No. 16
(junio-julio
de 2002)

 

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Socialismo

Michael Löwy*

Ser socialista significa ser radical. La palabra “radical” proviene del vocablo latino radix, ‘raíz'. Radical es quien quiere atacar los problemas de raíz. Como, por ejemplo, los compañeros del Movimiento de los Sin Tierra (MST) y de la Confederación Campesina de Francia, que el año pasado, durante el anterior Foro Social Mundial, organizaron una movilización en Río Grande do Sul para arrancar de raíz unos cultivos transgénicos de la multinacional Monsanto.

¿Cuál es la raíz de los problemas que sufre la humanidad al iniciar este siglo? ¿Cuál es la raíz del desempleo, la pobreza, la incontrolable especulación financiera, de los programas de “ajuste estructural” y de la dictadura del FMI? La raíz es el sistema capitalista mundial, la lógica global de la acumulación capitalista, la hegemonía mundial del gran capital financiero, la propiedad capitalista de los medios de producción.

Muchos en este Foro Social Mundial compartimos este diagnóstico, sin embargo necesitamos comenzar a discutir las alternativas, y si buscamos una alternativa radical, el tema del socialismo se coloca en el orden del día.

El socialismo al que me refiero no es el que se desmoronó tras la caída del muro, pobre caricatura burocrática que había perdido su espíritu revolucionario inicial hacía mucho tiempo ya. Tampoco hablo de ese socialismo practicado por ciertos partidos que se declaran socialistas o socialdemócratas. Me refiero a la utopía socialista, al sueño radical de justicia social y comunidad de bienes que tiene siglos de existencia, y que encontramos en las palabras de fuego de los profetas bíblicos, en la práctica fraternal de las primeras comunidades cristianas, en las rebeliones campesinas de la Edad Media; un sueño que encontró su forma moderna y revolucionaria en el pensamiento y la acción de Carlos Marx y Federico Engels. El socialismo del que hablo es el que inspiró a los mártires del 1° de Mayo de Chicago, y a tantos otros combatientes asesinados por las clases dominantes, que sacrificaron su vida por el ideal socialista de la emancipación de los trabajadores de la ciudad y del campo: Emiliano Zapata y Rosa Luxemburgo, Farabundo Martí y León Trotsky, Buenaventura Durruti y Antonio Gramsci, Camilo Torres y Ernesto Guevara, Carlos Marighella y Chico Mendes.

¿En qué consiste el socialismo? Nada tiene de misterioso u oscuro: su principio fundamental es transparente y claro como agua de cascada: los medios de producción deben pertenecer a la sociedad, y las grandes decisiones sobre inversiones, producción y distribución no deben abandonarse a las leyes ciegas del mercado, a un puñado de explotadores o a una camarilla burocrática, sino que deben ser tomadas, tras un amplio y pluralista debate democrático, por la población en su conjunto. Nada más sencillo, que, sin embargo, exige para su realización una verdadera revolución, la supresión del sistema capitalista y del poder de las clases dominantes…

En concreto, socialismo significa que la producción no se someterá a las exigencias de la ganancia, de la acumulación del capital, de la producción masiva de mercancías inútiles y nocivas, sino que se enfocará a la satisfacción de las necesidades sociales: alimentación, ropa, vivienda, higiene básica, agua potable, educación, salud, cultura. Significa también el fin de la discriminación racial —contra el negro, el mestizo, el indígena—, de la opresión de las mujeres, de la desigualdad social, de la destrucción del medio ambiente, de las guerras imperialistas. Y aquí en América Latina significa, ante todo, el fin de siglos de dominación colonial e imperial sobre los pueblos de nuestro continente.

Uno de los primeros marxistas latinoamericanos, el peruano José Carlos Mariátegui, ya escribía en 1928: “Contra una América del Norte capitalista, plutocrática, imperialista, sólo es posible oponer de manera eficaz una América Latina, o ibera, socialista”.1 Cuarenta años más tarde, el Che Guevara retoma esta bandera socialista y antiimperialista olvidada por tanto tiempo y afirma, polemizando con los partidarios de una supuesta “revolución democrático-nacional aliada con la burguesía nacional” que predominaban en la izquierda latinoamericana de esa época: “las burguesías autóctonas perdieron toda su capacidad de oponerse al imperialismo —si alguna vez la tuvieron— y hoy son apenas sus subordinadas. No hay cambios por hacer: o revolución socialista o caricatura de revolución”.2 Con esta conclusión de su famoso “Mensaje a la Tricontinental” de 1967, el Che cortó el lazo que ataba a la izquierda en el continente latinoamericano y abrió un formidable horizonte de esperanza que hasta hoy ilumina nuestras conciencias.

