No. 17
(mayo-junio
de 2003)

 

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Notas sobre Cuba y la democracia socialista

Rafael Bernabe*

Este trabajo se redactó hace más de un año. No se concibió como comentario a los hechos más recientes en Cuba. Estos, sin embargo, han vuelto a poner el tema sobre el tapete. Aquí presentamos una versión abreviada del documento original, al cual añadimos unas secciones al final sobre el momento actual.

La dictadura del proletariado y la democracia socialista

Empecemos con una precisión. Como marxistas pensamos que entre el capitalismo y el socialismo ha de existir una etapa de transición, que en cuanto a su dimensión política se ha llamado (de Marx para acá) dictadura del proletariado. El término dictadura puede prestarse a confusión. Tiene como premisa la concepción marxista de que en cierto sentido todos los estados son dictaduras: en el sentido de que están comprometidos con la reproducción de ciertas relaciones de clase, es decir, con la reproducción del dominio de determinada clase social. En ese sentido, el más democrático de los gobiernos burgueses es una dictadura, pues debe garantizar la reproducción del dominio político y económico de la burguesía.

Y es en ese sentido que un estado obrero puede describirse como dictadura del proletariado: es un aparato estatal que existe para bloquear y desarticular, por vía de la represión de ser necesario, la restauración del poder político de la burguesía, de la propiedad privada de los medios de producción, de la explotación del trabajo por el capital y para repeler cualquier agresión externa que tenga tales fines. Todas las revoluciones anti-capitalistas han tenido que enfrentar tales intentos de restauración y de agresión imperialista. Ejemplo de estos son las acciones de legítima defensa de Cuba ante la agresión imperialista, como el trabajo de los cinco cubanos ahora presos en cárceles norteamericanas, infiltrando y tratando de desarticular grupos terroristas que operan desde Florida. Por eso apoyamos la campaña por la excarcelación de dichos prisioneros. Y apoyamos a Cuba contra cualquier medida de agresión imperialista.

Pero la dictadura del proletariado no es ni puede ser dictadura sobre el proletariado. Es decir, como superación de la democracia burguesa, implica un amplio florecimiento de la democracia socialista, no sólo en términos de amplias conquistas sociales, sino como salto cualitativo en la participación política de las grandes mayorías. Esto implica, entre otras cosas, el ejercicio del poder estatal por delegados electos democráticamente (y renovados regularmente). Implica el derecho de los trabajadores a ser nominados o a nominarse a tales puestos, a formular y presentar propuestas sobre los problemas que pueda enfrentar el taller, la comunidad o el país. Implica el derecho de los trabajadores a organizarse de acuerdo a sus ideas respecto a diversos temas, a reunirse para crear tales organizaciones, a buscar apoyo para sus posiciones, a debatir con posiciones opuestas, a difundir sus ideas en la prensa o a través de actividades públicas. Estos no son derechos burgueses: sin estos derechos la clase obrera no puede gobernarse a sí misma, no puede autodeterminarse.

Nada de esto implica caer en los carnavales electoreros que todos conocemos, mucho menos en las campañas publicitarias típicas de las elecciones en el capitalismo. Tan sólo implica garantizar libertad de debate y expresión a todos, en los diversos organismos. Claro está: cuando hablamos del derecho de los trabajadores (y los habitantes en términos más generales) a crear diversas organizaciones, no estamos hablando del derecho a conspirar para derrocar el estado revolucionario. O el derecho a colaborar con los servicios de inteligencia imperialistas. O de preparar atentados contra funcionarios o instalaciones. O recibir dinero de la CIA o sus frentes. Todo eso puede y debe estar prohibido (cuán estrictas serían estas disposiciones sería algo a determinarse en cada caso). Violaciones a estas leyes deben ser castigadas por los tribunales. No creemos que ninguna revolución, en un mundo hostil, pueda sobrevivir sin tales medidas. Pero se trata de delitos que la ley debe definir, que los fiscales deben probar y de los cuales los acusados deben tener derecho a defenderse.

Pero hay que insistir que la democracia socialista no es un lujo, no es un aderezo bonito al proyecto de los comunistas: la única forma que tiene la clase obrera de elaborar una política que corresponda a sus intereses es a través de la libre expresión de su parecer, lo cual implica debate de posiciones divergentes, elección de funcionarios de acuerdo, no sólo a sus cualidades personales, sino a las ideas y propuestas con que se han identificado.

El balance del siglo XX

La construcción del socialismo implica remplazar la regulación de la vida social a través de la acción de las anónimas leyes del mercado, que operan ciegamente a espaldas de la comunidad, por un control conciente y planificado de la producción material. Las leyes del mercado, sin embargo, pueden remplazarse por dos tipos de gestión.

Se puede colocar en lugar del mercado una gestión burocrática, organizada por centros que actúan sin control democrático, que presiden sobre una jerarquía autoritaria, marcada por la existencia de privilegios materiales en los sectores que monopolizan el poder político. Es lo que existía en el bloque soviético. Es lo que existe en China (junto a la creciente presencia del capital privado). Las consecuencias a mediano y largo plazo de tal tipo de organización están a la vista: creciente malgasto de trabajo y materiales, incapacidad de fomentar entusiasmo o creatividad de los productores, falseo de la información económica, baja calidad de los productos, creciente rechazo de los trabajadores de tal estado de cosas, creciente desprestigio, en fin, del socialismo y creciente crisis de la administración burocrática, algunos de cuyos sectores van convirtiéndose en los agentes de una eventual restauración del capitalismo.

La restauración del capitalismo en la URSS fue un golpe terrible para la clase obrera. Pero esto no ha sido consecuencia de una conspiración de la CIA o de una repentina traición de Gorbachov. ¿Quién puede pensar que una clase obrera que había ejercido el poder político por setenta años, que se sentía dueña de su estado, se dejó convencer por la propaganda de la CIA o del Papa y permitió que Gorbachov y dos o tres traidores le arrebataran el poder político? ¿Acaso no es evidente que desde hace décadas la clase obrera había sido expropiada políticamente por un aparato burocrático, que se encontraba como clase en un lamentable estado de atomización y desmoralización, atomización impuesta por esa falta de democracia socialista y por la amenaza de represión de un gobierno que con buena parte de sus medidas no hacia más que desprestigiar el socialismo y que esas consecuencias del régimen burocrático crearon las condiciones que condujeron al colapso de la URSS? La necesidad de romper definitivamente con el stalinismo, de entender de forma marxista lo que fue la historia del llamado campo socialista en siglo XX es el punto de partida indispensable para una refundación del comunismo en el siglo XXI.

