No. 16
(junio-julio
de 2002)

 

<< Índice de artículos

Los justos y los dilemas éticos, políticos e históricos del terrorismo

En octubre se estrenará, bajo la dirección de Ludwik Margules, la obra Los Justos de Albert Camus. Es una producción de Bellas Artes, el Foro Teatro Contemporáneo y la Secretaría de Cultura del Distrito Federal. Hilda Valencia es la directora adjunta y la traducción es de Leonor Fuentes.

La obra es de gran actualidad y los temas de reflexión y debate que provocan son vigentes, pese a tratarse de un hecho histórico ubicado en la Rusia zarista de principios del siglo XX. Los hechos recreados en esta puesta en escena tienen que ver con los atentados terroristas realizados por militantes del Partido Socialista Revolucionario contra figuras de la aristocracia y el despotismo zarista.

Savinkov, uno de los participantes en el grupo que realizará este atentado, años después escribirá sobre estos hechos y sobre los demás integrantes de esta célula de la organización de combate. Camus, seguramente tomó ese texto como referencia para la obra Los Justos. Margules, ahora vuelve a abrevar en el texto histórico para alimentar su libre versión de la obra de Camus.

Siendo el tema el atentado en 1905 contra el Gran Duque Sergio, la obra plantea nuevamente los dilemas y las discusiones entre el terrorismo y la acción de las masas; entre los medios y los fines; entre el terrorismo y los atentados individuales y la revolución y la transformación social; entre la muerte y la vida; entre el asesinato político y la convicción revolucionaria y militante; entre la lealtad a una causa popular, a un proyecto político revolucionario, a una organización militante y sus camaradas, por un lado y los métodos de lucha de ese proyecto, por el otro. Es la disposición a entregar la vida propia, no sólo quitar la de otros, por ese proyecto. O sea optar por la muerte para mejorar la vida.

Pero también es como dice el propio Margules: “Vivimos en una época de sinrazón, de totalitarismos que se destruyeron, pero que viven en la mentalidad contemporánea. Vivimos en una época de sinrazón, ante todo en lo que de terrorismo y contraterrorismo se trata. Esta obra trata de los orígenes del terrorismo, cuando todavía existía una ética. Nuestro cometido es aportar a una reflexión respecto a nuestra mentalidad, que ya conlleva rasgos totalitarios y rasgos de destrucción... Mas no se trata de una lección de filosofía, sino a partir de este marco de referencia intentaremos hacer arte, haremos una construcción teatral.”

La obra se estrenará el 28 de octubre en el Foro Teatro Contemporáneo de la Ciudad de México, ubicado en Jalapa y Chihuahua, Colonia Roma.

Ofrecemos aquí un fragmento de la obra, con la escena que inicia después del primer intento —fallido— del atentado contra el gran duque.

 

Entra Kaliáyev, con la cara cubierta de llanto.

KALIÁYEV: (como en extravío).

Hermanos, perdónenme. No pude.

(Dora va hacia él y le toma la mano).

ANNIÉNKOV Yánek, ¿tuviste miedo?

KALIÁYEV: (sobresaltándose).

¡No tienes derecho!

(Vóinov sale a un gesto de Anniénkov. Kaliáyev está postrado.

Silencio. Entra Stiepán).

ANNIÉNKOV: ¿Entonces?

STIEPÁN: Había niños en el coche.

ANNIÉNKOV: ¿Niños?

STIEPÁN: Sí. El sobrino y la sobrina del gran duque.

ANNIÉNKOV: El gran duque debía ir solo, según Órlov.

STIEPÁN: Estaba también la gran duquesa. Demasiada gente, supongo, para nuestro poeta. Por suerte, los de seguridad no vieron nada.

(Anniénkov habla en voz baja a Stiepán. Todos miran a Kaliáyev, quien levanta los ojos hacia Stiepán.

KALIÁYEV: (extraviado).

