No. 18
(enero-marzo
de 2002)

 

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La situación de la mujer palestina

Sofía Arjonilla Alday1 y Julieta Fuentes2

Las cosas se dificultan más y más a medida que los toques de queda abarcan áreas mayores desde el comienzo de la Intifada.3 Algunas zonas están sin agua, electricidad o suministro de productos diversos. Además, los israelíes han destruido las carreteras indirectas creadas por los palestinos para enlazar los pueblos o distritos separados.4

Estos son parte de los hechos que ocurrían a fines de julio del 2001, relatados por Rana, una mujer palestina, cultivada y políglota que trabaja desde hace años para organizaciones no gubernamentales extranjeras (ONG's) en Palestina.

Para septiembre del mismo año la situación había empeorado sensiblemente: Esto nos puede llevar a una situación de mayor inseguridad si comienza un proceso en el que muramos de hambre. Toda la ayuda externa es insuficiente en estos momentos de violencia, rabia y odio entre las dos partes en contienda. Las casas de los palestinos en Jerusalén están siendo confiscadas o demolidas para construir barrios o asentamientos judíos. Ningún periódico escribe sobre ello, se lamenta Rana. La población árabe jerusalemita5 está ahogada en impuestos, y ahora ya no pueden pasar a Cisjordania, ni siquiera a visitar a sus parientes, pues si lo hacen se les imponen multas de casi 17,000 dólares (U.S.) y pueden ir a la cárcel por ello.

El sector agrícola está hundiéndose por falta de agua (elemento controlado por los israelíes), y los campos cultivables palestinos están siendo utilizados como estacionamientos por los jeeps militares (israelíes)..., mientras el hambre crece entre la población, fundamentalmente en aquella de los campos de refugiados.

Si algún palestino jerusalemita es herido durante una manifestación o se convierte en mártir, su familia entera perderá su credencial de identidad,6 así como su vivienda.

 

Esta es la situación que mujeres y hombres, niños y ancianos viven hoy en Palestina. A esto hay que añadir dos circunstancias particulares que padecen específicamente las mujeres palestinas. Por una parte, al ser el centro de la unidad familiar, son el colchón amortiguador de todos los conflictos que el resto de miembros viven en el exterior; además de aquellos internos a la familia misma. Por otra parte, esta Intifada se ha caracterizado por un hecho que atenta contra todos los derechos humanos; los soldados israelíes están asesinando niños y adolescentes (menores de edad), tan sólo si los ven con una piedra en la mano. Esta pérdida contínua de sus hijos, mayores y menores, es el dolor constante que sufren las madres palestinas desde el comienzo de la Segunda Intifada. Desde ese momento hasta el 15 de marzo del presente año, 1205 palestinos civiles habían sido asesinados, 12.4% menores de 15 años, más 11.6% menores de 18, a lo que se añaden 18,473 heridos de gravedad (Palestine Media Watch, 2002). Shadia El Saraj7 relata como la madre de Ibraheem, una mujer de 43 años, cabeza de una familia de 10 miembros que habita en el Campo de Refugiados de Shati, en Gaza, intentó calmar la ira de su hijo ante la muerte de su mejor amigo. Pero no logró detenerlo. A la mañana siguiente Ibraheem se había ido a vender su única posesión, un pájaro, para pagar su pasaje a Eretz, la frontera de Gaza con Israel, donde les tiró piedras a los soldados que habían asesinado a su amigo, siendo abatido por los fusiles israelíes segundos después.

Este documento se centrará solamente en las funciones que han tenido las mujeres palestinas como producto de la situación política. Nos remontaremos al principio del conflicto para explicar brevemente la situación política, el papel que las mujeres han jugado en ella, los problemas que han enfrentado y aquellos en los que, aunados a las circunstancias descritas, se hallan inmersas.