¿A cuál socialismo nos referimos? En sus últimos años, cada vez más crítico respecto a las experiencias socialistas europeas, Ernesto Che Guevara buscaba para Cuba y para América Latina un nuevo camino socialista. A este respecto, también coincide con las ideas de José Carlos Mariátegui expresadas en el mismo documento de 1928: “Ciertamente, no queremos que el socialismo sea, en las Américas, calco y copia. Debe ser creación histórica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, con nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano”.3

No sabemos si Guevara conocía este texto de Mariátegui,4 pero, de cualquier forma puede considerarse que buena parte de su reflexión y de su práctica política, sobre todo durante los años sesenta, tenía como objetivo salir del callejón sin salida al que conducía la imitación, el “calco y la copia” del modelo soviético. Sus ideas sobre la construcción del socialismo son un intento de “creación heroica” de algo nuevo, la búsqueda —interrumpida por su muerte— de un paradigma de socialismo diferente de las caricaturas burocráticas hasta entonces existentes

El motor esencial de esa búsqueda de un nuevo camino —más allá de cuestiones económicas específicas— es la convicción de que el socialismo no tiene sentido —y no puede triunfar— si no representa un proyecto de civilización, una ética social, un modelo de sociedad totalmente antagónico a los valores del individualismo mezquino, del egoísmo feroz, de la competencia, de la guerra de todos contra todos de la civilización imperialista; este mundo en el que, decía el Che, el “hombre es el lobo del hombre”.

La construcción del socialismo es inseparable de ciertos valores éticos, contrario a lo que afirmaban las concepciones dogmáticas y economicistas, que sólo consideraban “el desarrollo de las fuerzas productivas”. En la famosa entrevista con el periodista francés Jean Daniel, Guevara insistía: “el socialismo económico sin la moral comunista no me interesa. Luchamos contra la miseria, pero al mismo tiempo contra la alienación. […] Si el comunismo pasa por encima de los hechos de conciencia, podrá ser un método de distribución, pero no una moral revolucionaria”.5 Si el socialismo pretende luchar contra el capitalismo y vencerlo en su propio terreno, el del productivismo y el consumismo, utilizando sus propias armas —la forma mercantil, la competencia— está condenado al fracaso.

El socialismo para el Che era el proyecto histórico de una nueva sociedad basada en valores de igualdad, solidaridad, colectivismo, libre discusión y participación popular. Tanto sus críticas —cada vez mayores— al modelo soviético como su práctica en tanto dirigente político y su reflexión sobre la experiencia cubana son inspirados por esta utopía revolucionaria.

En sus escritos económicos, la cuestión de la planificación socialista ocupa un lugar central, pero en sus últimos años la cuestión de la democracia socialista en la planificación comienza a aparecer como una cuestión esencial. Por ejemplo, en una crítica al Manual de economía política de la Academia de Ciencias de la URSS, redactado entre 1965 y 1966, el Che enuncia un principio democrático fundamental: en la planificación socialista, es el propio pueblo —los trabajadores, “las masas”— quien debe tomar las grandes decisiones económicas. “Contradiciendo una concepción del plan visto como decisión económica de las masas conscientes de los intereses populares, se ofrece un placebo en el cual sólo los elementos económicos deciden el destino colectivo. Es un procedimiento mecanicista, antimarxista. Las masas deben tener la posibilidad de dirigir su destino, de decidir cuál es la parte de la producción que será destinada a la acumulación y cuál deberá ser consumida. La técnica económica debe operar dentro de los límites de estas indicaciones y la conciencia de las masas debe asegurar su realización.”6

Contra la monopolización de las decisiones tomadas por un puñado de tecnócratas, el Che insistía en la necesidad de una verdadera participación popular: los grandes problemas socio-económicos de una nación no son técnicos sino políticos, y deben ser objeto de debate y decisión democrática.

