No. 16
(junio-julio
de 2002)

 

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Valores de una nueva civilización1

Michael Löwy y Frei Betto

En estas páginas proponemos algunos posibles temas para el debate en torno a la cuestión: “Principios y valores de una nueva sociedad”. No son axiomas, sino hipótesis de trabajo y sugerencias de reflexión.

Quienes participamos en el Foro Social Mundial creemos en ciertos valores que iluminan nuestro proyecto de transformación social e inspiran nuestra imagen de un nuevo mundo posible. Quienes se reúnen en Davos —banqueros, ejecutivos y jefes de Estado, que dirigen la globalización neoliberal (o globocolonización)— también defienden valores. No debemos subestimarlos, pues ellos creen en tres grandes valores y están dispuestos a luchar por todos los medios para salvaguardarlos, incluida la guerra si fuera necesaria. Tres importantes valores, contenidos en el corazón de la civilización capitalista occidental, en su forma actual. Los tres grandes valores del credo de Davos son: el dólar, el euro y el yen, que aunque no dejan de tener sus contradicciones, juntos constituyen la escala de valores neoliberal globalizada.

La principal característica común de estos tres valores es su naturaleza estrictamente cuantitativa: no conocen el bien ni el mal, lo justo y lo injusto. Sólo saben de cantidades, números, cifras: uno, cien, mil, un millón, un billón. Quien tiene un billón —de dólares, euros o yenes— vale más que el que tiene sólo un millón, y mucho más que aquel que sólo tiene mil. Y, obviamente, quien no tiene nada, o casi nada, nada vale en la escala de valores de Davos. Es como si no existiera. Está fuera del mercado y, por tanto, del mundo civilizado.

Juntos, los tres valores constituyen una de las divinidades de la religión económica liberal: la Moneda o, como se decía en arameo, Mamon. Las otras dos divinidades son el Mercado y el Capital. Se trata de fetiches o ídolos, objetos de un culto fanático y exclusivo, intolerante y dogmático. Este fetichismo de la mercancía, según Marx; o esta idolatría del mercado —para utilizar la expresión de los teólogos de la liberación Hugo Assman y Franz Hinkelammert— y del dinero y del capital, es un culto que tiene sus iglesias (las Bolsas de Valores), sus Santos Oficios (FMI, OMC, etc.), y la persecución de herejes (todos los que creemos en otros valores). Se trata de ídolos que, como los dioses cananeos Moloch o Baal, exigen terribles sacrificios humanos: en el Tercer Mundo, las víctimas de los planes de ajuste estructural, hombres, mujeres y niños sacrificados en el altar del fetiche Mercado Mundial y del fetiche Deuda Externa.

Un impresionante corpus de reglas canónicas y principios ortodoxos basta para legitimar y santificar esos rituales sacrificiales. Un vasto clero de especialistas y gestores explica los dogmas del culto a las multitudes profanas, manteniendo las opiniones heréticas lejos de la esfera pública. Las reglas éticas de esta religión son las establecidas hace ya dos siglos por el teólogo económico Sir Adam Smith: Que cada individuo busque, de la manera más implacable posible, su interés egoísta, sin prestar atención a su prójimo, y la mano invisible del dios-mercado se encargará del resto, trayendo armonía y prosperidad a toda la nación.

Esta civilización del dinero y del capital transforma todo —la tierra, el agua, el aire, la vida, los sentimientos, las convicciones— en mercancía que se vende al mejor precio. Hasta las personas son sometidas a la mercancía, pues ésta subvierte la relación humanitaria persona-mercancía-persona. Visto esta camisa de algodón, que es una mercancía, para humanizar mi convivencia social, pues sería extraño que me presentara sin camisa al trabajo o a una cita con amigos. Ahora, la relación predominante es mercancía-persona-mercancía. La marca de la camisa que visto me imprime valor. En otras palabras, si llego a la casa de usted en camión o en bicicleta, tengo un valor Z. Si llego en un BMW, tengo un valor A. Soy la misma persona y, sin embargo, la mercancía que uso me imprime mayor o menor valor, cosificándome.