En su inmensa mayoría, las mujeres palestinas son árabes y musulmanas.8 En este artículo me referiré tan sólo a las mujeres palestinas que viven al interior de Palestina, que comprenden Cisjordania, la franja de Gaza y el Jerusalén árabe, dejando de lado al 60% de la población palestina que vive en el extranjero, fundamentalmente en Jordania, Egipto, Siria, Líbano, Canadá, E.U., Inglaterra y algunos países de América Latina.

La situación de la mujer palestina ha estado determinada desde 1948 por la situación política, cuando se creó el estado de Israel y se despojó a los palestinos de más de la mitad de su territorio. De entonces datan los llamados refugiados del 48, a los que se unieron, tras la Guerra de los Seis Días, los de 1967, cuando Israel ocupó militarmente todo el territorio palestino, expulsando a gran parte de la población, con lo que el número de refugiados asciende a dos tercios del total de palestinos en el mundo. Se puede decir que desde entonces Palestina ha vivido una guerra de baja intensidad, cortada por 2 periodos de guerra abierta: el primero surgido en 1987 con la Primera Intifada que finalizó con la firma de los Acuerdos de Paz9 en 1993 y la creación de la Autoridad Nacional Palestina-ANP (formada por la Organización de la Liberación de Palestina-OLP); y el segundo periodo durante la Segunda Intifada, en la cual el pueblo palestino se encuentra inmerso en la actualidad. Comenzó en septiembre del 2000 ante el fracaso de los Acuerdos de Paz, que hasta la fecha sólo habían cedido un 17% del territorio de Cisjordania y un 60% del de Gaza a la ANP. Jerusalén sigue bajo disputa, ya que tanto palestinos como israelíes quieren tenerla como capital política, y la creación de un estado nación palestino sigue siendo una posibilidad vedada por el gobierno israelí.

Desde la creación del Estado de Israel la situación de la mujer palestina empezó a cambiar drásticamente. Aunque la mujer palestina, en tanto musulmana, seguía los principales preceptos del Islam, era, ya en aquella época, la que se encontraba en un mayor grado de evolución dentro de las mujeres de la zona (en materia de preparación formal).

Las mujeres palestinas hasta 1948 se habían mantenido fundamentalmente en el ámbito del hogar y la actividad social que desplegaban, aparte de la de esposas y madres, era la caridad, que es uno de los principales preceptos de la religión islámica. Con la ocupación israelí pasaron rápidamente a cubrir las necesidades sociales, que en ausencia de un Estado Palestino quedaban sin solventar. De esta forma enfatizaron su rol de preservadoras de la identidad palestina y la unidad familiar. Este soporte social hacía las funciones de Estado de Bienestar, ayudando a los refugiados y a las familias de prisioneros.

Más tarde, con la ocupación militar israelí de la totalidad del territorio, en 1967, dio un giro el movimiento de las mujeres. Debido al cambio severo en las condiciones socio-económicas, hubo un levantamiento de resistencia femenina incluso en la lucha armada. Empezaron a surgir organizaciones de masa femeninas. Se caracterizaron por su gran flexibilidad, vitalidad y fuerza en la confrontación contra la ocupación. Sin embargo, en aquella época decidieron supeditar las reivindicaciones de género a aquellas de la lucha nacional por recuperar su tierra, su Estado y su nación.

La sociedad palestina está basada en un sistema patriarcal impuesto por la tradición islámica. Este sistema impone restricciones que tienden a excluir a las mujeres del proceso de toma de decisiones, incluso en los momentos más ntensos de su activismo durante la Primera Intifada (Ghada Zughayar, 1995). Aunque se acepta su actividad política, ésta debe ser confinada a los patrones patriarcales de la lucha nacional que han fortalecido la división de género en el trabajo y que deciden hasta dónde deben llegar las mujeres. Esto ha hecho que la mujer palestina haya tenido que luchar en muchos frentes, ante los israelíes, ante su propia sociedad, y muchas veces ante su familia.

