No. 20
(julio-septiembre
de 2002)

 

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Por qué se organizan las mujeres

Si vosotros supierais, ¡oh hombres!, cuánto más felices seríais si las mujeres fueran más felices.

Nelly Roussel, feministas socialista (1878-1934)

Dora Coledesky*

Comenzaremos por una pregunta: ¿por qué las mujeres tuvieron que organizarse en forma autónoma como movimiento, es decir, fuera de partidos, de sindicatos y, en general, de otras organizaciones de lucha? ¿Por qué obtuvo, recién a partir de la segunda mitad del siglo XX sus mejores conquistas y derechos? ¿Por qué se mantuvo durante siglos en la invisibilidad más absoluta su participación?

Responder a estas preguntas es casi como narrar la historia de la humanidad, pero tomando su mitad invisible, como la denomina Luis Vitale. Gracias a la producción literaria, científica, política de miles de mujeres —y de algunos hombres— ha sido posible conocer esa parte de la historia y analizarla con nuevos enfoques. ¿Esto es acervo cultural de los hombres, en especial los llamados marxistas? Aún a riesgo de ser injusta con algunos, diría que no. Porque aún en ésto las mujeres siguen solas, debatiendo entre ellas las cuestiones de género, de identidad, de sexualidad, etc. Podemos decir, quizás, que las mujeres les cierran las puertas a los hombres para la comprensión de estos sujetos. ¿Pero qué hacen ellos para abrirlas, se preocupan por los problemas específicos de las mujeres, los incorporan a sus debates y sus luchas?

Y aquí vamos a ver cómo se expresó en la historia de la lucha de clase esta necesidad de las mujeres de organizarse autonómamente. Saber como la clase obrera, sus dirigentes, sus organizaciones sindicales, sus partidos revolucionarios o centristas, tuvieron algo que ver con dicha necesidad. A pesar de los saltos históricos culturales realizados en el siglo que acaba de finalizar, aún sigue pendiente una transformación en la mentalidad de los hombres y de muchas mujeres que aún siendo las víctimas y las oprimidas reproducen —con la ayuda de aquéllos— su opresión. Y ésto se refleja todavía en las organizaciones políticas llamadas revolucionarias, contribuyendo de esa manera al estancamiento de ellas y de la sociedad.

De lejos Marx y Engels estuvieron más acertados que muchos de sus seguidores más ortodoxos. Al menos, por primera vez hablaron de la opresión de la mujer, usando una figura sugestiva, la esclava del esclavo, la proletaria del proletariado y colocando la base de esa opresión en la familia. Es claro que para ellos la opresión de la mujer surgía con la sociedad de clases y con la propiedad privada. Sostenían que en una sociedad anterior del comunismo primitivo existía el matriarcado. Quedan prisioneros de las investigaciones de Morgan. Estudios posteriores pusieron en duda esta afirmación. Ese objeto de debates apasionados, ha sido ignorado, en general, por muchos que se llaman marxistas. Es lo que ha llevado al feminismo a usar la denominación de sociedad patriarcal o patriarcado como institución que trascendiendo la sociedad de clases e inunda todas las estructuras y hace que la opresión subsista.

Para Marx el ingreso de la mujer al trabajo abría el camino de su liberación porque implicaba la destrucción de la familia. Pero la realidad demostró que la mujer se incorporó a la industria llevando con ella su desvalorización social. Como dice Frederique Venteuil, en su trabajo “Marxismo y Feminismo” publicado en Critique Communiste, marzo de 1983: “No era necesaria una gran imaginación creadora. Era suficiente hacer perdurar, adaptándola, la opresión milenaria con el apoyo de los que teniendo ventajas materiales y morales innegables en el interior de cada clase, los hombres, que se han visto garantizar un estatus colectivo de opresores…”. “…Si añadimos que la antigüedad de esta opresión junto a la inmediatez de la relación hombre-mujer, le confiere un papel primordial en la estructuración de la personalidad individual, podemos afirmar su capacidad para permanecer más allá de la familia actual. Los conflictos entre los sexos —aunque fragmentados por la lucha de clases— existen. Que la evolución interna del capitalismo haya proporcionado una base objetiva y contradictoria para su superación, que la destrucción del sistema amplíe esta base objetiva: todo es evidente. Pero, aunque Marx y Engels podían difícilmente haberlo visto, el factor subjetivo, la lucha autónoma de las mujeres, es lo determinante...” Y es la larga lucha de mujeres la que logró arrancar conquistas, leyes, derechos. Al comienzo del desarrollo del capitalismo, los obreros vieron en la mujer una competidora porque hacia caer su propio salario y se opusieron a ellas. El aislamiento y el silencio rodeó las luchas de las trabajadoras y las obligó a formar sindicatos de mujeres y a editar sus propios periódicos. Sus reivindicaciones contra el acoso sexual de patrones y capataces que comenzaron a avanzar en 1870 nunca fueron recogidas por la clase obrera y los sindicatos.