Ya en el siglo XIX, un crítico de la economía política había previsto, con lucidez profética, el mundo de hoy: “Llegó un tiempo en que todo lo que los seres humanos habían considerado inalienable se volvió objeto de trueque, de tráfico y puede alienarse. Es el tiempo en que todas las cosas, que hasta entonces eran comunicadas, pero nunca objeto de trueque; dadas pero nunca venidas; conquistadas, pero nunca compradas —virtud, amor, opinión, ciencia, conciencia, etc.— se comercian. Es el tiempo de la corrupción general, de la venalidad universal o, para hablar en términos de economía política, el tiempo en que cualquier cosa, moral o física, habiéndose tornado valor venal es llevada al mercado para ser apreciada por su valor adecuado”.2

Valores cualitativos

Frente a esta civilización de la mercantilización universal, que ahoga todas las relaciones humanas en las “aguas heladas del cálculo egoísta”,3 el Foro Social Mundial representa, ante todo, una negativa: “¡el mundo no es una mercancía!” Es decir, la naturaleza, la vida, los derechos humanos, la libertad, el amor, la cultura no son mercancía; pero el FSM encarna también la aspiración a otro tipo de civilización, basada en otros valores distintos del dinero y el capital. Son dos proyectos de civilización y dos escalas de valores que se enfrentan, de forma antagónica y perfectamente irreconciliable, en el umbral del siglo XXI.

¿Cuáles son los valores que inspiran este proyecto alternativo? Son valores cualitativos, éticos, sociales y culturales, irreductibles a la cuantificación monetaria. Valores que son comunes a la mayoría de los grupos y de las redes que constituyen el gran movimiento mundial contra la globalización neoliberal.

Podemos partir de los tres valores que inspiraron la Revolución Francesa de 1789, desde entonces presentes en todos los movimientos de emancipación social de la historia moderna: Libertad, Igualdad y Fraternidad. Como señala Ernst Bloch en su libro Derecho natural y dignidad humana (1961), estos principios, inscritos por la clase dominante en la fachada de los edificios en Francia, nunca fueron practicados por ella. En realidad, escribía Marx, fueron muchas veces sustituidos por Caballería, Infantería y Artillería… Forman parte de la tradición subversiva de lo inacabado, de lo aún inexistente, de las promesas que no fueron cumplidas. Poseen una fuerza utópica concreta, que “va más allá del horizonte burgués”, una fuerza de dignidad humana que apunta al futuro, a un tiempo en que la humanidad “caminará con la frente en alto”, al socialismo.4 Si examináramos de cerca estos valores, desde el punto de vista de las víctimas del sistema, descubriríamos su potencial explosivo y su actualidad en el combate contra la mercantilización del mundo.

¿Qué significa “libertad”? Ante todo, libertad de expresión, de organización, de pensamiento, de crítica, de manifestación —duramente conquistada por siglos de luchas contra el absolutismo, el fascismo y las dictaduras, pero también, hoy más que nunca, la libertad en relación con otra forma de absolutismo: la dictadura de los mercados financieros y de la elite de banqueros y empresarios multinacionales que imponen sus intereses al planeta en su conjunto. Una dictadura imperial —bajo la hegemonía económica, política y militar de los Estados Unidos, única superpotencia global— que se esconde tras anónimas y ciegas “leyes de mercado”, y cuyo poder mundial es muy superior al del Imperio Romano o de los imperios coloniales del pasado. Una dictadura que se ejerce por la propia lógica del capital, pero que se impone con la ayuda de instituciones profundamente antidemocráticas, como el FMI o la OMC, y bajo la amenaza de su brazo armado (la OTAN). El concepto de “liberación nacional” es insuficiente para dar cuenta de este significado actual de la libertad, que es, al mismo tiempo, local, nacional y mundial, como tan bien lo demuestra ese movimiento profundamente original e innovador que es el zapatismo.

Una de las grandes limitaciones de la Revolución Francesa de 1789 fue haber excluido a las mujeres de la ciudadanía. La feminista republicana Olympe de Gouges, que escribió la “Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana”, fue guillotinada en 1793. El concepto moderno de libertad no puede ignorar la opresión de género que recae sobre la mitad de la humanidad, y la importancia capital de la lucha de las mujeres por su liberación. En este combate tiene particular significado el derecho de las mujeres a disponer de su propio cuerpo.

