No. 19
(abril-junio de 2002)

 

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Mujeres argentinas: situación actual, memoria y cacerolas

Olga Viglieca *

Este trabajo lo escribe una feminista que reconoce a sus madres en las fundadoras del socialismo obrero, pero comienza con una reivindicación de la clase media; de esa clase media urbana que el 19 de diciembre cerró filas con los saqueadores de hipermercados y salió a las calles a decirle a De la Rúa que no se responde con balas y el Estado de sitio a los hambrientos. En la Argentina, muchas veces el Estado de sitio fue el preludio de la masacre y es un límite que este pueblo demostró que hoy no se aviene a que los gobiernos crucen.

Es la misma clase media que preparó el escenario para que al día siguiente miles de sus hijos y jóvenes de los sectores más plebeyos de la provincia de Buenos Aires arrojaran a De la Rúa del poder en lo que se dió en llamar “la batalla de la Plaza de Mayo”. Es la que grita en cada cacerolazo “que se vayan todos”, una frase cuyo significado sólo resulta incomprensible a los analistas políticos que creen que eso no es posible. El Financial Times no comparte esas dudas y por eso afirmó, en su edición del 31 de diciembre: “la situación argentina está madura para una insurrección popular similar a las de París de 1792 y 1871, y Teherán en 1979. Argentina ya no puede seguir sosteniendo a su extendida clase media”.

Ante tan franca admisión de que el capitalismo ya no puede sostener a la clase media, ¿cómo no concluir, entonces, con que la clase media está siendo llevada por la crisis a una posición objetivamente anticapitalista?

 

El ataque a los sectores medios, que muchas veces viene de los intelectuales progresistas, intenta descalificar las jornadas de diciembre, afirmando que fueron dirigidas por una clase media que sólo se preocupaba por su dinero atrapado en el corralito (por supuesto, esta idea es de cabo a rabo una falacia y trataré de demostrarlo más adelante). Muchos cuestionan el crudo materialismo que arroja a los ahorristas a manifestarse contra los bancos y les exigen que, además de sus intereses, los ilumine la utopía. Como si en este país hubiera algo más utópico y revolucionario que reclamar por los derechos constitucionales, incluido el derecho de propiedad, si se es un don nadie. La crisis ha devorado el último peso de la renta de la pequeña burguesía, y además la ha dejado sin trabajo e incorporada a la miseria social. Las privatizaciones (o sea la confiscación del patrimonio público), la deuda externa y la “convertibilidad” han sido las grandes palancas económicas e históricas del levantamiento popular.

En mi opinión, el 19 de diciembre se soldó la solidaridad entre dos sectores a los que inútilmente el discurso del poder y de los medios intentó configurar como enemigos: qué finísimo y subterráneo trabajo de elaboración política el de los despolitizados. Durante años, la línea entre la delincuencia y la exclusión fue aviesamente borroneada superponiendo pobreza y delito. La población fue abrumada por campañas de prensa que mostraban a los “ciudadanos decentes” expuestos al delito, demonizaban los barrios humildes y mostraban como única solución la mano dura. El paroxismo de esto fue, tal vez, la decisión del hoy canciller Ruckauf de implosionar varias torres donde vivían miles de pobres y, probablemente, muchos delincuentes. “Voy a dinamitar todo refugio de bandidos”, dijo Ruckauf, entonces gobernador de Buenos Aires, el día en que dejó a los habitantes de Fuerte Apache en la calle. Pero la gente es testaruda y las porfiadas encuestas seguían señalando que la preocupación más frecuente era la desocupación y no la inseguridad. El 19 de diciembre se demostró que tantos miles de dólares utilizados en manipulación informativa habían sido derrochados. Hoy, varias asambleas populares tienen en su programa la disolución de la policía y el propósito de los vecinos de ocuparse de la seguridad de cada barrio. La policía del gatillo fácil, los escuadrones de la muerte de la provincia de Buenos Aires, son más despreciados que temidos, aunque hayan sacado los tétricos Ford falcon del 70 para intimidarnos. Y los caceroleros esperan en cada ciudad la marcha nacional de piqueteros con agua fresca, mate cocido y empanadas.

Espontaneísmo

Discrepo con quienes ven en esta rebelión un arranque espontáneo. Hombres y mujeres del interior del país hace diez años que resisten los embates de un capitalismo que intenta jibarizar a este país y a sus habitantes, enviarnos sin escalas a la miseria y al embrutecimiento. Lo novedoso en la Argentina no es la irrupción de la clase media a la vida política, lo novedoso es la incorporación de la clase media de la Capital Federal —la capital de la indiferencia, le decían los del interior— a un levantamiento nacional. Tampoco es novedosa la intervención de las mujeres, protagonistas de piquetes, huelgas, tractorazos a lo largo del territorio nacional al punto de que el gobierno ha armado un escuadrón de policías femeninas para que sean golpeadas, es un decir, de igual a igual.

