No. 19
(abril-junio de 2002)

 

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Entrevista a Assía Moshim

Assía Moshim nació en Marruecos en 1963 y actualmente reside en Francia. Sus primeros estudios los realizó en la ciudad de Meknes, la cual describe como una “ciudad imperial, con gran tradición que durante mucho tiempo fue considerada la capital histórica”, aunque todavía es vista como una de las ciudades imperiales porque está amurallada. Ciudad que fue “la capital de Marruecos durante la dinastía del sultán Moulay Ismail (1672-1727) del cual aún existe el mausoleo”.

Es una mujer de origen marroquí, que se pone de pié para dar lectura a un poema de Mahmud Darwich, todo ello se escenifica en la Biblioteca Lerdo de Tejada de la ciudad de México. Cada una de las frases que componen el poema están impregnadas de profundos sentimientos que invaden lenta y cadenciosamente el recinto. Esta experiencia con Assía tiene como fondo los colores impregnados en las paredes, nos referimos a los frescos del pintor de origen ruso Vlady Serge, hijo de Victor Serge. Días antes, Assía nos había develado, con su conferencia “Las mujeres en el discurso religioso del islam”, el mundo árabe preislámico, contextualizando la presencia de elementos semíticos, así como las influencias beduinas en el islam, por ejemplo, el uso del velo. Assía Moshi nos dice que se presentó un momento en la historia del islam donde se escenifican tensiones culturales entre el ámbito rural y el urbano, surgen elementos religiosos que configuran la simbología femenina en el islam: “la mujer se convierte en algo sagrado; el espacio de la casa es sagrado, mujer es igual a objeto sagrado; santuario es la casa hogar”.

Una reflexión de las distintas conferencias y el intercambio tenido con ella nos confirman la complejidad de elementos presentes en la historia, tanto social como política, de los países en donde prevalecen las leyes islámicas; sus luchas de resistencia y reivindicaciones; sus tensiones internas; la estrecha relación entre lo religioso y lo político y la expresión de esta relación en el mundo de la práctica cotidiana, social y política. Assía Moshi, mujer menuda con una extraordinaria sensibilidad, además es una apasionada del idioma español, otro punto de enlace entre dos mundos, los fragmentos de su vida dan cuenta de su historia, de su ruta, la del encuentro con el castellano, a través de Elena Poniatowska y, finalmente, con México.

 

El castellano, un encuentro fortuito

“Después del bachillerato me fui a estudiar a Fez —que está a 60 kilómetro de Meknes—, la carrera de Letras Hispánicas; realmente mi encuentro con el español ha sido totalmente fortuito porque yo estaba más bien destinada, por tradición, a la carrera de letras francesas porque la zona del centro de Marruecos —que es el atlas medio— ha sufrido la colonización francesa y tenemos mucha relación con la cultura y la lengua francesa y, lógicamente, yo iba a estudiar eso; sin embargo al arribar a la universidad para matricularme, fue una cuestión del destino —yo creo en el destino—, porque no se cómo pero me matriculé en Hispánicas, en el Departamento de Lengua, Literatura y Civilización Españolas e Hispanoamericanas. Entonces con Hispanoamérica no tenía más contacto que el teórico de los libros pero ya sentía cierta identificación con este continente”.

Francia el occidente; crisis y añoranza de Marruecos

“Terminada la maestría nos dieron —éramos seis—, una beca para ir a Francia a estudiar el doctorado, yo no lo pensé dos veces; pues no quería casarme y estar en Marruecos en el mismo molde que mi mamá, entonces decidí salir a Francia. La verdad y pensándolo ahora con un poco de distancia a lo mejor no lo volvería a hacer porque me espantaría, pues ha sido difícil. Al llegar a Francia no conocía a nadie tuve que establecerme, contar conmigo misma y evitar todas las trampas y abusos de la gente que te pretende ayudar. Me matriculé en el primer año en doctorado pero sufría demasiado, era tan diferente la cultura de occidente —en este caso de Francia— y la gente traía tanta prisa en la calle, yo duré tres meses sin hablar con nadie, estaba totalmente desubicada y regresé varias veces a Marruecos; al final tomé la decisión de no terminar el primer año y de regresar a mi país, porque lloraba mucho, la soledad fue terrible en Francia”.