Igualdad y fraternidad

¿Qué significa “igualdad”? En las primeras Constituciones revolucionarias se inscribió [el principio de] la igualdad ante la ley. Algo absolutamente necesario —aunque está lejos de existir en la realidad del mundo actual—, pero insuficiente. El problema de fondo es la monstruosa desigualdad entre el Norte y el Sur del planeta y, dentro de cada país, entre la pequeña elite que monopoliza el poder económico y los medios de producción, y la gran mayoría de la población, que vive de su fuerza de trabajo —cuando no está desempleada y excluida de la vida social.

Las cifras son conocidas: cuatro ciudadanos de los Estados Unidos —Bill Gates, Paul Allen, Warren Buffet y Larry Ellyson— concentran en sus manos una fortuna equivalente al PIB de 42 países pobres, con una población de 600 millones de habitantes. El sistema de deuda externa, la lógica del mercado mundial y el poder ilimitado del capital financiero agravan esa desigualdad, que se agravó de por sí en los últimos 20 años. La exigencia de igualdad y justicia social —dos valores inseparables— inspira los varios proyectos socio-económicos alternativos que están en el orden del día. Desde una perspectiva más amplia, eso implica otro modo de producción y distribución.

La desigualdad económica no es la única forma de injusticia en la sociedad capitalista liberal: la persecución de los “indocumentados” en Europa; la exclusión de los descendientes de esclavos negros e indígenas en las Américas; la opresión de millones de individuos que pertenecen a las castas de “intocables” en la India, y tantas otras formas de racismo o discriminación por razones de color, religión o lengua, están omnipresentes del norte al sur del planeta. Una sociedad igualitaria requiere la radical supresión de estas formas de discriminación. También, otra relación entre hombres y mujeres, romper con el más antiguo sistema de desigualdad de la historia humana, el patriarcado —responsable de la violencia contra las mujeres, de su marginación en la esfera pública y de su exclusión del empleo—. La gran mayoría de pobres y desempleados en el mundo son mujeres.

¿Qué significa “fraternidad”? Es la traducción moderna del viejo principio judeo-cristiano del amor al prójimo. Es la sustitución de las relaciones de competencia, concurrencia feroz, guerra de todos contra todos —que hacen del individuo, en la sociedad actual, un homo homini lupus (un lobo para los otros seres humanos)—, por relaciones de cooperación, repartición de la riqueza, ayuda mutua, solidaridad. Una solidaridad que incluye tanto a los hermanos (frater en latín), como a las hermanas, y que supera los límites de la familia, del clan, de la tribu, de la etnia, de la comunidad religiosa, de la nación, para volverse auténticamente universal, mundial, internacional. En otras palabras: internacionalista, en el sentido que dieron a este valor generaciones enteras de militantes del movimiento obrero y socialista.

La mundialización neoliberal produce y reproduce los conflictos tribales y étnicos, las guerras de “purificación étnica”, los expansionismos belicosos, los integrismos religiosos intolerantes, las xenofobias. Tales pánicos inducidos por el sentimiento de pérdida de identidad son la otra cara de la misma moneda, el complemento inevitable de la globalización imperial. La civilización con la que soñamos será “un mundo en el cual quepan muchos mundos” (según la bella frase de los zapatistas), una civilización mundial de solidaridad y diversidad. Frente a la homogeneización mercantil y cuantitativa del mundo, frente al falso universalismo capitalista, es más importante que nunca reafirmar la riqueza que representa la diversidad cultural, y la contribución única e insustituible de cada pueblo, de cada cultura, de cada individuo.

La democracia como valor imprescindible

Hay otro valor que desde 1789 es inseparable de los otros tres: la democracia. No sólo en el sentido limitado que este concepto político tiene en el discurso liberal-democrático —la libre elección de representantes cada tantos años—, en realidad deformada y viciada por el control que ejerce el poder económico sobre los medios de comunicación. Esta democracia representativa —también fruto de muchas luchas populares y constantemente amenazada por los intereses de los poderosos, como lo demuestra la historia de América Latina de 1964 a 1985— es necesaria, aunque insuficiente. Necesitamos formas superiores, participativas, que permitan a la población ejercer directamente su poder de decisión y control —como en el caso del presupuesto participativo del municipio de Porto Alegre y del estado de Rio Grande do Sul.

El gran desafío, desde el punto de vista de un proyecto de sociedad alternativa, es extender la democracia al terreno económico y social. ¿Por qué permitir, en este campo, el poder exclusivo de una elite que rechazamos en el área política? Que haya una democracia social significa que las grandes opciones socioeconómicas, las prioridades de inversión, las orientaciones fundamentales de la producción y de la distribución son democráticamente discutidas y decididas por la propia población, y no por un puñado de explotadores o por las supuestas “leyes de mercado” (ni siquiera por una variante que ya fracasó: el Buró Político omnipotente).

