No. 21
(enero-marzo de 2003)

 

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Una mirada a las lectoras oaxaqueñas del siglo XIX

Aleyda Gaspar González*

Cuando Barba Azul llama a gritos a su mujer y ella procura desesperadamente ganar tiempo, lo que intenta en realidad es hacer acopio de energía para vencer al depredador.

Uno de los aciertos más importantes de la historia cultural es proporcionar elementos metodológicos para reconstruir la historia de la lectura1 y, en este sentido, echar una mirada a la vida y el pensamiento de las lectoras oaxaqueñas quizás pueda ayudar a una comprensión más cabal de nuestras propias motivaciones y acciones. El interés de recrear la vida social, pero sobre todo intelectual de estas mujeres a través del periodismo, llevaría a plantear de entrada: ¿qué leían las mujeres oaxaqueñas?, ¿cómo se apropiaron material e intelectualmente de los textos?, ¿les gustaba leer periódicos o escuchar a quien los leía?, y finalmente ¿qué significó y cómo se representó la lectura de impresos en su vida cotidiana?

La historia de la imprenta, los impresos, el periodismo y la lectura no puede ser contada sin la participación de las mujeres. En Oaxaca aparece en primera fila la editora Francisca Flores, quien en 1720 editó un Sermón Fúnebre, muy valorado por ser el impreso oaxaqueño más antiguo que se conoce. Se sabe que Francisca Flores heredó de su marido esta imprenta, además de altísimas deudas y el peso —supongo que terriblemente agobiante— de haber quedado sola al cargo de sus veinte vástagos.2 “Doña Francisca Flores” —como ella misma firmó en un documento— murió el 2 de enero de 1725 “cargada de deudas”, aunque, tal vez, no fue tanto así, porque donó todos sus bienes al Convento de Santa Catalina de Sena de Oaxaca, donde dos de sus hijas eran monjas. A pesar de su religiosidad, Francisca no era una mujer común del siglo XVIII, la hacía ser muy diferente su contacto con el mundo de las letras y la empresa editorial. Sabía leer y escribir, a pesar de que en la sociedad de la Nueva España se daba poca importancia a la lectura, ésta era considerada en la medida que ayudaba al aprendizaje del catecismo y en la formación moral cristiana.3 Por otro lado, la injusta diferencia entre tener acceso a la escuela o no era casi aplastante desde el nacimiento: ser pobre o rico, español o indio, hombre o mujer.

Pero, ¿había cambiado algo un siglo después, ya en el México independiente? ¿Qué pensaban de su educación las mujeres oaxaqueñas en el siglo XIX? Acaso lo interesante es que una pequeña nota publicada en un periódico oaxaqueño en 1841, nos puede acercar a esta historia de las lectoras y las periodistas oaxaqueñas. Firmada por M. M. se publicó: “Una muger que lee indistintamente toda clase de escritos, cae forzosamente en el crimen o el ridículo: de ambos abismos solo la mano de Dios puede sacarla”.4 Sin duda no debió ser nada agradable para las mujeres que leían conocer la advertencia de M. M. Pero más allá de los textos moralizantes característicos de la prensa decimonónica —no sólo de Oaxaca, sino también nacionales— esta sentencia deja ver que en Oaxaca había mujeres que leían, y no precisamente textos aceptados por la sociedad. Es interesante anotar que la conformación de este público lector femenino se recrea en un espacio público eminentemente literario y político del que las mujeres forman parte activa a través del periodismo y su lectura. Así pues, se ve cómo la lectura femenina de ciertos artículos se concretó cómo una práctica social y política contracultural, pues se observa que la lectura amenazaba las disposiciones institucionales —sustentadas en un patriarcado dominante— de lo que intelectualmente debería ser una mujer en el siglo XIX, esto es “una madre”, “una esposa abnegada”. Me pregunto finalmente si alguna oaxaqueña dejaría de leer con tal de no caer en los infames abismos del crimen o el ridículo advertidos por M. M.? ¿Pero quién era M M.? Casi es posible afirmar que era una mujer, pues todavía hasta la mitad del siglo XIX era una práctica periodística convencional que las mujeres firmaran sus colaboraciones con las iniciales de su nombre o con un seudónimo. En la prensa oaxaqueña las primeras colaboraciones (principalmente poesías) firmadas por mujeres con sus nombres completos se detectan casi hasta 1870.

La educación de las mujeres era un asunto que en el siglo XIX tenía una especial importancia, la ilustración europea había traído la reconfiguración social, pero sobre todo intelectual: había la consigna explícita de “educar al pueblo”. Y en Oaxaca este tema preocupa, a la mitad de este siglo un autor anónimo escribe en un periódico del estado:

Entre nosotros, por desgracia la educación de las mugeres es quizás unas de las cosas más descuidadas, no solo por los gobiernos, sino por los ciudadanos mismos.

Profunda tristeza causa, por ejemplo, ver á centenares de niñas en aprender de memoria el catecismo del padre Ripalda, sin que puedan comprender cuáles son sus deberes religiosos siquiera (...)

