No. 20
(julio-septiembre
de 2002)

 

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Hacia el IX Encuentro Feminista

Por el reconocimiento de nuestras ancestras

Nellys Palomo

Mientras reconozco a las otras, me puedo reconocer a misma.

Mi fuerza se expande cuando reconozco a las otras que estuvieron antes que yo y después de mi.

Me formé como feminista en las faldas de mi madre, y en la cotidianidad de las historias de mis abuelas y bisabuelas negras e indígenas que pulularon mi infancia. Mujeres que en sus comunidades de origen rompieron con normas y prácticas ancestrales que las mantenían en la opresión y sumisión.

Aprendí feminismo viendo a mi madre luchar por su respeto y dignidad como mujer, por no permitir ni un solo golpe de mi padre, ni agresiones hacia ella ni a sus hijas. Aprendí desde chiquitica que las mujeres valían y cuando no era así lo peleaban y se enfrentaban y preferían huir de su comunidad a los 12 años como fue la historia de mi madre. Pero yo no sabía que eso era feminismo.

En los 80 tome conciencia que esa vivencia de mujeres “que no se dejan” se llamaba feminismo, y que este pensamiento tenía una propuesta filosófica de acción política y de vida. Desde que empece a militar en el movimiento feminista pude comprender mi situación de opresión y discriminación por ser mujer; estar desde la década de los años noventa participando y construyendo el movimiento de mujeres indígenas me ha ayudado a entender mi condición de afrodescendiente (negra) e indígena; transformando así los hechos cotidianos de mi vida individual en una perspectiva histórica, colectiva y social que viven muchas otras mujeres, con las cuales he ido caminando y militando, dándose coincidencias y desencuentros. Cada uno de estos eventos ha significado desafíos políticos, teóricos y de vida.

Fue en el Primer Encuentro Feminista en Bogotá (Colombia), donde no éramos más de 200, debatiendo entre feministas troskistas, y comunistas que militaban en partidos, y las que venían de las experiencias de grupos de autoconciencia. En aquellos tiempos nos pudimos ver a los ojos, debatir frente a frente y tener ese nivel de sentido de grupo y de hablar un mismo lenguaje. Este largo caminar nos permite llegar a este IX Encuentro Feminista en Costa Rica, planteando nuevos retos y miradas al devenir del feminismo en nuestra región; redefinir acciones y posturas acerca de la vigencia o no del feminismo, de su globalización o trasnacionalizacion, e institucionalización.

La ONGización y trasnacionalización del feminismo latinoamericano1

La trayectoria de los movimientos de mujeres y feminista en estos últimos 20 años no ha sido rectilíneo, los acontecimientos y sucesos de los contextos y coyunturas políticas de la región, marcada por desigualdades sociales y políticas, llevaron a muchas a comprometerse en “la lucha general” por la justicia social.

Siendo así que muchas de las feministas de la ola de los 80 y 90 provienen de organizaciones clandestinas de izquierda y partidos legales de oposición,2 como ha sido mi propia experiencia.

Los mismos cambios de procesos de apertura democrática y las recientes transiciones latinoamericanas de mandatos autoritarios, marcó una etapa diferente donde la autonomía de la sociedad y de los movimientos estaba delimitada por los vínculos sociales fuera del Estado autoritario, y la interlocución separada de toda forma de comunicación estatal u oficial.

El movimiento feminista no ha sido ajeno a esta permutación y a sus proceso evolutivos de globalización que actualmente estamos viviendo.

Las ONGs, algunas de las cuales conocieron en los años 70 la radicalizacion de izquierda, incluidas las de mujeres, hoy están atravesadas también por signos manifiestos de crisis. Un gran número de ellas entró en la órbita de sus gobiernos y de los organismos internacionales (BM, ONU, PNUD).3

Siendo así que las Cumbres y Conferencias Mundiales convocadas por Naciones Unidas han sido los espacios globales institucionalizados donde se ha expresado la fuerza política de un sector de la llamada sociedad civil y de las feministas, siendo su concreción la IV Conferencia Mundial de la Mujer; representando una gran movilización importante a nivel regional de mujeres, redes, organizaciones y feministas en lo individual que lograron una visibilidad.