Hay que reconocer, claro está, que la historia no avanza de acuerdo a los programas. Pueden darse genuinos procesos de lucha anti-capitalista que no generen inicialmente o que enfrenten situaciones que debiliten o no favorezcan la consolidación de las formas democráticas que mejor corresponden al proyecto socialista. La necesidad de enfrentar la agresión imperialista y la contra-revolución en condiciones de aislamiento, de penuria material, nunca han favorecido el florecimiento de prácticas democráticas. Pero aún en esos casos, y aún si aceptamos como inevitables ciertas medidas de excepción, habría que entender que no se trata de un modelo superior, sino de serias limitaciones a la democracia socialista, no deseadas sino impuestas por las circunstancias, cuyas consecuencias son negativas (aún cuando en ocasiones puedan ser el mal menor) y pueden llegar a ser catastróficas. Advertir estos peligros es servir a la revolución, no traicionarla.

Algunos ejemplos concretos

Vamos a tomar el ejemplo de la energía nuclear. En un estado obrero se plantea la posibilidad de construir un reactor nuclear. No existe razón para que exista unanimidad entre obreros, científicos o socialistas sobre este tema. O pensemos en debates sobre legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo. O sobre la pena de muerte. O si determinada zona debe declararse reserva ecológica o explotarse productivamente. O si las residencias deben ser propiedad privada o pública. O si deben establecerse cuotas para combatir el legado del sexismo. O si debe establecerse un límite al crecimiento urbano. Sobre ninguno de estos temas --y sería fácil llenar varias páginas de ejemplos similares-- hay por qué pensar que existe una sola posición entre los socialistas, o en entre los trabajadores.

Se trata de diferencias legítimas sobre como proceder en la construcción de una nueva sociedad: debates entre trabajadores, entre socialistas, entre científicos, entre ecologistas o juristas. La democracia socialista debe implicar que tales cuestiones se decidan a través del debate público en que los partidarios de cada posición puedan difundir sus ideas y cuestionar las de otros y en que la decisión final esté a cargo de funcionarios electos (cuyas posiciones con respecto a diversos temas lógicamente serían parte de los debates que precedieron a su elección). Tan sólo de este modo aprende la clase obrera a gobernarse a sí misma, tan sólo de este modo se crea una forma de democracia superior a la democracia burguesa.

En Cuba, efectivamente, ha existido en diversos momentos un proyecto de desarrollo de energía nuclear. No es raro que se proponga. Lo que preocupa es que no haya debate. ¿En qué debilita a la revolución que los que objetan la energía nuclear expresen públicamente su oposición y señalen los riesgos ecológicos que, a su modo de ver, plantea dicho proyecto, o que el tema se debata en columnas contrapuestas en la prensa o en foros públicos? ¿En que debilita a la revolución que los interesados puedan crear, si lo desean, una asociación o comité para promover sus ideas, o incluso nominar candidatos a los órganos de poder popular, o que pidan a los candidatos que se definan al respecto? ¿De qué otro modo pueden los ciudadanos que no trabajen en los organismos a cargo de la planificación energética participar en la formulación de la política pública sobre este tema? Defender esto, ¿nos convierte en defensores de la democracia burguesa?

Para dar otro ejemplo. Todos conocemos la película cubana Fresa y chocolate que empieza a criticar lo que fue una reaccionaria política de represión contra los homosexuales en Cuba. ¿En qué ayudó a fortalecer la revolución esa política? En nada. ¿Qué justificación desde un punto de vista revolucionario podía ofrecerse para esa política? Ninguna. Además de ser injusta, dio armas a los enemigos de la revolución. Separó de la revolución a mucha gente que de otro modo la hubiese apoyado. Una película como Fresa y chocolate y la medida en que esa política empieza a cambiar fortalece la revolución, le quita armas a la contrarrevolución, le trae apoyo a Cuba. Y aquí precisamente hay que reconocer que la revolución no es ni puede ser infalible. En cierta medida lo ocurrido era inevitable. La revolución triunfó en 1959. En ese momento no existía un movimiento gay visible en ningún país.

Los revolucionarios cubanos se habían formado en un contexto que poco los capacitaba para entender el problema. Sería injusto esperar otra cosa. Pero, precisamente por ello, ¿acaso no le hubiese convenido a la revolución que, en la medida que en las luchas de la década del sesenta surgía en muchos países un movimiento de liberación gay, en Cuba también pudiese organizarse, por iniciativa propia y sin esperar que el PCC o el estado entendieran la importancia de ello, agrupaciones que exigieran el cambio de las políticas mencionadas, y que para ello tuviesen el derecho de criticar públicamente las prácticas existentes, denunciar prejuicios, e incluso polemizar con el PCC o líderes de la revolución, al considerar equivocadas algunas de sus opiniones? No dudamos que de este modo se hubiesen cambiado mucho antes políticas equivocadas, se hubiesen evitado injusticias, que la revolución hubiese ganado aún más apoyo y, lo más importante, que la revolución cumpliría más plenamente su objetivo fundamental de eliminar todas las formas de opresión a que se vea sometido el ser humano.

Pero la realidad es que en Cuba cualquier iniciativa de organización independiente del PCC y de las “organizaciones de masas” reconocidas se mira con sospecha. Esa sospecha, se justifica, en parte, por el bloqueo y la insidiosa y constante agresión imperialista, pero también es legítimo preguntarse si no va más allá de lo que la resistencia al bloqueo exige: esconderse de esa pregunta es abandonar la revolución al peligro de la burocratización, que al minarla desde adentro, también favorece a quien pretende derrocarla desde afuera.

Cuba, ¿simple dictadura?

¿Será correcto describir a Cuba como mera dictadura o como algo equivalente a la antigua URSS o a China o Corea en la actualidad? Creemos, en cuanto a lo primero, que hay que reconocer los indudables logros sociales de la revolución. No sólo los logros, sino los esfuerzos, en condiciones muy difíciles, por consolidarlos y extenderlos, como ha sido el caso a partir del colapso de la URSS.

En cuanto a lo segundo, nos parece que habría que tomar en cuenta uno serie de factores: el grado mayor de igualdad, el menor desarrollo de los privilegios materiales en los sectores dirigentes (comparado con otros estados “socialistas”); el apoyo al gobierno y a muchos de sus líderes en buena parte de la población que les ven como garantes de esas conquistas sociales y de la independencia de Cuba; el compromiso de miles de funcionarios del estado y del PCC con la idea del socialismo, de la igualdad, de una nueva sociedad y su solidaridad con diversas luchas; la no existencia en Cuba de formas de represión masiva y totalitaria (masacres, gulags, etc.); el grado mayor de tolerancia de diversas formas de expresión, así como de debate en ciertas instancias sobre problemas inmediatos y cómo resolverlos.