Cuando saliste de Marruecos, lo que pláticas de esa trayectoria y de cómo llegas a Francia, decías que no querías un modelo y te referías a tu madre, ¿qué representaba ello?

Mi mamá representa el mismo modelo mexicano de la madre sufrida y abnegada, cuando yo leí El laberinto de la soledad de Octavio Paz, me sentí como en mi casa, pues sentía que eran los mismos modelos, los mismos arquetipos sociales que podemos encontrar en Marruecos; ese era un modelo que no quería repetir, esto fue, después de que tomé, conciencia de las cosas, y creo que se lo debo a mi papá. Él insistió que todas sus hijas fueran a la escuela igual que los varones; para mí era muy importante la escuela porque era la única manera de superarme, de salvarse de ese modelo. Creo que sí puedo hablar de liberación, de un punto de partida ahí mismo en la escuela y una toma de conciencia que le sigue.

Después, gracias al sistema bilingüe en Marruecos a mí me tocó estudiar, desde los seis años, árabe en la mañana y francés en la tarde. Nací con la lengua marroquí, que es diferente del árabe clásico que se enseña en la escuela, pero crecí con estos dos idiomas y todo lo que ello implica culturalmente, entonces siempre he estado impregnada de la cultura francesa, todas mis lecturas han sido en francés y muchas de las asignaturas de aquel tiempo se enseñaban en francés: matemáticas, filosofía, física, química, ciencias, todo nos lo daban en francés y mi papá, que era vanguardista, quería que todas sus hijas tuvieran una carrera, que todas tuviéramos la autonomía financiera e intelectual y que no dependiéramos nunca de un hombre, eso decía él. Pero mi papá también se parece mucho al arquetipo del macho mexicano, aunque esto hay que matizarlo. Machista árabe en el sentido de que es el jefe de la familia, la mujer no trabaja y, por tanto, no tiene derecho a opinar, no tiene esta libertad de acción como la que tenemos hoy nosotras, hasta cierto punto. Para mi las cosas estaban claras, tenía que estudiar y seguí este modelo que me imponían en principio, tenía que estudiar, y después de la carrera cuando terminé la maestría me apoyó para que me fuera Francia, mi padre me apoyaba en todo.

De los demás arquetipos sociales que existen en Marruecos, retomando un poco la terminología que usó Octavio Paz, existe el de la mujer mala, es decir, la mujer que ha estudiado, que se asume como mujer, cuando digo se asume la palabra tiene una carga mucho más fuerte que en occidente, pues allá no existen mujeres que vivan solas, y aunque la mujer obtuviera los títulos académicos que quisiera sigue siendo una mujer y esto nos remite a la ley islámica que decreta que la mujer es una mujer, es un ser inferior y el testimonio de un hombre equivale al de cuatro mujeres delante de la ley.

El retorno a casa

De Francia me regresé a Marruecos, me presenté a oposiciones académicas nacionales, las primeras de Relaciones Exteriores que aprobé, al mismo tiempo aprobé otras oposiciones nacionales para ser maestra de español en secundaria. Se me planteaba entonces el dilema de escoger, y siguiendo el consejo de mi padre, que es vanguardista en algunas cosas, pero también tradicionalista en otras, según él, una mujer no podía pasarse la vida viajando en aviones, por ello lo mejor para mi era entrar a la escuela normal superior para ser maestra, en mi familia mis otras dos hermanas también son maestras. Seguí el consejo y entre a esta escuela normal, duré un mes.

Pero en aquel entonces me daba cuenta que yo había cambiado durante mi estadía en Francia, pues no quería ser maestra de secundaria, quería ser doctora y quería otras cosas de la vida. Tenía esta ambición del estudio, de la investigación. Entonces decidí regresar otra vez a Francia, decisión muy difícil, ya que mis padres, sobre todo mi papá, no entendía este tipo de elección; dada la situación económica de Marruecos yo me daba el lujo de rechazar dos trabajos y de irme a la aventura total, porque estudiar el doctorado significaba estar allá cinco años con una beca miserable que me daba el gobierno Marroquí.

Me fui triste por la incomprensión de mis papas, pero decidida a terminar lo que había iniciado. En veinte días redacté la memoria del primer diplomado, me presenté, me recibí con mención y mandé el certificado a mi papá como diciéndole “mira, no estoy perdiendo el tiempo, mira si estoy consiguiendo cosas”.