Indudablemente Beijing es el parteaguas de lo que ya venía incubándose dentro del movimiento feminista, y de mujeres; la fragmentación post Beijing llevó a las exclusiones, los señalamientos y a las viejas prácticas de la izquierda que tanto ha criticado el movimiento, desconociendo a las otras.

En este proceso de diáspora algunas feministas optaron por privilegiar espacios relacionados con el Estado y los escenarios internacionales de la política, dejando atrás la práctica inicial de los pequeños grupos de autoconciencia de la llamada segunda ola feminista de las décadas de los sesenta y setenta.

Otra parte del movimiento se ha dedicado ferozmente a criticar a las “otras” perdiendo de igual manera su caminar, ya que su reflexión, análisis, el (re) pensar, estar, hacer y sentir, que es parte del mismo ser, se ha perdido como experiencia vital y sólo queda un discurso con mucha sorna y encono hacia aquellas que han ido por otros meandros, agudizado por la pérdida de los espacios de discusión, trasladando el núcleo del conflicto a la señalización y estigmatización, llevado hasta el desprecio y desconocimiento. Nuestra lucha de muchos años por prácticas democráticas, de ideas libertarias, de hermandad, sororidad entre las mujeres y la deconstrucción del universo simbólico patriarcal, se ha olvidado en los procesos de Onegización, globalización, e institucionalización; o entre indicadores de proceso, de resultados, o presupuestos de gastos y egresos con perspectiva de género; o en las confrontaciones destructivas, desconociendo nuestros propios poderes, saberes y liderazgos, en las unas y en las otras.

Quisiera reconocer que todas hemos contribuido en este proceso de fragmentación del movimiento y mientras actuemos desde la culpa evadimos nuestras responsabilidades. Únicamente hay posibilidad de cambio cuando asumimos lo que nos corresponde. Sin duda, creo que todas tenemos una responsabilidad, no porque el partido, la orden religiosa o el grupo social o la ONG nos cuestiona, sino porque nuestra propia conciencia sabe que en lo profundo de nuestro ser cada una como mujer anhela cambios profundos.

El fondo de este debate es la crisis profunda de representación, combinado con una duda sobre la pérdida de “La matriz discursiva“ del proyector emancipador, transformador de las mujeres.

Y mientras danzamos, nos peleamos y nos recreamos en los encuentros, el modelo económico globalizado hegemónico, depredador, individualista, guerrerista, cada vez más agresivo, nos sigue imponiendo los campos de acción y definición entre los buenos(as) y los malos(as) y nos enfrenta con nuestras propias limitaciones y obstáculos que como movimiento social-político tenemos.

La pregunta que subyace y que debemos de abrir en este encuentro, es si nos equivocamos al actuar en estos espacios globales, regionales y nacionales institucionalizados? o si existen otros elementos, como podría ser el agotamiento del discurso inicial del feminismo; o la pérdida de autorepresentación? En la convocatoria al IX Encuentro Feminista de América Latina y el Caribe las organizadoras se pregunta ¿cuál es el movimiento feminista que podemos o debemos resucitar? Yo concluyo será el de las de las autónomas, el de las institucionales, las ONG, las libertarias, las apáticas, las criticas, etcétera.

Ante la perspectiva de la aldea global, como dice Alan Tourine, requerimos construir espacios para seguir hablando de lo personal y lo colectivo no en la banalidad de la sin razón, sino hacer un acto de locura que trascienda nuestros cuerpos, alma, espíritu, mente para entender estos nuevos momentos y buscar tácticas y estrategias. Parafraseando a Marcela Serrano, seguir siendo mujeres con nuestras propias historias, actos, pensamientos, amores, desamores, de lo pequeño, lo trivial, de nuestras raíces, y origen, de nuestras ancestras. Pero también es la historia de una conciencia y de sus luchas interiores. También una mujer es la historia de su utopía.4

 

Notas

1. Sonia Álvarez, Arturo Escobar, Evelina Dagnino (edits.), Política Cultural, Cultura política: una nueva mirada sobre los movimientos sociales latinoamericanos, Taurus, p. 377.

2. Idem.

3. La bolsa o la Vida, Eric Toussaint, editorial, Convergencia Socialista, 2002, p. 469.

4. Marcela Serrano, Antigua vida mía, Alfaguara, 1995.

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