En 1921 Lenin describía a la URSS como un estado obrero con deformaciones burocráticas. Esas deformaciones también existen en Cuba, algunas (como en Rusia en 1921), por razones entendibles. No por ello dejan de ser un problema. Esas deformaciones pueden consolidarse, endurecerse: Cuba seguiría el camino de la antigua URSS. Esas deformaciones pueden combatirse y pueden ir superándose: en ese caso Cuba fortalecería sus mejores logros. Si criticamos determinados aspectos de la realidad cubana es porque, a partir de una reflexión de la experiencia del socialismo en el siglo XX, deseamos alertar sobre el primer peligro y fomentar el segundo desenlace.

A veces se presenta como muestra del carácter de la democracia en Cuba, el hecho de que el PCC no nomina candidatos a los puestos electivos de los órganos de poder popular. Tampoco se hacen campañas políticas. Sin embargo, esto implica que durante las elecciones no se debaten los temas que los candidatos tendrán que abordar una vez electos. Se eligen a los más respetados quizás, los más disciplinados, pero ¿cómo se determinan las políticas que han de implementar estos delegados? La tendencia de este mecanismo es a que las iniciativas vengan desde arriba y a que los funcionarios electos las transmitan como agentes movilizadores. Nos parece que este sistema, en Cuba, tiene elementos democráticos, de verdadera intención de conocer la reacción de la población a las iniciativas y de readaptar las medidas tomando esto en cuenta, pero por lo general dentro de los límites que acabamos de indicar.

Porque entendemos la realidad del bloqueo, las dificultades que implica el aislamiento, el peligro real de agresión imperialista que existe en Cuba, sería injusto e irresponsable exigir cambios de la noche a la mañana. Lo importante sería la dirección de los cambios. Los ritmos se irán determinando sobre la marcha. Lo primero sería abandonar la idea del unipartidismo como ideal o como modelo superior. Reconocer lo existente, como ya dije, como estructuras que pueden y deben ir cambiando, a partir de los logros de la revolución. Quizás no puedan surgir inmediatamente muchos periódicos, pero quizás Granma, Trabajadores o Juventud Rebelde pueden hacerse publicaciones menos monolíticas. Quizás no pueden permitirse inmediatamente diversos partidos, pero quizás se pueden hacer debates más abiertos dentro del PCC, con posiciones públicas y contrapuestas, que puedan debatirse más ampliamente. Y así sucesivamente.

Tres argumentos: los logros, los límites de la democracia burguesa y el bloqueo

Cuando se plantea alguna crítica al gobierno de Cuba en muchos casos se responde con tres argumentos. En algunos casos se señalan los logros sociales de la revolución y se supone que ello ya demuestra la existencia de una forma superior de democracia. Esos logros no son desdeñables. Somos los primeros en reconocerlos. Esos logros demuestran la superioridad de una economía planificada, incluso en condiciones muy adversas. Esos logros, sin embargo, no demuestran cuan amplia o limitada es la democracia socialista en Cuba. Democracia es algo más que garantizar servicios esenciales, por importante que ese hecho pueda ser.

En otros casos se responde a la crítica indicando los límites de la democracia burguesa: la compra y venta de puestos, el control de los candidatos y de los medios por los ricos, los millones necesarios para elegir un legislador, un presidente, etc. Estamos de acuerdo con esa crítica. Por algo somos socialistas. Pero constatar los límites de la democracia burguesa y su pluripartidismo nos dice poco o nada sobre si en Cuba existe o no democracia socialista.

Es curioso como al señalarse alguna crítica a Cuba, se responde a menudo que en Estados Unidos no hay democracia verdadera y su prensa no es verdaderamente libre, lo cual es cierto, pero no responde a la inquietud señalada.

Como socialistas aspiramos a la abolición del capitalismo, lo cual implica abolir la democracia burguesa, no el derecho y la posibilidad de organizar partidos. Precisamente en la medida que se prive a la burguesía de la propiedad de los grandes medios de producción, de las grandes fortunas, de los grandes medios de difusión masiva, en la medida que se crea un nuevo ejército, se hacen posibles nuevas formas de pluripartidismo que acompañarán la compleja transición hacia una nueva sociedad.

Por último, a menudo se responde a las críticas señalando que no se puede olvidar el bloqueo y la agresión imperialista. Estamos de acuerdo: cualquier planteamiento sobre Cuba tiene que incluir una denuncia de la constante agresión imperialista. También reconocemos el derecho de las revoluciones a tomar medidas temporales y hasta extremas para defenderse. Pero en tal caso hay que examinar cada práctica o disposición para ver en que medida se justifica.

Es decir, el bloqueo puede justificar algunas limitaciones, pero no puede usarse para justificar automáticamente cualquier medida o política. Y aquí no podemos más que repetir lo que ya planteamos: si bien el gobierno de Cuba tiene la necesidad, y el deber, de descubrir conspiraciones contrarrevolucionarias, habría que ver con cuidado como las limitaciones que ahora existen a la circulación de ideas y a la organización política de los trabajadores y de otros sectores son o no necesarias en la lucha contra el bloqueo o la agresión imperialista.

Los debates recientes en torno a Cuba

Empecemos por el texto de José Saramago “Hasta aquí he llegado”. Saramago señala que “Disentir es un derecho”. Reconoce que es posible que “disentir conduzca a la traición”. Pero advierte que el paso de uno a otro debe “ser demostrado con pruebas irrefutables”. Señala que no le parece que ese haya sido el caso de los “disidentes” recientemente enjuiciados, condenados, en su opinión, a penas “desproporcionadas”. De igual forma señala que si bien el secuestro de un barco es un “crimen severamente punible”, no se justifica la pena de muerte “sobre todo teniendo en cuenta que no hubo víctimas”. Tanto con los juicios como con las ejecuciones, concluye, Cuba “ha dañado mis esperanzas, ha defraudado mis ilusiones”. Cuba “ha perdido mi confianza” . Y subraya: “Hasta aquí he llegado. Desde ahora en adelante Cuba seguirá su camino, yo me quedo.”

Lo que sorprende de este texto es la ambigüedad de sus conclusiones. ¿Qué significa “hasta aquí he llegado”? ¿Dónde se “queda” Saramago? ¿Qué posición concreta asume ahora que ha perdido su “confianza”? ¿Qué implicaba la “confianza” que antes tenía? Criticar los encarcelamientos o las ejecuciones es, a mi modo de ver, perfectamente legítimo, pero es compatible con seguir apoyando la revolución cubana. ¿Excluye Saramago esta posibilidad? De ser así, estamos en desacuerdo con él: no creo que los fusilamientos al menos hayan fortalecido a Cuba en su enfrentamiento con el imperialismo, pero no por ello dejo de ser solidario con Cuba.

