamiento laboral. Quién o quiénes van a abordar el tema del acceso a la justicia para las mujeres, la corrupción en el poder judicial, la violencia, que no acaba.

¿Será posible definir y acordar una estrategia para que la presencia de feministas en las Cámaras federal y locales pueda garantizar a las mujeres un proceso justo en los casos de violación, de aborto no punible?

¿Será posible que con la presencia de las feministas se defina una estrategia para que a nivel nacional se hagan cumplir los Convenios Internacionales ratificados por México?

Yo sé que 45 o 50, e incluso 100 mujeres frente a 500 hombres —que confunden feminismo con mujerismo y que lo último que les interesa es perder uno solo de sus privilegios, y que antes de alcanzar justicia pretenden consolidarse en su poder—, no podrán, a nivel legislativo, satisfacer la necesidad urgente de garantizar los derechos humanos de las mujeres, pero lo que si creo es que pueden dejar patente esa necesidad. Cuando menos, dejar claro el nivel de democracia y el estado de derecho en el que viven las mujeres.

Eso espero. Por eso hablo desde este espacio de priorizar y no entrar en la dinámica partidaria. Por eso hablo de estrategia y de una forma distinta de hacer política.

El consenso, a veces, no es más que una premisa engañosa que obedece más a lo posible que a lo deseable.

Personalmente pienso que si el feminismo se hace presente en las Cámaras debería ser, entre otras cosas, para que no se olvide lo deseable, lo justo, lo equitativo, la utopía de llegar —no demasiado tarde y con las menos víctimas posibles— a una democracia real donde cada mujer tenga, como cualquier otra persona, reconocidos y garantizados todos sus derechos como mujer. No aquellos que el legislador considere oportunos. Si no TODOS sus derechos.

Por eso mi invitación, desde Cuadernos Feministas, a las candidatas feministas para que hagan el esfuerzo de priorizar a partir de los planteamientos del feminismo.

Por eso mi invitación a las electoras para que cuando voten lo hagan pensando en la situación de las mujeres y en las candidatas que mejor pueden incidir para mejorar esa situación de pobreza, de ciudadanas de segunda, de mujeres sin derechos.

Finalmente, por eso mi invitación, para que entre las que alcancen un lugar en las cámaras y las que no, incluso las que no creen en este sistema de poder, hagamos un esfuerzo conjunto para intentar que la presencia del feminismo en las distintas legislaturas tenga sentido.

Decimos con mucha frecuencia que lo que no se nombra no existe.

Nombremos otra vez la utopía feminista. Plantemos de nuevo la revolución para la vida. Una vida que sea propiedad de quien la vive, que no tenga dueños ajenos, que sea nombrada, disfrutada, decidida por quien la recibió.

Espero y deseo que en el 50 aniversario del voto de la mujer, sea un motivo de alegría con más presencia de feministas en el quehacer legislativo.

Y espero que ese quehacer se traduzca en mayores y mejores posibilidades de crecer y de SER para las mujeres.

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