Yo no podía prever… Niños, sobre todo niños. ¿Has visto niños? Esa mirada grave que tienen a veces… Cuando las luces del coche empezaron a brillar, corrí hacia él, y en ese momento los vi. Se mantenían erguidos, mirando al vacío. ¡Tenían un aire tan triste! Perdidos en sus trajes de gala, las manos sobre los muslos, un torso rígido al lado de cada portezuela. No vi a la gran duquesa. No vi más que a ellos. Si me hubieran mirado, creo que habría aventado la bomba, para apagar al menos esa mirada tan triste.

(Levanta los ojos hacia los otros. Silencio). Dora pone la mano sobre su brazo. Kaliáyev ve a todos vueltos hacia él.

KALIÁYEV, desplazando su mirada de uno a otro).

Hace tiempo, cuando conducía el coche, en Ucrania, iba como el viento, no tenía miedo de nada en el mundo, salvo de atropellar a un niño. (Se calla.)

Ayúdenme…

(Silencio. Él los mira, y con voz abatida)

Si deciden que hay que matar a esos niños, esperaré la salida del teatro y lanzaré la bomba. Yo obedeceré al partido.

STIEPÁN: El partido te había ordenado matar al gran duque.

KALIÁYEV: No me había pedido asesinar niños.

ANNIÉNKOV: Yánek tiene razón. Eso no estaba previsto.

STIEPÁN: Debía obedecer.

ANNIÉNKOV: Yo soy el responsable. Tenía que estar todo previsto y que nadie pudiera dudar sobre lo que había que hacer. Solo hay que decidir si dejamos escapar definitivamente esta ocasión, o si ordenamos a Yánek esperar la salida del teatro. ¿Alexéiev?

VÓINOV: Habría hecho como Yánek.

ANNIÉNKOV: ¿Dora?

DORA: (con violencia).

Hubiera retrocedido, como Yánek.

STIEPÁN: ¿Se dan cuenta de lo que significa esta decisión? Dos meses de vigilancia, de terribles peligros, dos meses perdidos para siempre. Égor detenido, para nada. Rikov colgado para nada. ¿Y habrá que recomenzar? ¿Están locos?

ANNIÉNKOV: En dos días el gran duque volverá al teatro.

STIEPÁN: Dos días en que arriesgamos que nos atrapen, tú mismo lo dijiste.

DORA: ¿Tú podrías, Stiepán, con los ojos abiertos, tirar a quemarropa sobre un niño?

STIEPÁN: Podría si la Organización lo ordenara.

DORA: ¿Por qué cierras los ojos?

STIEPÁN: ¿Yo? ¿Cerré los ojos?

DORA: Sí. Ábrelos, y comprende que el partido perdería sus poderes y su influencia si tolerara, que hubiera niños triturados por nuestras bombas.

STIEPÁN: No estoy para esas nimiedades. Cuando nos decidamos olvidar a los niños, ese día, seremos dueños del mundo y la revolución triunfará.

DORA: Ese día , la revolución será odiada por la humanidad entera.

STIEPÁN: Qué importa, si nosotros la amamos lo bastante para imponerla a la humanidad entera y salvarla de ella misma.

DORA: ¿Y si la humanidad entera rechaza la revolución? ¿Y si el pueblo entero por el que luchas se niega a que maten a sus hijos? ¿Habrá que golpearlo también?

STIEPÁN: Sí, si es necesario, y hasta que entienda. Yo también amo al pueblo.

DORA: El amor no tiene ese rostro.

STIEPÁN: Tú eres mujer, y tienes una idea desdichada del amor.

DORA: (con violencia).

Tengo una idea justa de lo que es la vergüenza.

STIEPÁN: Tuve vergüenza de mí mismo una sola vez, por culpa de los otros. Porque me azotaron. ¿Saben lo que es el látigo? Vera estaba junto a mí, se suicidó como protesta. Yo viví. ¿De qué tendría vergüenza ahora?

ANNIÉNKOV: Cientos de nuestros hermanos han muerto para que se sepa que no todo está permitido.

STIEPÁN: Nada que pueda servir a nuestra causa está prohibido.

ANNIÉNKOV: (con cólera). ¿Está permitido entrar a la policía y jugar doble juego, como proponía Ázev? ¿Tú lo harías?

STIEPÁN: Sí, si fuera preciso.