Quienes eligen pensar en la variable espontánea son, con frecuencia, los mismos que despreciaron una resistencia creciente que arranca con el santiagueñazo de 1993 y alcanza su punto de maduración política con los cortes de ruta de Mosconi y Tartagal del año pasado y en las asambleas piqueteras de La Matanza. Con la vista fija en los cómputos electorales, los “observadores” acusaron a los sectores medios de apatía política, a los obreros de ser una clase en extinción y a los desocupados de marginales.

Los desencantados de la revolución de los 70 —hoy opinólogos de fuste y asesores gubernamentales— llegaron a tildar de antidemocráticos y progolpistas a quienes hacían campaña por el abstencionismo o el voto en blanco (30 por ciento en los últimos comicios). Este abanico de quejas les sirvió a los entendidos para justificar, abrumados de soledad, su resignación ante el mundo de lo posible, ante el progresismo más desvaído. Suelen ser los mismos que apostrofan con tono erudito sobre los límites, errores y destino de las asambleas populares o sobre el sectarismo de la izquierda piquetera.

Pero mientras los propagandistas del progresismo se regodeaban en el desencanto y en la moralina anticorrupción, pueblos enteros que quedaban aislados por la privatización de ferrocarriles protestaron en soledad. Y los ferroviarios, y los telefónicos, y los mineros, y los petroleros. A contramano de las burocracias sindicales, que en ciertos casos se aliaron hasta económicamente con las empresas privatizadoras y las aseguradoras de fondos de pensión, estos sectores hicieron algunas de las huelgas más largas de toda la historia de la clase obrera argentina: en el caso de los ferroviarios, 45 días. Todos fueron derrotados y expulsados por cientos de miles del mercado de trabajo, muchos son hoy piqueteras y piqueteros. Pero por ese entonces tenía buena prensa la propuesta tatcheriana del capitalismo popular, con su indemnización, decían, los trabajadores podrían volverse pequeños empresarios, pequeños comerciantes, módicos capitalistas. De proletarios a propietarios, decía con ancha sonrisa por ese entonces Adelina Dalesio de Viola, una mujer que hoy está procesada por el desfalco al Banco Hipotecario —el que tenía que construir viviendas populares— en el proceso de las privatizaciones.

Pero las masas se validan muchas veces sin el auxilio de los expertos: los marginados, los excluidos, los desafiliados, “los otros”, los que se habían caído del mapa, cuando se pusieron de pie prefirieron definirse con un término que los instala en una genealogía histórica: trabajadores desocupados. Desocupados es, en este caso, sólo un adjetivo.

Desde luego que los trabajadores y la clase media no han recorrido el mismo camino de evolución política, aunque hoy las asambleas piqueteras y las asambleas populares coincidan en la consigna “que se vayan todos” y realicen asambleas nacionales conjuntas. Mientras la clase media acompañó el reclamo anticorrupción del progresismo argentino confiando en que alcanzaba con que los políticos no robaran para mantener los estándares de vida tradicionales —ese es el voto a la Alianza—, los sectores populares, a los que ya no les quedaba bienestar que perder, parecieron menos preocupados por la corrupción que por su sobrevivencia y comenzaron a actuar como si los guiara la comprensión de que no alcanzaba con la honestidad de los políticos. Hacia falta, además, otra política. Hubo quién se preguntó si acaso los pobres carecían de inquietudes éticas.

Esas son las dos vertientes del “que se vayan todos”. No es un dato menor que la consigna de “elecciones ya” haya sido desdeñada rotundamente por los sectores medios y sustituida por distintas variantes de que gobiernen las asambleas populares. Algo que no es para mañana, pero que establece un norte. Y que se esboza en vecinos que fiscalizan mano a mano con los trabajadores de los hospitales el control de la gestión, que mientras acompañan el conflicto docente discuten con las maestras qué educación quieren para sus hijos, que rodean las empresas que despiden o suspenden con ollas populares y buscan en sus barrios fábricas abandonadas para exigir al gobierno que las ponga a funcionar bajo su control. O en los que les hicieron un escrache** a los burócratas del gremio bancario por su pasividad ante la amenaza patronal de despedir a cualquier empleado que haga un recurso de amparo por sus ahorros en el corralito.

