No. 21
(enero-marzo de 2003)

 

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Rosa Nissan, Los viajes de mi cuerpo

Eleonora Rodríguez*

A Rosa Nissán hay quienes le dicen Ross, Rosy o Rosita, sólo que “Rosita” —pensamos algunas— no tiene la fuerza de su personalidad ni de su alma rebelde, así que “Roseta” no le vendría mal, pero la verdad es que, como a todas, lo que le va mejor es su nombre completo, el que además la identifica como la escritora que es. Con las más osadas palabras que algunos llaman “altisonantes” Rosa Nissán se tutea y, entre ese sofisticado modo de expresar cariño y por el gusto de echar relajo, a ella se le ve, casi siempre, con la risa en la boca porque el humor es un modo de vida.

Rosa Nissán es más jovial que cinco chavas juntas; en el seminario de Marcela Lagarde, la de los morrales coloridos es Rosa, esos que usa más bien como folders y dentro de los cuales hay varios más, reorganizando otro tanto de cosas y de tesoros. Es la que llega los lunes por la mañana —cuando nadie quiere arriesgar nada— envuelta de colores impensables, recubierta de pulseras, collares, aretes envidiables y con una actitud más que placentera, cachonda —acá entre nos—. Rosa, cuando entró, dijo no tener proyecto de tesis, proyecto académico, dijo que sólo tenía un “proyecto de novela”… nada más. Es que Rosa Nissán nació el día de Santa Modesta y en él lleva la penitencia, la cual, afortunadamente, está olvidando cada vez que se convierte un poco más, en la mujer que siempre ha deseado ser.

Rosa empezó a escribir casi a los cuarenta años, una vez que un proceso familiar la dejó sola a ella con su propia vida. ¿Un poco tarde? Nunca. Más bien oportuno en su historia. Rosa se hizo escritora cuando se volcó en ella y en veinte años ha hecho cinco libros, el guión de dos películas, ha aprendido a ganarse la independencia económica y la de su pensamiento; ha sido fotógrafa, tallerista literaria, asesora, amiga, consejera para quien se lo pide, mujer solidaria, madre crítica, estudiosa de las sufragistas y mucho más; orgullosa en absoluto de ser múltiple y diversa, de ser pues, distintas cosas a lo largo del tiempo. De cambiar, de moverse y sacudir las certezas que, casi nunca lo son. De ser mucho más que los moldes únicos que existen para las mujeres. Esa es, precisamente, su lucha cotidiana y creativa, la de no ser una madre a perpetuidad o una abuela abnegada. A su edad, no puede creer que tenga que seguir esta lucha, ella pensó que acabaría en algún momento, pero hoy sabe que es de todos los días, que todo está dispuesto socialmente para que vuelva a ser esa otra que ya no es y que, entonces, es un trabajo diario, arduo y a veces agobiante, transgredir siendo nada más, simplemente, lo que se quiere ser.

“A los 36 años, que me quedé sin niños en casa, me metí a unas clases y ahí oí por primera vez o me enteré —lo inaudito es haberlo oído por primera vez—, que las mujeres debíamos sabernos ganar la vida. Bueno, pues a mí no me había pasado por la cabeza y eso dijeron que era lo primero que debía aprender una mujer para hacerse dueña de su vida. Yo sí fui todo lo que dicen los roles tradicionales de la mujer, sólo que me salí de ellos a los cuarenta. Pero esa lucha contra los moldes no se acaba nunca y en cada etapa de la vida hay trampas y roles que se pretenden llenar. Cuando yo conocí a León Felipe, supe que si llegaba a vieja, quería ser una vieja interesante, creativa, curiosa… entonces tenía 36 años. Pensé pues, que tendría que hacer un camino para llegar a serlo. Y bueno, ahorita que estoy en la llamada ‘tercera edad' o en la ‘adultez plena' —no encuentran el nombre—, no me disgusto con lo que soy. No estoy descontenta con mi vida”, argumenta.