ANNIÉNKOV: (levantándose). Stiepán, olvidaremos lo que acabas de decir, en consideración a lo que has hecho por nosotros y con nosotros. Se trata de saber si dentro de un momento echaremos bombas contra esos dos niños.

STIEPÁN: ¡Niños! No tienen otra palabra en la boca. No entienden nada. Porque Yánek no mató a esos dos, miles de niños morirán de hambre por años todavía... ¿Han visto niños morir de hambre? Yo sí. Y la muerte por bomba es un encanto al lado de esa muerte. Pero Yánek no los ha visto. Solo vio a los dos perros falderos del gran duque. ¿Qué no son hombres? ¿Viven en el puro instante? Entonces escojan la caridad y curen solo el mal de cada día; no la revolución que quiere curar todos los males, presentes y por venir.

DORA: La muerte de los sobrinos del gran duque no impedirá morir de hambre a ningún niño. Hasta en la destrucción hay un orden, hay límites.

STIEPÁN: No hay límites. La verdad es que ustedes no creen en la revolución.

Silencio. Kaliáyev se levanta.

KALIÁYEV: Stiepán, no te dejaré seguir. Acepté matar para derribar el despotismo. En lo que dices veo anunciarse un despotismo que, si algún día se instala, hará de mí un asesino.

STIEPÁN: Los asesinos también son útiles a la causa. Tú y yo no somos nada.

KALIÁYEV: ¿Nada.? Sí hablas todavía hoy, es en nombre de tu orgullo.

STIEPÁN: Mi orgullo es asunto mío. El orgullo de los hombres, su rebeldía, la injusticia en que viven, eso, es asunto de todos nosotros. Hay que pasar por encima de todo y de todos.

KALIÁYEV: Para saber si tenemos la razón, será preciso el sacrificio de tres generaciones, varias guerras, terribles revoluciones.

STIEPÁN Otros vendrán entonces.

KALIÁYEV (gritando).

Otros… ¡Sí! Pero yo amo a los que viven hoy. (Más bajo, pero con firmeza). Matar niños es contrario al honor. Y si la revolución se apartará del honor, yo me separaría de ella.

STIEPÁN: El honor es solo para aquellos que pueden darse el lujo de tener coche.

KALIÁYEV: Hay un honor en la revolución. Por él aceptamos morir.

KALIÁYEV: (arrebatado).

Te he dejado decir que no creo en la revolución, que soy capaz de matar al gran duque por nada, que soy un asesino.

ANNIÉNKOV: ¡Yánek!

STIEPÁN: No matar bastante es también matar por nada...

ANNIÉNKOV: Stiepán, nadie aquí es de tu opinión. La decisión está tomada.

STIEPÁN: Me subordino pues. Pero les repito que el terror no conviene a los delicados. Somos homicidas y elegimos serlo.

KALIÁYEV: (fuera de sí).

Yo elegí morir para que el asesinato no triunfe.

ANNIÉNKOV: Yánek y Stiepán, ¡basta! El partido decide que el asesinato de esos niños es inútil. Hay que retomar la vigilancia. Tenemos que estar listos para volver a empezar en dos días.

STIEPÁN: ¿Y si están todavía los niños?

ANNIÉNKOV: Esperaremos otra ocasión.

STIEPÁN: ¿Y si la gran duquesa acompaña al gran duque?

KALIÁYEV: No la perdonaré.

VÓINOV: (mirando a Dora, que va hacia él). Volver a empezar, Dora…

STIEPÁN: (con desprecio).

Sí, Alexéiev, volver a empezar… Pero hay que hacer algo por el honor.

<< Índice de artículos

Directores: Héctor Díaz Polanco y Edgard Sánchez Ramírez.

Coordinación Editorial: Ana María Hernández López.

Consejo Editorial: Jesús Escamilla, Fernando Bazúa, Consuelo Sánchez, José Martínez Cruz, Nellys Palomo, Sergio de la Peña (+), Margarita Gutiérrez,
Ramón Jiménez, Arturo Mellado, Claudia Cruz, Hilda Valencia Sánchez,
Cristina Hernández Escobar y Agustín del Moral.

Diseño Editorial: Andrés Mario Ramírez Cuevas.