No. 19
(abril-junio de 2002)

 

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Ericka Zamora: un testimonio de sobrevivencia e integridad

Ericka Zamora Pardo fue detenida el 7 de junio de 1998 por elementos del ejército mexicano, en la comunidad de El Charco, municipio de Ayutla de Los Libres en el estado de Guerrero.

El jueves 30 de mayo del 2002 fue liberada luego de cuatro años de prisión y 22 días en huelga de hambre. Las condiciones injustas que rodearon su detención, así como las vejaciones durante los interrogatorios y su encarcelamiento desplegaron un amplio movimiento de apoyo y solidaridad.

Ericka Zamora es originaria de Rosario, municipio de Francisco I. Madero en el estado de Hidalgo, hasta antes de su detención era una activista estudiantil universitaria y alumna del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) de la Universidad Autónoma de México.

Ericka, junto con otros estudiantes de la UNAM, había arribado a la comunidad del Charco para hacer trabajo voluntario de alfabetización, precisamente unos días antes de la masacre ocurrida contra indígenas indefensos por miembros del ejército mexicano. Ahí estaban ella y sus compañeros, uno de ellos murió.

A los universitarios sobrevivientes los militares los detuvieron y Ericka fue obligada a declarar —bajo tortura— que pertenecía al Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente (ERPI). Ocho días después de la masacre, el 15 de junio, se le dictó auto de formal prisión, acusándola de conspiración y rebelión y sentenciada ocho años y medio de prisión. Primero fue recluida en el penal de máxima seguridad de Puente Grande, Jalisco; pero luego se le trasladó al Centro de Readaptación Social del Chilpancingo, donde permaneció durante cuatro años.

El presente testimonio es producto de una plática con Ericka Zamora —el 11 de junio— días después de su liberación en el espacio universitario al cual se ha reintegrado. Cuando se realizó la entrevista Ericka estaba preparando su último examen para terminar el CCH y tiene planes de continuar sus estudios en la UNAM en la carrera de Sociología.

¿Cómo fuiste tratada?

Para empezar desde que me detienen hay una atención especial hacia mí, no era del lugar, además, era estudiante de la universidad, eso implicó que me tuvieran más atención, desde los interrogatorios hasta la tortura, y eso sirvió perfectamente para que se me acusara de ser una alta dirigente de un grupo armado, digamos que esas fueron mis desventajas después del Charco.

¿Crees que el trato y las agresiones que viviste aumentaron por ser mujer?

Si, si, incluso desde que me detienen se dirigieron hacia mí de manera degradante por ser mujer, de puta no me bajaron.

¿Qué otras cosas te decían?

Eran muchas… pero sobre todo dirigido en ese tono degradante hacia la mujer, decir si era la prostituta de todos los compañeros que estaban ahí, era una agresión por ser mujer, una agresión al género. En las instalaciones militares las amenazas fueron más duras, durante la tortura, el estar ahí en un baño donde estaban un sin fin de militares y estar desnuda, las preguntas, pero sobre todo condicionarme a vestirme a partir de que iba firmando, posteriormente, cuando nos trasladan al penal de Acapulco me llevaron a un área separada que ubicada en el hospital del penal, ahí estuve más de dos meses y medio en una celda totalmente cerrada, en junio cuando el calor es insoportable en Acapulco, y no tenía derecho a salir. En este lugar había internos infectados de tuberculosis, era una área de aislamiento para ellos, ahí estabamos Efrén y yo. Era un espacio donde las únicas mujeres eran las presas políticas. Nos cuidaban guardias hombres todo el día y la noche, al pie de la celda. Cuando nos trasladan a Puente Grande, en noviembre de 99, el trato fue el mismo para Virginia y para mi.

¿Eran médicos hombres?

Eran mujeres. Se nos hizo el tacto vaginal y anal a Virginia y a mí, de seis mujeres que llegamos fuimos las únicas que nos hicieron eso, se veía claro que había una consigna de tratarnos de esta manera, sobre todo por ser presas políticas, había una intención de herirnos. Esto fue al ingresar, pero en la vida cotidiana en el penal nos obligaban a caminar con las manos hacia atrás y con la cabeza agachada y no podíamos voltear a ningún lado, ese trato era solamente para nosotras, las presas políticas; los internos varones caminaban normal. Lo que no podían hacer con los internos se desquitaban y lo hacían con nosotras.

¿Caminar de esta manera fue frecuente?

Era siempre. Y la única manera que tuvimos para liberarnos de ese castigo y del maltrato de que fuimos objeto fue con una huelga de hambre.

¿Era una regla caminar en esa posición?