El encuentro con Poniatowska

Assia Moshi había tomado una resolución me “dije, bueno, eso fue elección mía, ahora tengo que cumplir con este proyecto de vida que quiero, entonces, después del primer año, era el momento de escoger un tema de investigación porque el primer diplomado lo realicé sobre lingüística, relacionado con sintaxis española y como estaba en el Departamento de Ciencias del Lenguaje y ahí el problema estriba en que todos los maestros eran catedráticos de lengua francesa y no podían seguir el corpus que yo daba en español y me enfrenté al problema de traducirlo todo, pero el maestro no podía tener más que una visión aproximada de lo que yo quería decir. Entonces me trasladé al Departamento de Hispánicas con la opción de Hispanoamérica, contacté a una académica muy prestigiada en Francia —ahora colega mía, llamada Milagros Izquerro— para acordar sobre cuál podría ser un tema de investigación. Cuando nos entrevistamos me preguntó si conocía a Elena Poniatowska, obviamente no la conocía, y me dijo: “es una periodista mexicana pero también escribe literatura, si te interesa trabajar conmigo podría ser este el tema”, y este fue. Entonces empecé mis investigaciones y no encontraba libros, el primero de Poniatowska que leí fue Fuerte es el silencio, que me impactó muchísimo. Después empecé a buscar más libros que no encontraba en Toulouse en el sur de Francia, tuve que pedirlos prestados a la biblioteca de París y al Instituto de Altos Estudios de América Latina. Me mandaron otro libro La noche de Tlatelolco que me dejó deshecha y dije “pero como voy a trabajar sobre esto si ya no puedo ni dormir”, me impactó muchísimo, la crónica sobre el temblor, también fue algo terrible. Me comentaron en la biblioteca que existía otro libro que era Hasta no verte Jesús mío, y me lo mandaron, lo empecé a leer y cual no fue mi desesperación, porque no entendía nada de los mexicanismos. Ahora soy toda una especialista y manejo bastante bien estos modismos y mexicanismos, pero, además, los defiendo. Creo que leí tres o cuatro veces el libro, y decidí trabajarlo, me tardé cuatro años en la redacción de la tesis de doctorado que se titula, “De la crítica genética a la morfogénesis; el caso de Hasta no verte Jesús Mío de Elena Poniatowska”.