Durante la Primera Intifada las mujeres no sólo se incorporaron a la lucha política activa, sino que a raíz de ella, muchas tuvieron que salir a trabajar fuera del hogar debido a la ausencia del jefe de familia, por muerte o encarcelamiento. De esta forma la mujer palestina tuvo que abandonar el lugar al que la tradición islámica la había confinado, el de la esfera privada, para irrumpir en la pública (Arjonilla, 2001). Sin embargo no lograron el reconocimiento social, ni puestos políticos de decisión. El problema de la entrada de la mujer en el espacio público en una sociedad tradicional islámica, es que la mujer pone en juego el honor de la familia a la que pertenece (Zughayar, 1995). El honor radica en la pureza de la mujer y ésta en la virginidad. Para salvaguardarlo existe la segregación sexual. Esto genera tensiones en las familias en las cuales las mujeres militan en una asociación o partido político. La situación se agudiza debido a que el factor islamista ha sido incorporado en la agenda política como uno de sus componentes, a saber: la recuperación de los valores musulmanes y la moralización de la sociedad, incluída la segregación de sexos. El objetivo ha sido diferenciarse de la sociedad israelí, el enemigo al que se considera como la encarnación del mal y de la corrupción. En el discurso nacional palestino la mujer aparece siempre representada en un forma tradicional, como la conservadora y reproductora de las tradiciones y de la identidad nacional, identificada con la patria, mientras que la ciudadanía política se identificaba con lo masculino (Barreñada, 2000).

Mas, una dimensión que no ha sido tomada en cuenta es que el islamismo como movimiento reformista moderno, no impide, sino que reorienta la actuación pública de las mujeres (Barreñada, 2000). Las mujeres palestinas más tradicionales trabajan en redes asistenciales y de ayuda mutua islamistas, aunque su trabajo comunitario está acotado a ciertos campos (ej: las mujeres de Hamás).

El activismo político de las mujeres palestinas ha llevado a varias de ellas a las cárceles israelíes. En ellas los israelíes se han aprovechado de los valores tradicionales de la sociedad palestina (para humillar a las mujeres en los interrogatorios, desnudándolas, violándolas, etc.) y de sus familiares, pues han llegado a fotografiarlas en posturas indecorosas para luego enviar estas fotos a sus familiares como anónimos y así forzarlos a colaborar con los israelíes como espías.

Hunaida Ghanem (1995), realizó un interesante estudio sociológico sobre las prisioneras políticas palestinas en el que se ve claramente la percepción que tiene la sociedad palestina de ellas, y las consecuencias negativas que sufren como resultado, no sólo por parte de sus captores, sino de su propio entorno familiar y social.

Cuando una mujer prisionera política es liberada, los parientes y amigos felicitan a su familia. Lo hacen como una obligación social, pero en su interior no ven nada honorable en el comportamiento de “tales mujeres”. La sociedad palestina, al ser patriarcal y jerárquica, mantiene una doble valoración respecto a las mujeres activistas, principalmente respecto a las prisioneras políticas. Las activistas políticas y prisioneras fueron las primeras mujeres en transgredir este espacio físico y los roles de género. Han dejado la esfera del hogar para pasar al espacio público (trabajo fuera de casa y política) hasta entonces reservado a los hombres. Por lo tanto, la prisión es para los hombres. Esto hace que las mujeres prisioneras sean mal vistas y, de hecho, al quedar en libertad difícilmente alguien se casará con ellas, si son solteras. Si son casadas dependerá de la actitud del marido (unos las han abandonado, mientras otros las han apoyado y ayudado). Esto es debido a la asociación de prisión con violación o vejaciones diversas. Los hombres prefieren casarse con mujeres que no estén metidas en política.

Asimismo, estas mujeres que han luchado igual que los hombres son objeto de glorificación y júbilo, pero al mismo tiempo sufren las restricciones diarias de su sociedad, incluso políticamente son marginadas.