Sólo para nosotras era una regla. Pero además creemos que las guardias en sus casas eran reprimidas y se desquitaban con nosotras, porque siempre había un exceso en el trato hacia nosotras; entendíamos que estábamos en un penal de máxima seguridad, pero también se nos hacia demasiado el maltrato de algunas guardias mujeres hacia nosotras.

¿Muy agresivo?, ¿Igual que los hombres o más?

Creo que más, pues viniendo de una mujer, vaya tu esperas otro trato...

¿Te duele más?

Si así es, y nosotras hacíamos todo tipo de peticiones al subdirector de seguridad para que pusiera orden entre sus guardias y nunca se nos hizo caso. Hasta que dijimos hasta aquí; e hicimos una huelga de hambre, y logramos cambiar cosas. Con las toallas sanitarias era otro problema, éstas eran proporcionadas por el servicio médico, sin embargo, cuando requeríamos un cambio, teníamos que entregar la toalla sucia, si no lo hacíamos simplemente no se nos daba otra toalla y todo mundo se enteraba; los guardias hacían burlas entre ellos: “que si ya fuiste a cambiar el pañal... que no se que...” pero lo peor de todo era que las propias custodias, siendo mujeres, seguían ese jueguito.

Siempre argumentamos que no deberíamos estar en ese penal porque no había instalaciones para mujeres, señalabamos que se estaba violando él artículo 18 que dice que hombres y mujeres deben estar en lugares totalmente distintos y Puente Grande no contaba y no cuenta con instalaciones para mujeres. Nos tenían en el área de observación y clasificación, esa área es utilizaba para los ingresos y para segregación de algunos internos; lo que para ellos era una segregación para nosotras era nuestra vida cotidiana. Otra cosa era el cabello, teníamos que andar con el cabello corto, si bien es cierto que era incómodo andar con el cabello largo, también era cierto que era nuestra única identidad de género en un penal de hombres, obligadas a vestir con ropa de hombre, usar zapatos de hombre, pues el cabello era lo único que nos identificaba.

¿Que lograron con la huelga?

Logramos que nos vendieran las toallas sanitarias, al menos ya no teníamos que pasar por lo del intercambio; que nos dejaran crecer el cabello; que nos cambiaran el desodorante; que ya no camináramos con la cabeza agachada y las manos para atrás. Ahí en Puente Grande ese fue nuestro mayor triunfo, después de ello fuimos presas como todos los demás.

La huelga duró siete días, logramos que algunos medios nos hicieran difusión y esto fue lo que nos ayudó a que todas estas cosas cambiaran, además lo habíamos denunciado ante la misma Comisión Nacional de Derechos Humanos y nunca se hizo nada, se lograron quitar nuestros castigos especiales, por la presión que hubo desde fuera, esto fue en el 2000.

Cuando nos trasladaron a Chilpancingo otra vez tuvimos que luchar por cambiar la situación, pues a nosotras no se nos permitía bajar al área de visita varonil que es donde están las tiendas en donde te puedes surtir, y siempre estabamos vigiladas. Hicimos intentos de hablar con el Director del penal y no nunca nos dieron respuesta. Hasta que metimos una queja ante la Comisión Estatal de Derechos Humanos —que para ser justos y hacer un reconocimiento— jugó un papel muy importante, pues la comisión y nosotras logramos que se nos permitiera tener una vida cotidiana igual que todas las demás internas.

Algunos guardias nos decían que había tres formas de morir; la muerte del cuerpo, la muerte del espíritu y la muerte de la mente. Frente a esto, me dije, no les voy a dar el gusto, yo voy a tratar de sobrevivir a esta estructura penitenciaria y se sorprendían mucho, sobre todo porque tenían la experiencia de la anterior interna que sufrió crisis de depresión tremendas.

Virginia Montes y yo dijimos: no les vamos a dar el gusto de que nos vean llorando y derrotadas, y nos la pasábamos cantando, hablando de poesía, se sorprendían y supongo que por eso se dieron todas las situaciones para degradarnos como personas, eso nos templo más el carácter.

Cuando estábamos en el patio, abría las ventanas de la celda para que entrara aire, y había guardias que me decían “tienes que cerrar la ventana” y nosotras, llenas de orgullo les respondíamos que nos hartaban y que habíamos decidido no cerrar la ventana; era una lucha de haber quién cedía. Nos castigaban y nos sacaban del patio, era una forma de doble represión porque sabían que el patio era nuestro único momento de esparcimiento, entre comillas, que estábamos fuera de los pasillos y celdas, entonces se desquitaban y nos metían a la celda.