Las mujeres

El año pasado, unos supuestos inspectores de impuestos atravesaron la puerta siempre abierta de la Casa de las Madres de Plaza de Mayo. Las Madres tienen un bar-librería y una universidad popular en el centro de Buenos Aires: los tres sujetos querían controlar que tuvieran los impuestos al día. Hebe de Bonafini, que tiene el oído agudo, se encontraba en ese momento barriendo una habitación contigua. Munida de su escoba, y a gritos destemplados, echó a escobazos a los audaces. La mujer desgreñada a los escobazos ha sido un tópico frecuente de las historietas misóginas. Pero esa historia encierra, como casi siempre, otra historia.

Lo supiera o no, Hebe reproducía el gesto de otras mujeres que la feministas Mabel Belucci y Andrea Datri han tenido la generosidad de recordarnos en estos días en que las cacerolas se han convertido en un instrumento de alta política. En 1907 se produjo una huelga de inquilinos contra el aumento de alquileres en la capital federal. Por ese entonces, las familias obreras vivían amontonadas en las piezas miserables de los conventillos. Tan miserables como las de ahora, cuando, en lo que hace a las condiciones de vida de las masas, la historia parece haber dado vuelta en círculo sobre sí misma. Por ese entonces las mujeres trabajaban a destajo en su casa, cosiendo, armando guantes, corpiños o sombreros, pintando muñecas de porcelana. La policía y los matones pagados por los propietarios eligieron la hora de la siesta para intentar el desalojo, la hora en que los hombres estaban en las fábricas. A escobazo limpio, las mujeres y sus criaturas tuvieron a raya a esos maleantes una y otra vez. A pulso, ellas y sus criaturas llevaron a sus muertos hasta el cementerio. Y todavía se insulta a las mujeres que no hablan en voz baja o no saben “guardar las formas” con el epíteto de “conventillera”.

Casi un siglo después, cuando miles de familias pierden su vivienda y se apilan en las villas miserias, en pensiones miserables o a la sombra de las autopistas y las plazas; cuando con humor salvaje algunas villas miseria ostentan la pintada “bienvenida clase media”, es otra herramienta clave en la vida cotidiana de las mujeres, la cacerola, el símbolo del agotamiento de la paciencia popular.

Alguna izquierda elegante recuerda aún hoy —sotto voce, para no dar pasto al enemigo, explican— que buena parte de las mujeres que cortan las rutas fueron ayer manzaneras de Chiche Duhalde. Las manzaneras eran una red de mujeres creada por la esposa del actual presidente para distribuir alimentos en cada manzana de las barriadas más pobres del ex cinturón industrial de Buenos Aires. A la función social se sumaba, obviamente, el control y lo peor del clientelismo político: la caja de harina, aceite, arroz, fideos y yerba exigía como contraprestación subirse a los micros y vivar al gobernador cuando éste lo necesitaba. No mienten los enamorados de la foto sepia de los obreros industriales, prolijos y uniformes: en estos últimos años, muchas manzaneras se han convertido en piqueteras, expertas en cortar rutas, en enfrentar a la policía y a la gendarmería, en discutir mano a mano con funcionarios. Y cuando nada de eso alcanza para hacerse de subsidios y alimentos, también en saqueadoras de los hipermercados, los marcadores de precios que este mes han llevado hasta la yerba mate a valor dólar. No veo cuál es la crítica. ¿No habría que celebrar esta evolución hacia la autonomía política, este corrimiento del servilismo y el control social hacia la autooorganización?

Yo las he visto el 17 de febrero, tan hermosas, votar a mano alzada el bloqueamiento de los accesos a todas las ciudades importantes del país, a las refinerías, a las privatizadas exigiendo trabajo genuino. Centenares de mujeres que viajaron desde Tilcara o Comodoro Rivadavia, que dejaron dos días a sus hijos para sesionar. ¿Y dónde estaban sus hijos?: se los cuidan las compañeras en el barrio. La solidaridad de género, sabemos, es un impulso generoso para nuestra intervención política.

A los muchachos les cuesta más. Pepe Barraza, piquetero de General Mosconi, ex obrero petrolero, ex preso por cortar rutas, que habla manso y tranquilo como todo norteño, me explicó que las mujeres de las rutas son más peleadoras y más constantes que muchos de los hombres porque a ellas les toca decirles a los hijos que ese día no hay comida.

¿Por qué habrá siempre una explicación coyuntural para la combatividad de las mujeres? En el caso de las Madres de Plaza de Mayo, el argumento era que ellas no trabajaban, como si ser ama de casa predispusiera una mejor actitud psíquica para enfrentar al carnicero Videla. Esas mujeres también extrajeron su símbolo de su experiencia vital y por eso —lo personal es político— el pañuelo en la cabeza es en realidad un pañal, el que marcaba el vínculo entrañable con el o la desaparecida.