Los trabajos propios del secso débil, la doctrina cristiana aprendida solamente de memoria, y el mecanismo del gobierno de una casa, suela ser con demasiada frecuencia todo lo que se enseña á una niña, que habrá de ser madre de familia, que tendrá hijos á quienes educar, que presentará un papel en el mundo ¿Cómo podrá esta madre cumplir sus deberes de esposa y madre, ¿cómo ha de poder ser útil á la sociedad?5

En efecto, estas palabras parecen indicar que la utilidad social que podía representar una mujer comenzaba a emparejarse, al menos idealmente, con una nueva actitud ante su educación, además de la explícita crítica a los procesos de enseñanza. A propósito de esto se sabe que era una práctica común, todavía hasta el siglo XX, aprender a leer “de memoria”, a través de la visualización y repetición de los catecismos, catones, silabarios o los materiales que utilizaba el educador o educadora, además de que se leía principalmente en voz alta. Así pues, por extraño que resulte, asistir a la escuela y “aprender a leer” en ésta, no significaba necesariamente que las personas pudieran leer otros textos. Tampoco la lectura y la escritura se enseñaban al mismo tiempo, primero era aprender a leer y una vez superado este reto, alcanzado sólo por unos cuantos, se les enseñaba a escribir. En este sentido —para la recontrucción de una historia de la lectura— resultaría erróneo tratar de medir la lectura a partir de los índices de alfabetización o de los y las firmantes. Las estadísticas apuntan que en el año de 1880 en Oaxaca era analfabeta el 91.3 por ciento de la población mayor de diez años, y de este porcentaje alfabetizado, menos de la mitad eran mujeres. Por otro lado, habría que considerar un aspecto fundamental: más de la mitad de la población oaxaqueña no hablaba español sino su lengua indígena.

No obstante estas consideraciones, las mujeres siguieron presentes en la prensa oaxaqueña, sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX.

En 1866 se publicó en Oaxaca un pequeño y bellísimo impreso de color palo de rosa con 7.5 centímetros de ancho por 10.5 de alto. Su impresor, Ignacio Candiani, lo tituló Lenguaje de Aves y Frutas. Nuevo obsequio á las señoritas. Parece evidente que al tratarse de un “nuevo obsequio” éste no fue el primer impreso dirigido a las mujeres oaxaqueñas, pero su aparición parece confirmar la existencia de un conformado público lector femenino. Y aunque este cuadernillo no puede catalogarse como un periódico, su carácter literario y lúdico dice mucho de la representación ideal que se tenía de las mujeres. “El pudor es la prenda más estimable en la muger, como son en el hombre la fuerza y el carácter”, dice uno de sus pensamientos.

Se escucha La Voz de la Mujer

Si bien debió ser agradable para las lectoras oaxaqueñas recibir un Nuevo obsequio, tal vez lo fue más conocer La Voz de la Mujer, el primer periódico hecho por mujeres oxaqueñas y dirigido a éstas o por lo menos a la mayoría de ellas, es decir, las pobres. La Voz de la Mujer. Periódico dedicado a la instrucción de la mujer de la clase pobre de la sociedad, fue publicado por primera vez el 15 de septiembre de 1887 por un grupo de estudiantes de la Academia de Niñas del Estado encabezadas por Rafaela S. Sumano y Leonor Zanabria. Este impreso contiene ya muchos más elementos para comprender la participación de las mujeres oaxaqueñas en la prensa y acercase a la historia de las lectoras oaxaqueñas.

Queremos que nuestro periódico —señalan sus editoras— más que a los estrados de las jóvenes de alta sociedad, vaya a los humildes hogares del pueblo, para quienes escribiremos, porque allí, donde la falta de recursos no permite la entrada del libro, será donde nuestra hoja se leerá con agrado y fructificará su lectura.6

La Voz de la Mujer no sólo inaugura el periodismo femenino oaxaqueño, sino propone la lectura como un medio de concientización y educación para las mujeres pobres.7 La educación de las mujeres se levanta como un ideal de felicidad, o por lo menos así lo considera una de sus editoras, la joven Leonor, quien escribe:

La mujer sin instrucción puede compararse a una flor sin aroma, porque aunque aquella sea hermosa, perdida ésta su hermosura, ya no vale nada, su vida es entonces muy triste y muchas veces hasta desesperada; pero si por el contrario, esta mujer tiene alguna instrucción, la existencia no le es pesada: ya que se dedica a inventar un trabajo manual, ya a leer alguna obra científica o bien se ocupa del arreglo interior de una casa, y así constantemente ocupada no le queda tiempo para fijarse en exterioridades, y por consiguiente es feliz.8