Tengo la impresión de que Saramago, como muchos en el pasado, está pagando las consecuencias de no entender la idea del apoyo crítico a un proceso como el cubano: antes, para defender a Cuba, no la criticaba, ahora que se siente obligado a criticarla parece ser que no ve la forma de combinar la crítica con la solidaridad. Resulta imperdonable, en todo caso, que se hable tan ambiguamente sobre un tema como este. Permitir que el gran prestigio que se tiene se pueda poner al servicio de la agresión contra Cuba es algo que debe evitarse a toda costa. Saramago, en su apresurada declaración, no ha sabido protegerse de ese peligro.

En ese sentido, Benedetti ha respondido de manera más ecuánime: ha insistido que se puede criticar la pena de muerte y las recientes ejecuciones y seguir apoyando las conquistas de la revolución. Benedetti está del lado de Cuba contra el imperialismo, pero no deja de criticar las posiciones del gobierno cubano que considera equivocadas (como la aplicación de la pena de muerte). Es una posición sensata. Coincido con ella.

Sin embargo, otras respuestas a Saramago me parecen bastante objetables, sobre todo porque, bien vistas, no sólo critican a Saramago por no solidarizarse con Cuba, como hace Benedetti y con lo cual estoy de acuerdo, o por formular una crítica que se considera injusta, sino más bien, por haberse atrevido a objetar acciones del gobierno cubano, implicando y a veces afirmando abiertamente que tan sólo engreimiento intelectual, oportunismo profesional, inconsistencias burguesas o falta de compromiso anti-capitalista pueden explicar que alguien critique a Cuba o al gobierno cubano. Así, Susna Viau (“El ombligo de Saramago”, Pagina 12, 21 de abril de 2003) afirma que “Es triste que los intelectuales, ... , se dediquen a mirarlo todo desde la estrechísima ranura del ombligo; que la realidad acabe reducida a sus ... rabietas.” Más adelante, señala irónicamente: “¡Qué funesto error el del gobierno cubano que no se detuvo a consultar a Saramago y a todos los Saramagos de este mundo qué debía hacer con los tres agentes infiltrados por Bush ...”. Y más adelante afirma, amparándose en Trotski: “aunque sean revolucionarios, las épocas de revolución no son para los poetas, son duras, ... La exacerbada sensibilidad de los artistas sueña con lo que viene después de la tormenta.”

No estoy de acuerdo con Saramago, ya lo dije, ¿pero acaso se trata de un autor que vive mirándose el ombligo? ¿Acaso no se trata de un crítico del capitalismo, del imperialismo, de la globalización neoliberal, del zionismo, etc.? ¿Qué sentido tiene negar este hecho, aún cuando intentamos demostrar que se equivoca? Lo que más me preocupa de todo esto no es tanto la inexactitud en la descripción de la trayectoria de Saramago, sino la actitud que a través de ella se nos invita a asumir hacia Cuba. Efectivamente: si todas las inquietudes surgen del ensimismamiento de Saramago, de su exacerbada sensibilidad artística, si se trata de mera rabieta intelectual, ¿por qué pensar que en Cuba pueda haber algún problema que amerite nuestra consideración crítica o que pueda ser preocupante para alguien que no padezca de fijación con su ombligo o de exagerada sensibilidad artística?

Los tiempos son revolucionarios y Saramago como artista, no puede entenderlo: caso cerrado. Las muy diversas referencias que he visto a Saramago (también Galeano) como intelectuales que no entienden los imperativos de la lucha revolucionaria (o señalamientos similares) dan por demostrado lo que habría que demostrar: que el curso de acción del gobierno cubano se justifica y que todo los problemas y limitaciones están del lado de los intelectuales (inconsistentes, arrogantes, subjetivos, etc.). Más que una respuesta a Saramago o a los “intelectuales”, este tipo de posición tiende a cerrar la posibilidad de una dinámica de intercambio crítico de diversas posiciones en el movimiento anti-capitalista y anti-imperialista.

Así Viau afirma que Saramago estaba “obligado a saber que Fidel Castro no es un aventurero y la Revolución Cubana no es una aventura”. Estamos de acuerdo: Fidel no es una aventurero y la revolución no es una aventura. Pero, me pregunto, ¿puede equivocarse el liderato de una revolución? ¿O será que el señalamiento de que “Fidel no es un aventurero” debe entenderse como la admonición de que sus razones habrá tenido y a callar todo el mundo? ¿Será esto lo que entiende como debida actitud militante alguna gente? La reacción de Saramago tiene mucho de rabieta, pero, ¿qué se saca contestando con otras rabietas, que evaden los problemas reales que pueden plantear determinadas acciones del gobierno cubano?

Por su lado, señala Luis Bilbao (“Hasta dónde llegar con Cuba”) refiriéndose a los que han criticado las ejecuciones: “quienes condenan a Cuba y a Fidel por esto, en realidad le niegan a los trabajadores y el pueblo cubanos el derecho a ejercer su violencia organizada contra quienes quieren reimplantar en la isla emancipada la violencia organizada en función de los intereses del capital.” De igual forma señala: “Nadie consciente podría ocultarse la gravedad del momento ..., la necesidad de optar por la revolución o la barbarie, simbolizada en estas horas por la invasión asesina ...en Irak.” Y al concluir señala que: “En todo caso, no se trata de definir hasta dónde acompañar a Cuba. Se trata de saber hasta dónde se está comprometido en la lucha por abolir el capitalismo.”

Sin embargo, me parece que el compromiso con el objetivo final y las orientaciones generales que implica, no nos salva del problema concreto: nuestro compromiso con la abolición del capitalismo, nuestra apuesta a la revolución contra la barbarie, nuestra enfática afirmación del derecho de Cuba a defenderse de la contrarrevolución ¿acaso implica, acaso exige que estemos de acuerdo con cada una de las decisiones del gobierno cubano? ¿Acaso no es posible reconocer el derecho y el deber del pueblo cubano a defenderse y a la vez criticar, sin embargo, determinadas decisiones y acciones concretas, precisamente porque nos parecen contraproducentes en términos de dicha defensa? Lejos de excluir, la respuesta solidaria con Cuba que sin duda debemos dar al “aquí me quedo” de Saramago, debe admitir, afirmar esta posibilidad, que implica defender la revolución como un espacio de orientaciones diversas en que ninguna, ni siquiera la de los líderes más admirados, tiene el monopolio de la verdad.