La reflexión de Guevara sobre el socialismo no concierne únicamente a Cuba y a América Latina: es universal, mundial, internacional. Para el Che, el verdadero socialista, el verdadero revolucionario es aquél que siempre considera los grandes problemas de la humanidad como sus problemas personales, aquél que es capaz de “sentirse angustiado cuando se asesina a un ser humano en cualquier lugar del mundo y sentirse entusiasmado cuando en algún lugar del mundo se levanta una nueva bandera de libertad”.7 Hay una frase de José Martí que Ernesto Guevara citaba con frecuencia en sus discursos, y en la cual veía “la bandera de la dignidad humana”: “Todo ser humano verdadero debe sentir en su rostro la bofetada dada a cualquier otro ser humano”. El internacionalismo para Guevara —al mismo tiempo modo de vida, fe profana, imperativo categórico y patria espiritual— era inseparable de la propia idea de socialismo, en tanto humanismo revolucionario, emancipación de los explotados y oprimidos del mundo entero, en una lucha sin tregua en las fronteras con el imperialismo y la dictadura del capital.

Las balas de los asesinos de la CIA y de sus socios bolivianos interrumpieron en octubre de 1967 este trabajo de “creación heroica” de un nuevo socialismo revolucionario, democrático, humanista e internacionalista.

En los últimos treinta años aprendimos a enriquecer nuestra idea de socialismo con la contribución del movimiento de las mujeres, de los movimientos ecológicos, de las luchas de los negros e indígenas contra la discriminación. Así es el proceso de construcción del proyecto socialista: no es un edificio listo y acabado, sino una inmensa cantera de obra, donde se trabaja para el futuro, sin olvidar las lecciones del pasado.

El socialismo exige una transformación revolucionaria de la sociedad. No se trata de esperar que el capitalismo se desmorone por sus propias contradicciones. Como decía Walter Benjamin, nuestra generación aprendió una lección importante: el capitalismo no va a morir de muerte natural. Para ayudarlo a desaparecer lo más rápidamente posible no debemos esperar que “las condiciones maduren”, sino actuar aquí y ahora, plantando semillas de socialismo. Cada levantamiento indígena, como el de los zapatistas en Chiapas, o el de la CONAIE en Ecuador; cada ocupación de tierras del MST, cada insurrección popular como el argentinazo de diciembre del año pasado, cada movilización contra la globalización capitalista como las de Seattle o Génova, cada reunión como ésta, de decenas de millares de personas que sueñan con un futuro diferente, es una semilla de socialismo. Depende de nosotros que estas semillas crezcan, den árboles, ramas, hojas y frutos.

Traducción de: María Cristina Hernández Escobar

*Conferencia leída en Porto Alegre en el FSM, Febrero de 2002. Lowy es autor del libro Pensamiento del Che Guevara.

 

Notas

1. José Carlos Mariátegui, “Aniversario y balance”, en Ideología y política, Lima, Amauta, 1971, p. 248.

2. Ernesto Che Guevara, “Mensaje a la Tricontinental”, en Obra revolucionaria, México, ERA, 1973, p. 645.

3. Mariátegui, op. cit., p. 249.

4. Posiblemente lo había leído, pues su primera compañera, la socialista peruana Hilda Gadea, le había prestado los escritos de ese autor en los años previos a la revolución cubana.

5. En L'Express, 25 de julio de 1963, p. 9.

6. Por razones inexplicables, este documento no ha sido publicado. Citamos un pasaje mencionado en elartículo del economista cubano Carlos Tablada, “Le marxismo du Che Guevara”, en Alternatives Sud, 2, vol. III, 1996. p. 173.

7. Ernesto Che Guevara, Obras 1957-1967, t. II, La Habana, Casa de las Américas, 1970, pp. 173, 307. Cf. También la p. 432: “La revolución cubana…es una revolución con características humanistas. Es solidaria con todos los pueblos oprimidos del mundo”. Como de manera sencilla y poética dijera Roberto Fernández Retamar: al Che no le preocupaba estar al día; lo que le preocupaba era ofrecer al mediodía de la justicia el caudal de sus conocimientos. Y la justicia le reclamó vincularse con los humillados y ofendidos, echar su suerte con los pobres de la tierra”, “El Che, imagen del pueblo”, en Contracorriente, La Habana, núm. 6, diciembre de 1996, p. 4.

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