No. 19
(abril-junio de 2002)

 

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Rosa Luxemburgo: la cuestión nacional y la autonomía

Michael Lowy*

Tenemos por fin traducido al francés, gracias a la iniciativa de Claudie Weill, este texto de Rosa Luxemburg, a menudo citado, pero que no se conoce más que de segunda mano, por la crítica que de él hizo Lenin. Se trata de seis artículos publicados entre 1908-1909 en el Przeglad Socjaldemocratyczny (La Revista Socialdemócrata), el órgano teórico del SDKPiL (Partido Social Demócrata del Reino de Polonia y de Lituania), del que Rosa Luxemburgo y Leo Jogiches eran los principales dirigentes. Es la primera vez que el conjunto de estos textos está reunido en un libro. Como recuerda Claudie Weill en su introducción, estos artículos están estrechamente ligados al combate internacionalista intransigente que llevaba la marxista judeopolaca contra el “social patriotismo” representado en Polonia por el PPS, el Partido Socialista Polaco. Están también en relación con los debates sobre la cuestión nacional en el movimiento obrero ruso, es decir, en el POSDR (Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia al que pertenecía, desde 1906, el SDKPiL). Los seis artículos son relativamente autónomos pero forman parte de un conjunto coherente:

I. El derecho de las naciones a la autodeterminación. II. El estado-nación y el proletariado. III. Federación, centralización y particularismo. IV. Centralización y autoadministración. V. La nación y la autonomía. VI. La autonomía del reino de Polonia. El argumento principal, y el más controvertido, de esta compilación es la crítica contra el derecho a la autodeterminación proclamado por el programa del POSDR y defendido tanto por los bolcheviques como por los mencheviques como ilusión utópica. Ciertamente, Rosa Luxemburgo acepta la resolución del Congreso de la Internacional Socialista de Londres (1896) que afirma el derecho a la autodeterminación de todas las naciones. Pero en su interpretación esto no será posible más que en el futuro socialista de la humanidad: “Las naciones serán dueñas de su existencia histórica cuando la sociedad humana sea dueña de su proceso social” escribe en una de aquellas bellas fórmulas cuyo secreto poseía. Mientras tanto, mientras vivamos bajo el capitalismo la única conclusión práctica que se puede sacar de este imperativo es luchar contra toda manifestación de opresión nacional. De la misma forma la comparación no deja de tener interés cuando luchamos por la igualdad social y política de los sexos.

Hay en el argumento de Rosa Luxemburgo un aspecto profético, que se ha cumplido plenamente durante el siglo XX: en el capitalismo, escribe, no puede existir estado nacional que no sea militarista, agresivo, expansionista, guerrero, conquistador. La lucha criminal entre las naciones es la regla, no la excepción. El imperialismo capitalista, con su lógica de expansión comercial o colonial, destruye la independencia de un número creciente de pueblos e incluso de continentes enteros. Los estados imperialistas europeos y norteamericanos dominan no sólo las colonias sino también otros países, formalmente independientes pero de hecho completamente sometidos. Por el contrario, el aspecto más “fechado” y el más discutible de este texto es lo que ella designa como “el frío análisis del socialismo científico”, que rechaza todas las soluciones “utópicas” y todos los “clichés metafísicos” como “los derechos de las naciones” o “los derechos humanos” en nombre del “desarrollo social objetivo” del capitalismo, del “desarrollo progresista de la sociedad burguesa”. El papel de la socialdemocracia, es decir, en la terminología de la época, de los marxistas, no es apoyar un pretendido “derecho” metafísico de los pueblos, escribe, sino acompañar “la corriente del desarrollo objetivo” de la civilización capitalista que va hacia la centralización económica y política. Rosa Luxemburgo está aquí influenciada por la ideología del progreso y por el evolucionismo lineal, encarnados en el seno del marxismo de la II Internacional por Karl Kautsky, el autor más citado en este libro. Una visión bastante determinista de la historia de la que se desembarazará de forma radical en 1915, con la consigna de “Socialismo o barbarie” del folleto firmado como “Junius”.

Más interesante es su propuesta de autonomía nacional-cultural, una solución original para la cuestión nacional, distinta tanto de la planteada por los marxistas rusos, el derecho a la separación, como de la predicada por los marxistas austríacos: la autonomía cultural (no territorial).