En el sistema de Puente Grande y la forma de tratarnos nos templó el carácter, sobre todo a mi pues Virginia siempre ha sido una persona muy fuerte. Todo ese trato nos formaba un caparazón para evidenciar, en apariencia, que no sentíamos esas injusticias, que no nos hacían daño; nosotras sabíamos que si pero aparentemente les tratábamos de demostrar que sencillamente no funcionaba.

Cuando me trasladaron a Puente Grande uno de los argumentos fue que yo le aventé una bolsa al director, es decir que lo agredí, ese fue el argumento por el que me consideraron de alta peligrosidad y un peligro para la estabilidad del penal. De antemano yo sabía que había un trasfondo político, ya que siempre se denunciaron las violaciones de derechos humanos no sólo del penal sino del estado y supongo que por eso éramos una piedra en el zapato.

En ese entonces alfabetizaba en el penal del Acapulco, y como que esto no les gustaba mucho.

¿A quienes alfabetizabas?

A hombres y mujeres pero sobre todo había más hombres y cuando llega el asesor de ese grupo le digo a los señores que los tengo que dejar y ellos dicen que no, que les siga enseñando, que porque yo les enseñaba con más cariño decían. No sé que paso, pues se dan irregularidades, trabajábamos bajo el sistema de INEA (Instituto Nacional de Educación para Adultos). Se supone que había por parte del INEA un apoyo, cada mes, era un programa oficial, pero obviamente yo trataba de enseñar más, de abarcar conocimientos que tuvieran que ver con la vida cotidiana de todos ellos no solamente abocarme a lo que venía en los manuales y esto se convirtió en un problema, siempre se me boicoteaba, para empezar nunca recibí ese apoyo que supuestamente daba el INEA, yo sabía que lo cobraban pero nunca supe quién se lo quedaba.

¿Cómo entraste en este programa en el Penal?

Había dos tipos de programas uno en el que venían profesores externos pero el horario no era flexible para algunas personas, por ello se instituyó otro de 7 a 9 de la noche y era donde participábamos gente que estaba en el Penal, nosotros éramos los asesores de este programa.

¿Había mujeres?

Si había bastantes pero era muy difícil que se integraran a estos programas pues son mujeres que tienen hijos y muchas de ellas son el sostén de la familia, estando presas pues tienen que trabajar

¿Tienen opciones de trabajar dentro del penal?

Algunas, aunque no por parte del Penal, sino que cada una tiene que buscar la forma de sobrevivir: lavando ropa, tejiendo bolsas, todo lo que se pueda para sacar algo de dinero y envíarselo a sus familias.

¿A parte de estar presas tenían que trabajar para mantener a sus familias?

Así es, las posibilidades de trabajo en un Penal son muy pocas y económicamente es muy bajo el ingreso, ello provocaba un fenómeno que yo le llame de prostitución inconsciente porque muchas mujeres al verse en esta situación, aceptan tener relaciones con internos por una necesidad económica.

¿Muchas mujeres practican este tipo de prostitución, lo permiten las autoridades?

Por supuesto, además en todos los Penales. Creo que son un reflejo de la sociedad y como vivimos en una sociedad tan corrupta obviamente en los penales se ve mucho más la corrupción; este tipo de situaciones se dan, obviamente, con la complicidad de las autoridades. El Reglamento de los penales no permite que una persona que tiene su pareja pase a visita conyugal con otra persona, pero de repente uno veía que pasaban hombres con tres mujeres distintas en días distintos y las mujeres igual.

¿Seguiste estudiando?

De hecho cuando me detuvieron en lo del Charco el rector que entonces era Barnes siempre dijo que no éramos estudiantes, siempre hubo un deslinde, fue prácticamente imposible reanudar los estudios. Con Ramón de la Fuente compañeros de la universidad, sobre todo consejeros universitarios democráticos del movimiento estudiantil, hablaron con él para que se me permitiera terminar el CCH y finalmente dijo que sí. Estaba por presentar un examen cuando me puse en Huelga de hambre y se tuvo que posponer.

¿Gracias Ericka, quieres agregar algo?

Quiero agradecer todo el apoyo que me brindaron organizaciones sociales, estudiantiles, de mujeres, pues gracias a ello y a toda la presión que ejercieron se logró, finalmente, mi libertad, como he dicho siempre las liberaciones de los ecologistas, del general Gallardo, la mia y la de casi todos lo presos políticos se ha alcanzado gracias a la presión social, pues el gobierno se ha visto obligado a ceder —en mi caso— y sirvió para que por primera vez el Tribunal se apegara a derecho, logrando que se nos absolviera, después de cuatro años, ya estamos por fin libres.

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