La hipótesis de trabajo y el manuscrito

Conocí a Elena Poniatowska en Montpellier, Francia, cuando se organizaron “Las Bellas Extranjeras” y el país de honor era América Central, en esa ocasión vinieron José Agustín, Carlos Monsiváis y Elena Poniatowska invitados por la Universidad de Montpellier Paúl Valery donde yo cursaba el doctorado. Elena Poniatowska me hizo el favor de prestarme el manuscrito que precedió a la redacción de la obra. Hasta no verte Jesús mío pertenece al género novela-testimonio, me interesaba mucho esta conjunción entre la ficción y la realidad, es decir, el testimonio; toda la problemática que implica y las contradicciones que están subyacentes. Empecé a trabajar el manuscrito, así como el texto publicado, con una perspectiva primero lingüística partiendo de la teoría de la enunciación; las dos figuras que constituyen el esquema de la comunicación, el enunciador o el locutor frente a su interlocutor o su enunciatario. En el caso del testimonio oral o el intercambio oral es mucho más palpable, es más fácil ver todos los mecanismos de codificación y descodificación que implican los dos procesos de producir un mensaje y de recibir un mensaje y de descodificarlo. El problema se complica cuando se trata más de un texto literario, escrito, que ha pasado por mecanismos de mediación, de la escritura, de la edición, que va acompañado de un texto editorial que lo engloba, lo captura, lo califica como texto literario ya no como una serie de vivencias de una persona de carne y hueso, entonces la problemática es esta: Elena Poniatowska —y esto forma de manera general el cuerpo mismo o la ideología misma del género novela testimonio—, quería darle voz a los que no la tenían, la protagonista, si ustedes recuerdan, era una mujer del pueblo que se llamaba Josefina Bojórquez, lavandera y Elena Poniatowska la identificaba con el canto de un gallo; la señora era de Oaxaca y tenía vida, la escuchó hablar y le interesó por su recorrido, por sus vivencias, entonces se presentó de antemano una especie de contrato social. En mi tesis hablo de contrato social entre un sujeto social que es Elena Poniatowska, que produce un estimulus a la que concede Josefina Bohórquez con una respuesta, el estimulus consiste en el relato de vida de esta mujer. Con la aceptación de este contrato social le explica que de su testimonio oral ella va a hacer un libro, entonces había un acuerdo muto entre las dos instancias; mi hipótesis de trabajo es que en el paso del testimonio oral al texto escrito se pervierten las estructuras mismas del testimonio, o sea que se manipula la materia prima y en vez de darle voz a los que no la tienen se recupera la voz de la gente del pueblo para mejor manipularla, manejarla, reelaborarla, rescribirla, etcétera. Para ello me apoyo en las marcas lingüísticas que aparecen en las diferentes fases de la corrección del manuscrito, en estas fases, por ejemplo, se han borrado todas las marcas de la enunciación, se han borrado todas las preguntas, se han conservado las respuestas, como si fuera un relato autobiográfico. Otras marcas consistían en cambiar todas las marcas de popularidad por signos lingüísticos más elaborados, porque el libro estaba destinado a una elite que sabía leer y escribir, doy nada más un ejemplo; “harto”, se convirtió en mucho; también algunas formas incorrectas de usar el español como “casarse por el cevel” en vez de civil, algunos modismos, etcétera. Entonces el trabajo partió de la crítica genética, del manuscrito a la morfogénesis, demostrar como el texto mismo se vuelve independiente y produce el mismo significado de la materia que lo constituye y, por supuesto, que detrás hay una instancia ideológica que manipula esta materia, aunque ésta sea con las mejores intenciones del mundo. La prueba está en que, cuando Elena Poniatowska terminó la primera versión mecanografiada del testimonio de Josefina Bojorques se lo lleva y se lo lee a la protagonista y ésta no se reconoce en su propio relato de vida, no se reconoce en esas vivencias, ya extrañas para ella misma. La primera fase de la ficcionalización se da con el cambio del nombre mismo de este ser de carne y hueso. En vez de Josefina Bojórquez se habla de Jesusa Palancares, una mujer apasionante y apasionada, fue soldadera durante la revolución mexicana, oriunda del Istmo de Tehuantepec en el estado de Oaxaca y relata su llegada a la ciudad de México, su recorrido y su cambio de bandos durante la revolución por falta de conciencia política, una vez estaba con los zapatistas o con las tropas constitucionalistas que otras veces hasta con los villistas, es una visión maravillosa, viva, subjetiva. Hablando de literatura estamos superando la realidad, pues estamos en otra mediación, en otra modelización, más bien.

México una pasión

Me impactó muchísimo el libro de Hasta no verte Jesús mío de Poniatowska, si bien sufrí al principio cuando no entendía nada, después hablaba como Jesusa Palancares, hay unas expresiones que de vez en cuando surgen en mi discurso y algunas personas me dicen ¿pero de dónde sabes esto?, por ejemplo, “para que no comas olvido”, me encanta esta expresión, se me hace sabrosísima, y hay otra, cuando Jesusa Palancares cuenta el episodio de casada con un hombre que la golpeaba, entonces, pobrecita, cuando el marido le decía; “Haber tráete el jabón me vas a lavar los pañuelos” significaba que la iba a golpear, y también decía “cuando mi marido me ocupada”, un eufemismo maravilloso. Abundan este tipo de expresiones, yo aprendí muchísimo, de veras esto se lo debo a Elena Poniatowska y le agradezco mucho por haber escrito este libro, mi español de México lo aprendí con el y mi pasión con México nació también con este libro.

El primer viaje de Assía a México fue en 1991 después de terminar la tesis que había iniciado en 1988. En 1998, participó como ponente en un congreso de socio crítica celebrado en la ciudad de Guadalajara.

Nos despedimos de Assía con la sensación, todavía presente, de aromas de jazmines, con imágenes de las mezquitas que nos ha descrito en un español de giros graciosos, en una frase resumió lo que hoy es una profunda vinculación con nuestro país: “ Y, pues, quedé pasmada con este país porque dije México se parece mucho a Marruecos”.

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