No. 16
(junio-julio
de 2002)

 

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Reseñas

La otra frontera

Identidades múltiples en el Chiapas poscolonial de Aída Hernández

Soledad González Morantes*

A mí los temas que trata este libro me llegan muy hondo porque soy migrante con problemas de identidad. Aunque mis raíces están en Argentina, aquí hice mi vida, aquí nació mi hija menor, aquí crié a las dos, y a estas alturas sé más de México que de Argentina. Aquí me preguntan que de dónde soy y cuando voy a Argentina, también. La india María diría “Ni de aquí ni de allá”, pero a mí y a otros nos gusta pensar que “la tierra es de quien la trabaja” y que, por lo tanto, somos de los dos países. Por eso alguien inventó la identidad “Argenmex”. Y me imagino que lo mismo les debe pasar a gran parte de los diez o más millones de mexicanos que llevan más de cinco años viviendo en Estados Unidos. Como muestra Aída Hernández en este libro, la historia nos obliga a muchos a múltiples y constantes cruces de fronteras.

Ella viene de la frontera norte (nació y se crió en Ensenada, BC) y es por eso que eligió la metáfora de la frontera para expresar todos los cambios en las vidas e identidades de un grupo indígena de origen maya, los mam o mames. Bien mirado, muchos de los aspectos profundos de la historia de los mam guarda parecido no sólo con los de otros grupos étnicos y con los de otros migrantes, sino también con la de cualquiera que en algún momento se haya preguntado: ¿quién soy? ¿quién quiero ser? en relación con la pertenencia a algún grupo o colectivo. A veces las identidades nos son impuestas por otros, a veces somos nosotros quienes elegimos cómo nos vamos a dar a conocer, a presentarnos ante los demás.

Este libro reconstruye la historia de un grupo humano al que muchos antropologos dudarían en considerar indígenas o de plano los llamarían “ex indígenas”, porque ya no tienen ninguno de los elementos que se han considerado indispensables para definir a los indios: lengua, vestimenta, religión, modo de subsistencia. Los mam sólo hablan español desde los años 40, no usan ropa típica, la mayoría se convirtió a los Testigos de Jeovah o a otro grupos protestantes y ya no siembran milpas sino que se dedican a ser jornaleros y al cultivo comercial del café. ¿Cómo pueden reivindicarse entonces como indios?

Porque resulta que esta gente, a pesar de su aparente desindianización, quieren ser indios, se autoidentifican como indios y el libro nos describe cómo y porqué ellos han buscado re-indianizarse. Los mam comprueban que la desindianización no es un proceso necesariamente unidireccional e irreversible, que depende de la capacidad de aplastamiento de las políticas o de las tendencias del mercado; depende también de la voluntad del grupo.

Con el caso de los mam, Aída Hernández nos conduce a través de una profunda reflexión teórica, que creo se puede entender aún sin ser antropólogo y especialista, porque emerge de una historia muy bien contada, apasionante. Ella argumenta porqué los mam tienen todo el derecho de reivindicarse indígenas, y al hacer su historia Aída va a demostrar cuáles son las bases sobre las cuales se construye una sociedad verdaderamente multiétnica y multicultural, democrática y respetuosa de las diferencias, porque no hay una sola manera de ser mexicano o de ser indígena.

Aquí Aída sostiene que las identidades colectivas no se deben a una misteriosa esencia que persiste desde remotas épocas prehispánicas porque son resistentes al cambio, sino que son el resultado de procesos históricos marcados por múltiples confrontaciones y diálogos.

¿Con quiénes se han enfrentado o dialogado los indígenas, y en este caso, los mam? En primer lugar, con el discurso nacionalista mexicano, con las políticas agrarias e indigenistas, y más recientemente con diversas experiencias organizativas nacionales e internacionales.

La represión de lo indio

Una parte del libro analiza las sucesivas etapas de la relación del Estado mexicano con los indígenas, desde la época en que el gobierno chiapaneco buscaba abiertamente perseguir y desaparecer lo indígena en aras del progreso, pasando por la época del integracionismo forzoso, hasta llegar al sexenio de Salinas de Gortari, cuando, el Estado dio reconocimiento a que México es un país pluricultural, por lo menos en el discurso.

(En el presente sexenio, con la derrota del PRI y con una fuerte exigencia de transición a la democracia, en la tele vemos más imágenes de indígenas sonrientes, que hasta parecen estar muy contentos. En la retórica oficial se habla mucho de “nuestros hermanos los indios”. Pero sabemos muy bien que el verdadero respeto a las culturas indias y a las demandas de autonomía están muy lejos de lograrse. Es decir, del dicho al hecho hay mucho trecho, porque todavía estamos esperando que se cumplan los Acuerdos de San Andrés.)

Pero regresemos al libro. ¿Sabíamos que en Chiapas en los años treinta el gobierno llevó adelante agresivas campañas de castellanización y promovió la quema de los trajes indígenas? No creo que mucha gente lo sepa, porque esto es parte de una historia silenciada, ocultada, que explica porqué para los años 40 los mam ya no hablaban su lengua original.