Constituye a sus ojos una de las formas posibles de la autoadministración local moderna que distingue categóricamente del federalismo, sumariamente tachado de “reaccionario”, es decir una forma de descentralización y democratización de los grandes estados que no pone en cuestión su unidad política.

La idea de autonomía nacional parte también de la constatación de que la cultura como todas las ideologías es relativamente autónoma: se relaciona con la herencia ideológica del pasado y sigue su propio desarrollo lógico en un espacio dado. Los intereses culturales del proletariado exigen la eliminación de la opresión nacional y una vida cultural amplia, sin restricciones. La autonomía nacional-cultural es pues una forma de autoadministración local de los territorios nacionales, con su propio poder legislativo local y el desarrollo, por la educación popular, de la cultura nacional. ¿En el caso de una revolución democrática contra el zarismo, cuál sería el futuro del Reino de Polonia, es decir de la parte (de hecho la mayoría) de la Polonia anexionada por el Imperio ruso en el siglo XVIII?

Rosa Luxemburgo cree que “el desarrollo capitalista conjunto de Polonia y Rusia” condena al fracaso por “utópico” y “reaccionario” todo proyecto separatista, todo sueño de independencia de Polonia. En el marco de una República rusa democrática, por el contrario, se podría establecer una nacional para Polonia, permitiéndole gestionar, según los principios de la autoadministración local, su propia política educativa, agrícola, minera, sanitaria y sobre todo cultural. Este texto muestra que, a pesar de su oposición radical al nacionalismo polaco en sus versiones tanto de derechas como de izquierdas, Rosa Luxemburgo no deja de denunciar la opresión nacional que sufre Polonia en el marco del Imperio zarista e intenta salvaguardar una forma de vida nacional autónoma para el pueblo polaco en un futuro democrático común con los demás pueblos del Imperio. La solución era interesante, a condición de ser presentada como propuesta programática de los socialistas, con la posibilidad para los interesados, es decir, para el pueblo polaco, de aceptarla o preferir otra, en un proceso democrático de autodeterminación. Es un poco la división del trabajo que le propondrá Lenin: nosotros, los marxistas rusos, afirmamos el derecho a la autodeterminación de la nación polaca, y ustedes, los marxistas polacos, luchan contra el separatismo y por la unidad con los trabajadores rusos.

Las previsiones de Rosa Luxemburgo sobre Polonia no se realizaron, pero su programa de autonomía nacional vuelve a tener actualidad hoy, cuando se ven, sobre todo en Europa del Este, en los Balcanes y en el Caucaso, los estragos del separatismo nacional llevado a su absurdo. Hay que añadir, sin embargo, que a ojos de Rosa Luxemburgo, la autonomía nacional no es la única forma política aplicable a todos los grupos nacionales. Allí donde las nacionalidades están estrechamente imbricadas, como en el Caucaso, trazar fronteras es una tarea insoluble. En estas situaciones en que la separación territorial es impracticable, el único método democrático que asegura a todas las nacionalidades la libertad cultural sin que ninguna domine a las demás, es una amplia autoadministración local que ignore las fronteras étnicas. A condición de completar esta descentralización con leyes culturales y lingüísticas, a escala de todo el estado, que protejan a las minorías. La preocupación de los derechos de las minorías es otra constante de la reflexión de Rosa Luxemburgo sobre la cuestión nacional. Se sitúa en la misma dirección de lo que ella llama, en uno de los más bellos pasajes del libro, “el ideal moral y social del socialismo”, que exige “defender los derechos de los que nada tienen en relación a los poseedores, de las mujeres en relación a los hombres, de los menores en relación a los padres y tutores, de los niños llamados ilegítimos en relación a los padres y a la sociedad”.

*Michael Löwy ha escrito para el periódico de la Liga Comunista Francesa Rouge el siguiente artículo, con motivo de la aparición de un libro de Rosa Luxemburg en francés recogiendo sus escritos sobre la cuestión nacional y la autonomía (Rosa Luxemburg, La cuestión nacional y la autonomía. Le Temps des Cerisses, París 2002, 264 páginas, traducido y presentado por Claudie Weill, con la colaboración de Bruno Drweski).

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