Galeano ante sus críticos

Más interesante, por los temas planteados, resulta el texto de Galeano “Cuba duele” y algunas de las respuestas que ha generado, en particular la de Heinz Dieterich Steffan. Dieterich concluye su respuesta a Galeano señalando que “El futuro de Cuba no está en la podrida institucionalidad de la civilización burguesa, ni en el control de sus corruptas elites. Su futuro está en la apertura hacia la democracia participativa postcapitalista y de esta no hablan Galeano y Saramago.” En cuanto al tema de los fusilamientos, Dieterich, rechaza lo que considera “cómoda posición principista de Saramago y la patética posición subjetivista de Galeano” y señala que “existe una tercera posición frente a los fusilamientos: disentir con la pena de muerte y ser solidario con los heroicos esfuerzos del proyecto cubano, de no caer como ‘fruta madura en el seno de Estados Unidos' ...” Esta posición, como dije, me parece correcta. Es la misma que asume Benedetti.

Sin embargo, quien lea el artículo de Dieterich podría pensar que Galeano no dice nada sobre “la democracia postcapitalista” o que al oponerse a la pena de muerte no se solidariza con los esfuerzos del “proyecto cubano” de defenderse ante la agresión imperialista. Veamos brevemente las ideas que se encuentran en el texto de Galeano.

Galeano señala que el gobierno de Bush carece de toda autoridad moral para condenar a Cuba: “Estados Unidos, incansable fábrica de dictaduras en el mundo, no tiene autoridad moral para dar lecciones de democracia a nadie. Sí podría dar lecciones de pena de muerte el presidente Bush, que siendo gobernador de Texas se proclamó campeón del crimen de Estado firmando 152 ejecuciones...” De igual forma considera que las personas condenadas a prisión actuaban en coordinación con “el representante de los intereses de Bush en La Habana.” Señala, por tanto, que “Esta ‘oposición democrática' no tiene nada que ver con las genuinas expectativas de los cubanos honestos...” Se trata de una oposición que anima la “nostalgia de los tiempos coloniales en un país que ha elegido el camino de la dignidad nacional.” Galeano denuncia “la carnicería de Irak.” De igual forma critica el bipartidismo que hay en Estados Unidos, con su partido único “disfrazado de dos”. Tampoco pierde de vista el acoso bajo el cual Cuba ha tenido que luchar por sobrevivir. Advierte que esa agresión puede agravarse en el futuro cercano. Dice: “¿Será Cuba la próxima presa en la cacería de países emprendida por el presidente Bush? Lo anunció su hermano ... cuando dijo: ‘Ahora hay que mirar al vecindario', mientras la exiliada Zoe Valdés pedía a gritos, ..., ‘que le metan un bombazo al dictador'.”

Pero Galeano no se limita a denunciar las barbaries del imperialismo. Se refiere a lo que él llama una doble traición: “El siglo XX, y lo que va del XXI, han dado testimonio de una doble traición al socialismo: la claudicación de la socialdemocracia, que en nuestros días ha llegado al colmo con el sargento Tony Blair, y el desastre de los estados comunistas convertidos en estados policiales. Muchos de esos estados se han desmoronado ya, ..., y sus burócratas reciclados sirven al nuevo amo con patético entusiasmo”. Sugiere Galeano que este triste desenlace tiene que ver con las consecuencias del régimen de partido único: “nunca creí, en la democracia del partido único ...”. Plantea, en fin, que si bien la revolución cubana ha sido y es diferente, en las condiciones de acoso que ha tenido que desarrollarse, ese régimen de partido único no ha dejado de tener consecuencias negativas: “La revolución cubana nació para ser diferente. Sometida a un acoso imperial incesante, sobrevivió como pudo y no como quiso. Mucho se sacrificó ese pueblo, valiente y generoso, para seguir estando de pie en un mundo lleno de agachados. Pero en el duro camino que recorrió en tantos años, la revolución ha ido perdiendo el viento de espontaneidad y de frescura que desde el principio la empujó. Lo digo con dolor. Cuba duele.”

Y añade: “Son visibles, en Cuba, los signos de decadencia de un modelo de poder centralizado, que convierte en mérito revolucionario la obediencia a las órdenes que bajan, ... desde las cumbres.” No hay duda que ello tiene que ver con los efectos del bloqueo, pero no deja de ser un problema. Y es necesario, por el bien de la revolución que ese amplíen las formas democráticas en su interior: “El bloqueo, y otras mil formas de agresión, bloquean el desarrollo de una democracia a la cubana, alimentan la militarización del poder y brindan coartadas a la rigidez burocrática. Los hechos demuestran que hoy es más difícil que nunca abrir una ciudadela que se ha ido cerrando a medida que ha sido obligada a defenderse. Pero los hechos también demuestran que la apertura democrática es, más que nunca, imprescindible. La revolución, ... necesita esa energía, energía de participación y de diversidad, para hacer frente a los duros tiempos que vienen.” Este cambio debe surgir, plantea Galeano, no contra, sino desde la revolución: “Han de ser los cubanos, y sólo los cubanos, ..., quienes abran nuevos espacios democráticos, y conquisten las libertades que faltan, dentro de la revolución que ellos hicieron y desde lo más hondo de su tierra, que es la más solidaria que conozco.”

En la concreta, Galeano considera que las condenas a prisión tan sólo han dado mayor resonancia a grupos reaccionarios que de otro modo serían relegados al aislamiento. “Convierten en mártires de la libertad de expresión a unos grupos que abiertamente operaban desde la casa de James Cason ... Actuando como si esos grupos fueran una grave amenaza, ... les han ... regalado el prestigio que las palabras adquieren cuando están prohibidas.” En cuanto a la pena de muerte, señala Galeano que una revolución verdadera, como la cubana, debiera abolirla: “Pero las revoluciones de verdad, las que se hacen desde abajo y desde adentro como se hizo la revolución cubana, ¿necesitan aprender malas costumbres del enemigo que combaten? No tiene justificación la pena de muerte, ...” En lugar de obstaculizar, estas acciones facilitan el trabajo del imperialismo que “está loco de ganas de sacarse de la garganta esta porfiada espina”.

Como puede verse, Galeano sí tiene algo que decir sobre la democracia postcapitalista: considera, como Rosa Luxemburgo, que la democracia socialista implica un alto grado de pluralismo político, incompatible a la larga con un régimen de partido único. Señala Galeano que en otros países las consecuencias de ese tipo de régimen han llevado a la instauración de estados policiales, con consecuencias terribles para el proyecto socialista. ¿Será está una preocupación legítima? ¿Tendrá algún fundamento práctico? ¿Estará señalando Galeano peligros reales? Nos parece que sí: como indicamos, el balance de casi un siglo de luchas obreras demuestra que la preocupación de Galeano es enteramente legítima. ¿Cómo responde Dieterich?