También desde el primer número —de los cuatro existentes— “sus redactoras” invitan a las mujeres a participar enviando sus colaboraciones, y hay respuesta. Pronto reciben las colaboraciones de Pilar, Casilda, R.R., María Santaella, Delfina Nieva, La Tía Paula y Estela, entre otras mujeres que prefieren al anonimato. A partir del segundo número sus editoras dedican un considerable espacio a los agradecimientos y saludos a las publicaciones con los que establecieron intercambios literarios y de los mismos ejemplares. Dentro del estado, y desde Yucatán a Chihuahua y de Perú a Italia, pasando por Estados Unidos, La Voz de la Mujer consigna en sus páginas que estableció contacto con cerca de cien periódicos y revistas nacionales y extranjeras. Parece pues haber sido extraordinaria la recepción y circulación que alcanzó este periódico, pero quizás sería más oportuno preguntarse si La Voz de la Mujer alcanzó a ser escuchada por las mujeres a quienes originalmente iba dirigido. En este sentido cabe preguntarse, ¿habrán leído este impreso las mujeres pobres de Oaxaca? ¿Lograrían sus editoras cumplir “su principal objeto”, esto es, “proporcionar instrucción y moralización” a las mujeres?

La lectura, pues, tiene una historia, y reconstruirla significa entender no sólo el quién, qué, dónde y cuándo, sino sobre todo los qués y los cómos de ésta. Se sabe también que para su estudio no hay rutas directas ni atajos pues, como señala Robert Danrton, “la lectura no es algo diferenciado, como una constitución o un orden social, que pueda rastrearse a través del tiempo. Se trata más bien de una actividad que implica una relación peculiar entre el lector o lectora y el texto”.

Acercarse a la historia de las mujeres lectoras oaxaqueñas del siglo XIX, por medio del periodismo contribuye al esfuerzo —por cierto interminable— de explicarnos, de tratar de encontrar un sentido en el mundo circundante e interior. Conocer y entender qué y cómo leyeron las mujeres que nos antecedieron —de Oaxaca o del mundo—, puede aproximarnos a la comprensión de cómo daban sentido a su vida, y de esta manera, de una manera histórica, probablemente seríamos capaces de explicarnos algo más de nuestro propio sentido.

* Peridodista y estudiante de la Maestría en Historia, FFyL-UNAM.

 

Notas

1. Para un estudio metodológico más profundo sobre la historia de la lectura es indispensable revisar las propuestas del francés Roger Chartier y el estadounidense Robert Darton, quienes cuentan con una extensa obra sobre la historia del libro, los impresos y la lectura. No son los únicos pero si los más traducidos al español.

2. Durante muchos años se consideró que la imprenta de Francisca Flores había sido la primera en Oaxaca, pero recientemente se hallaron documentos que parecen confirmar que la primera imprenta de Oaxaca fue establecida en 1685 por el impresor y mercader de libros español Diego Fernández de León. Las investigaciones apuntan que durante el periodo colonial en México era aceptable para la sociedad que una mujer fuera dueña y directora de una imprenta, aunque —señala el historiador Juan Pascoe— a excepción de Feliciana Ruiz que ejercía el oficio, todas las mujeres impresoras eran viudas o herederas de algún impresor. Para profundizar en estos temas consultar La historia de la imprenta en Oaxaca, Porrúa, México, 1999.

3. Dorothy Tanck, “La enseñanza de la lectura y la escritura en la Nueva España, 1700-1821”, en Historia de la lectura en México, Colegio de México, México, 1999, pp. 49-72.

4. Periódico El Regenerador, 17 de noviembre de 1842. Fondo Hemerográfico Manuel Brioso y Candiani, Biblioteca Francisco de Burgoa, Oaxaca de Juárez, Oaxaca.

5. La Crónica, 28 de febrero de 1852. Fondo Hemerográfico Manuel Brioso y Candiani, Biblioteca Francisco de Burgoa, Oaxaca de Juárez, Oaxaca.

6. La Voz de la Mujer, 15 de septiembre de 1887, Fondo Hemerográfico Manuel Brioso y Candiani, Biblioteca Francisco de Burgoa, Oaxaca de Juárez, Oaxaca.

7. Ya para 1860 en la prensa capitalina se habían editado varias publicaciones dirigidas a un público femenino, las primeras fueron periódicos literarios como El Águila Mexicana (1823), el Almanaque de las Señoritas (1825) y El Iris (1826), y más adelante empezaron a circular otras dirigidas exclusivamente a las mujeres, como el Calendario de las Señoritas Mexicanas (1838), el Panorama de las Señoritas (1842), el Presente Amistoso dedicado a las Señoritas Mexicanas (1847, 1851-1852), la Semana de las Señoritas Mexicanas (1850-1852) y La Camelia (1853), entre otras. Pero es con Las Hijas del Anáhuac, editada en 1772 con la que se inaugura la prensa femenina en México. En Oaxaca, además de La Voz de la Mujer se publicaron tres periódicos más destinados a las mujeres. Los dos primeros, La Musa Oaxaqueña, La Cruz fueron contemporáneos a éste y el tercero, El Destino, apareció en 1985.

8. Idem.

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