Las caceroleras son mujeres urbanas, mayoría absoluta a la hora de salir a la esquina cada viernes a las 8 de la noche. Las de mi barrio, un barrio de clase media empobrecida, son fundamentalmente pequeñas comerciantes arruinadas, empleadas y desocupadas. Se apropian del megáfono, inventan consignas que no riman —no tienen la experiencia de la cancha, usina de consignas recicladas más tarde en los actos políticos—, increpan a los vecinos que se demoran en bajar orientando los gritos hacia los balcones. Cuando bajan, los abrazan eufóricas, olvidado todo rencor. Si se acerca un patrullero policial, mientras los hombres se acercan a negociar el corte de calles, ellas los rodean al grito “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”, impidiendo cualquier parlamento. En los cacerolazos abundan las mujeres mayores, de más de 50, o sea mujeres devaluadas para la noción juvenilista, alejadas de los patrones estéticos del patriarcado. Gordas o flacas que nunca se esmeraron en un gimnasio, se les ven las raíces descoloridas de tintura barata: les importa un bledo lo que piensen de ellas y se les nota. Se han arrogado el derecho de ser viejas locas y parecen muy contentas de serlo. Las más jóvenes a veces lucen un poco intimidadas por esa conducta, ¿cómo articular un discurso propio del ámbito universitario con tanta sencillez? Tal vez pese aquí decididamente la experiencia de resistencia en la vida privada que toda mujer lleva en su cabeza y en su alma, esa experiencia que está invisibilizada en el hogar pero que arde en la calle.

Otro papel notable que han asumido “las viejas locas” en las asambleas es morigerar las tensiones entre los y las militantes de partidos políticos. Con ternura abrazan a los fervorosos y les dicen cuestiones como: “Bueno, Guille, ya me enseñaste todo lo que puedo aprender hoy, ahora dejá que hablen los demás”. Y Guille se revuelve incómodo, no sabe cómo contestar una frase que cabalga entre la comprensión maternal y la ironía.

Estas matronas también saben perder la paciencia, porque las señoras lo que quieren es hablar de política y decidir acciones, a veces tantas que son imposibles de cumplir. Así que cuando la corriente ecologista se extiende en las virtudes de hacer una huerta orgánica en el barrio pueden interrumpir destempladamente, salteándose la lista de oradores: “Mirá, nene, con zapallitos no voy a impedir que me rematen la casa, discutamos si vamos a escrachar al banco o no”. Son las mismas que los miércoles arman las bolsas para repartir entre los vecinos las compras comunitarias. Ya saben que necesitarán zapallitos, pero también saben que su vida no se arregla administrando zapallitos.

Las mujeres hemos sido víctimas de una andanada particular en los últimos días. Como si tantas mujeres en la calle hubieran exasperado la fibra más ultramontana del poder, un tribunal de Entre Ríos liberó por falta de pruebas a un señor que sujetaba en la cintura de su esposa un cinturón de castidad y cada tanto la corría con una pistola: la tortura se develó porque la chica se descompuso en el trabajo y no podía ir al baño. A pesar de que la cadena, el candado y el revólver llegaron al estrado de los jueces, lo liberaron por falta de pruebas. Una joven con un embarazo a término fue asesinada y le extrajeron (sic) el útero y el feto. El fiscal todavía no se decidió a encarcelar al muchacho que la familia, las amigas y los compañeros de trabajo señalan como presunto asesino. Unos días después, una jueza de la capital determinó que era inconstitucional la tímida ley de derechos reproductivos de la ciudad: la demanda había sido presentada por un sector de laicos de la iglesia católica. Y, last but not least, la desprestigiada Corte Suprema, que enfrenta un juicio político de las Cámaras parlamentarias y es escrachada todos los jueves por una multitud que le exige la renuncia, decidió que la “píldora del día después” era abortiva y prohibió su uso.

Las feministas

¿Y las feministas? Es inocultable que la amplia mayoría de las feministas se sintieron ilusionadas por el gobierno de la Alianza. De alguna manera compartieron el diagnóstico de la apatía y más de una dijo que era más efectiva una nota periodística importante que las mujeres en la calle. Tal vez por eso nunca vi a alguna en las marchas piqueteras y recibí montones de correos electrónicos que alertaban que el Encuentro de Mujeres nacional del año 2001 iba a ser “copado” por las piqueteras, algo que efectivamente sucedió y que aún no entiendo por qué habría que lamentar. ¿Por qué temer el encuentro con miles de luchadoras? ¿Realmente es concebible que ellas no registren la opresión de género? ¿Cómo no alegrarse de tener un espacio común en donde la voz del feminismo inquiete e invite? Si esa no es la audiencia de una propuesta de modificar el mundo, ¿cuál será? No querría generalizar, pero tampoco creo que la desconfianza de las feministas de los sectores medios hacia las mujeres populares sea sólo un mal de mi país.