Se ha dado además una disparidad entre el papel activo de la mujer en la revolución y su rol más pasivo al interior de la familia. A pesar de ello existe hoy en día numerosas asociaciones de mujeres palestinas que forman espacios autónomos, independientes de los masculinos, que cuentan con protagonismo propio y con agendas feministas que han permitido abordar temas como la violencia doméstica, los derechos políticos o la discriminación laboral.

Fue a partir de la Primera Intifada cuando se les hizo patente a las palestinas que la liberación nacional no era, necesariamente, sinónimo de liberación social. Esto se debió a que su lucha en el frente no fue reconocida, ni recompensada con los cargos políticos correspondientes. Cobraron conciencia entonces de la necesidad de adquirir poder político y social, pero se percataron, al mismo tiempo, de que esto requería la transformación completa de la sociedad.

De 1987 a 1993 la mujer palestina pasa de la politización a la socialización, luchando por la obtención de sus derechos civiles. Anteriormente no se había articulado ninguna agenda estratégica de y para las mujeres. Posteriormente, en las elecciones de 1996, establecieron la agenda de requisitos de la mujer, pugnando por su representación política en los diferentes partidos políticos.

El Documento sobre los Principios de los Derechos de la Mujer adoptado y ratificado por la General Union of Palestinian Women es una expresión del desarrollo político y social de la mujer palestina. Sin embargo, este documento ha sido dejado de lado por la ANP, la cual, legitimada mediante elecciones en enero de 1996, creó el Consejo Legislativo Palestino a fin de promulgar nuevas leyes que sustituyeran a las actualmente vigentes.10 En un primer momento la OLP sólo nombró a 6 mujeres entre las 300 personas designadas para formar los comités.

Isaías Barreñada (2000) señala que en la ANP dominan los sectores conservadores de la OLP del exterior,11 unidos a grupos tradicionalistas del interior12 que, por razones políticas se han coludido en los temas referidos a las mujeres. El resultado ha sido un discurso político modernizador, abierto aparentemente a los cambios, pero una postergación en la práctica de las reformas legales, y muy tímidos progresos en las decisiones judiciales, así como una falta de iniciativa para contrarrestar la presión social y la reproducción de prácticas tradicionales, unida a una cierta pasividad de la policía ante la violencia doméstica. Esto se ha debido en gran parte a que la principal oposición política a la ANP es islamista (Hamás), por lo que la agenda de género corre el peligro de ser utilizada para la confrontación. Por otra parte la presión de ONGs y de organismos internacionales han obligado a la ANP a introducir unidades de género o departamentos en los ministerios para abordar la situación de la mujer.

El Ministerio de Asuntos sociales está dirigido por la única mujer ministra, Intizar al-Wasir, conocida como Un Jihad,13 esposa del que fuera el brazo derecho de Arafat y líder ideológico de la OLP, asesinado por los israelíes, Abu Jihad, héroe para muchos palestinos. Este ministerio ha promovido varios programas dirigidos a las mujeres. Asimismo, el Ministerio de Planificación y Cooperación Internacional (MOPIC) dispone desde 1996 de un Departamento de planificación de género y desarrollo, dirigido por Zahira Kamal, destacada activista de los comités populares de mujeres. Su objetivo es incidir en una estrategia de género que implique todas las políticas públicas, asegurar la igualdad en todas las esferas y potenciar la participación de las mujeres en todos los centros de decisión. La presidencia de la ANP cuenta con una consejera para asuntos de la mujer, Fatmah Rabah. Sin embargo las organizaciones de mujeres han propuesto la creación de un Alto Consejo para Asuntos de la Mujer, ligado a la presidencia de la ANP, que cuente con representación del movimiento de mujeres (Barreñada, 2000).