Esta historia me recordó a los ancianos de la zona nahua del Valle de Toluca, que contaban que después de la Revolución de 1910, la gente no se atrevía a hablar el náhuatl y los señores reemplazaron el calzón de manta por el pantalón, porque se identificaba a los indios con el zapatismo. En el caso de Chiapas el gobierno tomó medidas brutales para reprimir la identidad, mientras que en el Estado de México, y seguramente también aquí en Morelos, después de casi diez años de guerra y con la derrota a cuestas, la gente también se vio obligada a ocultar su identidad.

Aída Hernández hace un cuestionamiento radical al mito del mestizaje, promovido por el gobierno, según el cual México es un crisol de razas, donde todos se mezclaron y del que emerge una historia única, la historia oficial. Este es un libro inteligente y valiente, cuestionador. Cuestiona al nacionalismo. Habla de cosas que poco hemos oído hablar: el racismo, la discriminación, el maltrato a los guatemaltecos que vienen a México. Y nos las comprueba.

La creatividad o la invención de las identidades

Sin embargo, el vínculo con el Estado no agota las relaciones que establecen los indígenas mam y que trata este libro. Los mam están plenamente involucrados con un mundo globalizado, que los obliga a cambiar. Cambiar para permanecer, o permanecer cambiando, nos dirá Aída. O como dirían las mujeres indígenas organizadas, “cambiar los usos y costumbres que no nos favorecen y conservar las que sí nos benefician”.

Uno de mis capítulos favoritos es el sexto, que nos habla sobre cómo los mam adoptaron el cultivo del café orgánico. Porque otra historia silenciada es que muchos campesinos como los mam se han hecho ecologistas y están llevando a la práctica una agricultura sustentable. Por el contrario, en este momento en el gobierno hay quienes sostienen que los campesinos no sólo no son capaces de proteger el medio ambiente sino que lo depredan, y están usando este argumento para preparar el desalojo de cerca de 50 comunidades que viven en los Montes Azules de Chiapas, mientras que se les da la entrada a empresas que han sido acusadas de practicar la biopiratería.

Pero volvamos a los mam, que se han vinculado con el movimiento internacional ecologista y viajan a Europa para promover su café en los mercados de los consumidores que están a favor de un comercio justo. En el proceso ellos se han inventado un pasado de relación armónica con la naturaleza, que en realidad es una utopía futurista más que una descripción de lo que verdaderamente sucedía hace medio siglo. Así, los mam han aprendido a revertir el desprecio por lo indígena y lo que antes era la desventaja de ser indio, han sabido convertirlo en una ventaja.

¿Por ser tan creativos o inventores los mam son menos auténticos como indígenas, o menos legítimos? Al menos a mi, la lectura de este libro me ha convencido del argumento de Aída de que no hay identidades étnicas más auténticas que otras y por eso más valiosas. Una sociedad viva siempre cambia. La identidad no quiere decir idéntica a si misma, como una foto fija en el tiempo.

La reflexión teórica La historia que nos presenta Aída es extremadamente compleja, porque ella hace la reconstrucción de las historias contadas desde distintos puntos de vista: del gobierno, de los antropólogos, de los protagonistas. Y además nos muestra que dentro de cada uno de estos sectores también hay diferentes formas de pensar. La comunidad nunca es homogénea, tiene conflictos internos, siempre hay diversidad. Como sabemos por experiencia propia, ni siquiera las familias son homogéneas.

Como Aída parte de este enfoque y lo aplica, el resultado es de una complejidad extraordinaria. Sin embargo es un libro que se deja leer, amigable al lector porque está escrito con mucha claridad.

Existe una amplísima bibliografía sobre las luchas indígenas y campesinas, desde la perspectiva de la resistencia. Aída renueva esta corriente de investigación. Resistencia se refiere a “aguantar vara”, a usar el ingenio de muchas maneras para sobrevivir, pero siempre en oposición. Este libro incorpora muchos otros procesos al análisis de la construcción de las identidades: la capacidad de diálogo, de apropiación, de resignificación, de creación. Es una nueva manera de concebir las identidades colectivas. Claro que no la inventó Aída. Ella la armó inspirándose en muchas influencias teóricas, pero la manera de armarla, elaborarla y aplicarla, es propia y magnífica. Además, levanta el ánimo porque muestra la inagotable creatividad de los pueblos, que pueden parecer golpeados, agotados, acabados casi, y sin embargo encuentran la fuerza y los caminos para revivir.

Este libro es un clásico de la antropología y de la historia de los pueblos indios, no sólo de México, sino del mundo. Es, además, polémico e iluminador. Quienes están interesados en estos temas y creen que otro México es necesario y posible, no deben perdérselo.

 

*Profesora-investigadora del Programa Interdisciplinario de Estudios de la Mujer de El Colegio de México. Texto leído en la presentación del libro, Cuernavaca, Palacio de Cortés, 12 de abril del 2002.

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