A estos grandes valores, producto de la historia revolucionaria moderna, debemos añadir otro, que es al mismo tiempo el más antiguo y el más reciente: el respeto al medio ambiente. Encontramos este valor en el modo de vida de las tribus indígenas de las Américas y de las comunidades rurales precapitalistas de varios continentes, pero también al centro del moderno movimiento ecológico. La mundialización capitalista es responsable de la destrucción y envenenamiento acelerados —en crecimiento geométrico— del medio ambiente: contaminación de la tierra, del mar, de los ríos y del aire —“efecto invernadero”—, de consecuencias catastróficas. Es responsable también de la destrucción de la capa de ozono, que nos protege de las radiaciones ultravioletas mortales; del aniquilamiento de los bosques y la biodiversidad. Una civilización de la solidaridad tendrá que ser una civilización solidaria con la naturaleza, porque la especie humana no podría sobrevivir si el equilibrio ecológico del planeta se rompiera.

Socialismo como alternativa

Esta lista no es en absoluto exhaustiva. Cada quien podrá, en función de su propia experiencia y de su reflexión, agregar otros aspectos.

¿Cómo resumir en una palabra este conjunto de valores presentes, de una u otra forma, en el movimiento contra la globalización capitalista, en las manifestaciones en las calles de Seattle a Génova, y en los debates del Foro Mundial Social? Creo que la expresión civilización de la solidaridad es una síntesis apropiada de este proyecto alternativo. Eso significa no sólo una estructura económica y política radicalmente diferente, sino, sobre todo, una sociedad alternativa que valore las ideas de bien común, de interés público, de derechos universales, de gratuidad.

Propongo definir esta sociedad con un término que resume, hace casi dos siglos las aspiraciones de la humanidad a una nueva forma de vida, más libre, más igualitaria, más democrática y más solidaria. Un término que —como todos los otros (“libertad”, “democracia”, etc.)— fue manipulado por intereses profundamente antipopulares y autoritarios, pero que, no por eso, perdió su valor original y auténtico: socialismo.

En una reciente encuesta realizada en Brasil, encargada por la Confederación Nacional de las Industrias (!), 55 por ciento de los entrevistados afirmó que Brasil necesitaba una revolución socialista. Al preguntárseles qué entendían por socialismo, respondieron citando algunos valores: “amistad”, “comunión”, “repartición de la riqueza”, “respeto”, “justicia” y “solidaridad”. La civilización de la solidaridad es una civilización socialista.

Para concluir: otro mundo es posible, basado en otros valores, radicalmente antagónicos a los que hoy dominan, pero no podemos olvidar que el futuro comienza ahora: estos valores ya están prefigurados en las iniciativas que orientan nuestro movimiento hoy. Ellos inspiran la campaña contra la deuda del Tercer Mundo y la resistencia a los proyectos de la OMC; el combate a los transgénicos y a los proyectos de tasación de la especulación financiera. Están presentes en las luchas sociales, en las iniciativas populares, en las experiencias de solidaridad, de cooperación y de democracia participativa —desde el combate ecológico de los campesinos de la India, hasta el presupuesto participativo de Rio Grande do Sul; desde las luchas por el derecho de sindicalización en Corea del Sur, hasta las huelgas en defensa de los servicios públicos en Francia; desde las aldeas zapatistas de Chiapas, hasta los campamentos del MST.

El futuro comienza aquí y ahora, en esas semillas de una nueva civilización que estamos plantando en nuestra lucha, y con nuestro esfuerzo de construir hombres y mujeres nuevos a partir de valores subjetivos y éticos que asumimos en nuestras vidas militantes.

Traducción de: María Cristina Hernández Escobar

 

Notas:

1. Texto inicial presentado en la conferencia “Principios y valores de la nueva sociedad” del Foro Social Mundial 2002.

2. Carlos Marx, Miseria de la filosofía, París, Ed. Sociales, 1947, p. 33.

3. Expresión de Marx en el Manifiesto comunista.

4. Ernst Bloch, Derecho natural y dignidad humana, París, Payot, 1976, pp. 177-179.

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