“Después de la derrota de la Comuna de París, comienza a instalarse en las organizaciones obreras la emancipación de la mujer. Muchas mujeres hicieron oír sus voces en los congresos obreros denunciando la situación de las trabajadoras. Pero no consiguen triunfar sobre la idea de la ‘función natural de la mujer', es decir, como madre de familia. Quizás porque encaraban la lucha de la mujer como explotada, en relación de clases, y no como oprimida, en su función social” (Jacqueline Heinen, “De la Ia. a la IIIa. Internacional, la cuestión de la mujer”, en Critique Communiste, enero de 1978). Este concepto sigue subsistiendo en algunas organizaciones actuales que se llaman revolucionarias.

Las organizaciones internacionales como las AIT (Asociación Internacional de Trabajadores) durante la Ia. Internacional, formulaba como resolución mayoritaria lo siguiente: “El trabajo legítimo de las mujeres y de las madres se sitúa en el hogar y en la familia, velando por la primera educación de los niños...”

Posteriormente, no se puede ignorar los esfuerzos hechos por Lenin y Trotsky para hacer avanzar el pueblo soviético en la comprensión de la igualdad del hombre y de la mujer y proyectar planes que aliviaran las tareas de las mujeres. Uno de los primeros decretos fue establecer el derecho al aborto. La contrarrevolución estaliniana lo derogó aunque posteriormente lo restableció. Stalin, al igual que Hitler y Mussolini daba premios a las mujeres que tuvieran más hijos.

Un capítulo aparte merece, sin duda, el sectarismo demostrado por las organizaciones revolucionarias y obreras frente al derecho al voto de las mujeres, en los siglos XIX y principios del XX. Las sufragistas quedaron aisladas. Se les calificaba como burguesas y se sostenía que las mujeres de la clase obrera no tenían nada que ver con ellas. Sin embargo, se formaron muchos grupos feministas socialistas que lucharon durante años para que los congresos de sus partidos introdujeran el derecho al voto y las candidaturas femeninas. La pasividad y resistencia de estos partidos a aceptarlas trajo como consecuencia el alejamiento de muchas mujeres que prefirieron mantenerse fuera del partido y continuar con sus grupos feministas. Entre ellas Nelly Roussel, la autora de la frase que precede este artículo.

Esto demuestra —como todos los fenómenos en la historia— que la oleada del movimiento feminista de los años 60 y 70 no surgió del golpe. La lucha permanente de las mujeres contra la opresión, fue armando este movimiento. La elaboración teórica de muchas mujeres la abonaron. El libro El Segundo Sexo de Simone de Beauvoir fue un hito importante en esta historia. El Mayo francés al levantarse contra una cultura autoritaria, el descubrimiento de la píldora anticonceptiva, que permitió un control de la sexualidad, fueron elementos básicos para la estructuración de este movimiento. Al tener una participación activa en el Mayo francés y observar que no se las reconocía, resuelven formar en Francia los grupos no mixtos, las mujeres comenzaron a usar la palabra sin la presencia del hombre que las cohibía. Introdujeron con su frescura y con gran apasionamiento, propio de un movimiento joven, nuevas formas de funcionamiento, rechazando el verticalismo, las jerarquías, los partidos, las bajadas de líneas. Comienza a formarse el movimiento autónomo, que masivamente impone en 1974 en Francia la legalización del aborto.

La incorporación de este nuevo sujeto social a la realidad económica, política y a las relaciones humanas abre perspectivas incuestionables. Cualesquiera sean las contradicciones del movimiento feminista en el mundo, la verdad es que las consecuencias de su existencia ya son, felizmente, irreversibles.

*Feminista argentina

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