Señala que el “partido único en Cuba no nace, ..., del Leninismo, sino de la comprensión de José Martí, de que cualquier división política de Cuba termina en el colonialismo.” A esta afirmación habría que contestar, para empezar, que la idea del partido único ni en Cuba ni en ningún sitio tiene su origen en el leninismo: en vano se buscará tal doctrina en los textos fundamentales de Lenin. La idea viene del stalinismo. En Cuba, efectivamente, la idea tiene su origen en la necesaria unidad ante el agresivo y cercano imperialismo norteamericano. Pero, ¿acaso no entraña ese tipo de régimen peligros que deben atenderse? ¿Acaso no demuestra la experiencia que un partido tan extraordinario como el Bolchevique puede petrificarse y convertirse de agente revolucionario en aparato de dominación burocrática? ¿Está la revolución cubana exenta de estos peligros? ¿Cómo puede evitarse ese desenlace si no es abriendo paso a la crítica anti-burocrática, al debate abierto entre los socialistas y los anti-imperialistas sobre el tema, dentro y fuera de Cuba?

En otro pasaje Dieterich afirma: “En el ámbito de las verdades abstractas existe, sin duda, una gran armonía cósmica sobre el derecho a la disidencia, a la libertad de opinión y a la democracia. Richard Nixon, Ronald Reagan, George Bush, Tony Blair y Ariel Sharon actúan justo en nombre de estos valores, cuando queman a Vietnamitas con napalm, despedazan con bombas de racimo a niños en Palestina o pulverizan a afganos con bombas de combustión.” ¿En el ámbito de las verdades abstractas? Y en la concreta realidad, entonces, ¿cómo puede existir democracia efectiva sin libertad de opinión? ¿Acaso no implica la democracia socialista debate, discusión, polémica y, por tanto, libertad de opinión? Si la última no es posible en Cuba, pues generaría división y la división llevaría al triunfo del proyecto imperialista, ¿acaso no sería mejor decir abiertamente que la democracia no es posible un Cuba, dada la amenaza imperialista?

Así por lo menos no presentamos como modelo de democracia post-capitalista lo que en realidad es una triste necesidad, impuesta por la agresión. ¿Y a qué viene en este contexto la referencia al hecho de que Bush, Blair, etc. masacran pueblos a nombre de la democracia? Bush y el “sargento Blair”, como lo llama Galeano, son agresores imperiales y son además hipócritas—lo sabemos. ¿Quiere esto decir que los derechos democráticos que proclaman mientras los pisotean no tienen valor para nosotros, los socialistas? Y si Bush y compañía encubren sus agresiones con un lenguaje democrático, ¿acaso cierra esto el debate sobre las formas que debe o que en determinado momento puede asumir la democracia socialista? ¿Acaso no estamos, una vez más, ante el tipo de argumento que al señalar la (indudable) hipocresía y rapacidad de la burguesía, evade el difícil problema de las formas que debe asumir la democracia revolucionaria, así como los posibles errores de los movimientos y gobiernos revolucionarios?

Dieterich plantea (refiriéndose a una idea de Rosa Luxemburgo): “No, la verdad es concreta y si se afirma que la ‘libertad es siempre la libertad del otro', hay que decir, si este axioma vale cuando el otro se llama Adolf Hitler, o Ariel Sharon, o George Bush y sus ejecutores subalternos.” Pues no, compañero: no vale en esos casos, como bien hubiese aclarado la misma Rosa Luxemburgo. No vale porque Sharon, Bush y Hitler no son “otros” cualesquiera: son jefes de estados imperialistas, cuyos agentes, enviados o espías el gobierno revolucionario tiene perfecto derecho a reprimir. Lo de respetar las ideas del otro se refiere a los ciudadanos de un estado revolucionario que respetan la legalidad revolucionaria y que emiten opiniones diversas sobre los más diversos temas. Y si alguno de ellos se demuestra que es un subalterno (agente, espía, saboteador) al servicio de los Bush o Sharons tendrá que enfrentar las penas que disponga le ley: ni Rosa Luxemburgo, ni ningún revolucionario puede negar tal derecho ni tal necesidad.

El problema está cuando formular cierta opinión basta para definir a quien lo hace como agente enemigo. Y en la medida que esto empezaba a ocurrir en Rusia, Rosa Luxemburgo levantó una bandera de peligro y dijo: cuidado, las consecuencias de esto pueden ser terribles para la revolución. Se pueden criticar diversos aspectos del texto de Luxemburgo. Pero la idea central, la advertencia que formula, a la luz de eventos posteriores, ¿acaso no habría que tomarla con más seriedad, empezando por no reducirla al absurdo de que tendremos que tolerar las agresiones de Bush o Sharon? La “verdad es concreta”, dice Dieterich. ¿Y cuál, me pregunto, es la “verdad concreta” que deberá difundirse en cada momento? ¿Y quién la formula? ¿Acaso tienen los trabajadores que intentan gobernarse a sí mismos otra forma de descubrir la verdad concreta que no sea el debate abierto, el intercambio de posiciones? A eso, no a tolerar conspiraciones revolucionarias, es a lo que se refería Luxemburgo.

En su respuesta, Dieterich, señala que “la apertura democrática” que Galeano propone resultaría en la instauración en Cuba de una fraudulenta democracia bajo protectorado norteamericano. Y añade: “Hace algunos días, los marines fusilaron a veinte civiles en Irak ..., sin leerles sus derechos, sin respetar su ‘libertad de reunión ilimitada' y sin juicio alguno, ...” Otra vez, se insiste en las barbaridades del imperialismo, como si Galeano estuviese haciendo la apología de la invasión a Irak o la constatación de la brutalidad imperial nos eximiera de la necesidad de explorar el problema de las modalidades de la democracia en nuestro proyecto socialista. Y si bien el desenlace descrito por Dieterich sería un desastre, lo que está en discusión es precisamente cuáles son las medidas y políticas más adecuadas a corto y largo plazo que mejor contribuyen al fortalecimiento de la revolución.

No hay duda de que el gobierno cubano actuó de acuerdo a sus leyes, algo que hay que subrayar ante las alegaciones de juicios irregulares o tribunales especiales, que tienden a presentar las acciones del gobierno como arbitrarias o extra-judiciales. Igualmente hay que subrayar el manejo cuidadoso y exitoso de las situaciones de secuestro, que priorizaron la protección de las vidas. Sin embargo, no puede eludirse la responsabilidad política de mantener en los libros la pena de muerte, a pesar de la oposición de buena parte de las fuerzas progresistas y democráticas en el mundo. Y si bien los juicios, condenas y ejecuciones se realizaron de acuerdo a leyes y disposiciones existentes—también es cierto que la decisión de formular acusaciones de este tipo, los procedimientos (sumarios) y las penas que se solicitan son, bajo cualquier gobierno, decisiones políticas.