Rosa Nissán anda en estos días especialmente emocionada, quiere saber cómo la leen, qué les provoca a las demás Los viajes de mi cuerpo. Eso es lo importante ahora. Rosa no se releé, dice que se cansa de sí misma, que prefiere saber qué leen las demás en esta novela sobre dos gordas que, precisamente, no caben en los moldes; que la carne se les sale del cuadro en que quieren encasillarlas y que deciden entonces, acabar con los prejuicios que las sujetan, especialmente a Lola Luna, la narradora de la novela, la cual no es Rosa pero también es ella, porque Lola Luna dice lo que Rosa quiere decir, es a ella a quien confiere sus reflexiones. “Ese es el lujo que me doy al escribir mi propia novela —aclara—: el decir las cosas que particularmente, yo quiero decir”. Cada una, entonces, haríamos bien en escribir nuestra propia novela. El silencio, lo sabemos, ha sido un enemigo crucial.

Los viajes de mi cuerpo muestra con pleno sentido del humor los paisajes que construyen las mujeres urbanas y maduras, en la exploración de su sexualidad. Las jóvenes siempre han sido las personajas que se roban la popularidad literaria buscando su identidad perdida, pero aquí Rosa lo hace con dos mujeres maduras, con hijas e hijos, divorcios, experiencias múltiples y con cuerpos rollizos que, a todo prejuicio, las haría mucho menos felices o afortunadas haciendo caso a los esquemas de belleza predominantes. Los viajes de mi cuerpo son los trances de identidad de dos mujeres que traspasan los prejuicios, las limitaciones culturales y personales, y que se lanzan a ser ellas sin culpas y a pesar de los otros.

Dice Rosa: “Yo sé los motivos de Lola —su protagonista— para estar gorda. Muchas mujeres que se obligan a ser fieles, engordan para que nadie las pele. Esa es la manera que encuentran para resolver el problema del cuerpo, la religión, la sexualidad y ‘la fidelidad obligada para toda la vida', tercamente fieles. En la novela pensé y revelé mucho a los pejuicios que nos dañan y aprietan, porque nos estrechan el mundo. Hacen que no nos quede nadie cerca. El mundo se empequeñece con los prejuicios. A mí me conforta saber que me lean mujeres, que me lean las gordas y las demás que no han disfrutado de su cuerpo, las que cargan con la religión. No pensé en los hombres, pero también les viene el saco porque podrían averiguar cosas sobre la sexualidad de las mujeres”.

Y sobre el reflejo de solidaridad entre las mujeres que figura en el libro, agrega: “La solidaridad siempre se verá en mi trabajo porque la he vivido. Fuera de mi madre, todas las mujeres han sido solidarias conmigo. Ella no ha sido solidaria conmigo porque no lo fueron con ella, pero quizá debo reconocer que ha sido solidaria a su manera. En esta novela no me esforcé porque se viera, no fue premeditado. En el libro Hijo que te nazca sí, porque ahí la viví por primera vez, en el taller de Elena Poniatowska y Alicia Trueba. Yo, en realidad, soy la que soy por ellas y no soy la que era —una mujer para los otros— únicamente por ellas. Eso me conmueve muchísimo. Estuve apoyada por ellas con palabras absolutamente claras. Estuvieron en mi divorcio, en mi estancia sola, en el periodo de reconstrucción de mi misma y en mi gran lucha económica para sobrevivir, que no era otra que la de no sucumbir y no vender mi vida a los negocios”.

La narración ligera, cálida y envolvente con que está escrita la novela no es más que buen oficio literario. Los modismos y libertades que se da Rosa para escribir son un lujo que se merece y nosotras con ella; su narración es un juego de espejo y a cada detalle, frase y circunstancia, nos reconocemos entrañablemente cercanas. Leer el trabajo de las escritoras es voltear a vernos, colocarnos en el centro de la Historia, valorar nuestras identidades y reconocernos afines. Leer a Rosa Nissán pues, es una de las mejores oportunidades para hacerlo, viajando a galope, claro, con nuestro propio y gozoso cuerpo.

* Extracto de la ponencia presentada con motivo de la presentación del libro Los cautiverios de las mujeres de Marcela Lagarde en su cuarta edición.

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