Muchas palestinas opinan que la ocupación militar israelí produjo un retraso de más de 30 años en la evolución natural de una sociedad, dando como resultado el mantenimiento de la Ley Otomana más las restricciones provenientes del Mandato Británico, y añadiendo las leyes provenientes de Jordania y Egipto. La ocupación ha producido limitaciones en la educación, el declive en los servicios sanitarios, el colapso de la estructura económica debido a la confiscación de tierras, propiedades, etc., más las medidas arbitrarias del ejército israelí (legalizadas como órdenes militares, creadas todas por motivos de seguridad). A partir de la Primera Intifada se da también un fenómeno de involución, fundamentalmente en las mujeres que habitan en Gaza, que son obligadas a cubrirse la cabeza primero, y a vestir de forma tradicional después, terminando por confinarlas, la mayoría de las veces, al ámbito del hogar. Esto se debe a la fuerza que ha ido cobrando en esta región la presencia de los Hermanos Musulmanes, cuyo brazo armado Hamás empezaría a actuar poco después. La actividad que estos movimientos musulmanes realizan, en educación, caridad, etc., fundamentalmente en los campos de refugiados (en los que habita el 70% de los palestinos de Gaza) es muy fuerte y, por lo tanto, su influencia religiosa también.

Cuando se empezaron a crear las instituciones palestinas, tras los Acuerdos de Paz, los grupos progresistas tenían como objetivo lograr la garantía de una legislación democrática, que reconociera plena igualdad de hombres y mujeres ante la ley. En 1994 se llevó a cabo una reunión14 en Jerusalén de mujeres palestinas venidas de todo el mundo, en la que se debatió sobre la legislación que debía regir en un futuro Estado palestino. Unas mujeres opinaron que sólo tenía que existir la Shari'a (ley familiar islámica), otras que se tenía que elaborar un código civil que protegiera a la mujer en cualquier circunstancia, y aquellas más conciliadoras, pensaban que tenían que existir las dos leyes, civil y religiosa, pero que si una mujer tenía que ser juzgada, ella debería elegir bajo qué ley lo sería. Mas, para su sorpresa, se encontraron con que en los primeros borradores la principal fuente de legislación era la Shari'a o Ley familiar islámica, misma que rige hasta la fecha. Podemos concluir, por tanto, que el factor islamista ha supuesto una traba para poder implantar reformas legislativas de carácter liberal o laicizador, que afectan a las mujeres en varios ámbitos. Pero, ante la presión del movimiento de mujeres se ha logrado un consenso en cuanto a los derechos de la mujer en la esfera pública, pero aún no se llega a aprobar una Ley sobre el estatuto civil. Hay que tener en cuenta, además, que las demandas provienen de una elite cultivada de mujeres palestinas.

Las asociaciones de mujeres y de derechos humanos han jugado un papel destacado en la promoción de un debate para sensibilizar a la opinión pública sobre los problemas que afectan a la mujer en Palestina, sin embargo, no se puede hablar de la existencia de una agenda de género consensuada, ya que las posturas son muchas y muy variadas dentro del movimiento de mujeres.

La situación de las mujeres palestinas se dificulta más cada día. Sin embargo ellas no cesan en su lucha diaria, por la supervivencia física y como nación, por su liberación en tanto pueblo y en tanto mujeres, por su dignidad como personas. En su última carta Rana me envía este proverbio palestino: “A pesar de las amarguras de la vida, la pena y la tristeza, aún quedan momentos dulces y alegres que tenemos que vivir y disfrutar”. Con los palestinos nos percatamos de la razón que tenía Ernst Bloch (1977: XI y XV) cuando afirmaba: “Se trata de aprender la esperanza... La esperanza, situada sobre el miedo... Espera, esperanza, intención hacia una posibilidad que todavía no ha llegado a ser...”, pero que es la que mantiene vivas a estas mujeres en lucha en todos los frentes. Aprendamos un poco de ellas, capaces de pensar de forma positiva aún en los peores momentos.