Es en ese sentido que Galeano ha criticado la pena de muerte y las largas condenas precisamente porque no ayudan a la defensa de la revolución cubana, sino a sus enemigos: facilita la intención del imperialismo de aislarla y de demonizar a su liderato. ¿Será un argumento que debemos despachar a la ligera? ¿Acaso no ha sido este el efecto? Dudo seriamente que Cuba esté hoy más fuerte ante el enemigo imperial como producto de las recientes ejecuciones.

Desde Cuba, Fernando Martínez Heredia, (“Los intelectuales y la dominación”) comentando diversos textos recientes sobre Cuba señala que “Debería ser asombroso que el tema de discusión no sean los terribles hechos criminales cometidos por los Estados Unidos en Iraq ... Pero no es asombroso. Ya Iraq tuvo su turno, ya se habló bastante de ese caso. Ahora tenemos un lugar más apropiado para la buena conciencia, ...”

Quizás estoy malentendiendo al compañero, por cuyos trabajos sobre diversos temas siento gran admiración, pero me parece por lo menos simplista decir que, agotado el tema de Irak, ahora se dirigen las almas dolientes al caso de Cuba: eso podrá ser cierto sobre algunos críticos liberales de la guerra o algunos hipócritas, Felipe González o Chirac, no sé. Pero no es cierto de Noam Chomsky, Edward Said, Immanuel Wallerstein, Howard Zinn, o Eduardo Galeano, con los cuales, por supuesto, no hay que estar de acuerdo en todo, pero que si critican a Cuba no por ello dejan de criticar y denunciar la guerra de Irak y otros crímenes del imperialismo o abandonan su intento de develar como se organizan sus redes de dominación.

Por otro lado, ¿será necesario recordar que recientemente hemos visto no sólo la guerra de Estados Unidos contra Irak sino también el surgimiento de una amplio movimiento global contra la guerra? El hecho de que no haya podido evitarla, o de que, como es de esperarse, tenga altas y bajas, no disminuye su importancia, máxime cuando forma parte de una ola de radicalización y de cuestionamiento tendencialmente anti-capitalista internacional, que por lo general se designa con el poco exacto nombre de movimiento “anti-globalización”. En ese movimiento se encuentran los aliados naturales de Cuba en su enfrentamiento con el imperialismo. Pero esto implica que también se tome en cuenta lo que piensan amplios sectores de dicho movimiento y que aún cuando se difiera de ellos, no se reduzca su preocupación por la pena de muerte o por medidas represivas (justificadas o no) a caprichos de la cómoda Europa o fluctuaciones en las modas intelectuales.

Reconocer que alguien puede criticar al gobierno cubano sin por ello pasarse al lado del imperialismo o de la hipocresía o del oportunismo o la traición me parece que ya debiera ser un aspecto de la cultura política de la revolución. En justicia hay que decir que Martínez Heredia parece admitir la posibilidad en un pasaje de su artículo, cuando afirma: “Más cercana en cuanto a los ideales está la sana preocupación de que Cuba no actúe en ningún campo como los capitalistas, porque Cuba es como un pedacito de futuro en el mundo de hoy, que aporta la esperanza en que el porvenir es posible.” Pero se trata desgraciadamente de una referencia pasajera, lo que tiende a dominar es la idea de que la crítica a Cuba es muestra casi automática de una lamentable retirada ante las presiones del poder dominante.

En fin: no dudo que una apertura democrática ilimitada e inmediata no es aconsejable en un país tan acosado y agredido por el imperialismo como Cuba: pero también es posible la apertura gradual y parcial a una mayor difusión de posiciones, a un mayor pluralismo en la vida política cubana. Que, a pesar de que Cuba la aplica, Felipe Pérez Roque diga que personalmente se opone a la pena de muerte, que Luscius Walker desde la tribuna del primero de mayo en Cuba se solidarice con la revolución y solicite a Cuba que abandone la pena de muerte, que Fidel responda que respeta esa posición y que Cuba aspira a abolirla algún día son síntomas positivos. Abrir un debate en Cuba sobre el tema, en que se discuta abiertamente qué actitud hacia el problema conviene más a la revolución sería algo aún más positivo.

Dieterich pregunta a Galeano: “si el autor no cree en la ‘democracia del partido único', ¿en qué superestructura política para Cuba cree? ¿En la democracia del multipartidismo? ¿No, tampoco? Entonces, ¿con qué va a sustituir a la superestructura política actual de Cuba?” La pregunta en su caso es retórica: piensa que esta posición nos deja en el mundo de la abstracción. Pero esa pregunta puede contestarse concretamente, como vimos: favorecemos a largo plazo una democracia socialista que reconozca el derecho a organizar diversos partidos, la circulación de diversos periódicos, la organización de diversas tendencias de opinión. Y como entendemos las limitaciones que puede implicar la constante intervención imperial señalamos la necesidad de reglamentar esto y de incluso reprimir a quienes violenten la ley. Más aún: reconocemos que en lo inmediato puede ser difícil la implementación plena de lo que estamos señalando, en cuyo caso debe entenderse que estamos ante una grave limitación, que implica grandes peligros y que es necesario ir moviéndose hacia el objetivo a largo plazo tomando todos los pasos que sean factibles en cada momento (empezando por reconocer que ese es el objetivo y no perpetuar el unipartidismo como modelo).

A falta de argumentos, insultos ...

Veamos para concluir otra respuesta a Galeano que ha circulado por internet: “Los abrazos de Galeano” de Dante Castro. Representa cierta sensibilidad que me parece particularmente dañina. El artículo comienza como sigue: “Ahora es Eduardo Galeano quien se queda, como Saramago, del lado del imperialismo. No solo condena los fusilamientos de los ‘disidentes' cubanos, sino que pide democracia liberal al estilo occidental, libertad de prensa, pluripartidismo y otras bellezas que existen en el fabulario de los ingenuos.” Es decir, proponer cambios “dentro de la revolución” lo convierte a uno en defensor de la democracia burguesa. La libertad de prensa y el derecho a organizar partidos son meras “bellezas que existen en el fabulario de los ingenuos”. ¿Creerá el señor Dante Castro que le hace un favor al socialismo cuando asume tal posición? Para esta perspectiva, criticar a Cuba, a pesar de que se denuncie enérgicamente al imperialismo (como hace Galeano), lo convierte a uno en partidario del imperialismo. Uno puede estar en desacuerdo con Galeano, ¿pero puede alguien pensar que su artículo asume una posición pro-imperialista? Lea el lector o lectora el artículo para que compruebe lo que estoy sugiriendo.