He encontrado a una docena de feministas “sueltas” participando en las asambleas barriales, pero de lo que hablamos surge que nos ha sido dificultoso a todas hacer distinguir nuestra voz. Hay temor a que un planteo “de género” produzca rechazo. No es hora de particularismos dijo, para mi sorpresa, otra. Las mujeres, sin embargo, conocemos nuestros problemas más allá de las ideologías. Un conato de violencia en la asamblea de mi barrio fue destruido de raíz expulsando al agresor. Y cuando intentaron reivindicarlo a la asamblea siguiente como una cuestión personal y en nombre de la pasión masculina, fueron las “mujeres comunes” la que pusieron una raya divisoria. Evitar los golpes en la plaza tal vez abra el camino para hablar y evitar los golpes en la casa. El veto de la Corte a la píldora del día después generó, por primera vez, un rico debate sobre anticoncepción y aborto.

Las “Feministas en todas partes”, del Foro por los Derechos Reproductivos, de ATEM y numerosas independientes participan de los escraches a la Corte Suprema y el jueves posterior a la resolución contra la píldora, el movimiento de mujeres y el feminismo tuvo una presencia nutrida. Se destacaron allí grupos de muchachas jóvenes, como las Feas (Feministas autoorganizadas), que renovaron y a veces radicalizaron las consignas tradicionales. El día siguiente era 8 de marzo. Como es habitual, se organizó la peatonal feminista enfrente de la Líbrería de Mujeres, con números artísticos y una declaración. La declaración decía: “Luchamos por cambios económicos, sociales, políticos, culturales y sexuales, que hagan posible la justicia, la solidaridad, la igualdad, la libertad, el respeto a la diferencia, la explotación respetuosa de los recursos naturales, una distribución justa y equitativa de la riqueza. Por un mundo sin violencia ni explotación ni opresión”. “Para ello seguimos en la construcción de movimientos autónomos, feministas y de mujeres y nos planteamos contribuir a la articulación de los movimientos sociales en la lucha anticapitalista y antipatriarcal”.

Pero a la hora de sumarse al cacerolazo y salir del ámbito que sólo compartimos con nosotras mismas, muchas optaron por volver a su casa sin recorrer las quince cuadras que separan a la librería de la Plaza de Mayo.

La marcha fue encabezada por las jóvenes, con un cartel que rezaba “Revolución en la plaza y en la casa” y antorchas cuyo fuego recordaba a las obreras textiles quemadas en Nueva York. Las Feas distribuían un volante que afirmaba: “Estamos en el cacerolazo porque creemos que la única alternativa a la profunda crisis económica, social y política es colectiva, pero sólo será posible a través de la participación en los espacios públicos. Sabemos que hoy somos muchas las protagonistas de asambleas barriales, cacerolazos, piquetes y huelgas. Porque salir a la calle con la cacerola, símbolo de la opresión femenina en el hogar, es también una forma de oponernos a los condicionantes que pretenden relegarnos a la vida doméstica. Porque es una forma de concebir que “lo personal también es político”. La entrada a la plaza fue emocionante, porque muchas mujeres de las asambleas escuchaban con atención las consignas y luego se sumaban a cantarlas o las aplaudían.

No tengo la respuesta a la dura pregunta de cómo la voz del feminismo engarza con las inquietudes, enriquece el sentido de la lucha de las mujeres no feministas. Pero tengo la convicción de que no será situándonos al margen de ellas sino interviniendo con audacia y alegría en los ámbitos donde están. Confiando en esa solidaridad de género —fundada en las condiciones comunes de opresión— que sostiene la vida y la participación de las piqueteras. Y no esperando que la vitrina de la historia nos ofrezca la foto que nosotras soñamos sino sacando, tantas veces como sea necesario, a puro ensayo y error, esa foto.

* Olga Viglieca, es una de las dirigentes de la lucha del diario Clarín que fuera despedida por el “gran diario argentino” durante el año 2,000, por formar parte de su comisión sindical interna. Esa comisión fue una de las más votadas en toda la historia del diario.

** Expresión surgida en Argentina en los últimos meses que se refiere a mítines sorpresivos de protesta frente a los domicilios particulares de violadores de derechos humanos, u otros funcionarios o exfuncionarios responsables de políticas antipopulares."(N.R.)

 

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