 

Notas

1. Sofía Arjonilla Alday, de nacionalidad mexicana/española es doctora en filosofía política por la Universidad Autónoma de Madrid, actualmente investigadora del Instituto Nacional de Salud Pública. Ha investigado en Palestina en diversos periodos de los años 1994, 1995 y 1997. Su última visita a Palestina fue en noviembre de 1999, antes de que empezara la actual Intifada. Autora del libro La Mujer Palestina en Gaza, Madrid, Ed. de Oriente y del Mediterráneo, 2001.

2. Julieta Fuentes Carrera, mexicana, pasante de la carrera de sociología de la Universidad Nacional Autónoma de México, se encuentra actualmente realizando su tesis de licenciatura sobre el conflicto palestino-israelí. A raíz de un viaje realizado a Medio Oriente en 1999 se enfocó al análisis del aspecto geopolítico del conflicto, tema en el que planea especializarse.

3. Se refiere a la Segunda Intifada, surgida en septiembre del año 2000. La primera, también llamada “rebelión de las piedras” fue un movimiento civil de los palestinos contra la ocupación israelí que comenzó en la Franja de Gaza en 1987. Consistió en tirarle piedras (que es lo único que tenían) a los soldados israelíes. A las y los que tiraban piedras los soldados israelíes les machacaban los huesos a culetazos de fusil, imágenes aparecidas en la televisión de todo el mundo.

4. Fragmentos de cartas enviadas por Rana Hirbawi a la autora.

5. Jerusalemitas son los habitantes de Jerusalén.

6. Es el documento de identidad sin el cual nadie se puede mover a ninguna parte, porque el no tenerlo puede suponer la cárcel, pero además limita la movilidad, dependiendo en donde está expedido (Gaza, Cisjordania o Jerusalén). Para los habitantes de Jerusalén, existen además gran cantidad de requisitos para poder conservar dicho documento. Esos requerimientos cambian constantemente y quien no se entera de los cambios, pierde el documento y con él, el derecho a vivir en Jerusalén, que es uno de los objetivos israelíes, vaciarlo de habitantes árabes.

7. Correo enviado a fines del año 2000 a la Dra. Sofía Arjonilla.

8. Aproximadamente 3% de la población árabe que vive al interior de Palestina es cristiana.

9. Bajo la fórmula “paz a cambio de territorio”.

10. Las leyes vigentes en Palestina son otomanas unas, británicas otras, jordanas (en Cisjordania), egipcias (en Gaza) e israelíes. Como se apreciará, con este amplio abanico, sería deseable tener una leyes palestinas, las mismas para todos.

11. Nos referimos al exterior de Palestina, los que durante años lucharon con la OLP en el exilio.

12. Igualmente hace referencia al grupo de palestinos que se quedaron a vivir en Palestina, manteniendo la cultura tradicional islámica.

13. Um Jihad quiere decir la Madre de Jihad. Es costumbre entre los palestinos usar como nombres de guerra el Padre de o la Madre de el primer hijo varón, en lugar de su nombre real, parte de tradición y parte de protección. El nombre de guerra de Arafat es Abu Alá.

14. La Dra. Arjonilla estuvo presenta en dicha reunión.

 

Bibliografía

Arjonilla , Sofía. La mujer palestina en Gaza. Madrid, Ed. de Oriente y del Mediterráneo, 2001.

Barreñada , Isaías, “El proceso de paz y la situación de la mujer palestina”, estudio realizado por encargo de ACSUR, Madrid, julio del 2000.

Bloch , Ernst. El Principio Esperanza. Madrid, Ed. Aguilar, 1977.

Ghada Zughayar. “Palestine-Israel Journal of Politics, Economics and Culture”. In Women in the conflict, Vol. II., Nº 3, 1995.

Hunaida Ghanem. “Palestine-Israel Journal of Politics, Economics and Culture”. In Women in the conflict, Vol. II., Nº 3, 1995.

Palestine Media Watch.

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