Pero Dante Castro no tiene que preocuparse por la posibilidad de que entre los anti-imperialistas existan posiciones divergentes sobre algunos temas: el que critique a Cuba sin duda es pro-imperialista y no hay más que hablar. El antiguo anti-imperialismo de Galeano queda ahora descontado. En la típica movida de juicio stalinista se descubre ahora que Gaelano fue siempre un pequeño burgués y un canalla. Así Dante Castro nos relata el hecho de que en una ocasión Galeano lo dejó plantado, luego de que habían acordado una cita. Sin duda en ese deasaire ya estaba la semilla de su futuro salto al bando del imperialismo. Además se nos cuenta como Galeano se quedaba en hoteles de lujo y asistió a actividades auspiciadas por Alan García, etc. Realmente no tengo forma de saber si Galeano es o no un canalla personalmente hablando. Si se que ello tiene poco que ver con los problemas de la construcción del socialismo en Cuba: el ataque personal tiene el objetivo de evitarle al autor tener que responder a los argumentos del escritor uruguayo.

La prueba más contundente de la insidiosa personalidad de Galeano esta en el hecho de que, según denuncia Dante Castro, en ningún sitio de su obra “encontrarán una página que se lamente por las fosas comunes de Ayacucho, Apurimac, Huancavelica, etc. ... 35,000 muertos, señor Galeano, que nunca le quitaron el sueño. Son ‘inditos', Ud. dirá. Porque si hubieran sido chilenos, uruguayos, argentinos, la cosa cambia. Habría que hacer canciones de protesta, poemas, manifiestos, ¿no?”

¿Será necesario recordar que Galeano ha dedicado buena parte de sus escritos a denunciar las atrocidades del imperialismo, incluyendo las masacres contra los pueblo indígenas. ¿Para que inventarse un Galeano pro-imperialista y racista si no es para no tener que tomarse en serio sus señalamientos? Dirigiéndose a Galeano, escribe el crítico: “Háganos un favor a los latinoamericanos que sí queremos una revolución en el continente: NO vuelva a lavarse la boca ... con el nombre de Ernesto Che Guevara. Su ‘revolución' está en las ánforas electorales, ya lo ha dicho Ud., y el próximo abrazo puede ser con Alan García ...”

¿Será necesario explicarle a Dante Castro que la defensa de la democracia socialista no implica defender una vía electoral al socialismo, como debiera saber si leyera el Estado y revolución de Lenin al que dice admirar tanto? Resulta indignante además la arrogancia con que Dante Castro se adjudica la portavocía de los latinoamericanos “que sí quieren una revolución” y le pide a Galeano que no mencione al Che. No: yo soy latinoamericano y quiero una revolución, pero el compañero Dante Castro no habla a nombre mío. Tampoco tiene derechos reservados sobre el Che. ¿O será que mi incapacidad de abrazar su posición ya demuestra que soy también un miserable reformista, etc.? Repito: se le hace un flaco servicio, a la revolución cubana y al socialismo en general con este tipo de defensa.

Para concluir veamos esta joya: “Lo peor es que Eduardo Galeano cita a Rosa Luxemburgo en su polémica con Lenin. Infeliz coincidencia con una mártir que incluso antes de morir asesinada por la represión burguesa, no supo vislumbrar los riesgos sociales que implicaba un nuevo porvenir. Cuan equivocada estuvo Rosa Luxemburgo y cuan acertado lo estuvo Lenin.”

El debate de Lenin y Luxemburgo, sin duda, es complejo. Pero Rosa entendía bien la necesidad tanto de la revolución como de la violencia e incluso la represión revolucionaria. Pero veía otro peligro: el de la burocratización. Pero claro: en el mundo de Dante Castro tal cosa no existe. Sólo están los revolucionarios, a un lado, y al otro, los intelectuales preocupados por la democracia y otros juguetes de los ingenuos. Cualquiera que mire la historia de las revoluciones en el siglo XX, su evolución, su desenlace y su destino, tendrá que concluir que el problema de la burocracia no puede evadirse. Rosa Luxemburgo no se equivocó: el problema que señaló como una amenaza en potencia se convirtió en un verdadero monstruo que se tragó la revolución rusa. El mismo Lenin lo vió al final de su vida, como puede comprobar cualquiera que lea sus últimos escritos.

Conclusión provisoria

En último análisis me parece que hay dos posiciones generales que orientan diversas intervenciones en este debate. La primera señala correctamente los logros de la revolución cubana, la importancia de apoyarla y defenderla contra la agresión imperialista. La segunda, reconoce cada uno de los puntos que acabo de mencionar, pero añade que la revolución cubana, como todas las revoluciones (y de hecho todas las expresiones genuinas de la lucha obrera y de los oprimidos) enfrenta no uno, sino dos grandes peligros: el peligro imperialista, el peligro de la restauración capitalista, la conspiración contrarrevolucionaria, que hay que combatir decidida e implacablemente, por un lado, y, por otro, el peligro del endurecimiento burocrático, del surgimiento, dentro de la revolución, de estructuras que bloquean y limitan su fuerza emancipadora.

Lo segundo, en condiciones de aislamiento, bloqueo y penuria, es, en alguna medida, inevitable: pero perder de vista este problema implica un grave peligro, un peligro que a la larga puede ser mortal. Convertir la necesidad en virtud, acusando de contrarrevolucionario a todo el que lo señala no ayuda a la defensa de le revolución. Esto no quiere decir que todos los que asumen la segunda posición están de acuerdo en todo. No tengo que estar de acuerdo con todo lo que dice Galeano o cómo lo dice o cuándo lo dice para reconocer que señala un problema y un peligro innegable. En los meses y años difíciles que se acercan no dejaremos de apoyar la revolución cubana ante la agresiva rapacidad imperialista.

Se acercan batallas decisivas y todos y todas los que aspiramos a un mundo distinto tendemos que estar del lado de Cuba y de la revolución cubana contra sus enemigos. Pero nos parece que esa extraordinaria y entrañable revolución no necesita que sus amigos le hagan el falso favor de callar lo que pueden ser sus errores.

San Juan de Puerto Rico, 2 mayo 2003

* Militante antiimperialista, activista sindical, ha participado en diversos encuentros del Foro de Sao Paulo. Es miembro del Taller de Formación Política, organización que adhiere a la Cuarta Internacional. Integra el Frente Socialista, reagrupamiento de la izquierda revolucionaria en Puerto Rico.

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